Un pequeño asesinato sin consecuencias

Una comedia de Jean-Pierre Martinez

1 hombre o 2 mujeres

Desde el adulterio involuntario hasta el homicidio del mismo nombre, solo hay un paso, fácilmente negociable. Más difícil es eliminar el cuerpo del delito…

Aquellos textos los ofrece gratuitamente el autor para la lectura. Sin embargo cualquier representación pública, sea profesional o aficionada (incluso gratuita), debe ser autorizada por la Sociedad de Autores encargada de percibir los derechos del autor en el país de representación de la obra. 

Contactar con el autor : FORMULARIO DE CONTACTO

 

DESCARGAR GRATIS EL PDF COMPRAR EL LIBRO
Jean-Pierre Martinez amazon

 

Un pequeño asesinato sin consecuencias


Una comedia de Jean Pierre Martínez


PERSONAJES

Juan

Eva

Cristina


ACTO 1

Un salón burgués-bohemio, algo desordenado. Un teléfono celular abandonado en el suelo suena en el vacío. Juan llega, visiblemente preocupado. Tiene sangre en sus manos. Mira el teléfono sin tomarlo.

Juan – Y mierda…

El teléfono deja de sonar. Saca un pañuelo, toma suavemente el teléfono y lo desliza en su bolsillo. Apresuradamente pone un poco de orden en la habitación. Recoge en el suelo una camisa manchada de sangre, parece asustado.

Juan – Oh, no, eso no es cierto…

Suena el timbre de la puerta. Mete la camisa debajo de un cojín del sofá. Vuelven a llamar a la puerta.

Juan – ¡Ya voy!

Desaparece un momento para abrir y regresa después de Eva, su esposa.

Eva – Disculpa, olvidé mis llaves otra vez. De todos modos, todo va mal hoy. Tuve que defender a una mujer acusada de homicidio intencional. Te reirás. Una que cortó a su esposo en tres pedazos con una sierra de calar. Y te das cuenta de que… (Nota que Juan no escucha) Parece que no te va, tú… ¿Todavía estás bloqueado con tu nueva idea de comedia?

Juan – Sí, pero ese no es el problema…

Eva – Estás empezando a asustarme. ¿Cuál es el problema? ¿No me digas que tu madre viene a cenar?

Juan – No, no, no te preocupes…

Juan se sienta en el sofá.

Eva – En ese caso, no puede ser tan malo. Por cierto, ¿qué quieres comer? Realmente no quiero cocinar… Podríamos pedir sushi y comer mientras vemos la televisión, ¿verdad?

Juan – Sí… Bueno, no… No estoy de humor para eso, ya ves.

Eva – Solo se trata de tragarse un poco de sushi… (Eva se sienta a su lado en el sofá y lo besa.) No es como si te estuviera proponiendo follarme salvajemente, ahora mismo, en la alfombra de la sala de estar. (Frente a su falta de entusiasmo) ¡Qué entusiasmo…! Bien… ordenaré dos menús. La ventaja con el sushi es que no se enfriará…

Juan – No es como los cadáveres.

Eva expresa su asombro al escuchar este comentario morboso.

Eva – Bien… Mientras esperamos la entrega, me contarás tus desgracias y haré lo imposible para devolverte tu alegría de vivir… (Toma su teléfono móvil y comienza a marcar un número.) ¿Dulce o salado?

Juan – ¿Qué?

Eva – ¡La salsa, para sushi! ¿Dulce o salado?

Juan – Me da igual…

Se levanta y camina por la habitación.

Eva – Uno de cada uno, como siempre… (A su interlocutor) Sí, es para entrega a domicilio. Dos menús de California. Así es, calle de la Virgen, número 2… Traiga dulce y salado. Muy bien, gracias… (Guarda su teléfono celular.) En media hora… Vamos, ven y siéntate a mi lado. Mamá te cuidará… (Mueve un cojín para dejarle espacio, ve que la camisa ensangrentada sobresale y la empuja hacia ella.) ¿Qué es este horror? ¿Qué paso aquí? (Al ver la sangre en sus manos) ¿Herido?

Juan – No, yo… No es mi camisa, y tampoco es mi sangre…

Eva – ¿Esa es la sangre de quién, entonces?

Juan – Escucha, Eva, creo que maté a alguien…

Eva – ¿Crees que qué? ¿De qué estás hablando?

Juan – No, en realidad… no lo creo… estoy seguro…

Eva – Pero, Juan, eso no es posible. No matamos a alguien así. Mira, yo por ejemplo. Muchas veces he querido matar a tu madre, y aún no lo he hecho. ¿Y sabes por qué?

Juan – No…

Eva – Porque no soy una criminal, ¡por eso! No sigo mis impulsos. Reflexiono. Considero los pros y los contras. Y creo que veinte años en prisión, aún sería demasiado costoso por el placer que me daría en el momento de estrangular a tu madre.

Juan – Debemos creer que algunos hombres resisten mucho menos sus impulsos.

Eva – Escucha, Juan, veo todos los días criminales en el Palacio de Justicia. Y créeme, no tienes el perfil para el papel en absoluto…

Juan – Yo también pensé eso… Hasta ahora.

Eva – ¡Es una idea para tu nueva obra de teatro!

Juan – ¿Disculpa?

Eva – ¿La historia de una mujer que regresa a casa después de su día de trabajo y a quien su esposo anuncia que él ha matado a su amante? Quieres poner a prueba tu idea sobre mí, ¿verdad?

Juan – Maldita sea, Eva, maté a alguien, ¿cómo te digo que me creas?

Eva – No es suficiente pretender ser un asesino, ¿sabes? Todavía debe ser probado.

Juan – ¿Oh si…?

Eva – Si supieras cuántas personas se acusan erróneamente de un delito que no cometieron. La semana pasada, en la corte, defendí a un niño Scout acusado de asesinar a un sacerdote. Bueno, te vas a reír, pero había media docena de otros Cachorros que también se jactaban de matarlo… Casi tuve que luchar para convencer al juez de que mi cliente era el culpable.

Juan – Bien… ¿Y cómo lo resolviste?

Eva – Era muy simple… Solo él quien sabía bajo qué árbol había enterrado el cadáver del hombre santo.

Juan – ¿Y entonces?

Eva – ¿Y entonces…? ¿Dónde está el cuerpo?

Juan – Está aquí al lado, en la cocina.

Eva de repente parece darse cuenta de la gravedad de la situación.

Eva – ¿En la cocina? Estás bromeando…

Juan – ¿Quieres ir a ver?

Eva mira hacia la cocina, duda, pero se da por vencida.

Eva – Pero… ¿qué pasó? ¿Y quién es él?

Juan – Es… Patricio.

Eva – ¿Patricio?

Juan – Patricio.

Eva – Oh, no… no Patricio…

Juan – ¿Hubieras preferido que asesinara a otro?

Eva – Dios mío, Juan… Dime que no es verdad …

Juan – Me gustaría… Desafortunadamente …

Eva – Eso es una broma, ¿verdad?

Juan – Es su camisa la que tienes en tus manos. Mira… sus iniciales grabadas en los gemelos.

Eva echa una mirada alucinante a los gemelos.

Eva – P.S…

Juan – Patricio Sánchez. Además, excepto Patricio, conoces a otro quién guarda todavía los gemelos del día de su boda.

Eva – Pero finalmente Juan… ¿por qué?

Juan – Fue un accidente…

Eva – ¿Un accidente? ¿Quieres decir… un accidente doméstico?

Juan – Podemos llamarlo así, sí…

Eva – ¡Habla claro! Cortaste los setos en el jardín, no viste que él estaba orinando justo detrás, y lo cortaste… ¿Fue en la carótida? Si es algo así, no te preocupes, no es un delito. Con un buen abogado…

Juan – Por desgracia, en realidad no fue así…

Eva – ¿Cómo fue?

Juan – Digamos que fue… homicidio involuntario.

Eva – ¿Qué tan involuntario?

Juan – Tuvimos una discusión.

Eva – ¿Una discusión? ¿Querrás decir una pelea?

Juan – Sí, eso es… Una pelea, si así lo quieres…

Eva – Una pelea violenta, así que…

Juan – De todos modos, fue lo suficientemente violenta como para matarlo. Pero ya no tengo ganas de responder un interrogatorio.

Eva – Discúlpame… Deformación profesional.

Juan – Lo que es seguro es que lo maté.

Eva se descompone.

Eva – Todo es por mi culpa…

Juan – ¿Qué?

Eva – Bueno, no directamente, pero…

Juan – ¿Cómo que es tu culpa?

