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Desaparicion

7 – Desaparición

Una pareja sentada en el sofá. No dicen nada y parecen aburrirse. El se pone a buscar algo, sin encontrarlo.

El – ¿Has visto el mando de la tele? Ha desaparecido…

Ella le mira sorprendida.

Ella – Pero… ¡si ya no tenemos televisión!

El – ¡Ah, sí, por supuesto…!

Silencio.

El – ¿Qué harías tú si algún día llegara a desaparecer?

Ella le mira otra vez, desconcertada.

Ella – Quieres decir… ¿cómo el telemando?

El – Como el telemando… ¡Si desapareciera! Definitivamente…

Ella – ¿No te sientes bien?

El – Sí, sí, me siento muy bien. Es sólo una hipótesis.

Ella – ¿No tienes una hipótesis más divertida?

El – Soy más viejo que tú… Lógicamente, me iré antes.

Ella – Sólo tenemos tres años de diferencia…

El – ¡Las mujeres viven más tiempo que los hombres! Además, puedo tener un accidente. Un ataque al corazón. Un cáncer.

Ella – ¡Yo también!

El – Sí, pero soy yo quien preguntó primero.

Ella – Pues… no sé. Ya veremos. Me queda tiempo para pensarlo, ¿no?

El – Más vale prevenir que curar…

Ella le mira desconcertada.

El – Sea lo que sea, más vale que lo sepas. Prefiero ser incinerado.

Ella – ¿A qué me dices esto ahora?

El – Pues… no te lo voy a decir después, ¿verdad? (Un tiempo) Es mi obsesión, esto. Ser enterrado vivo. ¿Y tú?

Ella – No debe ocurrir a menudo.

El – Basta que ocurra una vez, ¿no?

Ella – Y ser quemado vivo, ¿no te asusta?

El le mira con inquietud.

El – Nunca se me había ocurrido… (Un tiempo) ¿Crees que habrá una vida después de la muerte?

Ella – No sé si realmente es algo que desear…

El – Por lo que es por el dinero, no tendrías porqué preocuparte, lo sabes…

Ella – ¿Por si acaso hubiera una vida después de la muerte?

El – ¡Por si fuera a desaparecer!

Ella – ¡Ah, sí…! Pues… no estaba preocupada.

Silencio.

El – Si quisieras volverte a casar, claro, lo entendería muy bien…

Ella – Gracias.

El – Bueno, por lo tanto, tampoco es una obligación casarte con él…

Ella – ¿El?

El – ¡El tipo ese! Con quien vivirías si llegara yo a desaparecer. Más vale conservar tu independencia.

Ella – ¿Mi independencia?

El – Es raro… No consigo imaginarte viviendo con otro…

Ella (ofendida) – ¿Crees que nadie querría vivir conmigo?

El – Sí, sí. Por eso. A decir verdad… creo que tendría celos.

Ella – ¿Cuando hayas muerto tendrás celos?

El – Sí…

Ella – ¿Y si desapareciera antes?

El (de mala fe) – Pues nunca lo había pensado. (Un tiempo) Si me volviera yo a casar, ¿te enfadarías?

Ella – No estaría aquí para verlo.

El – Sí, pero… ¿tendrías celos…?

Ella le mira, sospechosa, pero no contesta.

El – ¿Con quién me imaginarías?

Ella – Quieres que te presente una amiga mía, por si acaso. ¿Es eso?

El – Pues… para lo niños, están los padrinos y las madrinas… Para los diputados, igual, están los suplentes. Si uno muere o dimite, hay en seguida un sustituto. Todo está previsto…

Ella – Sí… y para los coches, hay las ruedas de recambio… (Sospechosa) ¿No me estarás diciendo que ya me has encontrado una sustituta…?

El – Pues no es tan fácil, fíjate.

Silencio.

El – Lo bueno de la bigamia es que en caso de defunción uno es viudo sólo a medias.

Ella le mira atónita.

Ella – Sí…

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Carpaccio o Bacon

6 – Carpaccio o Bacon

Una pareja admirando sobre una pared invisible algo que no se ve.

El – ¿Panini, no?

Ella – A ver…

Ella se aproxima y, asomándose, lee el nombre del pintor inscrito debajo del cuadro.

Ella – Carpaccio.

El – ¿De verdad?

Admiran durante algún tiempo el cuadro, antes de pasar a otro.

Ella (juguetona) – ¿Intentas adivinar?

El – Venga…

El mira el cuadro con mucha atención.

El – ¿Picasso?

Ella le echa una mirada para hacerle entender que no es.

El – ¿Pissaro?

Ella – Pissaro… ¡Picabia!

El – ¡Por supuesto! Siempre los confundo.

Pasan a otro cuadro.

El – Ahora tú, ¿verdad?

Ella mira el cuadro con mucha concentración.

Ella – ¿Manet…?

El mira el nombre por debajo del cuadro para averiguarlo.

El – ¡Monet!

Ella – ¡Bueno…! No es tan diferente, ¿no?

Pasan a mirar otro cuadro.

Ella – ¡Mira! Algo de Bacon…

El la echa un vistazo, sorprendido. Luego los dos miran el cuadro.

Ella – Está muy bueno, ¿no?

El – Sí, es…

Ella – Es Bacon.

El – Sí…

Silencio.

Ella (pensativa) – A veces, me pregunto…

El – ¿Qué?

Ella – Si no supiera que es Bacon, a lo mejor lo encontraría asqueroso…

El la mira desconcertado.

Ella – Igual para todas estas obras. ¡Si no supiera que valen millones! De verdad, imagínate que no hayas nunca oído hablar de La Gioconda. Caes en  el mercado de la pulgas. Se vende por unos cientos de euros. ¿Puedes afirmar, por cierto, que la colgarías encima de tu chimenea? Esa tonta con su estúpida sonrisa…

El lo piensa.

