Milagro en el Convento de Santa María-Juana

Una comedia de Jean-Pierre Martinez

10 personajes

Posibles repartos : 2H/8M, 3H/7M, 4H/6M, 5H/5M

En la tienda del convento cuyas ventas financian las buenas obras de las hermanas herbolarias, el famoso elixir de Santa María-Juana ha perdido todo el esplendor que tuvo tiempo atrás, hasta el punto de poner en riesgo la economía de esta peculiar comunidad. Por suerte o por desgracia, fallece Sor Ana, la encargada de la destilería del convento, lo que supondrá la llegada de Sor Inés, una monja novicia revolucionaria que la reemplazará en este delicado cargo. Sor Inés se las ingeniará para renovar la fórmula del elixir que da nombre al convento y decidirá añadirle una hierba misteriosa a la preparación. El espectacular éxito del nuevo preparado dará mucho que hablar y atraerá al convento a los jóvenes del pueblo, a algún que otro comerciante de dudosa reputación y hasta a un agente del orden. ¿Será éste el último milagro de Santa María-Juana?

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Milagro en el convento
de Santa María-Juana

Una comedia de Jean-Pierre Martínez

 

PERSONAJES

Madre Superiora
Sor Prudencia
Sor Inés
Teresa
Bernardo
Victorina
Sam
Traficante
Policía

© La Comédi@thèque

 

ACTO 1

La tienda del Convento de Santa María-Juana vende varios productos monásticos (licores, galletas, mermeladas) y otras baratijas religiosas (velas, estatuillas, libros). Entre los estantes y expositores destaca el famoso elixir de Santa María-Juana.

Sor Prudencia hace las cuentas mientras Teresa, la voluntaria que la ayuda, revisa los estantes. Teresa habla con un optimismo un poco forzado.

Teresa – Habrá que pedir más puntos de libro con la imagen de Santa María-Juana. ¡Últimamente se venden como churros!

Sor Prudencia – Sí, pero aunque pudiéramos multiplicar esos churros… A 50 céntimos cada uno es evidente que no bastaran para sacar esto adelante.

Teresa – Vamos, Sor Prudencia… ¡Conservemos la fe! Aunque, por desgracia, no le falta razón… Además, no hemos visto mucha clientela esta mañana que digamos…

Sor Prudencia – Hasta nuestros parroquianos más fieles prefieren ir al centro a por los regalos de Navidad.

Teresa – Y todo para comprar productos fabricados en China o a vete saber dónde… Aquí, en cambio, todo lo producen las hermanas de forma artesanal.

Sor Prudencia – Pues sí, Teresa, somos las únicas intermediarias entre nuestro creador y el consumidor.

Teresa – Por desgracia, en estos momentos, todo lo monástico está pasando por un gran déficit de interés.

Sor Prudencia – Sí, y nuestra cuenta bancaria, por un gran déficit, a secas.

Teresa – ¿La situación es realmente tan grave?

Sor Prudencia – Bueno, aquí no estamos para obtener beneficios, naturalmente. Pero si las ventas siguen bajando, a menos que ocurra un milagro, acabaremos por tener que cerrar la tienda.

Aparece en escena Bernardo empujando una carretilla con una caja de licores.

Teresa – ¡Hombre, Bernardo!

Bernardo – Mis respetos, Teresa. Buenos días, Sor Prudencia.

Teresa – Oh… Me da la impresión que esa caja pesa lo suyo, ¿no?

Sor Prudencia – Sí, por suerte uno de nuestros parroquianos, Anatole, se acaba de jubilar y nos ha donado la carretilla que usaba en su tienda.

Bernardo – Por lo que respecta a mi espalda ha sido como un regalo del cielo, porque con esta ciática… ¿Quiere usted ayudarme, Teresa?

Teresa – Por supuesto, cómo no.

Bernardo y Teresa cogen la caja entre los dos y, esforzándose, la suben al mostrador.

Teresa – ¡Uf, esto pesa como un muerto! ¿Qué hay dentro?

Bernardo – Pues la última producción de licores nuestra querida Sor Ana, que en paz descanse. La próxima ornada vendrá ya de la mano de Sor Inés.

Teresa – ¿Sor Inés?

Sor Prudencia – Sí, es la novicia que reemplazará a Sor Ana en la destilería.

Teresa – ¡Ah sí, es verdad! Tengo entendido que llegó hace unos días, pero aún no hemos tenido ocasión de conocerla en persona.

Sor Prudencia – La verdad es que hay que decir que se pasa el día en la montaña buscando las plantas necesarias para la fabricación de nuestro licor.

Teresa toma una botella y admira la etiqueta.

Teresa – El célebre elixir de Santa María-Juana, el que se supone que va a curar todos nuestros males.

Bernardo – Y hacernos reencontrar la pasión de nuestros veinte años.

Sor Prudencia – ¿A caso lo dudan?

Teresa – No, no, naturalmente… Pero…

Bernardo – Ay… Si esto pudiese curar mi ciática…

Sor Prudencia – No bromeen, Teresa, que ese santo licor sigue siendo el producto emblemático de nuestro convento.

Teresa – Sí, pero también es cierto que últimamente no hemos vendido mucho que digamos y ya no sabemos dónde vamos a meter todo esto.

Sor Prudencia – Pues hace un par de años salían, al menos, dos botellas diarias.

Bernardo – Habría que buscar algo para relanzar las ventas. Pero bueno, no deja de ser un brebaje medicinal, que no es que se tome cada día como aperitivo.

Teresa – Sí, algo que le diera vida de nuevo.

Bernardo – Un elixir de juventud que necesita rejuvenecerse… Tendrá usted que reconocer que esto no da mucha confianza. De todas formas, cuánto misterio con la receta de este licor, ¿no? Cuando Sor Ana se iba a la montaña a recoger plantas me recordaba al druida de Astérix.

Teresa – Bernardo, Sor Ana no se parecía en nada a Panorámix.

Bernardo – Mujer, que yo no lo decía por la barba…

Sor Prudencia – Bueno, hijos míos, no blasfeméis, que Sor Ana acaba de reunirse en el cielo con nuestro señor Jesús.

Teresa se santigua.

Teresa – Que Dios la tenga en su gloria.

Sor Prudencia – Además, os recuerdo que debemos la receta de este santo licor a la fundadora de nuestra orden.

Teresa – La cual tuvo una revelación en la que oía voces.

Sor Prudencia – Y menos mal, porque las ventas de este elixir divino han permitido a nuestro convento seguir con su misión hasta el día de hoy.

Entra la Madre Superiora seguida de Sor Inés.

Madre Superiora – Buenos días, hijos.

Sor Prudencia – Buenos días, madre.

Madre Superiora – Os presento a Sor Inés, nuestra nueva hermana. Antes de dejarnos, Sor Ana le ha pasado su testigo, así que será ella la que destilará nuestro elixir de ahora en adelante.

Sor Prudencia – Bienvenida al convento de Santa María-Juana, hermana.

Teresa – Estamos encantados de constatar que, pese a la crisis de vocación, aún quedan entre nuestras jóvenes candidatas para la vida monástica.

Bernardo – ¿Ha hecho usted estudios de botánica, tal vez?

Sor Inés intenta contestar, pero la Madre Superiora responde por ella.

Madre Superiora – Sor Inés ha completado el Grado Superior de Comercio.

Bernardo – Hombre, pues no es poca cosa, es una buena formación.

Teresa – ¿Quiere usted decir? Total, para destilar licor…

Bernardo – Quiero decir para una monja. A pesar del paro que tenemos, las diplomadas de grandes escuelas rara vez deciden entrar en un convento.

Teresa – Por lo tanto, está visto que todos los caminos pueden conducir a nuestro señor Jesucristo.

Sor Inés – Bueno, la verdad es que yo decidí tomar los hábitos después de ver a la virgen.

Bernardo – ¿Cómo dice?

Sor Prudencia – ¿Durante un peregrinaje a Lourdes tal vez? ¿Al fondo de una gruta como nuestra querida Bernadette?

Sor Inés – De hecho fue en la universidad… Al fondo de una de esas aulas magnas…

Bernardo – ¿En un PowerPoint?

Madre Superiora – Cuándo la Santa Virgen se nos manifiesta, hijo, no nos deja escoger ni el lugar ni el momento.

Sor Prudencia – Hombre, al fin y al cabo, Dios está en todas partes. ¿Por qué no en la universidad?

Madre Superiora – Sea como sea, su llegada parece una señal para animarnos a seguir con nuestra misión. Además, teniendo en cuenta sus competencias comerciales, he encargado a Sor Inés relanzar las ventas de nuestros productos.

Bernardo – ¡Excelente idea!

Madre Superiora – A parte de trabajar en la destilería, Sor Inés también estará aquí con vosotros. Os pido que tengáis la amabilidad de ponerla al corriente de todo lo que hacemos. Y si se le ocurre alguna mejora…

Sor Prudencia – Cuente con nosotros, madre.

Madre Superiora – Entonces, os la confío. Por cierto, ya se acerca la Navidad, así que, mientras pueda, vuelvo a ocuparme del belén.

La Madre Superiora sale de escena.

Sor Prudencia – Bien, ¿le explico un poco cómo va todo esto?

Sor Inés – Si, vamos. Es una tienda muy bonita, desde luego. Algo clásica quizás…

Sor Prudencia – Es que más que una tienda, esto es una misión.

Sor Inés – Claro, hermana. Pero para cumplir nuestra misión necesitamos medios, ¿no es así?

Sor Prudencia – En efecto, las ventas de nuestros productos nos permiten pagar los gastos del convento. Pero también financiar algunas obras sociales.

Sor Inés – Sí, la Madre Superiora me ha hablado de ello. Lucháis contra las mafias de la droga, ¿verdad?

Sor Prudencia – Sí, dentro de nuestras posibilidades, claro.

Bernardo – Sin armas, ni odio, ni violencia, naturalmente.

Sor Prudencia – Teresa y Bernardo forman parte del equipo de voluntarios que nos ayudan a llevar a cabo nuestra tarea.

Teresa – Yo sólo intento ser un poco útil… Y como además estoy soltera…

Sor Prudencia – Mire, de hecho, mejor que sea Teresa quien le presente nuestra gama de productos, que ella la conoce mucho mejor que yo.