Eva No te decepcionaré, Juan. Un crimen pasional, se justifica muy bien, ya sabes.

Juan – ¿Un crimen pasional? ¿Quieres decir… yo y Patricio?

Eva – Lo mataste porque me acosté con él, ¿verdad?

Juan – ¿Te acostaste con Patricio?

Eva – ¿No es por eso que lo mataste?

Juan – ¡No sabía que te habías acostado con él!

Eva – Fue hace mucho tiempo…

Juan – ¿Cuánto tiempo?

Eva – Ya no lo sé… Seis meses, mas o menos…

Juan – Eso es lo que llamas mucho tiempo…

Eva – Fue… un accidente.

Juan – Eso es todo… ¿Un accidente doméstico?

Eva – No fue gran cosa, Juan… Solo sucedió una vez. Nunca me gustó…

Juan – Me tranquiliza mucho, de hecho… Que puedes acostarte con chicos que no te gustan.

Eva – ¡No chicos! Fue solo Patricio, te lo aseguro. ¡Fue un simple malentendido! ¡Patricio! ¡No, pero me imaginas con Patricio!

Juan – Te recuerdo que es mi mejor amigo.

Eva – Te recordaré que lo mataste…

Juan – ¿Y cómo sucedió entonces?

Eva – Fue… un malentendido.

Juan – Ya veo… adulterio involuntario, por así decirlo

Eva – ¡Exactamente!

Juan – Nunca he escuchado una explicación tan estúpida. ¿Entonces esa es tu única defensa?

Eva – No cambiemos de roles, ¿verdad? Eres tú quien ha cometido un crimen, no yo. Y ahora, depende de ti explicarle a la policía.

Juan – ¿Porque tienes la intención de denunciarme a la policía?

Eva – ¿Qué quieres que hagamos?

Juan – Eso es lo que quería hacer, de hecho. Antes de que tu llegaste. Pero ahora que sé que Patricio es tu amante… ¡Nunca se van a creer que fue un homicidio involuntario!

Eva – ¡Será mi culpa ahora! Y no es mi amante, como dices. ¡Solo dormimos juntos una vez!

Juan – De todos modos, creerán que fue por venganza, que fue un acto premeditado. ¡Me darán cadena perpetua!

Eva – Les explicaremos…

Juan – ¿Qué quieres decir con que fue un adulterio involuntario?

Eva – ¡Hola! No maté a nadie, ¿de acuerdo?

Pausa.

Juan – Entonces, ¿qué haremos?

Eva – Seguimos tal como estamos

Juan – ¿De que hablas? Me engañas con mi mejor amigo, y ahora que lo he matado, ¿te lavas las manos?

Eva – Cuando lo mataste, ¡no sabías que me había acostado con él todavía!

Juan – No juguemos con las palabras, ¿quieres?

Eva – Y a propósito ¿Por qué lo mataste, Patricio?

Juan – Una historia estúpida.

Eva – Te estoy escuchando…

Juan – Digamos… Me dijo que no le gustó mi última obra.

Eva– ¿Tu última obra? ¿Microondas?

Juan – Sí.

Eva – ¿Pero cómo le va a gustar si fue todo un fracaso?

Juan – Gracias por la delicadeza de recordármelo…

Eva – Te dije que tenías que cambiar el título… ¿Y por eso lo mataste? ¿Porque te dijo que no le gustaba esa obra, que de todos modos, todos encontraron que era una mierda?

Juan – Creo que se despertó entre nosotros una rivalidad latente durante años. Siempre estuve en competencia con Patricio. En cuanto a las chicas, entre otras. Ya en la secundaria…

Eva – ¿Bien y después?

Juan – Llegamos a las manos. Se resbaló y golpeó su sien en la esquina de la mesa.

Eva – Al ver toda esa sangre en la camisa, estaba pensando en una puñalada.

Juan – La sangre brotó por todas partes. Por los ojos, por la nariz, por las orejas. Se convulsionó durante un buen cuarto de hora. Y luego nada.

Eva – ¿Y no se te ocurrió llamar a urgencias?

Juan – No, pero te digo que pasó un cuarto de hora, tal vez fueron unos minutos o unos segundos. Estaba en pánico. Paralizado. No me di cuenta. Cuando decidí llamar, ya era demasiado tarde… (Llaman a la puerta, Juan parece preocupado.) ¿Crees que son ellos?

Eva – ¿Quién? ¿Urgencias?

Juan – ¡La policía!

Eva – Si no los llamaste…

Juan – Los vecinos pueden haber escuchado algo.

Eva – Ah, no, debe ser Cristina…

Juan – ¿Cristina? ¿La esposa de Patricio? ¿Pero cómo lo sabría ella ya?

Eva – Ella no lo sabe. Me llamó hace una hora. Me había olvidado por completo. Quería hablar conmigo sobre algo importante. Le dije que pasara por acá…

Juan – No abras.

Eva – Ella lo encontrará raro. Le dije que estaría aquí.

Juan – Tienes razón… Así que atiéndela tú. Me voy a esconder en la cocina.

Eva – ¿No crees que mejor le contamos todo? Y terminamos con…

Juan – ¿Decirle que el cadáver de su esposo yace en el suelo de la cocina en un charco de sangre? ¿De verdad crees que es la forma correcta de decirle que es viuda?

El timbre vuelve a sonar.

Eva – OK… Intentaré evitar el tema.

Juan – Sobre todo, no la dejas entrar a la cocina.

Juan va a esconderse en la cocina. Eva vuelve a poner la camisa debajo del cojín.

Eva – ¡Ya voy!

Eva sale y regresa un momento después con Cristina.

Cristina – Disculpa por venir así, casi sin avisarte. ¿Patricio está aquí?

Eva – ¿Patricio? Qué idea tan divertida… No, ¿por qué?

Cristina – Pensé que vi su scooter abajo, pero bueno. Un scooter u otro. Todos son iguales, ¿verdad?

Eva – Sí… Sí…

Cristina – ¿Y Juan?

Eva – Sí, sí, él está aquí, pero… está trabajando. En su nueva obra de teatro. Y lo conoces, cuando escribe…

Cristina – Entiendo… Especialmente después del desastre que hizo con su última obra… ¿Cómo se llamaba?

Eva – Microondas.

Cristina – Era obvio que iba a quemarse.

Eva – Supongo que no viniste aquí para hablar de eso…

Cristina – Siento mucho molestarte. Sé que no es el momento adecuado, pero es importante.

Eva – ¡Pierde cuidado! No me molestas. Si no puedes contar con tus amigos cuando los necesitas… ¿Quieres beber algo?

Cristina – No, gracias, estoy bien así…

Eva – Perfecto… Quiero decir… Por favor, siéntate… (Cristina está a punto de sentarse en el sofá, cerca del cojín donde está oculta la camisa) ¡Uh…! ¡no!, siéntate aquí, espera.

Eva le ofrece a Cristina un taburete bastante incómodo.

Cristina(sentándose) Muy bien…

Eva – No, porque en estos sofás, ya sabes como es… Es fácil conciliar el sueño. Estoy un poco cansada y… quiero concentrarme en escucharte… (Ella toma un asiento similar y se sienta también.) Entonces, ¿Qué es eso tan importante que me quieres decir?

Cristina – Bueno… no vas a creerlo… acabo de descubrir que Patricio me engaña.

Eva – ¿Y no lo sabías?

Cristina – Bueno… no. ¿Por qué? ¿Tú lo sabías?

Eva – ¡Para nada! Quise decir… ¿Y ya sabes quién es?

Cristina – No exactamente.

Eva – Tanto mejor, tanto mejor …

Cristina – ¿Cómo que tanto mejor?

Eva – No, quiero decir, ¿no sería peor que supieras quién?

Cristina – No lo sé…

Eva – Y luego… eso no es tan importante, después de todo. La conclusión es que te está engañando, ¿verdad?

Cristina – Sí… Bueno, tienes razón. Lo peor sería que me engañara con alguien que yo conozca.

Eva – Sí…

Cristina – ¿Te lo imaginas? ¿Saber que tu esposo te está engañando con tu mejor amiga?

Eva – ¿Pero de qué estás hablando?

Cristina – No, pero tranquilízate. Nunca te haría algo así.

Eva – Gracias.

Cristina – En cualquier caso, se acabó. Me voy a divorciar.

Eva – No te dejes llevar demasiado rápido tampoco… Es una decisión muy grave, ¿verdad? Puede haber sido un accidente…

Cristina – ¿Un accidente? ¿Cómo es eso? ¿Crees que vamos a engañar a alguien así? ¿Por qué no nos dimos cuenta? ¿Porque teníamos la cabeza en otro lado? Después hago una declaración, y el seguro me lo paga.