El – De todas formas… no tenemos chimenea…

Ella – No, hay que reconocerlo, hemos visitado decenas de museos, centenares de exposiciones, y ni siquiera somos capaces de notar la diferencia entre una obra maestra y un mamarracho…

El – ¿Cómo averiguarlo? No se pueden ver sino obras maestras en los museos. Lo que es una pena. En cada museo tendrían que dedicar una sala exclusivamente a los mamarrachos. El principio del test a ciegas,  ¿entiendes? Para averiguar si los demás cuadros son realmente bellos o si no parecen así porque nos dicen que lo son.

Ella – Además, los museos son como las iglesias, ¿no ? Uno va allá más bien por el ambiente.

El – Afortunadamente, no se necesita creer para practicar… Lo mismo que con el amor…

Ella le mira sin comprender.

El – Digo, lo mismo que con el matrimonio… Mira… Nos hemos casado en la iglesia… Y sin embargo, no creemos realmente en Dios…

Silencio.

Ella – ¿Te acuerdas de nuestro viaje de bodas en París? Me habías llevado al Museo Picasso…

El (nostálgico) – Sí…

Ella – Estábamos tan emocionados… Y hasta la mitad del recorrido no nos dimos cuenta que no era el Museo Picasso, sino el Museo de Carnavalet…

El – Sí… Los dos quedan en el mismo barrio. Y la verdad que por fuera se parecen mucho…

Ella (sonriendo) – Empezaba a preguntarme por qué los preliminares duraban tanto…

El – ¿Los preliminares…?

Ella – Quiero decir, Picasso… Su primer periodo…

El – ¡Ah, sí…!

Silencio. Empiezan a irse.

Ella – ¿Has oído hablar de ese artista que pinta los fondos marinos?

El no comprende muy bien.

Ella – Se pone un vestido de hombre rana, planta su caballete en el fondo del mar y pinta corales.

El – No… No lo conozco a ese. ¿Y cómo está?

Ella – Pues, bien…

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Definicion del amor (por lo que no es) y reencuentro

5 – Definición del amor (por lo que no es) y reencuentro

El (a una interlocutora imaginaria) – ¿Cuánto tiempo hace que nos conocemos? Veinte años, por lo menos, ¿no? (Silencio) ¿Por qué nunca hemos follado juntos? Nos caemos bien, ¿verdad? Incluso hubiéramos podido casarnos. Es raro, te veo un poco como una ex-novia. Aunque nunca hemos salido juntos… Por poco, una vez. ¿Te acuerdas? Habías intentado emborracharme. O al revés, no sé. Acabamos en tu casa totalmente borrachos. Nos morimos de risa toda la noche, pero nos olvidamos de follar. Quizás por eso. Porque nos caemos tan bien. Le faltaría algo de pimienta. Nos aburriríamos, a la larga. De verdad, nos reímos mucho cuando estamos juntos, pero… No me imagino follar con una chica que se ríe. Bueno, hay reír… y reír. Puedo hacer reír a una chica para follar con ella. Pero follar con una chica que me hace reír… No, si me acostara contigo tendría la impresión de acostarme con un amigo. Una amiga, si prefieres. Además, no me gustan las rubias. Sí, lo sé. No eres rubia. Pero lo eras cuando te encontré… ¡No sabía que no era tu color natural! No es que no me gusten la rubias, pero… Depende. Será el color. Eras demasiado rubia. Las chicas demasiado rubias, no sé, me dan asco, un poco. Físicamente. No sé porqué… Tendrá algo que ver con la piel. Y ahora ya es tarde. Siempre te imaginaré en la piel de una rubia que se tiñó el pelo para ser morena. Además, no eres exactamente morena, ¿verdad? Castaña tampoco. ¿Cómo decirlo? No es ni rubio, ni moreno. No es que no me gustes, ¿eh? Además, gustas a todos los tíos. Habitualmente, eso es más bien incitativo… Pero en este caso, no. No, no alcanzo a decir exactamente por qué nunca se me antojó acostarme contigo… Debe ser esto, el amor… Quiero decir el « no sé qué » haciendo que a dos personas les dé la gana de follar juntos, o más adelante si se caen bien. ¡Fíjate! ¡Hemos conseguido definir lo que es el amor! Bueno, por lo que no es… Ahora, ¿por qué me he casado con mi mujer y no contigo, o con cualquier otra? Vete a saber. Bueno, para empezar, a ella le gustaba. Era más fácil. Si no le hubiera gustado, ¿hubiera yo insistido? Y si hubiera insistido, ¿le hubiera  gustado a ella o no? ¿Quién sabe? El amor compartido es más simple, pero es menos… ¿Cómo decirlo? Al vencer sin peligro, uno tiene el triunfo humilde. Sin embargo, no sé lo que le habría gustado en mí. ¿Tienes una idea? Podría preguntarle, claro, pero… Si ella me devuelve la pregunta… Hay temas que más vale no tocar. Algo de misterio en la pareja no está nada mal. En fin, sin exageración tampoco. Durante un tiempo salí con una chica. Después de un año, me dejó plantado. Le pregunté porqué. Me contestó que se aburría en la cama conmigo. ¡Fíjate! ¡Un año! Es mucha discreción, ¿no? Ahora, ¿por qué salió conmigo durante un año? Ni siquiera pensé preguntarle… Algo le habría gustado de mí, ¿no? A menos que me haya mentido. Por lo que concierne a mis hazañas sexuales, quiero decir… Para vengarse… No lo digo porque me alcanzara en mi orgullo de varón, ¿eh? Me sorprendió un poco, nada más. La verdad, tengo más bien la reputación de ser un buen amante. ¿Y tú? Quiero decir, ¿y tú, de verdad, no quieres decirme por qué nunca se te antojó salir conmigo? (Preocupado) No tienes que contestar. ¿Eh?

