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Autopista

3 – Autopista

Él se aproxima a ella.

Él – ¿Cuánto?

Ella – 30 euros…

Él – ¿Súper o regular?

Ella – ¿Regular? ¿Sigue existiendo? Pensaba que ya no había más que súper? (Él se queda callado) Bueno, pues me pone de la regular. Para cambiar un poco…

Él – Regular, es más caro.

Ella – ¿De verdad? Que raro…

Él – Pues por eso. Se ha vuelto muy raro, el regular. No se encuentra en todas partes…

Ella – Bueno, pues póngame súper, entonces.

Él – ¿Súper normal o súper extra?

Ella – ¿Cuál es la diferencia?

Él – Súper extra, cuesta más, pero consume menos.

Ella – ¿Y usted que me aconseja?

Él – ¿Usted consume mucho?

Ello – Yo que sé. Siempre pongo 30 euros…

Él – Ponga extra.

Ella – Bueno, pues… Lleno, entonces…

Él – ¿Le compruebo los niveles y la presión?

Ella – ¿Es gratuito…?

Él – Es a voluntad del cliente.

Ella – Pero más o menos…

Él – Un euro, como mínimo. Dos para los más generosos. Cinco para los benefactores de la humanidad. ¿Le hago una tarjeta de fidelidad?

Ella – ¿Y qué se consigue?

Él – Por cada mil litros de gasolina comprada, tienes derecho a un lavado gratis.

Ella – Si nunca pensé en lavarlo…

Él (aproximándose) – ¿Y esto qué es? Un excremento de paloma…

Ella – ¿Usted cree…?

Él – No puede dejarlo así. Muy corrosivo.

Ella – ¿Y qué hago yo?

Él – Puede coger una tarjeta de fidelidad.

Ella – Es que no vengo a menudo por aquí. Estoy de vacaciones…

Él – La tarjeta es válida en todas las estaciones.

Ella – La próxima vez, quizás…

Él – Ya está. Son 99 euros.

Ella – Tome. Puede guardar el cambio.

Él – Gracias.

Ella – Perdone, pero ¿sabe usted dónde estamos?

Él – ¿A dónde va?

Ella – Pues, no sé todavía.

Él – De todas formas, no puede dar la vuelta…

Ella – ¿Y la próxima salida?

Él – Muy lejos…

Ella – Bueno, voy a seguir entonces.

Él – Buen viaje.

Ella – Gracias. Igual para usted.

Ella se marcha.

Él (suspirando) – Las mujeres…

Oscuro.

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Promesas de amor

 2 – Promesas de Amor

Ella y él, sentados al lado uno de otro, con cariño.

Ella – Se está bien así, ¿verdad?

Él- Sí…

Ella – ¿Me quieres?

Él – Sí.

Ella – ¿Siempre me vas a querer?

Él (sorprendido) – ¿Siempre?

Ella – Pues, no sé… ¿50 años?

Él (espantado) – ¿50 años…?

Ella – ¿40…? (Él parece dudarlo) ¿20…? ¿10…?

Él sigue dubitativo.

Ella – ¿Un año?

Él – ¿Un año? (Convencido) ¡Claro que sí! ¿Y tú?

Ella (escéptica) – ¿Un año?

Él – Pues, no sé… ¿Un mes? (Ella parece dudarlo) ¿Quince días? ¿Una semana?

Ella sigue dubitativa.

Él – ¿Me vas a querer hasta mañana?

Ella – ¿Mañana por la mañana? ¿A qué hora?

Él – Bueno… Digamos… hasta las nueve.

Ella sonríe para significar su acuerdo. Se abrazan.

Ella – ¿Pongo el despertador?

Oscuro. 

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Maniobras de aproximación

1 – Maniobras de aproximación

Un hombre y una mujer están sentados al lado uno de otro en un avión. Ella duerme contra la espalda de él, como si fueran una pareja. Ella despierta poco a poco… y se da cuenta que estaba durmiendo contra la espalda de un desconocido.

Ella (confusa) – Perdón, lo siento… Tendría que haberme avisado…

Él – No quise despertarla…

Ella – ¿He dormido mucho tiempo?

Él – Hemos empezado los trabajos de aproximación…

Ella – ¿Los qué…?

Él – Digo… Las maniobras de aproximación… Para el aterrizaje…

Ella – Claro…

Ella vuelve a ordenar un poco su cabello con un gesto de la mano.

Ella (amable) – ¿Está de vacaciones?

Ella (a la defensiva) – Pues… No… (Después de un ligero titubeo) Voy a reunirme con mi marido…

Él (decepcionado) – Ah… ¿Y… qué hace su esposo?