Teresa – Pues bien, cómo usted puede constatar, tenemos una gran variedad de artículos. Entre ellos, el más destacado sigue siendo nuestro célebre elixir de juventud, fabricado, como usted sabe bien, con hierbas de la región.

Sor Inés – Sí, Sor Ana me ha revelado el secreto de la receta justo antes de morir.

Sor Prudencia – Un secreto que se transmite de hermana a hermana, de generación en generación.

Bernardo – ¡Anda! Pues yo ignoraba esa extraña costumbre.

Teresa – Cuando la hermana herborista siente venir el fin, justo antes de recibir los últimos sacramentos, ella confía el secreto a la que será su sucesora. Por suerte, en los conventos, rara vez se muere de forma violenta.

Bernardo – ¡Un secreto tan bien guardado como el de la Coca-Cola!

Sor Prudencia – Desgraciadamente, hoy en día, el elixir de Santa María-Juana cada vez se vende menos.

Bernardo coge una botella y la examina.

Bernardo – Lo cierto es que tiene un aire vintage que le da cierto encanto. Pero bueno…. Yo ya ni me acuerdo de la última vez que lo probé.

Teresa – Ah, pues le voy a dar a probar, para que se haga usted una idea.

Teresa coge una botella del mostrador y le sirve un vasito a Juan Bernardo, que se lo toma de un trago haciendo una pequeña mueca.

Teresa – ¿Y bien?

Bernardo – Sí, es… Mmm… Es curioso… ¿Y esto se vende?

Sor Prudencia – Cada vez menos, por desgracia.

Sor Inés – Pues les confieso que tampoco me sorprende mucho. Habría que modernizar la etiqueta, renovar la receta y… ¿Tienen página en internet?

Sor Prudencia – ¿Quiere usted decir para el convento?

Sor Inés – En todo caso, por lo menos para la tienda.

Sor Prudencia – Pues sinceramente, es algo que nunca nos había parecido indispensable.

Sor Inés – Nos haría falta por lo menos una página en Facebook. Podríamos llamarla… “Los amigos de Santa María-Juana” ¿Qué os parece?

Sor Prudencia se sorprende por esas ideas revolucionarias.

Entra Victorina, una anciana feligresa coqueta pero algo achacosa debido a la edad.

Victorina – Buenos días, buenos días.

Teresa – Buenos días, doña Victorina. ¿Cómo se encuentra usted esta mañana?

Victorina – Ay… Ya sabe usted… A mi edad… Vengo del confesionario, como todos los jueves. Después de mi cita en la peluquería, he pensado en haceros una visita.

Bernardo – ¿Todos los jueves? ¿Tantas cosas tiene usted que confesar?

Sor Prudencia – Vamos, Bernardo…

Victorina – Podría ir perfectamente sólo vez al mes.

Bernardo – ¿A confesarse?

Victorina – No, a la peluquería. Pero qué quiere que le diga… Me entretiene…

Teresa – Tal vez querría usted aprovechar para hacer alguna compra Navideña, doña Victorina.

Victorina – Pues francamente…

Teresa (a Sor Inés discretamente)Creo que es la ocasión de que le eche usted mano, Sor Inés, ahí se la dejo.

Sor Inés – Buenos días, señora. ¿Puedo ayudarla? ¿Necesita algo en particular?

Victorina – ¡Anda, una monjita nueva! A esta no la conocía yo.

Sor Prudencia – Es Sor Inés, doña Victorina, nuestra nueva hermana.

Victorina – ¡Ay, Dios mío! ¡Pobre niña! ¿Pero por qué viene usted a enterrarse aquí, con su edad? Los conventos deberían estar reservados a aquellas que ya no tienen ocasión de pecar.

Teresa – Hombre, doña Victorina…

Victorina – ¿Y qué le ha conducido a tomar los hábitos, Sor Inés? ¿Un desengaño amoroso?

Sor Inés – Una aparición de la virgen.

Victorina – ¿Cómo? ¡Pero a su edad, hija, hay que ver el lobo, no la virgen!

Sor Inés – ¿No decía usted que no estaba muy en forma? Un pequeño reconstituyente no le vendría mal. Imagino que conoce nuestro célebre elixir de juventud.

Victorina – Mira que mona… Es maja, a pesar de todo…

Inés coge una botella del elixir y se la da a Victorina.

Sor Inés – Tenga, al parecer es bueno para todo.

Victorina – ¡Ah, sí! El rejuvenecedor del Abad Sourís… Ya me acuerdo… Mi abuela siempre tenía una botella en el armario.

Sor Inés – No, doña Victorina, este es el licor de Santa María-Juana. Según nuestros clientes, el efecto es mucho mejor que el del Abad.

Teresa – Tampoco exageremos, no vayamos a hacer publicidad engañosa.

Bernardo – Esto no le va a devolver la juventud, doña Victorina, pero le ayudará a soportar los efectos de la vejez.

Sor Inés – ¿Le pongo una botella?

Victorina – Pues, a decir verdad, es que todavía tengo una que me dejó mi abuela cuando se murió. Ya saben… En nuestros días ya nadie toma esas cosas…

Sor Inés – No estoy yo segura que el de su abuela siga estando en buenas condiciones. Vale que sea un elixir milagroso, pero aun así tiene fecha de caducidad.

Victorina – Mejor cojo un marca-páginas para el misal, que he perdido el que tenía.

Aparece Anatole, otro parroquiano bien plantado pero también acusando la vejez.

Anatole – Señoras, señores, hermanas.

Bernardo – Buenos días, Anatole. ¿Usted también viene de confesarse?

Anatole – Ah no… Yo vengo del bar. Acabo de echar la bonoloto, como cada jueves.

Bernardo – Pues hace usted bien, Anatole, hace usted más que bien. La suerte sonríe a los decididos. ¿No es así, Teresa?

Teresa – La suerte es como los más escépticos llaman a los milagros.

Anatole – En todo caso, si gano algo, no se preocupen, hermanas, que les haré una pequeña donación para sus obras.

Sor Inés – Rezaremos, pues, al Señor para que le ayude con un poco de suerte.

Bernardo – En todo caso, gracias por la carretilla, mi espalda se lo agradece. Mientras tanto, seguiremos esperando un milagro que me cure la ciática.

Anatole – Buenos días, doña Victorina. ¡Qué elegante está usted hoy!

Victorina lo mira de reojo aunque acaba sonriendo por el cumplido.

Victorina – Pues justo acabo de salir de la peluquería.

Anatole – En ese caso, ese color le va perfecto.

Victorina – Gracias, Anatole.

Anatole – La verdad es que es muy… Muy primaveral, con esos reflejos naranjas…

Victorina – ¿Naranjas? ¿Usted cree?

Anatole – No, verdaderamente, naranjas no son… Yo decía…

Victorina (a Sor Inés) ¿Usted piensa que tengo el pelo naranja, mi pequeña Inés?

Sor Inés – Pues la verdad no sé, es un poco como… Azul… Petróleo, ¿no?

Victorina contesta horrorizada.

Victorina – ¡¿Azul petróleo?!

Sor Inés – No, en realidad es más bien como… Azul… Metalizado.

Bernardo – ¿Azul metalizado? Anda mira, como mi coche.

Victorina – ¡Pues me vuelvo a la peluquería! ¡Me van a oír!

Sor Inés – ¿Y esta botella, doña Victorina? ¿Se la aparto?

Anatole – ¡Mira! ¡El elixir de Santa María-Juana! ¡Ya ni me acordaba de que existía!

Sor Inés – Los grandes clásicos son eternos, pero Victorina aún duda…

Victorina – Sabe usted, estos elixires milagrosos… Yo he tomado toda mi vida el del Abad Sourís y mire cómo estoy.

Anatole – Pues yo encuentro el resultado espectacular, mi querida Victorina.

Victorina – ¿Quiere usted decir?

Anatole – Venga, esta botella se la regalo yo.

Victorina – Gracias, pero no sé si debería…

Anatole – Sí, y así me invita a tomar una copita con usted.

Victorina – Bueno, ¿por qué no?

Teresa – ¡Et voilà! Aquí nuestra primera venta.

Sor Prudencia le da un frasco en una bolsa a Victorina y Anatole paga la botella.

Teresa – Ya me contarán ustedes.

Anatole – Deme, ya se lo llevo yo y, de paso, la acompaño.

Victorina – Pues encantada, Anatole, con mucho gusto.

Anatole – Está usted muy bien peinada, se lo aseguro.

Victorina – ¿De verdad piensa usted eso?

Victorina y Anatole salen de escena. Victorina, con la emoción, olvida su bolso.

Teresa – Por lo menos, parece que este elixir tiene el poder de unir los corazones solitarios.

Bernardo – Desgraciadamente, me temo que los dos estén muertos antes de poder terminar la botella.

Sor Prudencia le lanza una mirada de desaprobación.

Sor Prudencia – ¡Bernardo!

Bernardo – ¡Ah, no! Si yo no quería decir que el elixir les vaya a hacer ningún daño… Sólo que, a razón de un vasito por mes, no será suficiente para remontar las cuentas del convento.

Sor Inés – De ahí la necesidad de un cambio en nuestros métodos de venta.

Sor Prudencia – La palabra “cambio” es una palabra que suena un poco rara en un convento, ¿no cree, hermana?

Sor Inés – Cierto. Lo de las tradiciones es muy importante, pero, si el convento se quedase sin recursos, sus obras sociales se verían afectadas.

Sor Prudencia – Pues tiene usted razón, aunque me cueste reconocerlo. Me temo que este año, a menos que ocurra un milagro, ya no nos quedarán medios para seguir con nuestra misión en la lucha contra la droga.

Sor Inés – Pues, ¿sabe qué? Yo le propongo conseguir ese milagro.

Sor Prudencia – Sor Inés, ¿va todo bien? La noto a usted un poco exaltada.

Sor Inés – ¡Ya sé cómo relanzar las ventas de nuestro elixir, hermana!

Teresa – La escuchamos, Sor Inés, la escuchamos.

Sor Inés – He encontrado una hierba en la montaña.

Teresa – ¿Una hierba? Pues será que no hay por los alrededores…

Sor Inés – Sí, pero se trata de una planta que no está recogida en ninguno de los libros de botánica que he encontrado en la biblioteca del convento.