Eva – No, por supuesto, pero…

Cristina – Al volver a casa por la noche, el marido le dice a su esposa: por cierto, olvidé decirte que tuve un pequeño accidente, golpeé la vagina de la vecina con mi pene.

Eva – ¿También a la vecina?

Cristina – ¡No, pero… Solo es un ejemplo! ¿Estás segura de que estás bien? Siento que esta historia te molesta aún más que a mí.

Eva – Estoy preocupada por ti. Vosotros erais una pareja tan… Cuando decíamos Patricio y Cristina, era como…

Cristina – Como decir Juan y Eva.

Eva – Entonces imagina como me siento yo cuando me dices que te vas a separar…

Cristina – ¿Qué te parece? Nada es para siempre.

Eva – Es cierto.

Cristina – En cualquier caso, nunca más volveré a dormir bajo el mismo techo que ese bastardo.

Eva – Entiendo, por supuesto…

Cristina – Y cuento contigo para mi divorcio, ¿eh?

Eva – ¿Eso… tú crees que…? No sé si… los conozco a los dos, podría ser vergonzoso.

Cristina – ¿Estás bromeando? Eres mi amiga. Patricio es más amigo de Juan. Las dos nos conocíamos bien antes de conocerlos, ¿verdad?

Eva – Eso es correcto…

Cristina – Todos los hombres son unos cerdos, te lo aseguro… Bueno, no digo eso por Juan, por supuesto.

Eva – Está claro.

Cristina – Aunque los hombres, ya sabes… Todos iguales…

Eva – Te aseguro que Juan…

Cristina – Lo vas a matar ¿verdad?

Eva – ¿A Juan?

Cristina – ¡A Patricio! Eres la mejor, ¿verdad? ¡Como abogada! En cualquier caso, es la reputación que tienes.

Eva – Oh, bien…

Cristina – Fue Paloma quien me dijo eso. ¿Sabes?, Tú te encargaste de su divorcio.

Eva – Oh ¿Si?

Cristina – ¡Pero sí! Estaba casada con un dentista. Aparentemente, cuando las pacientes se tiraban en la silla de su gabinete, no solo era para enseñarle sus dientes… Me dijo Paloma que dejaste a su marido sin un duro.

Eva – No exageres… Ese no es exactamente el papel de un abogado, ya sabes… Un divorcio es, ante todo, el fracaso de un proyecto de vida juntos. Primero estamos para hacer que esta separación sea menos dolorosa…

Cristina – No seas tan modesta. Confío en ti. Sé que lo vas a desangrar a Patricio.

Juan regresa con un delantal manchado de sangre.

Juan – Hola.

Cristina – Hola Juan. Me decía Eva que estabas escribiendo tu nueva obra…

Juan – Sí, y estaba cocinando al mismo tiempo…

Cristina – ¿De verdad…?

Juan – Sabes, escribir tiene mucho que ver con cocinar… buenos ingredientes al principio, una buena receta, un poco de sal, un poco de pimienta. Después, dejas que hierva a fuego lento…

Cristina – No sabía que además de ser un gran dramaturgo, eras un chef de alto nivel… ¿Y cuál es tu especialidad?

Juan – Paté de jabalí.

Eva – Su famosa receta “secreta”. Cuando hace eso, nadie tiene derecho a entrar en la cocina…

Juan – ¿Cómo estás?

Eva – Patricio nos dejó… Quiero decir, Cristina… Ella decidió dejar a Patricio…

Juan – ¡No!

Cristina – Sí. Acabo de enterarme que ese bastardo me estaba engañando. ¿Tú sabías algo?

Juan – ¿Yo? ¿Por qué iba a saber algo?

Cristina – Solidaridad masculina, sé lo que es. Cuando se trata de proporcionar una coartada para un amigo. O incluso una habitación de invitados…

Juan – Te aseguro que estás en el camino equivocado, Cristina… ¡En fin! Somos amigos… ¿Cómo puedes creer eso…

Cristina – Disculpa, son los nervios… Es que acabo de enterarme…

Eva – Te quedarás aquí un rato, solo para calmarte un poco. Luego te vas a casa a dormir y hablaremos de eso mañana. Con mas tranquilidad ¿Correcto?

Cristina – ¿En casa? Te lo dije, no voy a regresar. Además, aprovecho la oportunidad para pedirles un gran favor…

Juan – Si… Tú dirás.

Cristina – ¿Les importa si duermo aquí esta noche?

Eva – Quieres decir que…

Cristina – Mañana encontraré una solución… O me iré a vivir con mi madre. Aun no lo sé; pero esta noche, allá en… (Comienza a sollozar) Necesito estar un poco rodeada de afecto… Y ustedes son mis únicos amigos…

Eva se acerca a ella para consolarla.

Eva – Sí, por supuesto…

Cristina – Sabía que podía contar contigo… No podría hablar con mi madre en este momento. Ella odiaba a Patricio. Ella siempre me advirtió que él era un hombre mujeriego. Lamentablemente, ella tenía razón y no quiero escuchar sus lecciones morales por ahora. Mientras que contigo…

Eva – Pero por supuesto, estamos contigo. ¿Verdad, Juan?

Cristina – Sois unos verdaderos amigos. Eso me emociona mucho…

Cristina cae en los brazos de Eva.

Eva – No te preocupes, todo acabará por resolverse… Bueno, eso espero…

Juan – Os dejo chicas, terminaré mi paté…

Eva lo mira irse, horrorizada.

Cristina – Si lo tuviera aquí, frente a mí, no sé lo que le podría hacer, te lo juro… Lo que me provoca es reducirlo a él también a un pastel de carne, a ese cerdo.

Eva – Vamos, no digas eso… No será necesario…

Cristina – Realmente lamento involucrarlos en este asunto.

Eva – ¿Estás mejor?

Cristina – Un poco… Pero me gustaría algo de beber ahora …

Eva – Uh… Sí… ¿qué quieres?

Cristina – Un vaso de agua del grifo estará bien. Pero no te molestes, yo misma voy a la cocina.

Eva – ¡No!

Cristina – Oh sí, así es, lo olvidé… La receta secreta. El paté de jabalí.

Eva – Lo que necesitas es algo fuerte, créeme.

Cristina – No sé si…

Eva – Te acompañaré. Yo también… necesito beber algo fuerte.

Cristina – Oh ¿Si?

Eva saca de un armario, una botella y llena dos vasos. Levanta su copa para brindar.

Eva – No te vamos a defraudar, ¿eh? (Preocupada) Saldremos adelante ¿Verdad?…

Eva se echa a llorar, y esta vez es Cristina quien se acerca para consolarla.

Cristina – Sabía que eras una amiga, pero francamente, no pensé que te afectaría así…

Eva se recupera.

Eva – Vamos a beber. Eso no hará que Patricio regrese, pero nos relajará.

Eva vacía su vaso de un trago. Cristina la imita.

Cristina – Está bueno… esto podría despertar a un muerto…

Eva – Si tan solo…

Cristina – ¿Qué es?

Eva – Licor de papa.

Cristina – Oh sí, es… Sabe muy bien… No está tan fuerte, de hecho, ¿No?

Eva – No.

Cristina – En cualquier caso, limpia los bronquios…

Eva – Sí…

Silencio.

Cristina – ¿Cómo podría ser tan estúpida…?

Eva – Lo siento.

Cristina – ¡Con Patricio! Nunca se me ocurrió que…

Eva – Quizás él regrese… Es solo una pesadilla, ya lo verás, y todos nos despertaremos.

Cristina – Desafortunadamente, no lo creo… Me preguntaste hace un momento si sabía quién era…

Eva: – ¿Quién?

Cristina – ¡La persona con quien Patricio me engañó!

Eva – ¿Y qué sabes tú?

Cristina – Si solo hubiera una…

Eva – ¿Cómo es eso? ¿Había mas de una?

Cristina – Al descifrar la contraseña del trabajo en su computadora, descubrí por casualidad, que Patricio tenía una cuenta en un sitio de citas…

Eva – Un sitio de…

Cristina – Encuentrossinropa.com… No es con una mujer que me engaña, Eve. ¡Es con cientos!

Eva – ¿No?

Cristina – Te digo que es una verdadera obsesión sexual. Viejas, jóvenes, gordas, delgadas, rubias, morenas… Para eso, no tiene preferencias. Él tiene sexo con todo lo que se mueve.

Eva – ¿Oh si…?