Reencuentro

Ella llega, con una gran sonrisa.

Ella (alegre) – ¿Me conoces?

El (volviéndose hacia ella) – No.

Ella (cómplice) – Fue hace años, pero bueno…

El – ¡Ah, sí!, quizás…

Ella (un poco ofendida) – ¿Quizás?

El – Sí, sí, ya me acuerdo, sí… ¿Qué tal?

Ella – Bien. ¿Qué haces aquí?

El – Pues, nada. ¿Y tú?

Ella (preocupada) – ¿He cambiado tanto?

El – ¡Qué va! ¡No! ¿Por qué?

Ella – Hace poco no me has conocido.

El – Perdón, es que no esperaba volverte a ver aquí.

Ella – Tú no has cambiado, ¿eh?

El – Gracias…

Ella – ¿ Pues qué? ¿Qué ha sido de tu…?

El – Bueno… Sigue igual.

Ella – Siempre tan hablador, ¿eh?

No sabe qué decir.

Ella – ¿Has vuelto hace mucho?

El – ¿De dónde?

Ella – ¡Pues de allá!

El – ¡Ah, sí…! Pues… no.

Se sonríen estúpidamente, confusos.

Ella (emocionada) – Me ha hecho mucha ilusión volver a verte.

El – A mí también…

Ella – Me tengo que ir… Alguien me espera…

Después de una duda.

Ella – ¿Un abrazo?

El – Ok…

Tomándole por sorpresa, ella le besa en la boca intensamente.

Ella (patética) – Hasta otro día, quizás.

El (confuso) – Quizás, sí…

Ella – Bueno, pues… ¡adiós, Paulo!

Ella le suelta, casi llorando.

El – Pues, sí… Adiós.

Ella se marcha. Intercambian señas de lejos para despedirse. El se queda solo.

El (desconcertado) – ¿Paulo ?

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Cuarentena

4 – Cuarentena

Ella está sentada en el sofá. El llega.

El – ¡Otra vez! Acabo de recibir una llamada de un amigo del colegio que me invita a celebrar su cuarenta cumpleaños. ¿Increíble, no?

Ella – Si teníais 20 en la misma época, no es tan raro que 20 años después, tengáis 40 más o menos al mismo tiempo.

El – Lo que es raro es que no tenía noticias de toda esta gente desde hace años… Y ahora el teléfono no para de sonar.

Ella – ¿Vas a ir?

El – Me asusta un poco. Hace tanto tiempo. Habrán cambiado, ¿no?

Ella – ¿Quieres decir físicamente?

El – Físicamente, moralmente… Espero que no estén demasiado decrépitos.

Ella (haciendo melindres) – ¿Y yo? ¿Estás seguro de que no estoy demasiado decrépita?

El – Contigo es diferente. Poco a poco, tuve tiempo de acostumbrarme. Pero esta gente, así de repente… Va ser como una nueva versión de “El Regreso de los Muertos Vivientes”… Es raro, ¿no? Esta necesidad de juntarse a la llegada de la cuarentena.

Ella – Se llama un cumpleaños, ¿no ?

El – Dicen que los animales se aproximan a los hombres al sentir llegar la muerte. Será algo por el estilo. Una manera de instinto gregario. (Un tiempo) ¿Qué le voy regalar a este también?

Ella – ¿Un ataúd?

El – Es caro, ¿no?

Ella – Lo decía de broma… ¿Y tú?

El – Yo también.

Ella – No, quiero decir: Y tú, ¿piensas hacer algo para tus 40?

El – ¿Qué quieres que haga? ¿Conoces un remedio para evitarlo? En todo caso, por favor, no me prepares una fiesta sorpresa. Si no veo a toda esta gente desde hace 20 años, seguro que es por algo.

Silencio.

El – ¿Cuantos años tienes tú exactamente?

Ella le echa una mirada enfadada, sin contestar.

Ella – Tendremos que invitar a los vecinos a cenar algún día.

El – ¿Por qué?

Ella – ¡Por nada!

El – Ellos nunca nos han invitado.

Ella – Si todo el mundo pensara así…

El – Porque seamos vecinos no tenemos que ser amigos.

Ella – ¡Nuestros amigos viven todos a quinientos kilómetros de aquí! Esta bien tener amigos al lado, ¿no?

El – Si. Es muy cómodo… Limita los gastos de transporte. O sea, la polución. Así que, se puede decir que es ecológico simpatizar con los vecinos.

Silencio.

El – Y él, ¿qué hace exactamente?

Ella – No sé. Cada mañana lo veo salir de casa con un maletín. No sé dónde va. La próxima vez le preguntaré, si quieres…

El – ¿Y ella?

Ella – Son muy discretos…

El – Va a ser muy divertida esta cena. Si queremos respetar su discreción.

Ella – Siempre podrás hablar de ti.

El – Tienen niños, ¿no?

Ella – Cada mañana veo tres salir de su casa para ir a la escuela. Supongo que son suyos.

El – ¡Ah, sí…! Uno pequeño, uno mediano y uno grande… (Preocupado)¿Tendremos que invitarles también?

Ella – ¡No! Les diremos que es una recepción estrictamente reservada a los adultos…

El – ¿Me hablabas de los vecinos de enfrente, verdad?

Ella – ¡De los de al lado! Los vecinos de enfrente se han mudado hace seis meses, después de su divorcio. ¿No has visto el cartel de « Se Vende »?

El – No.

Ella – Además, no tenían niños.

El – ¿De verdad?

Silencio.