Bernardo – Tenga cuidado, Sor Inés, que las hierbas son como las setas, no se puede uno fiar mucho.

Sor Inés – Pues yo la he probado en una nueva receta del licor y el resultado es espectacular, se lo aseguro. Tiene mejor gusto y los efectos parecen duplicarse. Creo que si la pusiéramos a la venta, conseguiríamos captar más clientes.

Bernardo – Decididamente, esto se parece cada vez más a la poción mágica de Panorámix.

Sor Prudencia – No nos precipitemos todavía… La fórmula de este elixir es multicentenaria. Modificarla sería una decisión demasiado importante, tendrían que estar de acuerdo tres cuartas partes del convento.

Sor Inés – Y haría falta preparar una sesión de degustación con la Madre Superiora.

Sor Prudencia – ¿Realmente cree usted que habría que molestarla para eso?

Bernardo – Pues ha sido ella misma la que nos ha animado a reformar nuestros métodos.

Sor Inés – Podemos mantener las tradiciones sin por eso tener que rechazar las nuevas ideas.

Sor Prudencia – Bien, Teresa, hágame el favor, vaya usted a buscar a la Madre Superiora. Está en la capilla preparando el belén.

Teresa – Ahora mismo voy, hermana.

Teresa sale de escena.

Sor Prudencia – ¿Cómo lo vamos a hacer, entonces?

Sor Inés – He preparado un pequeño frasco de mi nuevo elixir.

Bernardo – ¿Un frasco? Lo que yo decía cuando hablaba de poción mágica…

Sor Inés – Podríamos hacer una cata a ciegas.

Sor Prudencia – Sor Inés, ¿no pretenderá usted poner a la Madre Superiora a jugar a la gallinita ciega?

Sor Inés – No, se trata simplemente de darle a probar el elixir tradicional y la nueva fórmula sin decirle cuál es cuál. Así podrá decantarse por uno de forma objetiva.

Bernardo – ¡Madre mía!

Sor Prudencia – Bueno, está bien… De todas formas, no estoy segura de que todo esto sea muy católico…

Preparan todo para la sesión de degustación. Anatole y Victorina vuelven a escena.

Victorina – Ay… Ya no sé ni dónde tengo la cabeza… Me había olvidado el bolso.

Anatole – Pues el elixir todavía no ha tenido tiempo de hacer efecto. A veces yo también pierdo la memoria.

Sor Inés – ¡Ay! ¡Anatole, Victorina, nos venís de perlas! ¡Buscábamos voluntarios!

Anatole – ¿Voluntarios?

Sor Prudencia la mira y se queda algo más tranquila. La Madre Superiora llega con Teresa.

Madre Superiora – Bien, vamos a ver eso, hijos.

Sor Inés – Madre, he preparado una nueva fórmula para el elixir de Santa María-Juana y quisiera saber su opinión. Voy a darles a probar a todos dos pequeñas muestras del elixir sin decirles cuál es la nueva.

Madre Superiora – Está bien…

Sor Inés, observada por todos, sirve una primera ronda y entrega un vasito a cada uno. Tras un momento de duda, todos los presentes degustan el licor en silencio.

Bernardo – Mmm… Si…

Sor Prudencia – ¿Esta es la receta tradicional, no?

Teresa – Pues no está mal, pero…

Victorina – Es un reconstituyente como otro cualquiera…

Anatole – De todas formas, sigue teniendo un pequeño sabor a medicamento…

Madre Superiora – Sí, es el elixir de Santa María-Juana. ¿Y qué?

Sor Inés, sin decir nada, sirve el nuevo elixir. Al beberlo, todos reaccionan de forma más expresiva.

Teresa – ¡Ah, pues sí!

Bernardo – Este sabe mucho mejor que el otro.

Madre Superiora – Sí, qué curioso…

Anatole – No está nada malo eh…

Sor Prudencia – Le encuentro un sabor a manzana.

Sor Inés – Es que lleva manzana.

Madre Superiora – Pero es necesario que este elixir siga teniendo los mismos efectos beneficiosos que el anterior.

Sor Inés – No he quitado nada, lo único que he hecho es añadir ese pequeño toque.

Victorina – Pues yo volvería a probarlo para estar segura.

Sor Inés – De acuerdo, pero ya sólo me queda para rellenar un vaso.

Sor Inés rellena el vaso y se lo entrega a la Madre Superiora, que se lo pasa a Sor Prudencia y ésta a Bernardo.

Madre Superiora – Sí, es…

Sor Prudencia – Sí, este es el bueno.

Bernardo – Mmmmm… ¡Qué sensación de bienestar!

Bernardo se queda con el vaso en la mano con cara distraída.

Teresa – ¡Que rule, Bernardo, que rule!

Bernardo – Ay, sí, Bernardo soy yo, es verdad. Lo siento, parece que tengo la cabeza en otra parte….

El ambiente se relaja.

Sor Inés – ¡Dios mío! Me parece que he vuelto a ver a la virgen.

Sor Prudencia – ¡¿Otra vez?! ¡¿Pero dónde?!

Sor Inés – ¡Aquí, en el fondo de mi vaso!

Anatole – ¡Anda, yo también! ¡Y no es la primera vez!

Uno por uno, empiezan a reírse sin poder parar.

Madre Superiora – Creo que lo mejor que deberíamos hacer es dejar aquí la sesión de degustación.

Sor Prudencia – Sí, la verdad, no sé qué me pasa. Yo también tengo la impresión de tener visiones.

Victorina saca un espejito de bolsillo de su bolso y se mira.

Victorina – ¿De qué color creéis que tengo el pelo ahora?

Anatole – Yo diría que rosa.

Victorina – Sí, eso es lo que yo pensaba.

Madre Superiora – Pues es verdad que es muy relajante. No me sentía tan bien desde que… ¡Ay! Iba a decir una tontería…

Teresa – Creo que hemos abusado un poco de este maravilloso elixir.

Sor Inés – Hombre, es que son 38 grados.

Sor Prudencia – Creo que lo mejor que podríamos hacer es ir a acostarnos.

Sor Inés – ¿Antes de las vísperas, hermana?

Madre Superiora – ¿No pensaríais iros a bailar, imagino?

Sor Prudencia – Aprenda usted que aquí se acuesta uno con las gallinas.

Sor Inés – ¿Con las gallinas?

Anatole – Ahora que lo dicen, ¿qué fue antes, el huevo o la gallina?

Teresa – ¡Ay! ¡No entiendo nada!

Sor Inés – ¿Y en cuanto a la degustación, qué decidimos?

Madre Superiora – Pues no lo sé muy bien. No tengo ya las ideas muy claras.

Sor Inés – ¿Tal vez podríamos votar?

Sor Prudencia – Eso me parece lo más razonable, pero deberíamos tomarnos un tiempo de reflexión.

Teresa – Lo consultaremos con la almohada.

Madre Superiora – Tienes razón, hija. Dejémoslo por ahora, mañana lo veremos mucho más claro.

Bernardo – ¿Quiere que la acompañe, Chantal-Marie?

Teresa – ¿Chantal-Marie? Querrá decir Teresa.

Bernardo y Teresa se ríen como tontos. Todo el mundo se dirige hacia la salida con una marcha insegura, algo torpes y tropezando.

Sor Prudencia – ¡Madre, cuidado con el escalón!

Madre Superiora – ¿Qué escalón?

Teresa – Que yo sepa, hasta ahora no había ninguno.

Madre Superiora – ¡Cómo estamos! ¡Igual es otra visión!

Salen todos de escena y se apaga la luz.

 

 

ACTO 2

 

Se enciende la luz simbolizando un nuevo día. Teresa llega a la tienda acompañada de Juan Bernardo y, una vez dentro, se gira para mirar la entrada y comprobar que no había ningún escalón.

Teresa – Ah, pues no, no había ningún escalón.

Bernardo – Es curioso… A estas horas Sor Prudencia ya debería estar aquí.

Teresa – Por lo que se ve, nuestras queridas hermanas han tenido un fallo con el despertador. Yo no he oído tocar a maitines.

Bernardo – A decir verdad dormía usted muy profundamente.

Teresa – Pero… ¿Cómo sabe usted eso, Bernardo?

Bernardo – Se acordará usted que anoche la acompañé a su casa…

Teresa – Ah, sí, tal vez… Es que como había una niebla tan extraña… ¡Había niebla hasta en la casa! ¿Así pues, usted me acompañó? ¿Y qué pasó después?

Bernardo – Pues parecía usted tan cansada al no poder subir las escaleras, que la conduje hasta su habitación.

Teresa – ¡¿No me diga usted que…?!

Bernardo – Soy un caballero, Teresa. Y créame, en cuanto a lo de anoche, casi podríamos hablar de heroísmo, porque usted no quería dejarme marchar. ¿No lo recuerda?

Teresa – Pues no…

Bernardo – Usted parecía un poco exaltada y yo no quise abusar de la situación, pero… ¿Me deja usted al menos una puerta abierta a la esperanza?

Teresa – ¡Ay, Dios mío!

Sor Prudencia llega con el hábito desordenado y con aspecto de culpabilidad.

Sor Prudencia– Lo siento, es la primera vez que me pasa… No he oído la campana.

Teresa – Creo que anoche todos nos dejamos llevar demasiado, ¿no?

Bernardo – Sí, es curioso. Tengo impresión de tener resaca…

Aparece Sor Inés también alborotada con una caja llena de botellas.

Sor Inés – He pasado toda la noche fabricando algo más del nuevo elixir. ¡Estoy segura que vamos a triunfar! ¡Vamos a disparar las ventas!

Sor Prudencia – Le recuerdo, hermana, que la Madre Superiora todavía no ha dado el visto bueno para poner en marchar la producción.

La Madre Superiora entra en escena.

Madre Superiora – Buenos días, hijos. Perdonad, pero esta mañana no me he despertado para tocar las campanas.

Sor Inés – En todo caso, es innegable que una de las virtudes de la nueva fórmula del elixir es que ayuda a conciliar el sueño.

Madre Superiora – Pues es verdad, esta noche he dormido cómo una bendita. De todas formas, estos efectos secundarios parecen un poco incontrolables.

Sor Inés – A lo mejor es que la dosis no estaba bien calculada…

Sor Prudencia – ¿Qué piensa usted, Madre?