Cristina – Yo misma lo descubrí. Te lo aseguro… Y si vieras sus imágenes…

Eva – Ah porque además, pone las fotos de…

Cristina – Si lees esas conversaciones, te lo juro… ¡Parece otro! Nunca lo hubiese imaginado, te lo digo. Porque conmigo, es tan soso…

Eva – Sí, conmigo también… quiero decir, con Juan. Mejor dicho, Juan conmigo.

Cristina – Ten cuidado. Creemos que los conocemos, y luego un día…

Se escucha el sonido de un cuchillo eléctrico, un cortasetos o una motosierra.

Eva – Está cortando los setos…

Cristina – ¿Mientras hace su pastel de jabalí?

El ruido se duplica.

Eva – Tal vez sea mejor que vaya a ver qué está haciendo… Te dejaré que te instales en la habitación de huéspedes.

Cristina – De acuerdo. No te molestes, sé el camino… Y gracias de nuevo por todo.

Cristina se va. Juan regresa.

Juan – ¿A dónde fue ella?

Eva – La estrangulé y la metí en la bañera. Mejor eliminar todos los testigos problemáticos.

Juan – ¿Tú hiciste eso?

Eva – ¡No, por supuesto! ¿Y tú? ¿Puedes explicarme qué está pasando? ¿Qué era este ruido?

Juan – No podía dejarlo allí en medio de la cocina.

Eva – ¿Y qué hiciste?

Juan – Lo puse en el congelador. Llegará el momento en que decidamos qué hacer con el cuerpo.

Eva – Y mientras tanto, ¿cortaste los setos? ¿En la cocina?

Juan – No, pero… no cabía en una sola pieza dentro del congelador…

Eva – Dios mío… Pero esto no es posible… ¿Cómo pudimos llegar a esto, Juan? Llamaré a la policía de inmediato.

Eva saca su teléfono celular.

Juan – ¿Quieres mandarme a prisión?

Eva – Ese es el lugar de los criminales, ¿verdad?

Juan – Te repito que fue un accidente.

Eva – ¿Estás seguro de que está muerto, al menos?

Juan – ¿Querrás decir que si estoy seguro de que estaba realmente muerto antes de cortarlo en tres pedazos con el cortasetos?

Eva – Nunca pensé que algún día oiría eso del hombre con el que me casé.

Juan – Conoces la fórmula… Para bien y para mal… Tenías que pensarlo antes.

Eva – ¿Antes de qué?

Juan – Antes de engañarme con Patricio, de todos modos…

Eva – Te has vuelto loco, Juan. Necesitas ayuda. Lo dijiste tú mismo, es un homicidio involuntario. Alegaremos “locura transitoria”.

Eva marca un número.

Juan – No hagas eso…

Eva – Esa es la única solución, te lo aseguro.

Juan – Serás considerada mi cómplice.

Eva – ¿Y por qué?

Juan – Su esposa está aquí. No le dijiste nada.

Eva – ¿Pero por qué yo querría ayudarte a hacer eso?

Juan – ¡Porque él también te estaba engañando! Querías venganza.

Eva – ¿Cómo me engañó?

Juan – Lo escuché antes. Lo conozco y sé de su cuenta en ese sitio de citas

Eva – ¿Entonces lo sabías?

Juan – Ya sabes, cuando se trata de follar, los hombres son muy jactanciosos… A veces incluso me pregunto si no engañan a sus mujeres solo por el placer de jactarse de eso con sus amigos. Es jactancia de cazadores…

Eva – ¿Y no me dijiste nada?

Juan – ¿De qué te hubiera servido saber? Además de ponerte en una situación embarazosa en frente de Cristina…

Eva – Ya veo, fue para protegerme en resumen. De todos modos, yo no tenía ninguna razón para matar a Patricio.

Juan – ¿Tu crees…?

Eva – ¿Por qué haría algo como eso?

Juan – Celos, tu también. Como Cristina…

Eva – Pero estás loco…

Juan – Pensaste que eras la única. No podías soportar descubrir que eras solo una de sus muchas conquistas. Y cuando te dije que quería matarlo, me ayudaste.

Eva – ¡Estás realmente loco, Juan!

Juan – Los dos estamos locos. Dios los cría y ellos se juntan. Ya puedo ver en los titulares de los periódicos: « La pareja diabólica descuartiza el cadáver del marido de su mejor amigo y lo mantiene en el congelador. Antes de cenar tranquilamente en la habitación contigua con la viuda… ».

Eva – ¡Contarías una historia como esa a la policía! Solo para arrastrarme contigo en tu caída. ¡Es monstruoso!

Juan – ¡Pero no seré yo quien diga eso! Eso es lo que pensará el juez. Incluso si mantengo que soy el único culpable, él estará convencido de que quiero protegerte.

Eva parece desestabilizada.

Eva – ¿Eso crees?

Juan – De todos modos, será el final de tu carrera como abogado. ¿Cómo confiar su divorcio a alguien que corta a sus amantes con un cortasetos?

Eva – Tienes razón, desafortunadamente…

Juan – ¿Y luego te ves diciéndole al juez que me engañaste por error?

Eva – ¡Pero eso es cierto, te lo aseguro!

Juan – ¿Un adulterio involuntario? Dime cómo es eso posible, para ver si puedes convencerme…

Eva – Fue el fin de semana que fuiste de viaje para el estreno de Microondas, precisamente. Ese mismo día tuve también que viajar para un juicio que finalmente se pospuso.

Juan – Di más bien que no quisiste presenciar mi naufragio…

Eva – De todos modos, no estábamos ni tú ni yo. Y se suponía que la casa estaba vacía.

Juan – Patricio me había pedido que le dejara las llaves, para encontrar una de sus conquistas. ¿Entonces fuiste tú?

Eva – ¡Pero no! Bueno, sí. Regresé por la noche inesperadamente. ¡No sabía que le habías prestado la casa… y nuestra cama matrimonial para dormir con una de sus amantes!

Juan – Esta es la única cama doble en la casa… ¿Y qué mas pasó?

Eva – Entonces me fui a la cama directamente.

Juan – Con Patricio…

Eva – ¡Vi que había alguien en la cama, pero pensé que eras tú! Me dije que finalmente, habías decidido volver esa misma noche inmediatamente después de tu primera función. Como sabía que sería un fracaso, no me sorprendió…

Juan – Gracias…

Eva – No hice un ruido para no despertarte.

Juan – Pero tu compañero se despertó de todos modos.

Eva – La perra que contrató Patricio se había ido en medio de la noche, probablemente. Y aparentemente, él quería volver a poner la tapa.

Juan – Entonces jugaste a los sustitutos, más o menos. Regresaste al campo a medio tiempo…

Eva – Debe haberme tomado por ella. No fue hasta la mañana siguiente que me di cuenta de que no eras tú en la cama. Aunque es verdad, me pareció algo extraño…

Juan – ¿Por qué, fue mejor de lo habitual?

Eva – No dije eso… Digamos que no fue lo mismo… Y luego no entendí por qué quería llamarme Alexandra 69.

Juan – Te atrajo el jueguito, ¿verdad?

Eva – Digamos… yo no estoy acostumbrada a…

Juan – ¿Y la voz? No te importo, además…

Cristina regresa.

Cristina – Disculpa… ¿Podrías prestarme un cepillo de dientes? Me fui como loca. No planeé…

Juan – En cualquier caso, esta noche, evita cometer un error en la cama… Nunca se sabe…

Cristina – Uh sí…

Juan – Te dejo… Debéis tener muchas cosas que contaros… Experiencias para compartir …

Él sale.

Cristina – ¿Qué quiso decir?

Eva – No lo sé… De todos modos …

Cristina – ¿Qué?

Eva – Me acusa de haberlo engañado.

Cristina – Y… ¿es verdad o no?

Eva – Fue adulterio… involuntario.

Cristina – ¿Un adulterio involuntario…? Es una broma?

Eva – No.

Cristina – ¡Oh!…

Eva – Llegué a casa un día. Había un hombre en mi cama. No fue hasta la mañana siguiente que me di cuenta de que no era mi esposo…

Cristina – ¿Estás bromeando?

Eva – No.

Cristina – ¿A quién le quieres hacer creer eso, Eva? No a tu marido, espero…

Eva – Tienes razón… Es completamente inverosímil.

Cristina – Es una pena, por cierto. ¿Te lo imaginas? El placer sin la culpa.

Eva – Y sin un castigo…

Cristina – ¿Y al menos valió la pena?

Eva – Yo…

Cristina – Engañar sin saber que estás engañando… No es engañar de verdad. (Risa nerviosa, pero Cristina de repente se toma en serio.) Sí… Pero te digo que si Patricio se atreviera a contarme una historia tan estúpida, sería porque realmente me toma por una tonta…

Eva – Ah sí… Pero … ¿No crees que en una pareja, también debes saber perdonar?