Ella – ¿No será el cumple la semana de la limpieza acaso?

El – Es muy posible. (Con un suspiro) La limpieza es el cimiento de la pareja… ¿Sabías que en francés « menaje » quiere decir a la vez limpieza y matrimonio? Y un « menaje a tres », un triángulo…

Ella – Tres puede ser también una pareja con un niño…

El – Cada uno con sus fantasmas.

Silencio.

Ella – ¿Entonces?

El – ¿De verdad crees que es el momento de tener un niño?

Ella – No es cuestión de dinero, lo sabes muy bien… Además, no somos tan pobres…

El – ¡Lo seremos, con una retahíla de chavales! Mira lo que pasa en África con la natalidad galopante… Leí un libro hace años: «El África Negra Ha Empezado Mal». Pues hoy todavía peor… Ahora nadie piensa que África pueda ir a ningún sitio… Excepto con la deriva continental… Cuantos más niños tiene la gente, más pobre es…

Ella – ¿No crees que es al revés?

El – Si los pobres no hicieran niños, después de una generación la pobreza habría desaparecido… Mira los chinos, por ejemplo. No tienen derecho más que a un niño. Pues ya están mejor…

Ella – Podemos empezar por uno…

El – ¿Cuándo tendríamos tiempo para cuidarlo? Ni siquiera tenemos tiempo para hacer la limpieza.

Ella – Contrataremos una asistenta.

El – ¿Dónde lo pondríamos, al bebé?

Ella – Podrías instalar tu despacho en el sótano.

El – Empieza muy bien… ¿Y tú? ¿Piensas dejar tu trabajo?

Ella – Contrataremos una nodriza.

El – ¿Además de la asistenta? Ya no es un triángulo, es una pequeña empresa! No estoy seguro de tener espíritu de empresa…

Silencio.

El – No podremos salir más de noche..

Ella – Contrataremos una canguro.

El – Nunca me había dado cuenta hasta qué punto la natalidad tenía un efecto tan directo sobre el empleo.

Ella – Y sobre el consumo…

El – Pañales, leche maternizada, juguetes, curas médicas…

Ella – Nuevo coche…

El – Tienes razón. Este niño es capaz de sacar al país de la crisis…

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Averia de tele

3 – Avería de tele

Una pareja sentada en un sofá. La habitación esta vacía de cualquier otro mueble. No hacen nada, no dicen nada y miran fijamente delante de ellos.

Ella – ¿Qué hay esta noche en la tele?

El – No sé. ¿Por qué?

Ella – Por saber… (Un tiempo) ¿De veras no quieres que volvamos a comprar una?

El – Cuando teníamos tele no podíamos dejar de mirarla.

Ella – ¿Está hecha para eso, no?

El – ¡Éramos completamente adictos! ¡No hacíamos nada aparte de eso!

Siguen mirando fijamente delante de ellos.

Ella – ¿Y ahora qué hacemos ?

El – ¿Qué quieres que hagamos?

Ella – Nada…

El – Más vale, ya que mirar la tele… Cuando solo había una cadena, por lo menos… Pero ahora con el satélite…

Ella (nostálgica) – Cuando era pequeña no teníamos tele. Iba a mirarla en casa de mi vecinito…

El – ¿Quieres que pregunte al vecino si puedes ir a su casa a mirar la tele?

Silencio.

Ella – Podríamos discutir.

El le hecha una mirada preocupada.

Ella – Ya que no tenemos la tele, podríamos aprovecharlo para discutir.

El – Pues vamos. Tú empiezas.

Ella lo piensa.

Ella – ¿Me quieres?

El (desconcertado) – Podríamos empezar un poco más progresivamente, ¿no?

El lo piensa.

El – ¿Qué hay de cena esta noche?

Ella – Miércoles, es el día del pescado.

El – Normalmente es el viernes…

Ella – El viernes es conejo.

El – No muy católico todo esto, ¿no?

Silencio.

El – ¿Vamos a comprar pescado?

Ella – Iré. Tengo que comprar lentillas.

El – ¿Lentejas, con el pescado?

Ella – Lentillas… de contacto. ¿Y si comprara bacalao, para cambiar?

El – Es muy salado, ¿no?

Ella – Si lo pones en remojo toda la noche. Como la lentillas…

Silencio.

El – Si un día me engañaras, ¿me lo dirías?

Ella le mira con sorpresa.

Ella – Quieres decir: ¿si tú me engañaras, querría yo que me lo dijeras o no?

El – También, sí…

Ella – ¿Y por qué me preguntas esto?

El – Pues eso. Para hablar… Como ya no tenemos la tele.

Ella lo piensa.

Ella – ¿Cómo quieres que conteste esta pregunta?

El – Pues… sí o no.

Ella – ¿Tú crees realmente que es tan fácil?

El – ¿No lo es?

Ella – Contestar es aceptar ya la posibilidad de que me engañes.

El – ¿Y?

Ella – Es como si me preguntaras: ¿si te asesinara, preferirías que vaya a entregarme a la policía después o que intente escapar de la justicia?

El parece no entender la relación entre las dos cosas.

Ella – Esto supone que considere tranquilamente la posibilidad de que tú me asesines. Esta es la verdadera pregunta. La segunda… es secundaria.

El – Pero el adulterio no es un crimen. ¿Verdad?

Ella – El adulterio es causa de muchos crímenes…

El lo piensa, un poco preocupado.

El – ¿Así que si te engañara, podrías matarme?

Ella – En todo caso, si lo hiciera, sí que iría a entregarme a la policía después. La justicia siempre ha sido clemente con los crímenes pasionales…

Silencio.

Ella – Así que consideras tranquilamente la posibilidad de engañarme.

