Memorias de una maleta

Una comedia de Jean-Pierre Martinez

22 personajes (hombres o mujeres)

Si una vieja maleta pudiera hablar, seguramente nos contaría extrañas historias.


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EL LIBRO

La maleta o el teatro de todas las partidas

En Des valises sous les yeux, quince sketches se reúnen en torno a un mismo motivo: la partida. Los personajes se disponen a viajar, a abandonar a alguien, a cambiar de vida o, a veces, a salir definitivamente de la existencia. La maleta anuncia que un movimiento es inminente, pero su destino permanece a menudo incierto. Puede contener las pertenencias de un viajero, los restos de una vida o simplemente el deseo de ir a ver qué hay en otra parte. Cada escena capta así un momento de transición, cuando todavía se duda entre quedarse o marcharse.

La escritura explota con virtuosismo todas las expresiones asociadas al viaje: hacer las maletas, cargar con demasiado equipaje, echar a volar o dar el gran salto. Una fórmula banal se toma al pie de la letra y luego se lleva hasta el absurdo mediante una sucesión de desplazamientos y malentendidos. Los diálogos dan la impresión de girar en círculo, pero cada rodeo hace avanzar la situación. Una conversación anodina sobre una maleta, un trayecto o una separación va abriendo poco a poco preguntas más inesperadas. El humor se basa menos en el acontecimiento en sí que en la incapacidad de los personajes para ponerse de acuerdo sobre el sentido de las palabras y sobre la realidad que esas palabras designan.

Bajo esta ligereza, el conjunto desarrolla una meditación agridulce sobre lo que significa partir. El viaje puede representar una promesa de libertad, pero también el exilio, la ruptura, la vejez o la muerte. Algunos personajes sueñan con un lugar lejano del que no saben nada; otros descubren que, al final de una vida, todo lo que poseen cabe en una modesta maleta. El objeto se convierte entonces en metáfora del equipaje que cada uno lleva consigo: algunos recuerdos, costumbres, remordimientos y la frágil esperanza de una segunda oportunidad. Incluso la última partida queda sometida a procedimientos administrativos, lógicas comerciales y torpezas del lenguaje, como si nuestra sociedad tratara de hacer que lo desconocido resultara tan banal como un viaje organizado.

La maleta es, por último, un accesorio profundamente teatral. Fácil de desplazar e inmediatamente evocadora, basta para sugerir una estación, una casa abandonada, una prisión o el borde de un abismo. La distribución, adaptable de dos a treinta intérpretes, permite que unos pocos actores encarnen sucesivamente una multitud de existencias. El primer sketch muestra a unos personajes dispuestos a abandonar el escenario por falta de público; el último transforma una investigación en un auténtico fuego de artificio de referencias teatrales antes de una última salida. Entre ambos momentos, la obra aparece como una sucesión de entradas y partidas. Porque vivir, como actuar, quizá consista simplemente en ocupar el escenario durante un tiempo, antes de recoger la maleta y dejar sitio a los siguientes.