Cristina – ¿Perdonar? Te aseguro que podría matarlo.

Eva – Supongo que es una forma de hablar.

Cristina – Nunca pensaste en matar a alguien, ¿verdad?

Eva – Dios mío…

Cristina – Si Juan te engañara, por ejemplo, ¿podrías matarlo?

Eva – ¿Por qué? ¿Tienes alguna información en particular sobre eso?

Cristina – No, no, para nada…

Eva – Y… Y tú, entonces, ¿nunca engañaste a Patricio?

Cristina – No… Bueno… depende de lo que se llama engañar.

Eva – Oh, ¿si?

Cristina – Quiero decir, técnicamente… ¿Chupar no es engañar, verdad?

Eva – No sé… ¿Que te parece?

Juan regresa.

Juan – Bueno… podremos ir a la mesa.

Eva – ¿Ir a la misa? ¿Antes tendrás que hacer una confesión completa?

Juan – Estaba hablando de la cena…

Cristina – Oh sí, es cierto… Paté de jabalí…

Eva – Me voy a refrescar un poco…

Eva sale. Silencio.

Cristina – ¿No le dijiste?

Juan – ¿Qué?

Cristina – De nuestro pequeño desliz, el año pasado el día de Año Nuevo.

Juan – ¡Pero no! ¿Por qué?

Cristina – No lo sé… me parece que está un poco rara…

Juan – No es eso, te lo aseguro.

Cristina – No debe ser, porque nunca volvimos a hablar de eso… Estaba un poco borracha. Tú también… Pero no significó nada, ¿estamos de acuerdo? Fue solo… un pequeño accidente.

Juan – Oh, no… No te vas a poner tú también, con tus accidentes…

Cristina – Disculpa por hablar de esto otra vez, no debería haber…

Juan – Ya lo olvidé…

Eva regresa, con un aire ligeramente perturbado.

Eva – ¿Entonces nos comemos ese jabalí?

Suena el timbre.

Juan – ¿Quién podría ser…?

Eva – ¿La policía?

Cristina, intrigada por su comportamiento extraño, les da una mirada preocupada.

Juan – Yo voy… Si no volviera en cinco minutos, háblale a mi abogado…

Eva le echa una mirada a Cristina para tranquilizarla.

Eva – Es un pequeño juego entre nosotros.

Cristina – Está bien…

Eva – ¿Te gusta el jabalí?

Cristina – Sí, finalmente…

Juan regresa con un paquete.

Juan – Los sushis.

Eva – Oh sí, es cierto, lo había olvidado por completo.

Cristina – ¿Porque también ordenaste sushi?

Momento de vergüenza.

Oscuro

Acto 2

Cristina, Eva y Juan están sentados a la mesa. Terminan de comer.

Cristina – Felicitaciones por tu paté, Juan. Fue realmente delicioso.

Juan – Gracias… Perdón por los perdigones con los que casi te rompes un diente. Hay que tener cuidado, siempre quedan uno o dos.

Cristina – No es fácil eliminar todos los rastros del crimen, ¿Eh? Pero no sabía que eras un cazador…

Eva – No, es curioso, yo tampoco…

Juan – En nuestros días, esto es algo de lo que evitamos alardear.

Cristina – ¿Fuiste tú quien lo mató, pobre jabalí?

Juan – No soy tan buen cazador… En realidad, fue más… un accidente.

Cristina – ¿Un accidente? Entonces…

Juan – Estaba… con Patricio, precisamente. Volvíamos de la cacería con las manos vacías. Y en el camino, este jabalí pasó justo debajo de mis ruedas.

Cristina – Un jabalí deprimido, tal vez. Quería terminar con su vida de cerdo…

Juan – Sí, sin duda…

Cristina – Bueno… Así que… haces muchas actividades… Caza, golf…

Eva – ¿También juegas al golf?

Juan – Sí, un poco…

Cristina – Y… ¿Realmente juegas al golf con Patricio, o es solo una coartada que le diste por coquetear con sus amantes?

Juan – No, no, realmente jugamos al golf, te lo aseguro. Es un muy buen jugador, por cierto…

Cristina – Sí… Por lo que me dicen, le encanta meter las pelotas en el hoyo. En muchos hoyos.

Eva – Tendrás que llevarme algún día, ¿eh, Juan? Yo también podría probar a jugar al golf.

Cristina – De todos modos, tienes que darme la receta de tu pastel de jabalí. Oh no, es verdad, lo siento… Eso también es un secreto…

Silencio avergonzado.

Eva – ¿Quieres un poco mas de ensalada?

Cristina – Gracias, de verdad… ya no puedo tragar nada…

Juan – Si quieres, puedes irte a descansar ahora.

Cristina – Con lo que me está pasando, no estoy segura de poder dormir… Pero es bueno saber que en casos como este, puedo contar con mis amigos.

Eva – Estás en tu casa, Cristina…

Juan – ¿Un pequeño postre?

Eva – Tenemos helados en el congelador.

Cristina – Gracias, estaré bien… Voy a lavarme las manos, si me lo permites …

Cristina se levanta.

Juan – En el baño, más bien, la cocina está un poco desordenada…

Cristina sale. Juan termina de comerse lo que queda del pastel.

Eva – Está bien, parece que este asunto te lo has tomado a bien… En cualquier caso, no se te ha quitado el apetito…

Juan – ¿Ayudaría algo si me dejo morir de hambre?

Eva ¿Qué te llevó a decirle que eras un cazador?

Juan – No lo sé… Se me ocurrió así… Tuve que inventar algo… para evitar que entrara a la cocina.

Eva – ¿Y ese pastel? ¿Qué es exactamente? Creo que no debería hacer la pregunta…

Juan – No, no… Eso sí es verdad… Es pastel de jabalí …

Eva – Tendremos que hablar también del golf, porque eso del golf no me quedó muy claro…

Juan – No tengo nada que ocultar…

Eva – Aparte de un cadáver… Repito mi pregunta por última vez: ¿No es una broma? Porque sería realmente de mal gusto. Te recuerdo que la viuda está en la habitación de al lado…

Juan – Ve a echar un vistazo al congelador, si quieres. Pero te advierto, no es agradable de ver.

Eva – No quiero ver nada. Y no quiero saber nada.

Juan – Difícilmente puedes decir que no sabías… No hablamos de bebés congelados allí, escondidos entre dos pilas de filetes picados. Estamos hablando de un tipo de un metro noventa y cinco, dividido en tres secciones de sesenta y cinco centímetros…

Eva – Pero eres un monstruo… Descuartizar un cadáver, ¿Sabes cuántos años nos darán por esto? ¿Quieres que pase los mejores años de mi vida en prisión?

Juan – Estamos viviendo la misma tragedia, Eve. ¡Debes ayudarme!

Cristina regresa.

Cristina – Lo llamaré.

Eva No estoy segura de que sea una buena idea.

Cristina – ¡Tendrá que saber que lo dejo!

Eva – ¿No quieres pensar un poco más?

Cristina – Eso es lo único en que pienso, te lo aseguro. Nunca le perdonaré lo que me hizo.

Juan – Pero cuando se trata de algo como eso… tal vez debas esperar hasta mañana, ¿No crees?

Cristina – Si no me ve llegar a casa esta noche, se preguntará dónde he estado. Él llamará a la policía.

Eva – Ah sí, en este caso… Puede ser mejor advertirle.

Juan – En el estado en que está, me sorprendería si llama a la policía, pero…

Cristina – ¿En el estado en que está…?

Juan – Quiero decir… Puede que ya se esté preguntando algo, y probablemente no se sienta muy cómodo con todo.

Eva – ¿No prefieres irte a casa, simplemente? Mañana será otro día…

Cristina – Nunca podré dormir otra noche bajo el mismo techo que este bastardo.

Eva – ¿Crees que estás en condiciones de hablar con él?

Cristina – No, pero no te preocupes, no voy a comenzar a hablar con él sobre vender la casa y quedarse con el perro. Le diré que se comunique con mi abogada. Y esa eres tú

Juan – ¿Entonces eres tú quien se encargará del divorcio?

Eva – No lo sé… Sí… Cristina me preguntó…

Juan – Bueno… si quieres, llámalo ahora… ¿quieres que te dejemos sola? No quiero molestar.

Cristina – No me molestas, al contrario.

Cristina marca el número. Oímos sonar el teléfono de Patricio en la habitación de al lado.

Cristina – Es extraño, parece que está sonando aquí al lado…

Juan – Debe ser el mío.

