Escenas callejeras

Una comedia de Jean-Pierre Martinez

Hasta 12 hombres y 12 mujeres. La distribución es flexible en cuanto al número (varios roles pueden ser interpretados por un solo actor) y en cuanto al sexo (varios roles pueden ser tanto masculinos como femeninos).

La calle es un escenario al aire libre donde a veces ocurren historias extrañas…


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La acera, escenario abierto de la comedia social

En una misma acera se cruzan transeúntes, colegialas, trabajadores sexuales, personas sin hogar, manifestantes, barrenderos e incluso un banquero y su empleada doméstica. A lo largo de catorce sketches, cada encuentro parte de una situación cotidiana antes de derivar hacia el malentendido, la inversión o el absurdo. El decorado único y el reparto flexible convierten así la calle en un escenario abierto por el que desfila toda una comedia humana.

Las escenas son autónomas, pero algunos lugares, números y personajes reaparecen discretamente. La vidente, la lotería, el número 13 o los objetos perdidos crean una continuidad subterránea entre historias aparentemente independientes. Esta construcción confiere al conjunto la unidad de un barrio imaginario, poblado por individuos que conviven sin reconocerse siempre entre sí. El hecho de que un mismo actor pueda interpretar varios papeles refuerza aún más la impresión de una humanidad cambiante tras la cual se repiten los mismos comportamientos.

La mecánica cómica se basa en gran medida en el lenguaje. Expresiones como «hombre de la calle», «estar en la calle», «barrer delante de la propia puerta» o «llegar hasta el final de la calle» se toman al pie de la letra y se convierten en el punto de partida de razonamientos perfectamente lógicos, pero llevados hasta el absurdo. A estos juegos de palabras se suman constantes inversiones: los adultos se convierten en mascotas de los niños, un asesor financiero arruinado intenta vender un nuevo negocio a una antigua víctima, mientras que unos manifestantes ni siquiera saben ya qué causa están defendiendo.

Bajo la fantasía se perfila una sátira social más sombría. En principio, la acera pertenece a todo el mundo, pero no todos ocupan en ella el mismo lugar: los ricos cultivan su nostalgia sin ver al sintecho, el banquero invoca la crisis para explotar aún más a su empleada doméstica y los excluidos se vuelven poco a poco invisibles. El último sketch da una forma literal a esta desaparición al reunir a personajes a quienes nadie puede ver, oír ni oler. La calle se convierte entonces en una metáfora del mundo social, pero también del propio teatro: un lugar donde existir significa, ante todo, conseguir ser visto y oído.