Ella – Es… médico… Trabaja para una ONG…

Él – Ah, si, por supuesto… En un país como este… Fuera del turismo y del humanitario… Algo de prostitución… Y el tráfico de droga, claro…

Ella parece un poco despistada.

Ella – ¿Y usted? ¿Está de vacaciones?

Ella – Pues, tampoco… Estoy en el… tráfico de armas.

Ella (sorprendida) – Quiere decir…

Él – Kalachnikov, tubo antitanque, minas anti-personales… Acabo de recoger media-docena de carros de asalto casi nuevos. Si está interesada…

Ella – No gracias… Mi marido ya tiene un todo terreno…

Él – Tiene razón, es mucho más cómodo. ¡Y más ecológico! Un tanque, es muy difícil de aparcar, sobre todo en la ciudad, y consume casi tanto como este avión…

Ligera sacudida que los personajes pueden marcar con un pequeño sobresalto.

Él – Ya está… Acabamos de aterrizar… (Se levantan los dos para salir del avión)Bueno, pues… Encantado de haberla conocido…

Ella – ¿Usted… es realmente traficante de armas…?

Él – No… Lo decía para que me odie… Para no echarla de menos… Una mujer tan guapa… casada con un héroe… No se puede competir, ¿verdad? ¿Y usted?

Ella – ¿Qué?

Él – ¿Está realmente casada con un médico humanitario?

Ella – Pues… Para decir la verdad, tampoco…

Él – Entonces, eres soltera, y de vacaciones, como yo…

Ella – Si… Voy al Club… No me digas que tu también.

Él – Vamos todos… Es un charter…

Ella – ¿De verdad…?

Empiezan a marcharse.

Él – ¿Dormías realmente…?

Ella – No… Afortunadamente… Suelo roncar…

Se sonríen.

Él – ¿Te puedo invitar a una copa esta noche en el bar?

Ella – Escogí la formula todo incluido, con las bebidas gratis. ¿Tu no?

Él – Sí… (Se sonríen de nuevo estúpidamente). Creo que ya es hora de bajarnos. El avión despegará pronto. Hace dos viajes al día… Pasa, por favor… (Se dirigen hacia la salida) ¿No estuviste aquí ya el año pasado?

Ella – Sí…

Él – Lo que me parecía…

Oscuro.

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Despierto

Despierto

Poco a poco se hace la luz. Una pareja duerme bajo la sábana. De pronto, se oye el martilleo del palo sobre la tablas, seguido de los tres golpes. Él se incorpora sobresaltado y se cae de la cama. Vestido con un pijama a rayas (como si fuera un preso de un campo de concentración) abre desmesuradamente los ojos y se frota las costillas haciendo muecas, antes de echar una mirada a su alrededor. No parece reconocer nada. Se paraliza al darse cuenta de que los espectadores le miran. Sacudiendo la cabeza como si estuviera en un mal sueño regresa a la cama y cae de bruces encima de Ella, que también en pijama rayado había comenzado a despertarse mientras se giraba. Juntos dan un grito de espanto al descubrirse el uno al otro.

Ella y Él – ¡Oh!

Ella cubre con sus manos su pecho en un gesto de pudor.

Ella – ¿Qué hace aquí?

Él – ¿Y usted?

Ella no puede responder, se incorpora en su lado de la cama y hace más o menos los mismos movimientos que él anteriormente.

Ella – ¿Pero dónde estamos?

Él – Ni idea…

Ella (volviéndose hacia él) – ¿A pesar de todo sabe usted cómo se llama?

Él (hace gestos de negación) – ¿Y usted?

Ella se encoge de hombros.

Ella (en todo maternal) – Si estamos en un campo de verano, dentro del pijama, encontrará seguramente un nombre, cosido por su madre en una pequeña etiqueta.

A Él le parece esto una idea extraña.

Ella – Mire, haga el favor…

Se acerca a Él para mirar detrás del cuello de pijama. Él se aparta hacia atrás, pero acaba por dejarse hacer.

Ella (triunfante) – ¡Ah sí, hay algo escrito! (Trata de descifrarlo, sin éxito) ¡No logro leerlo! Quíteselo para ver…

Él de nuevo se aparta, pero finalmente acepta quitarse la chaqueta del pijama. En lo sucesivo Él estará desnudo de cintura para arriba. Manifiesta una cierta molestia. A menos que simplemente tenga frío. Ella estudia la etiqueta y lee.

Ella – Adán…

Él – ¿Adán?