Madre Superiora – No lo sé muy bien…

Sor Prudencia – Pues habrá que tomar una decisión.

Madre Superiora – ¿Teresa, cuál es su opinión?

Teresa – No se puede negar que este nuevo elixir tiene propiedades narcóticas… Pero también tiene un gran poder tranquilizante y un importante efecto de desinhibición. Esto puede hacer que se convierta en un cóctel explosivo.

Sor Prudencia – ¿Y si fuese el mismísimo diablo quien ha puesto esa mala hierba en nuestro camino?

Madre Superiora – ¿Qué quiere usted decir? ¿Cómo la serpiente en el Jardín del Edén? ¿Tentadora y seduciendo a Eva con el fruto prohibido?

Sor Prudencia – Yo sigo diciendo que le encuentro un cierto sabor a manzana…

Se produce un silencio y un momento de reflexión.

Madre Superiora – Tiene usted razón, Sor Prudencia. Hermanas, más vale malo conocido que bueno por conocer. Es mejor olvidar esta peligrosa reforma y limitarnos a la fórmula tradicional de nuestro elixir.

Sor Inés (disimulando su decepción)De acuerdo, Madre…

La Madre Superiora se fija en la caja traída por Sor Inés.

Madre Superiora – Oiga, ¿y eso? ¿Se puede saber qué es?

Sor Inés – Había preparado unos cuantos frascos, por si acaso… Pero los destruiré, no se preocupe, se lo prometo.

Madre Superiora – Bien, pues asunto zanjado.

La Madre Superiora se dispone a salir mientras Sor Inés sigue hablando.

Sor Inés – Aun así… Es una verdadera lástima no darle ni una sola oportunidad…

Madre Superiora – ¿Disculpe hermana? ¿Decía usted?

Sor Inés – Pues que, al fin y al cabo, sólo es un reconstituyente monástico. ¡Ni que estuviéramos hablando de cocaína o algo parecido!

Madre Superiora – ¿No estará usted cuestionando mi decisión?

Sor Inés – Yo sólo digo que negarse a innovar y a reformarse es una gran debilidad.

Madre Superiora – Mi querida niña, aprenda usted que es una característica muy propia de la Iglesia, lo de ser incapaz de reformarse digo.

Bernardo – Esa aversión a las reformas nos lleva a veces a cometer algunos excesos, pero también hay que reconocer que nos ha permitido conservar nuestras queridas tradiciones hasta el día de hoy.

Teresa – Tradiciones que son la envidia del mundo entero.

Suena el teléfono y Sor Inés exclama con retintín.

Sor Inés – ¿Ah, pero tienen ustedes teléfono?

Sor Prudencia – Pues claro, naturalmente.

Sor Prudencia responde al teléfono.

Sor Prudencia – ¿Santa María-Juana, dígame? No, digo Santa María-Juana porque está usted llamando al convento que lleva su nombre, pero yo ni soy santa ni me llamo María-Juana. ¿La tesorera? Sí, soy yo. No me diga… Sí, es un hecho lamentable, en efecto. Entiendo… Debe ser un malentendido, lo solucionaremos de inmediato. Gracias por llamar… Sí, sí, lo prometo. Dios bendiga su entidad.

Madre Superiora – ¿Algún problema, Sor Prudencia?

Sor Prudencia – Era el banco… Uno de nuestros cheques ha sido rechazado.

Madre Superiora – Bueno… Pues habrá que hacer un ingreso en la cuenta.

Sor Prudencia – ¿Pero, Madre, con qué dinero?

Madre Superiora – ¿No se podría pedir un pequeño préstamo?

Sor Prudencia – Sabe usted que eso es totalmente contrario a los principios de nuestra orden, Madre. Además… Ya tenemos dos… Y me temo que el banco no estará dispuesto a concedernos el tercero.

Sor Inés – Ya ven ustedes hasta qué punto es urgente que enderecemos las cuentas.

Sor Prudencia – Por desgracia, en eso no le falta razón.

Llegan Anatole y Victorina mucho más en forma que la noche anterior.

Anatole – ¡Buenos días!

Victorina – ¡Buenos días! ¿Qué tal están todos? ¿Bien?

Teresa – Lo que es a ustedes, no hace falta preguntarles… Salta a la vista…

Anatole – Pues sí, estamos en plena forma. ¿No es cierto, Victorina?

Victorina – Hacía años que no me sentía tan bien. ¿Y saben qué?

Sor Prudencia – ¿Qué?

Victorina– ¡Que tengo la impresión que vuestro elixir milagroso tiene algo que ver!

Anatole– Claro que sí. Por lo que a mí respecta… ¡Estoy absolutamente convencido!

Victorina – Hoy he dormido como un tronco y ya no me duele nada. Bueno, casi nada…

Anatole – Y, además, creo que también es bueno para subir la moral. ¡Estamos más contentos que unas castañuelas! ¿No es cierto, Victorina?

Victorina – Sea como sea, vamos a comprarles unas cuantas botellitas más.

Teresa – Ah, pues muy bien…

Teresa coge dos botellas de la estantería.

Victorina – ¡Ah no! ¡De esas no! ¡De las nuevas!

Sor Prudencia (con un tono muy comercial)El caso es que… ¡Miren, les puedo dar dos botellas de nuestro licor habitual por el precio de una!

Victorina – ¡De eso nada! Preferimos la nueva fórmula.

Sor Inés – Lo está viendo usted misma, Madre. A mí me parece que valdría la pena.

La Madre Superiora parece dudar pero al fin se decide.

Madre Superiora – Bueno, deles pues una botella del nuevo elixir… Ya que ha destilado unas cuantas, sería una lástima desaprovecharlas…

Anatole – ¿Sólo una? ¿No podrían ser dos?

Sor Inés – Hasta nueva orden, sólo será una botella para cada dos personas.

Victorina – Esto me recuerda las cartillas de racionamiento durante la guerra…

Anatole – ¿Conoció usted las cartillas de racionamiento?

Victorina – ¡Claro que no! Soy demasiado joven para eso. Me lo contaba mi madre.

Sor Inés – Por ahora, el precio es el mismo que el de la antigua formula, pero ya les advierto que, seguramente, habrá un pequeño incremento.

Anatole – Poco importa el precio con tal que mantenga su nuevo efecto. Bueno, ahora nos llevamos esta botella y, cuando tengan más, nos apartan ustedes una caja.

Victorina – Gracias a todos y… ¡Feliz Navidad!

Teresa – Igualmente. Y, sobre todo, tómenlo con moderación.

Anatole y Victorina se marchan riendo como dos colegiales. La Madre Superiora se gira hacia Sor Inés, que presenta una gran sonrisa de satisfacción.

Madre Superiora – Que conste que esto es sólo una prueba…

Sor Inés (recuperando la seriedad) Sí, claro, Madre…

La Madre Superiora sale de escena.

Sor Inés – Yo, por si acaso, voy a fabricar unas cuantas botellas más para que no nos quedemos sin existencias en el caso de que esta prueba se convierta en un éxito.

Sor Prudencia – No vaya usted tan rápido. Por ahora, sólo tenemos dos clientes.

Sor Inés coloca las botellas de la caja en una estantería.

Teresa – ¿Sor Inés?

Sor Inés – ¿Si? ¿Dígame?

Teresa – Sé que la receta de este nuevo licor tiene que seguir siendo secreta, pero dígame al menos que no estamos haciendo nada ilegal.

Sor Inés – ¿Cómo ilegal?

Teresa – Quiero decir… Como la absenta en otros tiempos, por ejemplo…

Sor Inés – A mí me preocupa más saber si voy a encontrar plantas suficientes para poder continuar con la producción.

Bernardo – Tal vez debería plantearse empezar a cultivarlas usted misma.

Aparece Sam titubeante. Todos se sorprender por ver allí alguien tan joven.

Sam – ¿Hola?

Teresa – Bienvenida, hija, estás en tu casa.

Sam – Gracias, gracias…

Sam va mirando las estanterías y todos se le acercan.

Teresa – ¿Te puedo ayudar? ¿Necesitas algo?

Bernardo – Déjala, Teresa, seguro que está buscando respuestas. A su edad toca hacerse preguntas sobre el sentido de la vida, el amor o la sexualidad.

Teresa – Si quieres, te podemos aconsejar uno o dos libros.

Sam – No se preocupen, no se trata de eso… La verdad… Es mi abuela la que…

Sor Prudencia – ¿Tu abuela?

Sam – Sí, Victorina…

Teresa – ¡Ah, sí! ¡Tú eres la nieta de Victorina! No te habíamos reconocido.

Sam – Me la he encontrado al salir y me ha hablado de un jarabe que vendéis aquí.

Bernardo – ¿Ah, sí? ¿Y qué te ha dicho?

Sam – Bueno, en realidad me ha hablado de una especie de poción. Me ha descrito los efectos y…

Sor Inés – ¿Os dais cuenta? ¡El boca a boca ya funciona!

Sor Prudencia – Pero no puede ser. Tu abuela acaba de salir y ya se ha llevado una botella, no podemos darle otra.

Sam – Ya, ya, si no es para ella… Es para mí. Es que tengo que preparar unos exámenes, estoy un poco resfriada… En fin.

Teresa – ¿Un resfriado? ¿Quieres decir?

Sam – Sí, toso un poco, no sé dónde lo habré pillado…

Sam tose un poco de forma fingida.

Sam – Y como parece que ese licor vuestro es bueno para todo…

Sor Prudencia – ¡Ah, no! Pero lleva alcohol, tú no puedes tomarlo.

Sor Inés saca una botella de la caja.

Sor Inés – No os preocupéis, ya contaba con eso y he preparado una versión sin alcohol para los más jóvenes.

Sor Prudencia – Vaya, parece que está usted en todo, Sor Inés…

Sam – Gracias, hermana, me acaba usted de salvar la vida.

Sor Inés – Bueno, pues aquí tienes tu botella, disfrútala.

Sam coge la botella y le da un billete a Sor Inés.

Sam – Gracias, hermana. Estoy segura de que me vendrá muy bien.

Sor Inés – Siempre serás bienvenida, hija, aquí estaremos.

Sam – De hecho, ya me siento mucho mejor, será el ambiente. Bueno, gracias por todo y hasta la próxima.