El – El 95% de los animales son polígamos. Los demás viven en parejas solo el tiempo de criar los chavales. Es la prueba de que la fidelidad no es una cosa natural…

Ella – No somos animales.

El – Queda un 5% de animales monógamos. Eso no hace de ellos seres humanos. ¿Por qué la fidelidad tendría que ser un criterio de humanidad?

Ella – Es el fundamento de la familia, que es el fundamento a su vez de la sociedad.

El – ¿Así que no me engañas por civismo?

Silencio.

Ella – ¿Te cuesta tanto serme fiel?

El – No… pero me estaba preguntando si la fidelidad tenía el mismo sentido para los hombres y para las mujeres.

Ella -¿Y a tu parecer, por qué los hombres son fieles? Cuando lo son…

El lo piensa.

El – ¿Para evitar las complicaciones?

Silencio.

El – Me estoy preguntando si no tendríamos mejor que comprar otra tele.

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El tiempo de las cerezas

Ella y él sentados en el sofá.

Ella – ¿Ves? El cerezo está en flor.

El – Ya es otro año…

Silencio.

Ella – Somos felices, ¿no?

El – Sí… (Después de un momento) Nos aburrimos, ¿no?

Ella – ¿Juntos?

El – ¿Qué te parece?

Ella lo piensa.

Ella – Podríamos cambiar el sofá…

El – ¿Qué haríamos con el viejo?

Ella – Ir de vacaciones…

El – ¿Para ir a dónde?

Ella – ¿Invitar a los vecinos?

El – ¿Para celebrar qué?

Ella – ¡La floración del cerezo!

El – Dicen que los japoneses hacen esto en primavera. Invitan a amigos a admirar su cerezo, beborroteando té, sin decir nada…

Ella – Mejor no tardar. Los primeros pétalos ya se caen.

El – Como mis cabellos.

Ella – ¿Tus cabellos?

El – Empieza por uno y luego te vuelves calvo sin darte cuenta… (Después de un momento) ¿A quién podríamos invitar?

Ella – A amigos.

El – La gente nunca está disponible…

Ella – Si les avisas de antemano.

El – Les invitas a tomar una copa y sacan sus agendas. En vez de tomar una copa discutimos una posible fecha. A la semana siguiente te llaman para decirte que al final no pueden y fijar otra fecha… A mí cuando me da la gana de tomar algo es enseguida. Dentro de dos o tres semanas, a lo mejor ya no tengo sed ¡No hay más improvisación!

Ella – Quizás justamente porque la gente tiene miedo de aburrirse.

El – ¡Ya verás! No estarán dispuestos. Te van a proponer una fecha. Mientras tanto, los pétalos del cerezo estarán por el suelo.

Ella – Un tapiz de pétalos es muy bonito también.

El – Hoy hace buen tiempo. ¿Qué tiempo hará dentro de un mes? Además de hacer coincidir las agendas, tendrías que consultar el servicio meteorológico. Invitar amigos se vuelve más complicado todavía que prever un eclipse. No… en vez de tratar de divertirme con tanta gente dentro de un mes, prefiero todavía estar seguro de aburrirme en seguida contigo.

Ella – Gracias…

El – Hace poco, mi mejor amigo me deja un mensaje. Hacía seis meses que no tenía noticias suyas. Lo llamo en seguida y le propongo tomar una copa. Me contesta que no está disponible, que me llamará para fijar una fecha. Todavía espero a que me llame. Ni siquiera sé porqué me llamó…

Ella – Quizás estaba un poco deprimido…

El – No sé si después de su llamada se sintió mejor. Dentro de seis meses, me llamará otra vez y será lo mismo. Eso es lo que llamamos amigos ahora. ¿Internet igual,  no? Nos dicen que es «amigable». No hablas con tu vecino de al lado, pero con esto vas a charlar con los chinos en esperanto. ¿Conoces a muchos chinos tú?

Ella – De pequeña, con mi vecino de enfrente, tratábamos de comunicarnos en Morse, de noche, con linternas de mano. Tampoco funcionaba muy bien…

El – La gente está siempre agobiada. ¿Qué tendrán que hacer tan interesante para no tener nunca un momento para tomar una copa con su mejor amigo de improviso? Yo trato de permanecer disponible. Pero nunca está nadie libre. Entonces me aburro… ¿No te aburres tú?

Ella – Contigo, jamás…

Silencio.

El – ¿Y si a pesar de todo la tomamos igual, esa copita?

Ella – ¿Los dos?

El – ¿Estarías disponible?

Ella – ¿Cuándo?

El – ¡Ahora mismo!

Ella – ¿Por qué no?

El – Voy a buscar los vasos.

Ella – Y yo los cacahuetes.

Llaman a la puerta.

El – ¿Esperamos a alguien?

Ella – No… ¿Quién podrá ser a esta hora? Vamos a cenar…

El hace un gesto de que tampoco lo sabe.

El – La gente es tan mal educada. No puede uno estar tranquilo cinco minutos, ni siquiera durante el fin de semana.

Ella – Voy a ver quién es…

El – No estoy para nadie.

Ella – ¿Y si es un amigo?

El lo piensa.

El – Le dices que nuestro cerezo de Japón está floreciendo… Y que vuelva cuando haya cerezas.

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Noche de bodas

Ella y él se dejan caer en el sofá, agobiados.

Ella – ¡Por fin! Pensé que nunca iban a marcharse…

El – Dicen que de cada diez parejas, siete no follan durante la noche de bodas… Ahora entiendo por qué…

Ella (cachonda) – ¿Tratamos de mejorar la estadística?

El – Te olvidas que despegamos a las cinco de la mañana… De Girona…

Ella – ¿De Girona?