Eva – Bueno, ¿No vas a responder?

Juan – Sí, sí… ya voy…

Se va.

Cristina – Suena y nadie contesta…

Eva – Sí… eso no me sorprende.

Cristina – ¿Por qué dices eso?

Eva – Si vio aparecer tu número y sabe por qué lo llamas… es posible que no quiera responder.

Cristina – Es él… ¿Patricio? Lo sé todo. ¿Todo de qué? Por supuesto, hazte el inocente, además. (Pausa) ¿Cómo es que te llamas a ti mismo en encuentrossinropa.com? Ah sí, Patricio 327. Seguramente que ya hay 326 imbéciles con tu nombre en este sitio. ¡Bastardo! (Pausa) ¿Entonces eso es todo lo que puedes decir? Pobre hombre. Se acabó, Patricio 327. La próxima vez que tengas algo que decirme, habla con mi abogada. La conoces muy bien, es Eva. ¡Si, Eva! La esposa de Juan, tu mejor amiga. Te corta, ¿eh? ¡Vamos, que tengas una buena noche, gilipollas! (Guarda su móvil) Se siente bien vaciar su bolso…

Eva está asombrada.

Eva – ¿Quién era?

Cristina – ¿Cómo que quién? ¡Él! ¿Quién quieres que sea?

Eva – ¿Patricio? ¿Y qué dijo él?

Cristina – No mucho. ¿Qué iba a decir? Lo extraño es que tenía una voz graciosa. Creo que me voy a tomar una aspirina. Tengo una migraña que me está comenzando… ¿Puedo tomar agua del grifo del baño?

Eva – Sí, adelante.

Cristina – ¡Ese bastardo…!

Cristina se va. Juan regresa.

Juan – ¿Cómo estás? ¿Qué pasó?

Eva – ¡Me jodiste bien!

Juan – ¿Qué?

Eva – Cristina. Ella habló con Patricio por teléfono.

Juan – Fui yo.

Eva – ¿Qué?

Juan – ¡El celular de Patricio! Estaba en su bolsillo, así que, por supuesto, se le quedó… Respondí, para no levantar sospechas…

Eva – ¡Dios santo! Por eso me dijo que tenía una voz graciosa.

Juan – Hice un truco que aprendí en un programa de la televisión. Hablé a través de un pañuelo.

Eva – Eres un enfermo…

Juan – De esa manera, tendremos una coartada. No puedo haberlo matado hace una hora aquí, ya que ella le habló por teléfono.

Eva – A menos que la policía tenga la idea de geolocalizar la llamada. Y descubran que vino de nuestra cocina.

Juan – ¿Crees que podrían ser tan competentes?

Eva – Estamos hablando de un crimen de todos modos.

Silencio. Juan finge llorar.

Juan – Si supieras cuánto lo siento… Si pudiera regresar una hora… Desafortunadamente, no es posible…

Cristina – ¿Realmente lo mataste porque no le gustó tu obra?

Juan – No… no solo por eso…

Eva – ¿Entonces por qué?

Juan – Me dijo que se había acostado contigo.

Eva – ¿Qué? ¿Y por qué no me lo dijiste antes?

Juan – Quería ver si me lo contabas espontáneamente…

Eva – Entonces, tampoco creíste cuando te dije que era un simple malentendido.

Juan – Patricio no me dijo que para él fue un malentendido. Ese es el problema…

Eva – ¡Ese bastardo…! ¡Lo mataré!

Juan – Ya no puedes hacer eso. Yo lo hice… Solo te pido que me ayudes a deshacerme del cuerpo. Si es que me amas… ¿Me amas?

Eva – Por supuesto que te amo. ¿Cómo puedes dudarlo?

Juan – Te creo.

Eva – ¿Qué hay de mí? ¿Me crees si te digo que me acosté con él por error?

Juan – Estoy intentándolo… Debo admitir que no es fácil…

Eva – ¿Qué puedo hacer para demostrarte cuánto te amo…?

Juan – Ya has hecho mucho. Pero tienes razón, no tengo posibilidad de salir de esta situación tan fácilmente y no quiero llevarte conmigo a la cárcel por ser mi cómplice. Llamaré a la policía.

Eva – ¡No, espera!

Juan – ¿Qué?

Eva – No quiero que vayas a la cárcel y mucho menos por tantos años.

Juan – ¿Pero qué hacemos?

Eva – Te ayudaré a hacer desaparecer a Patricio…

Juan – ¿Y cómo hacemos eso?

Eva – Créeme, como abogada, muchos clientes me han contado sus pequeños secretos. Y aprendí algunos métodos simples como para meter el cuerpo de un chico de casi dos metros en el desagüe de una bañera, después de una buena noche de sueño en un baño de soda caustica.

Juan – Bien…

Eva – Pero primero tendremos que deshacernos de ella.

Juan – ¿Deshacernos de ella?

Eva – ¡Quiero decir… que nos deje en paz!

Juan – Me asustaste…

Cristina regresa.

Cristina – ¡Qué dolor de cabeza! ¿Hay problemas ?

Eva – No, no, para nada.

Cristina – Traté de acostarme un poco, pero no puedo dormir.

Juan – ¿Y si tomáramos una copa para relajarnos un poco?

Cristina – No lo sé, con las pastillas que tomé… Es mejor no mezclar, verdad?

Eva – Vamos, una copita nunca lastima a nadie.

Cristina – Bueno… Creo que sí necesitaré un digestivo. Porque ese jabalí me cayó pesado en el estómago… Estaba muy bien, pero… estaba un poco pesado, ¿verdad?

Eva sirve tres vasos y discretamente coloca un sello en uno de ellos.

Juan – Ah, sacaste el alcohol para quemar…

Cristina – Licor de papa…

Eva – Una especialidad del pueblo donde nací.

Cristina – ¡No me digas!

Juan – Eva tiene un tío que vive allí. Un eclesiástico. Lo destila por la noche clandestinamente en la cripta de su iglesia.

Cristina, con el pensamiento en otro lugar, solo los escucha con un oído.

Cristina – No sé dónde podría recibir a sus amantes.

Juan – Hay hoteles en todas partes, ya sabes.

Cristina – Era tan tacaño. Me extrañaría que gastara en un hotel. Además, estoy convencida de que si él se registró en ese sitio, es simplemente para no tener que pagarle a las prostitutas. Porque créanme, después de ver las fotos de sus conquistas, no estaba escogiendo muy bien la mercancía…

Eva – Gracias…

Cristina le da una mirada intrigada.

Juan – ¿Pero por qué hablas de él en el pasado?

Cristina – ¿Disculpa?

Eva – Dijiste que era tan tacaño.

Cristina – Porque para mí está muerto.

Eva – Vamos, no digas eso.

Cristina – O, es un amigo que le prestó su apartamento… En estos casos, los hombres son muy solidarios, por desgracia. No digo eso por ti, Juan, por supuesto…

Juan le da de beber.

Juan – Vamos, estás lastimada… Bebe un poco, más bien.

Cristina (bostezando) – No sé lo que tengo… Hace un momento, no podía cerrar los ojos, pero ahora… Creo que me iré a dormir…

Cristina cae al suelo.

Juan – Sus sellos le hicieron el efecto, finalmente…

Eva – Son principalmente las pastillas para dormir que agregué en su vaso.

Juan – ¿No hiciste eso?

Eva – Ahora nos dejará en paz, y podremos deshacernos del cuerpo.

Juan – ¿El suyo?

Eva – ¡Patricio va primero! Ayúdame, la pondremos en la habitación de invitados. Se despertará mañana por la mañana y ya será viuda oficialmente.

Juan – Incluso se ha librado de las complicaciones de un divorcio.

Eva – Al fin y al cabo, es un servicio que le damos.

La llevan por los pies detrás del escenario y regresan de inmediato.

Juan – ¿Qué hay de Patricio?

Eva – Soda cáustica, puede ser un proceso un poco largo y tedioso.

Juan – Especialmente si Cristina quiere bañarse mañana por la mañana…

Eva – Tienes razón…

Juan – Vamos a dividir a Patricio en tres bolsas de basura. Y lo llevaremos a pasear por el bosque…

Eva – O a un zoológico. Ya lo he visto en una película… Lo lanzamos en la jaula de los leones, ellos se lo comen, y ya está.

Juan – ¿Te imaginas lo que pensarán los de la seguridad del zoológico cuando nos vean entrar con tres bolsas de basura?

Eva – ¿Crees que podremos saltar la cerca por la noche?

Juan – Le enterramos en el bosque, entonces. Tengo una pala en el cobertizo del jardín.