Teresa – Eso, eso, hasta la próxima. Saludos a tu abuela.

Sam sale de escena con la botella.

Bernardo – No estará probado científicamente, pero si este licor puede atraer a las nuevas generaciones hacia la fe…

Teresa – Ya lo ve, es otro de los milagros de Santa María-Juana.

Entra en escena un policía vestido de paisano y se pasea mirando las estanterías.

Sor Prudencia – ¡Uy! Parece que esto empieza a animarse.

Policía – Son bonitas estas velas. Podrían ser un buen regalo de Navidad.

Sor Prudencia – Son cirios con la imagen de nuestra fundadora, Santa María-Juana.

Policía – ¿Santa María-Juana? Mira tú por dónde…

Teresa – ¿Le puedo ayudar en algo, caballero?

El policía saca su placa y se la enseña.

Policía – Comisario Ramírez. Buenos días, hermanas.

Sor Prudencia – Todo el mundo es bienvenido en la casa del Señor, hasta los policías.

Bernardo – Imagino que en su oficio tendrán una gran necesidad de mantener la fe, sobretodo en estos tiempos tan difíciles que corren.

Sor Prudencia – Aquí estamos para escucharle, Comisario, cuéntenos.

Policía – Pues más que contarles yo, hermanas, vengo a que me cuenten ustedes.

Teresa – ¿Cómo dice?

Policía – Tenemos la sospecha de que hay una plantación de marihuana en los alrededores del convento.

Sor Prudencia – ¡¿De marihuana?!

Bernardo – Sí, así es como llaman al hachís, hermana.

Sor Prudencia – ¡Ay, Dios del cielo!

Policía – No se trata de una planta autóctona, proviene del extranjero, ya saben ustedes. Allí cada uno se abastece de su propia plantación. Y, si esto empieza a ocurrir aquí, tendremos que fumigar palmo a palmo todos estos terrenos.

Bernardo – Primero habrá que saber dónde se encuentra la plantación, digo yo. Porque esos jardineros amateur supongo que se esforzaran para ser discretos.

Policía – Pues ese es, precisamente, el motivo de mi visita. Como las hermanas conocen muy bien la montaña, creemos que podrán echarnos una mano.

Sor Prudencia – ¿Echarles una mano?

Policía – Hombre, podría ser que hubiesen visto ustedes alguna planta inhabitual por aquí cerca.

Sor Prudencia – ¡¿Está hablando usted de droga?! ¡Si nosotras no sabemos ni siquiera a qué se parece eso!

El policía le enseña a Sor Prudencia una foto de la planta, que no sabe qué es.

Policía – Mire, aquí tiene una foto de la supuesta planta. No hace falta decirles que no se trata de una planta que crezca de forma natural en esta región.

Sor Prudencia – Si alguien puede ayudarle sobre esto, esa es Sor Inés, ella pasa mucho tiempo en la montaña recolectando hierbas para nuestros licores reconstituyentes.

El policía le muestra la foto a Sor Inés, cuya expresión se paraliza.

Policía – Entonces, hermana… ¿La reconoce usted? Fíjese bien y tómese su tiempo. Le recuerdo que se trata una planta prohibida.

Sor Inés se queda muda y entra rápidamente la Madre Superiora.

Policía – ¿Se encuentra bien, hermana?

Sor Prudencia – Sí, sí, se encuentra bien. Sólo que…

Madre Superiora – ¡Ha hecho voto de silencio!

Sor Prudencia – ¡Justo lo que yo iba a decir, Madre!

Policía – Ya veo, ya… Igualmente le dejo la foto por si se replantea sus votos.

La Madre Superiora coge la foto.

Madre Superiora – Soy la Madre Superiora de este convento, Comisario. Pediremos a Sor Inés que conteste por escrito a su pregunta.

Policía – Muy bien, Madre. Y si, por casualidad, tuvieran información que nos pudiera interesar, nos informarían, ¿no es cierto?

Madre Superiora – Por supuesto, faltaría más.

El Policía observa la caja y coge una botella del nuevo licor.

Policía – ¿Con qué está hecho este licor, hermanas?

Sor Prudencia – Con diferentes plantas medicinales de la región, Comisario. La receta es un secreto guardado desde hace siglos por las hermanas encargadas de destilar este gran reconstituyente.

Teresa – Es más, esa es la razón por la cual Sor Inés ha hecho voto de silencio. Hoy en día es la única que conoce la fórmula del elixir de Santa María-Juana.

Policía – Ya veo, ya… Ahora entiendo muchas cosas… Pues mire, me llevaré una botella. Después de todo, si tan medicinal es, no le puede hacer daño a nadie, ¿no?

La Madre Superiora le quita rápidamente la botella de las manos.

Madre Superiora – Lo siento, estas ya están reservadas.

Policía – ¿Todas?

Sor Inés – ¡Es que se acerca Navidad!

Madre Superiora – ¡Shhhhht! ¡Sor Inés! ¡Los votos! (Al Comisario) Perdone, Comisario, a veces es difícil contenerse. Acaba de llegar al convento y aún no se ha habituado a sus votos. Cómo le iba a decir Sor Inés, se acerca Navidad y nuestros fieles son muy aficionados a nuestros productos.

Teresa – Sí, Comisario, coja mejor un cirio.

Teresa le da un cirio al Policía, que contesta sorprendido.

Policía – Bueno… Entonces, ¿cuánto les debo?

Teresa – Nada, Comisario, regalo de la casa.

Madre Superiora – ¡Que Dios bendiga a la Policía!

Policía – Gracias, Madre. Y perdone por haber interrumpido por un instante la serenidad de este convento. Es un lugar verdaderamente apacible. La verdad es que las envidio.

Madre Superiora – ¿De verdad?

Policía – Totalmente. Ya sabe usted, vemos tantas cosas en nuestro oficio… No me importaría acabar mis días en un monasterio lejos de toda violencia, rodeado de caras amables y honestas.

Sor Prudencia – Qué bien oírle decir eso. ¡Feliz Navidad, Comisario!

Policía – Igualmente. Hasta pronto, hermana.

El Policía sale de escena y queda un silencio embarazoso.

Madre Superiora – ¿Sor Inés, no me diga usted que ha puesto marihuana en el elixir de Santa María-Juana?

Sor Inés – Se lo juro ante Dios, Madre, ignoraba por completo que fuese una droga.

Sor Prudencia – ¡Dios mío! Incluso hemos mentido a la policía. ¡Hemos pecado!

Sor Inés – Por omisión, hermana, sólo por omisión.

Teresa – Ahora entiendo esos nuevos efectos. Ayer, yo misma tenía la sensación de estar poseída por el mismísimo diablo.

Bernardo – ¿Poseída por el diablo? No lo dirá por mí, espero.

Sor Inés – ¿Entonces qué hacemos?

Madre Superiora – ¿Cómo que qué hacemos? Lo paramos todo ahora mismo, evidentemente.

Bernardo – A mí no me suena que Jesús dijera “tomad y fumad todos”…

Sor Inés – Correcto, pero lo que sí dijo fue “tomad y bebed”, así que…

Madre Superiora – No blasfeméis, destruyamos en el fuego este elixir diabólico.

Sor Inés – Claro, Madre, claro.

Sor Prudencia – No vamos a convertir esto en un laboratorio clandestino.

Sor Inés – Por otra parte…

Madre Superiora – ¡¿Qué?! ¡¿Y ahora qué pasa?!

Sor Inés – Pues… ¿No podríamos considerar esto como una señal de Dios?

Madre Superiora – ¿No me diga que ha vuelto a ver usted a la Virgen? ¡Tenemos que terminar con este licor, hermana!

Sor Prudencia – ¿Una señal, dice?

Sor Inés – Santa María-Juana… Marihuana… Reconozcan que la coincidencia es, por lo menos, para dudar.

Madre Superiora – ¿Qué quiere usted decir con eso, Sor Inés?

Sor Inés – Pues que el convento está en números rojos…

Madre Superiora – ¡Que es droga, hermana!

Sor Inés – Pero suave, Madre, es una droga suave. Además… ¿No dijo Marx que la religión es el opio del pueblo?

Madre Superiora – Hombre, hermana, no creo que, dicho por él, eso sea un cumplido.

Sor Prudencia – Además, aprenda usted que en la casa de Dios, citamos más a menudo la Biblia que el Capital.

Sor Inés – Hermanas, pienso que Santa María-Juana ha querido venir en nuestra ayuda.

Sor Prudencia – Luchar contra la droga cultivando marihuana en casa… ¡Esto es el colmo de los colmos! ¡Madre, diga usted algo!

Madre Superiora – Le confieso que ya no sé ni qué pensar. Desde que me han hecho beber ese maldito brebaje ya no tengo las ideas nada claras.

Sor Prudencia (santiguándose)¡Jesús, María y José!

Madre Superiora – Teresa, usted que es buena consejera, ¿qué opina?

Teresa – En el punto al que hemos llegado, creo que es inútil actuar de forma precipitada. Tomémonos, al menos, un tiempo de reflexión a la espera que desaparezcan los efectos del licor.

Madre Superiora – Me voy ahora mismo a rezar al Señor a la espera de que Él se digne a aclararme un poco las ideas.

La Madre Superiora sale de escena y aparecen Anatole y Victorina vestidos de forma mucho más juvenil, incluso con un estilo hippie.

Anatole – Tenemos una gran noticia que daros.

Bernardo – ¿Os ha tocado la bonoloto?

Anatole – ¡Mucho mejor que eso! ¡Nos vamos a casar!

Teresa – ¡Pero eso es maravilloso!

Victorina – Pues sí. No sé qué es lo que nos pasa, pero desde hace unas horas tengo la sensación de haber comenzado una nueva vida.

Anatole – Yo creo que es el efecto de su elixir milagroso. Es más, si aún les queda, hemos pensado en llevarnos dos o tres cajas.

Sor Prudencia – ¡¿Dos o tres cajas?!

Victorina – Sí, es que se lo hemos dado a probar a nuestros amigos y ha sido una locura.

Anatole – ¡En el pueblo ya lo han hasta bautizado como el licor de la risa!

Sor Inés – ¡No…! ¡¿El licor de la risa?!

Sor Inés se pone a reír a carcajadas, pero se interrumpe al constatar que todos la observan.