El – ¡Ya te lo he dicho! Compré los billetes en una subasta de “E-Bay”…

Ella – ¿Por qué las compañías “low-cost” tienen que despegar de Girona? Quizás porque cuando despegas de Girona, te hace ilusión aterrizar en cualquier parte del mundo. Incluso en Bratislava…

El – Dicen que es muy bonita Bratislava… Durante la primavera…

Ella – ¿No te estás confundiendo con Praga?

El – Está por ahí al lado, ¿no?

Ella – Las Maldivas, es bonito todo el año… Y recuerda que la primavera empieza solo en dos meses…

El – Las Maldivas… Todo el mundo va, ¿no?

Ella – Es cierto que un viaje de bodas a Bratislava es mucho más original… No nos cruzaremos con muchos recién casados en el avión… La única pareja que había confundido Bratislava con Brasilia ha conseguido volver a vender sus billetes en “E-Bay”…

El – Nos pagaremos las Maldivas en unos años… Para nuestro aniversario de bodas…

Ella – Sí… Nuestras bodas de plata… Cuando no consiga entrar en el bikini…(Suspiro) La vida está mal hecha. Tendríamos que heredar a los veinte, empezar a trabajar a los cincuenta al acabar la jubilación y parir a los setenta, para no envejecer solos… Y la boda haría de extremaunción…

El – Por otro lado, una vida sin suegra… No sé si valdría la pena…

Ella – ¿Crees que te querré todavía dentro de veinte años?

El – No tendrás dónde escoger… Cuando no entres en ningún traje de baño…

Ella – Una amiga mía dijo “no” el día de su boda. De broma. Quería decir “sí” en seguida después… Pero el cura no lo encontró divertido. La chica tuvo que esperar seis meses antes de volver a la iglesia… Parece que hay un plazo de prescripción. Como para sacar el carné de conducir. No puedes volver a presentarte en seguida después de haber fallado… ¿Lo sabías?

El – No…

Ella – Son aburridas las bodas, ¿no?

El – Uno no se casa para divertirse…

Ella – No me digas que es para ir de viaje a Bratislava desde Girona en medio de la noche, si no realmente no sé por qué he dicho sí… ¿En qué país queda Bratislava exactamente?

El – No sé… Praga era la capital de Checoslovaquia…

Ella – Así que ni siquiera sabes dónde me llevas de viaje de bodas… Mi madre tenia razón. No sé dónde voy contigo…

El – Espera… Ahora Praga es capital de Chequia… Bratislava tiene que ser capital de Eslovaquia. O Eslovenia… Bueno, de todas formas, queda en la zona euro! Ni siquiera tendremos que cambiar dinero…

Ella – Y tú… ¿ Me querrás todavía dentro de veinte años?

El – ¿Como no querer toda la vida a una chica que acepta seguirme a un país desconocido de la zona euro?

Ella – Si es para ponerme a prueba, entonces…

Secuencia emocional, interrumpida por él.

El – No quiero apurarte, pero el avión despega dentro de dos horas. Y Girona no queda exactamente aquí al lado…

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Entrada de los artistas

Entrada de los artistas

La oscuridad se hace, como si el espectáculo fuera a comenzar. Pero nada ocurre durante un tiempo bastante largo para instalar un cierto malestar en el público. La luz vuelve en un rincón de la sala donde un espectador y una espectadora, que parecen no conocerse, están sentados juntos. El hombre consulta nerviosamente la “Guía del Ocio” y echa un vistazo a su reloj. La mujer toma palomitas de un gran cucurucho y las come compulsivamente de una manera poco discreta.

El – Perdón… ¿Sabes lo que pasa?

Ella (con un gesto de ignorancia) – Pues… esperamos a los cómicos…

El – Hasta ahora solo los espectadores maleducados llegaban con retraso al teatro. Si los actores hacen igual…

Silencio.

Ella (preocupada) – ¿Me permites echar un vistazo a tu guía? En caso de que la actuación se anule…

El le da su Guía del Ocio. Ella no sabe cómo cogerla con su cucurucho de palomitas entre las manos.

Ella (dándole su cucurucho de palomitas) – ¿Quieres?

El duda un momento antes de aceptar, para liberarle las manos. Ella hojea la guía, sin encontrar lo que está buscando. El come palomitas con una mueca de disgusto.

Ella (renunciando) – No encuentro nada en esta guía…

El – Y a mí no me gustan las palomitas…

Ella le devuelve su guía y recoge su cucurucho.

Ella – ¡Qué le vamos a hacer…! Ya es tarde para el cine… Tendremos que esperar…

El – A ver si por lo menos vale la pena…

Ella (preocupada) – ¿Las críticas son malas?

El (mirando hacia el público) – No hay mucha gente en la sala…

Ella – Mira, las críticas, no significan mucho… A veces, en el teatro, se ven cosas… ensalzadas por la prensa especializada… duran siglos… Nadie se atreve a decir que se aburre por miedo a pasar por un idiota. Y después les dicen: la prueba de que es una obra profunda es que no habéis entendido nada…

El – Con la comedia ya no es tan fácil. Si la gente no se ríe durante la representación no les van a decir después: es una comedia muy divertida, pero solo para los críticos.

Ella – ¿Eres crítico?

El (sorprendido) – ¿ Tú no?

Ella – Actriz…

El – ¡Ah, sí… Por supuesto…!

Ella – Menos los cómicos y los críticos, nadie va al teatro ahora, ¿no? De cada dos espectadores por lo menos uno es un actor. Acabaremos por no saber dónde está el escenario…

El – ¿Conoces la obra?

Ella – No… pero una amiga mía actúa en ella. Vengo a verla… para hacerle un favor.

El – ¿Es una actriz famosa?

Ella – Hace más bien teatro…

El – Entonces… (Sospechoso) ¿Y tú eres verdaderamente actriz?