Eva – Y para… Patricio, ¿quieres que te ayude?

Juan – Me encargaré de ello. Te vas a ensuciar…

Eva – Como quieras…

Juan sale.

Eva – Espero no estar cometiendo una estupidez, pero… ya es demasiado tarde para volver atrás.

Se traga otra copita para darse ánimo. Suena su teléfono celular.

Eva – Aló… (Pausa) ¿Patricio? Si es una broma, es de muy mal gusto. ¿Eres Juan? Lo siento, Patricio, ¿eres realmente tú? No, no, no estoy sorprendida, pero… Bueno, si, un poco, de todos modos… Ah, olvidaste tu teléfono móvil aquí. (Pausa) Sí, él me habló de vuestra… pelea… ¿Pero por qué le dijiste eso? Bueno, ya está hecho… Tenía que salir a la luz algún día… (Pausa) OK, le diré… Gracias por llamar. Por cierto, ¿hablaste con Cristina? Sí, creo que ella sospecha algo. Podríamos decir que sí… OK… (Ella cuelga) El muy bastardo, me hizo pasar por tonta…

Juan regresa, con bolsas de basura.

Eva (como si nada hubiera pasado) – ¿Entonces… eso es todo?

Juan – Sí. Me tomó un poco de tiempo, con la escarcha, las piezas comenzaron a pegarse al fondo del congelador… Tuve que usar un picahielos…

Eva – Pobre Patricio… Me parece muy divertido verlo así, yendo al gran reciclaje…

Juan – De todos modos, no sé cómo agradecerte. Es una increíble prueba de amor.

Eva – ¿Entonces me perdonas por este adulterio involuntario?

Juan – Por supuesto… Me mostraste cuánto me amabas.

Eva – Y te perdono por poner a tu mejor amigo en mi cama, sin decirme, ¿de acuerdo?

Juan – Todavía tengo dos bolsas para llevar.

Eva – Te ayudaré…

Juan – ¿Estás segura?

Eva – Como dijiste antes… Para bien y para mal …

Salen. Cristina llega.

Cristina – ¿Están ahí? ¿Qué hice con mi teléfono?

Mira las bolsas de basura con curiosidad. Mientras busca su teléfono celular, encuentra la camisa manchada de sangre con los gemelos debajo del cojín del sofá… Intrigada, empieza a salir lentamente de su letargo. Abre una bolsa y la cierra de inmediato, horrorizada. Los otros dos llegan con las otras dos bolsas.

Juan – Cristina, ¿qué haces aquí?

Eva – ¿No estabas durmiendo?

Cristina – No… Bueno, si … Olvidé mi teléfono celular …

Juan – Estábamos a punto de sacar la basura…

Cristina – Me voy a la cama. No se preocupen por mi…

Critina sale, visiblemente asustada.

Juan – ¿Crees que ella sospecha algo?

Eva – Tal vez deberíamos eliminarla también, ¿verdad?

Juan – No sabía que estabas lista para matar por mí. Casi me asusta…

Eva ¿Conoces la canción de Piaf? ¡El himno al amor ! (Cantando, exaltada) “Renegaría de mi patria, renegaría de mis amigos, si tú me lo pidieras.”

Juan – Escucha, tengo que confesarte algo…

Eva – ¡No me digas que ya mataste a alguien mas!

Juan – No, precisamente… Bueno, sí, pero…

Eva – Pobre Patricio… Era un amigo, de todos modos. Me gustaría decir un último adiós. ¿En qué bolsa metiste la cabeza?

Juan – Si yo fuera tú, no haría eso…

Eva – Creo que necesitamos hablar un poco, ¿no crees?

Juan – OK, no es Patricio el que está en las bolsas de basura.

Eva – ¿Cómo que no es Patricio? ¿Mataste a alguien más?

Juan – No, quiero decir, no maté a nadie… ¿Cómo puedes creer eso?

Eva – Ya no estoy segura… (Abre una bolsa y su sonrisa se congela) No… ¡Pero qué horror…! ¿Entonces sí realmente mataste a alguien?

Juan – ¡No, no! Pues sí, pero…

Eva – ¿Qué es esto?

Juan – El jabalí…

Eva – ¿El jabalí? Pero finalmente, Juan, no eres un cazador… ¿o es algo mas que me habías ocultado?

Juan – No lo cacé, te lo aseguro. Pero la historia del jabalí era cierta.

Eva – No era una broma… Me gustaría que me hablaras mas sobre eso…

Juan – Estaba con Patricio, precisamente. Habíamos jugado al golf.

Eva – Golf ahora… ¿No me digas que durante el juego, entre los hoyos diecisiete y dieciocho, mataste a un jabalí con una pelota de golf?

Juan – Regresamos del golf, en auto. En medio del bosque, chocamos contra un jabalí. Casi nos matamos, imagínate tú chocando contra un jabalí de 200 kilogramos, a 90 kilómetros por hora. Puedo decirte que es todo un desastre, incluso mas cuando tienes un gran cuatro por cuatro.

Eva – Sí, supongo…

Juan – Nos salimos del camino… Patricio se golpeó ligeramente.

Eva – ¿Y qué?

Juan – Como todavía estaba vivo, decidí llevarlo a un veterinario.

Eva – ¿A Patricio?

Juan – ¡Al jabalí! Lo pusimos en el maletero. Solo que, cuando llegó al veterinario, había sucumbido a sus heridas.

Eva – ¿Quién?

Juan – ¡El jabalí!

Eva – Está bien…

Juan – Como estaba en el maletero de todos modos, no sabíamos qué hacer con él. Fue entonces cuando Patricio tuvo la idea de hacer un pastel…

Eva – Idea brillante… Pero entonces, ¿por qué todo este circo?

Juan – Cortando a la bestia, Patricio me dijo que se había acostado contigo…

Eva – Destruir este cadáver de jabalí, eso debe haberlo inspirado… ¿Y qué te dijo entonces? Porque él sabía que estaba en mi cama, de todos modos.

Juan Sí, por eso se sintió culpable. Quería aliviar su conciencia.

Eva ¿Su conciencia? ¿Patricio?

Juan – Tienes razón, creo que él especialmente quería humillarme… Mientras se refugiaba en el hecho de que era adulterio involuntario… como tú dices.

Eva – ¿Y qué?

Juan – Finalmente confesó que sabía muy bien lo que estaba haciendo… y tú también, probablemente…

Eva – El muy bastardo… te lo juro…

Juan – En resumen, hemos llegado a los golpes.

Eva – Y por eso la sangre en la camisa…

Juan – No, esa es la sangre del jabalí, cuando lo pusimos en el maletero…

Eva – Ya veo…

Juan – Después, nos reconciliamos, le presté otra camisa y se fue.

Eva – ¿Y después?

Juan – Cuando llegaste, todo lo que quería era sacarte la verdad. Que no me lo contaras hizo que me sintiera traicionado, engañado.

Eva – Lo siento. Pero te juro que yo no sabía…

Juan – Ahí fue cuando tuve esa idea. Me vino así. Matar a esta pobre bestia, me puso en un segundo estado. Encontré la receta en internet.

Eva – ¿Qué receta?

Juan – ¡La receta del pastel de jabalí! Para castigarte, te dije que había matado a Patricio. Para ver cómo reaccionarías. Y después de eso, todo fue una reacción en cadena…

Se oye una sirena de policía. Eva ve la camisa que sobresale de una bolsa.

Eva – Debió ser Cristina… Vio las bolsas y la camisa… Seguramente llamó a la policía…

Hay un golpe violento en la puerta. Cristina llega con un gran cuchillo en la mano.

Cristina – No os acercad a mí, sois una gente enferma…

Eva – Cálmate, te explicaremos todo. Es solo una broma estúpida…

Juan – No es Patricio el que está en esas bolsas de basura, te lo aseguro.

Cristina – ¡No se muevan, o disparo!

Juan – Es un cuchillo…

Eva – Abriré una bolsa, espera, juzgarás por ti misma.

Eva le muestra el contenido de una bolsa.

Cristina – ¿Pero qué es este horror?

Juan – ¡Es un jabalí! Mira Hay mucho pelo.

Cristina – Patricio también, ¡tenía mucho cabello!

Eva – No en este punto…

Cristina – ¿Cómo lo sabes?

Voz en off – ¡Policía!

Juan – Eres tú quien los llamó. Es mejor que les expliques.

Eva – No va a ser fácil…

Cristina – OK…

Cristina se va.

Juan – Lo siento. Fue estúpido de mi parte. Pero me sentí traicionado…

Eva – Es mi culpa… Debí haberte contado todo de inmediato. Pero bueno, tenía miedo de que no me creyeras…

Juan – Ambos nos comportamos como idiotas.