Bernardo – No os preocupéis por ella, ha catado más licor de la cuenta.

Sor Inés – Pues lo siento, pero hemos parado la producción. Al parecer, el nuevo elixir no presenta todas las garantías sanitarias exigidas por la ley.

Teresa – Sor Inés… El voto de silencio… Hay que ser prudentes, podría haber efectos secundarios nefastos a largo plazo.

Anatole – ¿Sabe usted qué largo plazo nos espera a nosotros sin ese elixir? Eso sí que es nefasto…

Victorina – Ay no… Nuestros amigos se van a llevar una gran decepción…

Anatole – Sí, pero que muy grande… Ya nos habíamos hecho a la idea de tomarnos una copita todos juntos para celebrar el Año Nuevo.

Victorina – ¿Por qué negarles este modesto consuelo a unos ancianos al final de sus vidas?

Anatole – ¿A unos pobres viejos que no saben si llegarán al próximo Fin de Año…?

Todas las miradas se giran hacia Sor Prudencia.

Sor Prudencia – Bueno, denles una botella para que acaben el numerito… Pero que conste que es la última eh… ¡Y ni una palabra a la Madre Superiora!

Sor Inés les entrega una botella. Anatole y Victorina están encantados.

Victorina – Gracias, hermana.

Anatole – Dios se lo pague.

Sor Inés – Mientras tanto…

Sor Inés le hace un gesto con los dedos para que paguen. Anatole le da otro billete.

Sor Inés – Uy, pero esto es demasiado.

Anatole – Es para sus buenas obras, hermanas.

Victorina – ¡Feliz Navidad a todos!

Anatole y Victorina salen de escena y queda otro silencio embarazoso.

Teresa – De todas formas, aún nos queda una pregunta en el aire…

Bernardo – ¿Cuál, Teresa?

Teresa – Ese campo lo ha tenido que sembrar alguien, ¿no?

Sor Prudencia – Sí, eso es precisamente lo que decía el policía.

Teresa – Alguien que no estará precisamente encantado de descubrir que nos hemos quedado con la cosecha.

Sor Inés – Por otra parte… Sigue siendo droga.

Bernardo – ¿Y qué?

Sor Inés – Robar droga a los traficantes… En el fondo… ¡Es una buena acción!

Teresa – No cuando se roba con la intención de revenderla, hermana.

Sor Inés – ¡Pero la revendemos por cuenta de Dios!

Bernardo – Por lo tanto… Nosotros seríamos como Robin de los bosques, que robaba a los ricos para dárselo a los pobres.

Entra en escena el traficante algo mosqueado.

Teresa – ¡Madre mía! ¡Y no dejan de llegar clientes!

Sor Inés (al traficante) ¿Podemos hacer algo por usted?

El traficante les enseña un manojo de marihuana a las hermanas.

Traficante – En su opinión, hermanas, ¿esto qué son? ¿Hierbas provenzales?

Sor Prudencia – Ah, ¿usted también es policía? Su compañero acaba de irse.

Traficante – No soy poli, no…

Sor Inés – Entonces, ¿qué hace usted con eso? ¿No sabe que está prohibido?

Traficante – Resulta que yo cultivo esta preciosidad y no me gustan los intrusos…

Teresa – Ah… Entiendo…

Traficante – Veo que saben de lo que les estoy hablando…

Sor Prudencia – ¿Pero qué le hace pensar eso?

Traficante – Pues porque he encontrado este manojo de hierba justo delante de la capilla.

Sor Prudencia – ¡Pero bueno! ¡No tiene usted ningún derecho! ¡Este convento es un lugar sagrado!

Traficante – ¿Sagrado? ¿Están destilando marihuana robada a honestos cultivadores y me va a dar usted a mí lecciones de moral?

Teresa – Esto no es más que un pequeño malentendido.

Sor Prudencia – Sor Inés ha confundido esta mala hierba con diente de león.

Traficante – Con diente de león… Ya claro… ¡¿Pero ustedes que se han creído?!

Bernardo – Por favor, tranquilícese. No hemos hecho nada con mala intención, se lo aseguro, no queremos problemas. Estoy seguro de que hablando se entiende la gente.

Sor Inés – Además no sabíamos que ese campo tuviera propietario.

Sor Prudencia – Eso no impide que la Policía esté intentado localizar esta plantación clandestina. Acabaran por encontrarla.

Traficante – ¿Y le han dicho dónde está?

Sor Prudencia – Todavía no…

El traficante se tranquiliza un poco.

Traficante – Pues tal vez aún haya forma de arreglarlo. Después de todo, compartimos el mismo objetivo.

Sor Prudencia – ¿El mismo objetivo?

Traficante – Claro, nosotros también intentamos repartir felicidad a nuestro alrededor.

Teresa – Entonces… ¿Qué es lo que propone?

Traficante – ¿Un jardín compartido, quizás?

Bernardo – Imagino que cuándo dice jardín compartido… ¿No estará pensando precisamente en un cultivo de hierbas aromáticas?

Traficante – Ustedes hacen voto de silencio, nosotros nos ocupamos del cultivo y les dejamos una parte de la cosecha.

Sor Inés – Pero… ¿De qué cantidad estamos hablando?

Traficante – Del diez por ciento.

Sor Inés – Bueno, parece razonable… Como los diezmos… Eso es lo que debían pagar los paisanos a la Iglesia en la Edad Media para financiar las buenas obras.

Sor Prudencia – Sí, pero los paisanos de la Edad Media no cultivaban marihuana.

Traficante – Hermana, considérelo un producto cien por cien ecológico.

Sor Prudencia (santiguándose)¡Ay, Dios mío!

Traficante – Evidentemente, si nos pudiesen encontrar un lugar más discreto…

Teresa – ¿Para qué?

Traficante – Pues para cultivar nuestro pequeño jardín de las delicias, claro.

Sor Inés – ¿Le serviría el claustro, por ejemplo?

Traficante – Mientras no sea demasiado sombreado… Estas plantas necesitan mucho Sol.

Sor Prudencia (agobiada) Nos lo tenemos que pensar. Comprenda usted que una decisión de ese calibre hay que meditarla.

Traficante – En todo caso, no se les ocurra llamar a la Policía.

Sor Inés – Tranquilícese, nos ampara el secreto de confesión.

Traficante – Aun así, tengo una pregunta que hacerles…

Sor Prudencia – Usted dirá…

Traficante – ¿Qué demonios están haciendo con toda esa hierba?

Sor Inés – Licor. Fabricamos licor.

El traficante coge una botella y lee.

Traficante – “Elixir de Santa María-Juana”. Pues… ¡Chapó! Han encontrado ustedes la tapadera perfecta. ¿Saben que esto podría que funcionar pero que muy bien para la exportación?

Sor Inés – Oiga, pues no es ninguna tontería. No sólo nuestro convento podría alcanzar la fama con este elixir, sino que también podríamos ayudar a equilibrar las cuentas de todo el país.

Sor Prudencia – Sor Inés, sabemos que acaba usted de finalizar los estudios de comercio, pero nuestro convento no es ningún centro de emprendedores ni nada por el estilo.

Teresa – Yo sólo les recuerdo que el cultivo, la venta y el consumo de marihuana están estrictamente prohibidos por la ley.

Bernardo – Por ahora, Teresa, por ahora…

Anatole y Victorina vuelven a entrar y el traficante sale de escena.

Traficante – Bueno, les dejo, que llegan clientes. Vayan pensando en mi propuesta.

Sor Prudencia – Ni una palabra a la Madre Superiora, si se entera le dará un infarto. Ni a la Policía, por supuesto. Esto lo vamos a arreglar a nuestra manera.

Bernardo – Me da usted miedo, Sor Prudencia. Espero que no esté pensando en recurrir a la violencia…

Sor Prudencia – No si se puede evitar, se lo aseguro. Mientras tanto me acercaré al banco para ocuparme del problemilla con el cheque.

Sor Inés – La acompaño, hermana. En la universidad también me enseñaron a camelarme a los banqueros.

Sor Prudencia y Sor Inés salen de escena.

Anatole – Teresa, este licor es verdaderamente alucinante.

Teresa – ¿No se lo habrán bebido todo ya, no?

Anatole – No, pero nuestros convecinos se han enganchado totalmente.

Victorina – Es como una auténtica droga, se lo digo yo. Ahora veníamos a ver cómo iba la producción.

Anatole – Sí, ya llevamos unos cuántos encargos.

Victorina – Pero tranquila, lo vendemos sin beneficios, que no somos traficantes.

Anatole – Es bien sencillo, ya no pueden vivir sin ello y la mayoría han renunciado a su medicación habitual.

Bernardo – Bueno, si esto continua así, no sólo vamos a reponer las cuentas del convento, sino que también vamos a sanear las arcas de la Seguridad Social.

Teresa – Tenga, una última botella y váyanse ya, por favor.

Anatole le entrega un billete en mano a Teresa y coge la botella.

Anatole – Gracias, hermana.

Teresa – Anatole, que soy Teresa.

Anatole – Ah… Pues gracias, Sor Teresa.

Anatole y Victorina salen de escena.

Teresa – Después de todo, creo que nosotros también nos merecemos una copita… Aunque sólo sea para celebrarlo.

Teresa sirve dos vasitos de elixir.

Bernardo – Pero no demasiado, eh… Hay que ir poco a poco si queremos evitar la sobredosis…

Teresa – No se preocupe, es una droga muy suave. Si no, no estaría a la venta en un convento.

Bernardo – Tiene usted razón, Teresa. Dios no lo permitiría.

Teresa y Bernardo se beben el vaso de una vez.

Teresa – Desde luego hay que reconocer que hace bien allá por donde pasa.

Bernardo – Sí, la verdad es que sí.

Teresa – Esto que quede entre nosotros, claro…

Bernardo – Claro, naturalmente…

Teresa – ¿Otra copita?

Bernardo – Venga, vale. No hay ningún mal en hacerse bien.

Se toman otro chupito de una sola vez.

Teresa – Esto me recuerda a la ley seca…

Bernardo – ¿Ha conocido usted la ley seca?

Teresa – Estaba bromeando, hombre…

Bernardo – Claro, claro… ¡Eso era mucho antes de las cartillas de racionamiento! Ya decía yo que usted era mucho más joven que Victorina.

Ambos se ríen.