Ella (preocupada) – ¿ Encuentras que no actúo bien?

El – ¡Sí, sí… Actúas muy bien!

Ella – Actriz de noche y… guarda de museo de día.

El – Vista la modernidad del repertorio, no es tan diferente…

Silencio.

Ella – No tengo más palomitas…

El (en un suspiro) – Quizás hayamos muerto de hambre antes del comienzo del espectáculo…

Ella – Sí… Parece que nos han olvidado…

El – Dentro de unos años, una asistenta encontrará nuestros dos esqueletos cogidos de la mano.

Ella – ¿Cogidos de la mano…?

El – Al ver llegar el fin, a lo mejor nos abandonamos en un gesto de ternura. Somos como dos náufragos en una isla desierta, ¿no? No tenemos dónde escoger…

Ella – ¿Crees que van a devolvernos el dinero?

El (sorprendido) – ¿Has pagado la entrada?

Ella – No…

El – ¿Así que…?

Se levantan para salir.

El – A lo mejor podemos volver otra día…

Ella – Si la obra está todavía en cartelera…

El – Iremos a ver otra.

Ella – ¿Es una invitación?

El (sacando un cartón) – Para dos.

Ella – Espero que esta vez comiencen en punto… ¿Qué es?

El (leyendo el cartón) – “Ella y él”…

Ella – Parece aburrido, ¿no?

El – Perdona, voy a volver a conectar el móvil…

Ella – ¡Ah, sí…! Había olvidado apagar el mío…

Se van. Oscuridad en la sala.

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La Mère Noël

Une femme arrive, en Mère Noël. Elle allume une cigarette ou se met à vapoter. Un homme arrive à son tour. Il aperçoit d’abord l’autre de dos, et est un peu surpris par son costume de Père Noël. Il est encore plus étonné lorsque la femme se retourne, et qu’il voit que c’est une Mère Noël.

Homme – Bonjour…

Mère Noël – Salut.

Homme – Vous…?

Mère Noël – Je viens pour l’arbre de Noël.

Homme – L’arbre de Noël…?

Mère Noël – L’arbre de Noël de la société. Celle pour laquelle vous travaillez, j’imagine.

Homme – Ah oui, c’est vrai… L’arbre de Noël… Je ne savais même pas que ça existait encore… Maintenant, avec toutes ces lois sur la laïcité…

Mère Noël – Vous n’avez pas d’enfants…

Homme – Pas le temps, malheureusement. Dans vingt ou trente ans, peut-être… Si la complémentaire santé de ma boîte accepte de rembourser la congélation de mes spermatozoïdes jusqu’à l’âge de ma retraite. Et donc vous…?

Mère Noël – Je travaille une année sur deux pour le Comité d’Entreprise. Je suis intermittente. Le reste de l’année, je fais du théâtre. Mais vous savez, le théâtre…

Homme – Oui… Il faut bien gagner sa vie… Et vous n’avez pas de barbe ?

Mère Noël – Vous préféreriez que j’ai une barbe ?

Homme – Non, non, vous… Vous êtes tout à fait charmante comme ça… Mais pourquoi une année sur deux ? Noël, c’est tous les ans. Ne me dites pas que le Comité d’Entreprise a décidé de ne fêter Noël que les années impaires, pour faire des économies ?

Mère Noël – C’est à cause de la parité.

Homme – La parité ?

Mère Noël – Pour lutter contre le sexisme, le Comité d’Entreprise a décidé qu’une année sur deux, le Père Noël serait une femme.

Homme – Ah oui…

Mère Noël – Si on y réfléchit bien… Il n’y a pas de raison que seuls les intermittents de sexe masculin puissent espérer trouver un job d’appoint pendant les fêtes.

Homme – Je vous avoue que je n’avais jamais pensé à ça.

Mère Noël – Pour nous, entre les arbres de Noël, les animations dans les grands magasins, les soirées privées… c’est une activité saisonnière très importante. L’année dernière, c’est ça qui m’a permis de sauver mon statut.

Homme – De Mère Noël…

Mère Noël – D’intermittente !

Homme – Bien sûr…

L’homme se met à vapoter à son tour.

Homme – Et vous, vous avez des enfants ?

Mère Noël – J’ai en des milliers…

Homme – Ah oui ? Une erreur de manipulation lors de la décongélation de vos ovules, peut-être ?

Mère Noël – Je suis la Mère Noël ! Tous les enfants sont mes enfants.

Homme – D’accord…

Ils fument un moment.

Homme – Et… est-ce qu’il y a un Père Noël ?

Mère Noël – Ne me dites pas qu’à votre âge, vous vous posez encore la question ?

Homme – Je voulais dire, est-ce que quand vous rentrez chez vous, il y a un Père Noël qui vous attend dans votre chaumière, avec qui vous partagez toutes les tâches ménagères selon les strictes règles de la parité homme-femme ?

Mère Noël – Eh bien non. Puisque vous voulez tout savoir, personne ne m’attend en bas avec un traîneau. En ce qui me concerne en tout cas, le Père Noël n’existe pas…

Homme – C’est curieux, mais contrairement à la première fois où j’ai entendu ça, aujourd’hui j’aurais plutôt tendance à trouver que c’est une bonne nouvelle…

La mère Noël écrase sa cigarette ou range son vapoteur.

Mère Noël – J’y retourne… Il faut que je finisse de décorer l’arbre… Et après j’en ai pour une heure de RER avant de rentrer chez moi…

Homme – J’ai ma voiture en bas. Moi aussi j’ai un truc à finir et après je m’en vais. Je vous dépose, si vous voulez. C’est sur mon chemin.

Mère Noël – Je ne vous ai pas encore dit où j’habitais.

Homme – Mais je sais déjà que c’est sur mon chemin.