Eva – Al igual que lo que nunca será una solución poner el polvo debajo de la alfombra… Siempre termina sabiéndose la verdad…

Juan – Sí. Por eso es mejor que también se lo digas.

Eva – ¿Qué?

Juan – ¡A Cristina! Lo de Patricio.

Eva – Creo que tienes razón. De todos modos, él la está engañando con todo lo que se mueve.

Juan – Sí, pero tú, eres su mejor amiga…

Cristina regresa.

Cristina – Todo está arreglado, se fueron. Disculpen, no sé lo que me llevó.

Eva – Todos estamos un poco perturbados esta noche… Debe ser la luna llena…

Cristina – No sabía que era la luna llena.

Eva – De todos modos, si no es la luna llena… ya no sé lo que puede ser….

Juan – Las dejo, creo que tienen cosas que decirse…

Juan sale.

Cristina – ¿Qué quiso decir?

Una pausa.

Eva Me acosté con Patricio.

Cristina – ¿Qué?

Eva – Lo juro, fue… totalmente involuntario.

Cristina – ¿Entonces la historia que me contaste antes… eras tú y Patricio?

Eva – Quería decírtelo durante mucho tiempo, pero no sabía cómo.

Cristina – ¿Pero cómo es posible?

Eva – Ese bastardo de Juan le prestó nuestra cama de matrimonio para sus citas y yo…

Cristina – OK, te creo… Y no quiero saber más… Eres mi mejor amiga, ¿verdad?

Eva – Gracias Cristina.

Cristina – Nos pasa a todos cometer errores cuando estamos demasiado borrachos.

Eva – Ya no sé que decir…

Cristina – Bueno, esa no es la situación. Es Patricio, el bastardo. Es mejor que no lo tenga frente a mí en este momento, ¡podría matarlo!

Eva – No matamos a alguien así, tranquilízate… Pero si necesitas un abogado, estoy aquí … Por tu divorcio, quiero decir…

Cristina – Gracias… Bueno, creo que mejor te dejo. Debes tener cosas que pensar también… Voy a dormir en la casa de mi madre. Le diré que olvidé mis llaves.

Eva – Cuídate… Mañana, lo verás más claramente… Todos veremos más claramente…

Cristina se va. Juan regresa. Se sientan en el sofá y permanecen en silencio por un momento.

Juan – ¿Fue realmente involuntario?

Eva – Digamos que fue… inconsciente, entonces.

Juan – OK, fingiré creerlo.

Se abrazan.

Eva – Pero es cierto que desde entonces se me ha despertado mi libido…

Juan – Sí, lo noté. Me preguntaba a qué se debía.

Eva – Deberíamos hacer esto más seguido.

Juan – ¿Quieres decir… esas reuniones a ciegas en nuestra cama de matrimonio…?

Eva – ¿Tienes otros amigos a los que le prestaste nuestro departamento para follar a sus amantes?

Juan – Estaba pensando en lo recíproco. También debes tener amigas que engañen a sus maridos…

Eva – Lo siento, solo tengo amigas fieles…

Se besan.

Oscuro

 

Epílogo

Tres maletas están dispuestas en una esquina de la sala de estar. Juan llega desde el exterior y se quita el impermeable.

Juan – ¡Cariño! ¿Estás aquí?

Eva entra.

Eva – ¿Cómo te fue?

Juan – Les encantó mi nueva obra de teatro. Decidieron producirla para el otoño.

Eva – ¡No! ¡Pero es fantástico!

Juan – Y encontraron el título asombroso.

Eva – “Un pequeño asesinato sin consecuencias…” Suena mucho mejor que “Microondas”

Juan – Hay que decir que es experiencia propia…

Eva – O casi…

Se besan.

Juan – Finalmente, todo terminó bien.

Eva – Siempre creí en ti… Incluso cuando me contabas esas historias para morirse de pie.

Juan – Esta prueba nos habrá acercado más. Te prometo que nunca más te mentiré.

Eva – Y yo nunca te esconderé nada otra vez.

La mirada de Juan cae sobre las maletas.

Juan – ¿Qué son estas maletas? (Preocupado) ¿Me vas a dejar? Después de todo lo que me acabas de decir…

Eva – Estas son las maletas de Cristina. Ella me preguntó si podía pasar la noche aquí. Creo que no le fue bien con Patricio… Ella ya no sabe a dónde ir.

Juan – Qué molestia…

Eva – Le debemos eso…

Juan – Bien… Pero no más de una noche, así que …

Suena el timbre.

Eva – Esa debe ser ella…

Juan – OK, traeré el champán.

Eva – ¿Para celebrar el divorcio de Cristina?

Juan – ¡Para celebrar la edición de mi obra! Lástima, tendremos que compartirlo con ella.

Juan sale. Eva abre y vuelve con Cristina.

Eva – No te ves muy bien. Tuviste una pelea, ¿verdad?

Cristina – Escucha, Eve… creo que cometí un error…

Eva – Me asustas, Cristina… ¿Qué clase de estupidez cometiste?

Cristina – Creo que maté a Patricio.

Eva – Oh no, esto no puede volver a pasar. ¡No dos veces!

Cristina – Teníamos una pequeña discusión, los dos. Rápidamente se puso demasiado grosero y le dije que se fuera de la casa de inmediato.

Eva – Y después.

Cristina – Bueno… fue a buscar sus maletas. Después de eso todo se salió un poco de control.

Eva – ¿Un poco?

Cristina – Estaba cortando un pollo… Tenía un cuchillo eléctrico en la mano y… me dejé llevar.

Eva – ¿Pero dónde está? ¿En el hospital?

Cristina – Desafortunadamente, ya era demasiado tarde para las urgencias. Solo quería asustarlo. Se acercó para desafiarme. Tuve un gesto reflejo y… le corté la arteria carótida.

Eva – Oh, Dios mío… La pesadilla continúa. ¿Donde está él?

Cristina señala sus maletas.

Cristina – Bueno… en las maletas…

Eva – ¿No?

Cristina – Necesito tu consejo, Eva.

Eva – ¿Mi consejo como abogado? No voy a engañarte con falsas esperanzas, Cristina… Esto no podemos pasarlo por un accidente doméstico…

Cristina – Pensé en pasarlo por el sifón del baño después de un pequeño baño de soda caustica…

Eva – Tendré que hablar con Juan…

Juan regresa, contento, blandiendo una botella de champán.

Juan – ¡Champán!

Las otras dos lo miran.

Oscuro

Fin

El autor

Jean-Pierre Martinez es autor teatral y guionista francés de origen español. Nacido en 1955 en Auvers-sur-Oise, sube al escenario primero como baterista en diversos grupos de rock, antes de hacerse semiológo para la publicidad. Luego trabaja como guionista para la televisión, y vuelve al teatro como autor. Ha escrito mas de 60 guiones para distintas series de la televisión francesa, y 78 comedias para el teatro (13 y Martes, Strip Poker, Bar Manolo, Ella y El, Muertos de la Risa, Breves del Tiempo Perdido, El Joker…). Actualmente es uno de los autores contemporáneos mas representados en Francia, y varias de sus obras han sido ya traducidas en español y en inglés. Es licenciado en literatura española e inglesa (Sorbonne), en linguística (Ecole des Hautes Etudes en Sciences Sociales), en economía (Institut d’Études Politique de Paris), en escritura de guiones (Conservatoire Européen d’Ecriture Audiovisuelle). Jean-Pierre Martinez ha escogido ofrecer todos los textos de sus obras para descargar gratuitamente en su web : comediatheque.net.

Comedias de Jean-Pierre Martinez traducidas en español:

Comedias para 2

El Joker

El Último Cartucho

EuroStar

Zona de Turbulencias

Comedias para 3

13 y Martes

Por Debajo de la Mesa

Comedias para 4

Cuatro Estrellas

Foto de Familia

Strip Poker

Un Ataúd para Dos

Comedias para 5 o 6

Crisis y Castigo

Pronóstico Reservado

Comedias para 7 a 10

Bar Manolo

Milagro en el Convento de Santa María-Juana

El pueblo más cutre de España

Comedias de sainetes (sketches)

Breves del Tiempo Perdido

Ella y El, Monólogo Interactivo

Muertos de la Risa

Este texto está protegido por las leyes

relativas al derecho de propiedad intelectual.

Toda copia es susceptible de una condena,

hasta de 300 000 euros y 3 años de prisión.

París – Setiembre de 2019

© La Comédi@thèque – ISBN 978-2-37705-274-5

https://comediatheque.net/