Bernardo – ¿Y si nos casáramos usted y yo?

Teresa – ¿Habla usted en serio o son los efectos de la droga?

Bernardo – Mi droga eres tú, Teresa.

Bernardo intenta besarla y Teresa se resiste débilmente.

Teresa – Vamos, Bernardo. ¡Qué locura!

Sam vuelve a aparecer y sorprende a la pareja. Teresa se recoloca.

Teresa – Discúlpanos, estábamos limpiando el polvo.

Bernardo – Buenos días, buenos días. ¿Van mejor las cosas?

Sam – Mucho mejor, se lo aseguro. Parece que mi resfriado ha desaparecido. ¡Un auténtico milagro! Y sin duda, gracias al elixir. ¿Sería posible conseguir otra botella? O dos… Ya que es sin alcohol… Es para mis amigos de clase…

Teresa – ¿Para tus amigos?

Bernardo – ¿Es que también están enfermos?

Sam – Ya sabe usted… Las enfermedades se transmiten rápidamente. Creo que le he contagiado mi resfriado a todo el instituto.

Sor Prudencia regresa a escena.

Sor Prudencia – ¿Va todo bien?

Bernardo – Sí, sí, todo estupendamente.

Teresa le da una botella a Sam muy discretamente.

Teresa – Coge esto y vete, corre.

Sam – Dios se lo pague, hermana.

Teresa – Que yo no soy monja, jovencita, y dudo que lo sea algún día.

Bernardo – Eh, pero son 20 euros.

Sam – ¡¿20 euros?!

Teresa – ¿Qué quieres? Todo sube. Es la ley de la oferta y la demanda.

Bernardo – Venga, y, ahora, largo de aquí.

Sam le da un billete a Bernardo y sale de escena.

Teresa – ¿Cómo va el tema del banco, hermana?

Sor Prudencia – Sor Inés ha conseguido un aplazamiento de la deuda explicándole nuestra situación.

Teresa – Bueno, con las ventas de hoy creo que podremos solucionarlo.

Sor Prudencia – Sí, Teresa, gracias a Dios…

Bernardo – ¡Y a Santa María-Juana!

Entra de nuevo el traficante.

Traficante – Hermanas, acabo de cruzarme con mi contacto en el instituto y me ha dicho que ya no quiere comprarme más hierba.

Bernardo – Pues que los jóvenes dejen la droga es un motivo de alegría.

Traficante – Ya, pero es que lo que quieren ahora es su elixir.

Teresa – Ah, claro…

Traficante – Pues si perdemos los institutos ya podemos cerrar el chiringuito.

Bernardo – Entiendo, entiendo…

Traficante – Y eso sin contar con los viejos del pueblo…

Teresa – No me diga que también se aprovecha de los ancianitos…

Traficante – ¿Y que se pensaban? Los viejos de hoy en día no son los de antes… Estos ya son los de la generación de mayo del 68.

Bernardo – Bueno, hay que confesar que un empujoncito de vez en cuando no está mal. Total, nuestro elixir no es mucho más adictivo que los antidepresivos.

Traficante – Pues sí… Y, desde esta mañana, parece que han dejado el fumeteo para dedicarse a cierto elixir monástico.

Teresa – Lo sentimos, de verdad. Pero tranquilo, que, definitivamente, paramos la producción.

Traficante – Bueno… ¿Y si, en vez de eso, nos asociamos?

Sor Prudencia – ¿Nos está proponiendo una sociedad de malhechores?

Traficante – No es para tanto, hermana.

Bernardo – ¿De qué tipo de asociación hablamos, entonces?

Traficante – Bueno, pues no solamente del cultivo, sino también de la transformación del producto.

Teresa – ¿La transformación?

Traficante – A día de hoy, todo lo que es fumar no está bien visto… Las campañas antitabaco han hecho mucho daño… Creo que si nos asociamos podríamos desarrollar una nueva línea de productos sin peligro para los pulmones y agradables al paladar. Todo bajo la suprema protección de Santa María-Juana, por supuesto.

Bernardo – No suena mal…

Traficante – Imagínense que se legaliza la marihuana. Les aseguro que el convento conseguiría más royalties que el mismísimo Vaticano. Esto sólo sería comparable a la multiplicación de los panes y los peces. ¡Hermanas, acabo retomar la fe! ¡Que me cuelguen si no acaban ustedes beatificadas!

Sor Prudencia – ¡Oh, Dios mío!

Traficante – ¿Cuál es su nombre de pila, hermana?

Sor Prudencia – Prudencia.

Traficante – ¿Y cómo se sentiría usted si la llamasen Santa Prudencia?

Entra de nuevo el Policía y el traficante se esconde en el otro extremo de la tienda.

Policía – Disculpen de nuevo, hermanas, ¿está la Madre Superiora por aquí?

Teresa – ¿Para qué la necesita, Comisario?

Policía – Nuestros perros nos han conducido hasta la plantación de marihuana.

Teresa – ¿De verdad?

Policía – El campo ha sido cosechado, pero hemos conseguido identificar las raíces. Ahora sólo nos queda encontrar al traficante y a sus plantas.

Bernardo – ¿No estará usted acusando a las religiosas de tráfico de droga?

Policía – No, por supuesto. Sin embargo, mire las fotos tomadas por las cámaras de vigilancia que habíamos instalado de incógnito. Aparentemente, esos traficantes se disfrazan de monjas para no ser reconocidos. Sin embargo, hemos logrado establecer un retrato robot del susodicho.

El Policía les enseña el retrato robot.

Policía – ¿Le dice a usted algo esta cara?

Teresa – ¡Ay, Dios mío! Palabra que no…

Policía – Pues avisen a las hermanas que nuestra paciencia tiene un límite. Podría llevarme a todo el mundo a la comisaría para un interrogatorio. Y las monjitas con esposas no serían una buena publicidad ni para el pueblo ni para el de allá arriba.

Llega la Madre Superiora.

Madre Superiora – No tenemos miedo de sus leyes, Comisario. Durante la guerra, este convento ha escondido a muchos refugiados políticos.

Policía – Señora, estamos buscando a un traficante que cultivaba marihuana en la montaña. No creo que ese sea un refugiado político.

Madre Superiora – ¡Salga de aquí inmediatamente! Este es un lugar sagrado y de asilo.

Policía – Volveré, Madre. En cuanto tenga la orden del juez, volveré.

El Policía se marcha.

Traficante – Gracias por haberme encubierto, Madre.

Madre Superiora – Eso no quiero decir que le demos nuestra aprobación.

Traficante – Entre nosotros, ustedes hacen lo mismo que yo.

Madre Superiora – Sí, pero lo nuestro es por una buena causa. Dios nos juzgará.

La Madre Superiora le ofrece al traficante un hábito de monja.

Madre Superiora – Tenga, póngase usted esto. Y si quieren interrogarle, diremos que ha hecho usted voto de silencio.

El traficante sale de escena para cambiarse. Entra en escena Sor Inés.

Madre Superiora – ¡Por fin aparece, Sor Inés! El Policía se acaba de marchar. Hemos escapado de milagro.

Sor Inés – Lo sé, soy yo quien ha cosechado toda la plantación para evitar problemas con la policía.

Teresa – ¿Y dónde la ha dejado?

Sor Inés – Pues en la capilla, ¿dónde sino?

Bernardo – ¡Pero eso es una locura! El comisario volverá dentro de poco con una orden de registro.

Vuelve el traficante vestido de monja.

Sor Inés – Buenos días, hermana. Bienvenida a nuestro convento.

Traficante – ¡Eh! Que yo no tengo intención de tomar el hábito.

Sor Prudencia – Pues si yo fuese usted, me pondría a cubierto durante un tiempo mientras pasa la tormenta.

Bernardo – En todo caso, le queda muy bien la túnica.

Madre Superiora – Y el convento siempre está necesitado de voluntarios.

Teresa – Pues mira que no me importaría cederle mi sitio en la tienda… Aunque no sería muy discreto que digamos…

Madre Superiora – Podría ocuparse del jardín, está claro que tiene buena mano con las plantas.

Sor Prudencia – Pues sí…

Madre Superiora – Mientras tanto, Sor Inés, dele una celda, que no se puede quedar aquí.

Traficante – ¿Una celda dice usted?

Sor Inés – Tranquilo, la celda que le dejaremos se podrá abrir desde dentro.

El traficante y Sor Inés salen de escena.

Sor Prudencia – ¿De verdad piensa usted hacerle cultivar marihuana en el jardín del claustro, Madre?

Madre Superiora (sorprendida) ¿Eso es lo que he dicho?

El Policía vuelve a aparecer con la orden de registro.

Policía – Ya está. Aquí tengo la orden de registro.

Madre Superiora – Estamos completamente dispuestas a colaborar con usted, pero, primeramente, Teresa, sírvale al comisario un vasito de nuestro mejor elixir para darle la bienvenida.

Teresa – Sí, Madre.

Madre Superiora – Les dejo, rezaré por ustedes.

La Madre Superiora sale de escena.

Teresa – Tengo yo interés en que pruebe usted nuestra especialidad, el célebre elixir de Santa María-Juana.

Policía – Es usted muy amable, pero tengo trabajo que hacer aquí.

Bernardo – Es una tradición de acogida, Comisario, sería una gran ofensa para las hermanas el rechazar su invitación.

Policía – Bueno, bueno… Está bien. Pero rápido, que tengo prisa.

Teresa le sirve un gran vaso de licor. El policía empieza a beber con cierta desconfianza, pero enseguida se anima.

Policía – Ah, pues sí, está muy bueno. Es curioso, le encuentro un gusto a…

Teresa – Sí, sí, a manzana. Creo que es el nuevo ingrediente.

Bernardo – Es buenísimo para todo, Comisario. Incluso hasta le ayuda a encontrar al sospechoso.

Teresa – Le sirvo otro vasito.

El policía se dispone a protestar pero el vaso ya está lleno de nuevo.

Policía – Bueno, venga… Gracias, hermana…

Beben de nuevo.

Policía – Es verdad que esto calma los nervios…

Sor Prudencia – Es por eso que en el interior de este convento reina una gran serenidad.

Policía – Pues sí, me siento verdaderamente relajado. Bueno, ahora, si me disculpan, tengo un registro que realizar.