Mère Noël – La magie de Noël…

Ils sortent.

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Dernière cigarette

Antoine revient. Clara arrive peu après.

Clara – Vous êtes encore là ?

Antoine – Personne ne m’attend à la maison. Vous non plus, apparemment.

Clara – Non.

Antoine – Mais c’est la dernière fois que je fais des heures sups. Quelques dossiers à boucler avant de partir.

Clara – Partir ?

Antoine – J’ai donné ma démission aujourd’hui.

Clara – Pas à cause de moi, j’espère.

Antoine – Pourquoi pas ?

Clara – Pour éviter qu’on travaille dans la même boîte au cas improbable où nous viendrions à avoir des relations sexuelles ensemble ? Dans ce cas, c’est dommage. Ce n’était vraiment pas la peine.

Antoine – Vous êtes tellement sûre qu’on ne couchera jamais ensemble ?

Clara – Surtout parce que je travaille en intérim. Ma mission ici s’achève ce soir de toute façon…

Antoine – Alors comme ça on est chômeurs tous les deux.

Clara (ironique) – Plus rien ne s’oppose à notre amour…

Il l’embrasse et elle se laisse faire.

Antoine – J’ai actualisé un peu mes méthodes de drague. Et j’ai arrêté les blagues.

Clara – Je vois ça… Ça ne rigole plus.

Antoine – Disons que c’est un peu plus direct.

Clara – Ça ne me déplaît pas.

Antoine – Il commence à faire nuit. On va bientôt voir les étoiles.

Clara aperçoit quelque chose contre une des parois de la terrasse, qui peut rester invisible.

Clara – C’est quoi ces plaques avec ces inscriptions ?

Antoine – Ah vous n’êtes pas au courant ? C’est vrai que vous êtes en intérim. Ce sont des épitaphes.

Clara – Des épitaphes ?

Antoine – Il y a des sociétés qui mettent des crèches à la disposition de leurs salariés. Eh bien les propriétaires de cette tour fournissent aux employés un jardin du souvenir, pour les cendres des défunts.

Clara – Un jardin du souvenir…

Antoine – Enfin, une terrasse du souvenir, si vous préférez. Les proches du disparu peuvent disperser ses cendres du haut de la tour. Ou à défaut, c’est le patron qui s’en charge.

Clara – Et cette terrasse du souvenir fait aussi office d’espace fumeurs…

Antoine – Au prix où est l’immobilier en ville… Et puis comme ça, nos chers défunts fumeurs ont un peu l’impression d’être en pause.

Clara – Une pause définitive.

Antoine – Le tabac a largement contribué au règlement définitif du problème des retraites…

Clara – Et le cimetière est devenu une dépendance du bureau. Qu’est-ce qu’il y a d’écrit sur ces épitaphes ?

Antoine s’approche pour en lire quelques unes.

Antoine – Voyons voir… (Lisant) « En ce moment, je suis surbooké, mais on se rappelle très vite »… « Je ne suis pas là, mais vous pouvez me laisser un message »… « Le changement, c’est maintenant »… « Demain j’arrête de fumer »…

Clara – Édifiant…

Antoine – Écoutez ça, on dirait un aphorisme : « Contrairement aux particules, les testicules ne peuvent pas se trouver à deux endroits différents en même temps »…

Ils échangent un regard.

Clara – C’est vrai que c’est très romantique, cet endroit, mais on ne va peut-être pas s’éterniser.

Antoine – Je peux fumer une dernière cigarette ?

Clara (ferme) – Si vous voulez me suivre, c’est maintenant.

Antoine – Ok.

Ils se dirigent vers la sortie.

Antoine – Vous habitez où ?

Clara – Juste à côté. Vous voulez boire un verre à la maison ?

Antoine – D’accord. Mais je vous préviens, je ne couche jamais le premier soir.

Clara – Ça y est, vous recommencez avec vos blagues.

Ils partent ensemble.

Un personnage (homme ou une femme) arrive. Il fume une cigarette ou vapote un instant en silence, avant de s’adresser au public.

Personnage – C’est ma dernière cigarette. C’est fini. Je décroche. Je ne sais pas pourquoi je vous dis ça. En tout cas demain, ce sera sans moi. J’ai longtemps hésité, et puis j’ai fini par me décider. Ce n’est jamais le bon moment, non ? Ce n’est pas tous les jours facile de trouver une bonne raison de continuer. Mais croyez-moi, c’est encore plus difficile de s’arrêter là, sans raison. Je ne sais pas comment ils font, tous ces gens qui laissent un petit mot derrière eux. Une lettre de démission. Qu’est-ce qu’ils espèrent encore ? Un peu de compréhension ? Je pars en silence. Sans lettre T pour la réponse. Qu’est-ce que je pourrais leur dire ? Qu’est-ce qu’ils pourraient comprendre ? Même moi je ne me comprends pas. La vie ne me comprend plus. Et s’ils me répondaient ? Qu’est-ce qu’on peut bien répondre aux abonnés absents ? Je pars sans un mot. Sans préavis. Je libère la place. Parce que je serai remplacé, bien sûr. Vous aussi. Faut pas rêver. Dans la foule, personne n’est irremplaçable. Quand tu n’es plus là, ce sera un autre. Ici ou ailleurs. Un peu plus tard ou juste après. C’est ta vie qui veut ça. La vie des autres… (Il écrase sa cigarette ou range son vapoteur)Non, si je pouvais leur dire quelque chose avant de partir, je leur dirais seulement : ne vous inquiétez pas, je vais me fondre dans la foule. Je ne suis plus là. Je serai la multitude (Un temps) Ce n’est pas la mort. C’est juste une nouvelle vie qui commence…

Le personnage s’en va.

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