Una comedia de sketches de Jean-Pierre Martinez
Hasta 22 hombres o mujeres.
Desde la prehistoria hasta el fin del mundo, algunos destellos de nuestras vidas insignificantes.
Aquellos textos los ofrece gratuitamente el autor para la lectura. Sin embargo cualquier representación pública, sea profesional o aficionada (incluso gratuita), debe ser autorizada por la Sociedad de Autores encargada de percibir los derechos del autor en el país de representación de la obra.
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De la primera chispa a los últimos fantasmas de la humanidad
Desde el descubrimiento del fuego hasta la observación lejana de una Tierra de la que la humanidad ha desaparecido, doce sketches capturan algunos momentos aparentemente insignificantes de nuestra historia. Entre estos dos extremos, parejas, niños, trabajadores, muertos e incluso planetas hablan del trabajo, el amor, la memoria, la enfermedad o la espera. Cada escena constituye una instantánea autónoma, mientras que la flexibilidad del reparto permite confiar el conjunto a entre dos y veinticuatro intérpretes.
La obra juega constantemente con el contraste entre el tiempo individual y la duración del universo. Lo que parece decisivo a escala de una vida se vuelve casi insignificante cuando se sitúa dentro de la historia de la especie. La prehistoria se trata como si ya fuera una época moderna, mientras que las crisis contemporáneas, vistas desde el futuro, no son más que un breve episodio anterior a la desaparición de la humanidad. La propia construcción en sketches refleja esta fragmentación: del paso del tiempo solo quedan unas cuantas escenas aisladas, rescatadas del olvido.
La mecánica cómica se basa en el anacronismo, el desvío del lenguaje y el desplazamiento de situaciones familiares. Los hombres prehistóricos hablan de nuevas tecnologías, un coche sufre por la ausencia de su antigua propietaria y la Tierra llama por teléfono a Marte para hablarle de su infección por la humanidad. Lo cotidiano adquiere así una dimensión metafísica, mientras que las cuestiones más vertiginosas se reducen al tono trivial de una conversación de pareja o de un intercambio profesional.
Tras el absurdo se perfila una reflexión inquietante sobre el progreso. Las técnicas evolucionan, pero los seres humanos siguen trabajando sin saber muy bien por qué, esperando una vida mejor, soñando con la riqueza y creyéndose inmortales. Desde la pintura rupestre hasta el retrato transmitido de generación en generación, el arte y la memoria intentan, sin embargo, conservar alguna huella de su paso. La última escena invierte finalmente la mirada: la humanidad ya no es más que una luz llegada del pasado, observada por otros seres que todavía intentan comprender cómo una especie capaz de tantas invenciones pudo llegar a hacer inhabitable su propio planeta.