Sor Prudencia – Le acompaño, Comisario.

El policía se dirige hacia la salida con un caminar inseguro junto a Sor Prudencia.

Teresa – ¡Todo está perdido! Me temo que acabaremos en la cárcel.

Bernardo – Ya sólo nos queda rezar…

Teresa – Supongo que las prisiones no serán mixtas, ¿no?

Bernardo – No más que los conventos me temo.

Teresa – ¿Entonces no hay ninguna posibilidad de que acabemos juntos en la misma celda?

Bernardo – No, ninguna.

Teresa – Entonces… ¡Bésame, Bernardo!

Teresa y Bernardo se disponen a besarse, pero el traficante, que sigue vestido de monja, los interrumpe.

Traficante – Acabo de ver pasar al policía. Creo que esta vez estamos vendidos.

Teresa – Con un poco de suerte no encontrarán nada. Hemos drogado al comisario.

Traficante – De todas formas, hay un buen montón de hierba junto al pesebre.

Teresa – En ese caso, sigamos rezando para que ocurra un milagro.

Teresa y Bernardo se ponen a rezar. El traficante los imita. Se oye música religiosa mientras rezan y se baja un momento la luz para simbolizar el paso del tiempo.

Policía – Bueno, hermanas, siento molestarlas en plena oración, he acabado con el registro.

El traficante se esconde detrás del velo y no responde.

Teresa – Perdone a la hermana, Comisario, también ha hecho voto de silencio.

Policía – Entiendo… De todos modos, les pido que acepten mis disculpas. No he encontrado restos de marihuana ni del sospechoso en todo el convento. Eso sí, el pesebre de la capilla es realmente maravilloso. Bueno, les dejo el retrato robot del sospechoso. Si lo ven por aquí, hágannoslo saber. Disculpen de nuevo y Feliz navidad.

El policía se marcha. La Madre Superiora llega con Sor Prudencia y Sor Inés.

Sor Inés – ¡Es un milagro! Cuando llegamos a la destilería…

Teresa – Cuando llegamos a la destilería, ¿qué?

Sor Prudencia – Pues que la marihuana se había transformado en hojas de laurel.

Teresa – ¡Oh! ¡Demos gracias a Santa María-Juana!

Sor Inés – ¡Esta es la señal que estábamos esperando! La prueba evidente de que la Santa avala nuestra proyecto.

Madre Superiora – No vaya tan rápido, Sor Inés, que este milagro ha sido cosa mía.

Bernardo – Entonces, Madre, ¡es usted la que merece ser beatificada!

Madre Superiora – Ayer decoré la cuna del pesebre con ramas de laurel. Y, como tenía que esconder los fajos de marihuana de la capilla, lo único que hice fue ponerlos debajo.

Sor Inés – ¡Ah, claro! ¡Muy buena idea!

Sor Prudencia – Un pesebre de navidad decorado con marihuana… ¡Por Dios!

Madre Superiora – Esto es temporal, hermana… Y ahora, espero que todo vuelva a la normalidad.

Sor Inés – ¿Qué quiere decir, Madre?

Madre Superiora – Lo que oye, hermana, lo que oye. Nada de cannabis en el licor. Volvemos a la receta antigua.

Sor Inés – ¿Aunque el convento sea insolvente?

Madre Superiora – Yo no estoy tan preocupada, hermana. La religión católica sobrevivirá como ha hecho siempre. Si es necesario, transformamos nuestras celdas en habitaciones y convertimos esto en un hotel.

Sor Inés parece decepcionada, pero acepta.

Traficante – Lo siento, madre, tiene que usted sentir un gran bochorno. Aun así, sepa que he aprendido muchas cosas desde que me puse esta túnica.

Madre Superiora – Te perdono, hijo mío. Hiciste que recordara mi juventud cuando aún luchaba contra el sistema junto al Abad Pedro.

Traficante – Bueno, de todas formas, gracias por no haberme entregado a la policía. A estas horas, sin ustedes, seguramente ya estaría en prisión. Así que si puedo serles útil de una manera u otra…

Madre Superiora – Ya lo pensaremos, hijo. Mientras tanto, vuelve a tu celda.

Se apaga la luz.

 

 

Epílogo

 

Un año después, la calma ha vuelto a la tienda del convento. Sor Prudencia hace las cuentas detrás del mostrador y Sor Inés aparece con una caja llena de cirios.

Sor Prudencia – Es curioso, hemos regresado a la vieja fórmula y, sin embargo, nuestro elixir se sigue vendiendo mucho mejor que antes.

Sor Inés – Es porque hemos cambiado la etiqueta. Nuestros clientes piensan que la botella todavía contiene la nueva fórmula. Se llama efecto placebo.

Sor Prudencia – Sí, parece que es suficiente para tenerlos contentos. Como se suele decir: ojos que no ven, corazón que no siente.

Sor Inés – En fin, Sor Prudencia, he venido a decirle adiós…

Sor Prudencia – ¿Así que es cierto? ¿Se marcha? ¿Ya nos deja?

Sor Inés – Sí, he decidido renunciar a la vida monástica.

Sor Prudencia – ¿Y eso, por qué? ¿Otra aparición de la Virgen?

Sor Inés – Todo lo contrario. Cuando mis compañeros de la universidad se enteraron de que había tomado los hábitos, me confesaron que, antes de que tuviera la visión de la Virgen, me habían dado, sin yo saberlo, una pizza que contenía hongos alucinógenos. Una broma de mal gusto según parece.

Sor Prudencia – ¿Hongos alucinógenos?

Sor Inés – Sí. Probablemente, de ahí venga la aparición milagrosa de la Virgen…

Sor Prudencia – ¡Dios del cielo! De todos modos, le debemos una. Gracias a usted hemos remontado las finanzas del convento y éstas han dado sus frutos.

Sor Inés – Gracias, hermana, tampoco es para tanto.

Sor Prudencia – Lamentablemente, Sor Inés, sigo creyendo que su sitio no estaba en un convento…

Sor Inés – Lo sé, aunque las echaré de menos. Pero no se preocupe, pasaré a saludar de vez en cuando.

Aparecen Teresa y Bernardo también vestidos de hippies.

Sor Prudencia – ¡Hola, Teresa! ¡Hola, Bernardo! ¿Entonces qué? ¿Para cuándo la boda?

Bernardo – Pues por ahora no, Sor Prudencia. De momento, vamos a seguir viviendo en pecado. ¿No es así, querida?

Teresa – Definitivamente, el matrimonio no está hecho para todo el mundo.

Bernardo – Y si no, mire a Victorina, nada más casarse y se quedó viuda. No se puede decir que el matrimonio le sentara muy bien al pobre Anatole.

Teresa – Una sobredosis de felicidad, tal vez.

Bernardo – De todos modos, yo no querría terminar como él.

Sor Prudencia – Pero usted es mucho más joven que Anatole, Bernardo…

Risa general.

Teresa – Entonces, Sor Prudencia, esto remonta. ¿No es cierto?

Sor Prudencia – En efecto. No sólo nuestro elixir ha relanzado el convento. Ahora también vendemos los nuevos cirios de Santa María-Juana, nos los quitan de las manos.

Sor Inés – Mire, aquí traigo lo suficiente pare rellenar las estanterías. Los he fabricado esta mañana con el nuevo voluntario que me sustituirá en mis labores.

Sor Prudencia – ¿Ha confiado usted al traficante el secreto de Santa María-Juana?

Sor Inés – Creo que podemos confiar en él, hermana… Aquel que esté libre de pecado, que tire la primera piedra.

Sor Prudencia – En todo caso, no se le ve muy a menudo.

Bernardo – La verdad es que tiene buenas razones para ser discreto. Desde luego, está mejor aquí que en la cárcel.

Sor Inés – Ahora también le hago fabricar los cirios con una nueva fórmula. Hemos incluido los champiñones y las otras setas que cultivamos en las catacumbas del convento. Ya verá usted… ¡Es pura dinamita!

Bernardo – En seguida enciendo uno, hermana.

Bernardo enciende un cirio y todos inspiran profundamente.

Teresa – Ahora que lo dice, realmente desprenden un fuerte aroma.

Sor Prudencia – ¡Qué buen olor!

Teresa – ¡Sí, huele a santidad!

Bernardo – ¡Estoy seguro que si ponemos estos cirios en las misas, la Iglesia estará siempre a reventar!

La Madre Superiora llega y escucha esta última frase.

Madre Superiora – ¡Por Dios! ¡Otro milagro de Santa María-Juana!

La Madre Superiora se santigua y quedan todos estáticos mientras suena, de nuevo música religiosa.

Se apaga la luz y se cierra el telón.

Fin

*** 

El autor

Jean-Pierre Martinez es autor teatral y guionista francés de origen español. Nacido en 1955 en Auvers-sur-Oise, sube al escenario primero como baterista en diversos grupos de rock, antes de hacerse semiológo para la publicidad. Luego trabaja como guionista para la televisión, y vuelve al teatro como autor. Ha escrito mas de 60 guiones para distintas series de la televisión francesa, y 61 comedias para el teatro (13 y Martes, Strip Poker, Bar Manolo, Ella y El, Muertos de la Risa, Breves del Tiempo Perdido, El Joker…). Actualmente es uno de los autores contemporaneos mas representados en Francia, y varias de sus obras han sido ya traducidas en español y en inglés. Es licenciado en literatura española e inglesa (Sorbonne), en linguística (Ecole des Hautes Etudes en Sciences Sociales), en economía (Institut d’Études Politique de Paris), en escritura de guiones (Conservatoire Européen d’Ecriture Audiovisuelle). Jean-Pierre Martinez ha escogido ofrecer todos los textos de sus obras para descargar gratuitamente en su web : comediatheque.net.

 

Otras obras del autor  

13 y Martes

Bar Manolo

Breves del Tiempo Perdido

Crisis y Castigo

El Joker

Ella y El, Monólogo Interactivo

EuroStar

Foto de Familia

Muertos de la Risa

Por Debajo de la Mesa

Pronóstico Reservado

Strip Poker

Un Ataúd para Dos

Zona de Turbulencias

 

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relativas al derecho de propiedad intelectual.

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hasta de 300 000 euros y 3 años de prisión.

 

París – Febrero de 2017

© La Comédi@thèque – ISBN 978-2-37705-083-3

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