Él se frota las costillas.

Ella – ¿Está herido?

Él – No es nada. Debí romperme una costilla al caer de la cama. (Pausa) ¿Y usted?

Ella – Pues, muy bien…

Él – No, quiero decir, que a lo mejor, usted tiene también su nombre en una etiqueta cosida en alguna parte. Mire a ver…

Se acerca a ella a paso decidido. Ella lo para mediante un gesto firme.

Ella – ¡Lo veremos más tarde!

Él se resigna.

Él (escéptico) – Un campo de verano… ¿Usted cree? No hay nadie…

Ella – Quizá somos los primeros…

Él – O los últimos…

De nuevo se dan la vuelta, cada uno hacia un lado, y se encuentran cara a cara.

Él – ¿Nos vimos ya en alguna parte?

Ella (irónica) – En sus sueños, posiblemente… (Agresiva) Entonces, ¿verdaderamente no ve ningún medio de escapar de aquí?

Él – Eh… Oh… no estamos casados, ¿no? ¿Por qué voy a ser yo quien la saque de aquí?

Ella – Discúlpeme…

Él suspira, no sabe qué hacer.

Él (suspirando) – Bueno… ¿Qué hacemos?

Ella (dubitativa) – ¿Estamos obligados a hacer algo?

Él (decidido) – Me horroriza quedarme inactivo. ¡Me vuelvo a acostar!

Él se vuelve a acostar.

Ella – Bueno…

Él – ¿Y si se tratara de una pesadilla…? Vamos a despertar, y todo irá mejor…

Ella – O peor…

Hacen intención de volver a acostarse, se sienten un poco molestos de tener que compartir la misma cama.

Él – ¿Usted prefiere algún lado en concreto?

Ella – No…

Él – Estupendo… Pues voy a repetir el mismo, entonces.

Se estira en el mismo lado que al principio.

Ella (irónica) – ¿Las pequeñas costumbres ya?

Ella se acuesta en el otro lado, pero no tiene aspecto de tener ganas de dormir.

Él – ¿Puedo apagar…?

Ella – Habría leído un poco, pero ni siquiera tenemos el texto de la obra…

Él – Apago, entonces. (Busca cómo apagar) No veo interruptor…

La luz baja progresivamente. Él se vuelve hacia Ella.

Él – Muy bien, pues… Uno de estos días, entonces…

Ella – Eso es… Uno de estos días…

Oscuro.

Ella – ¿Programo el despertador?

Él – ¿Mañana no es domingo?

Ella – No hay despertador, de todos modos…

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Salida de emergencia

Salida de emergencia

El proyector alumbra a una pareja en la sala. El se pone su abrigo. Ella saca un cigarrillo.

Ella (entusiasta) – ¿Pues qué?

El (categórico) – Nulo.

Ella (ofendida) –  ¿Nulo?

El – Totalmente nulo.

Ella – ¿Así que no has entendido nada?

El – ¿Por qué, había algo que entender?

Ella – ¡Ah, ok., claro…!

El le echa una mirada interrogativa.

Ella – Te vengas…

El – ¿Me vengo…?

Ella – Esto me gustó, pues a ti no te gusta… Es ruin, ¿no?

El – Pero si no me ha gustado, ¡no te voy a decir que me ha gustado solo para complacerte!

Ella – No has dicho que no te gustara, has dicho que es nulo. No es exactamente igual…

El – No veo mucho la diferencia, pero bueno…

Ella – Es nulo, me gustó, pues soy nula.

El – Lo dices tú…

Ella – No. Lo dice Platón.

El – ¿Platón dijo que eras nula?

Ella – Se llama un silogismo. Todas las mujeres son mortales, soy una mujer, pues soy mortal.

El – Si Platón lo dice… A mí, es esta nulidad lo que me pareció mortal. (Un tiempo)Además, no estoy seguro de que sea muy válido tu silogismo.

Ella – Muy bien. Vaya. Continúa…

El – ¿Pero qué te gustó de esto exactamente?

Ella – ¡Todo!

El – Es vago, ¿no?

Ella – ¿Y tú? ¿Qué es lo que no te ha gustado?

El – Más vale que no entre en los detalles. Volverías a enfadarte…

Ella – ¿Yo? ¿Enfadarme? Espera, a mí me da igual que te haya gustado o no. A mí me gustó, y ya está. Lo siento por ti si te has aburrido…

Silencio.

El – No vamos a pelear por esto…

Ella – A veces me pregunto lo que hacemos juntos.

El la coge por la espalda.

Ella – Espero que la próxima vez nos guste a los dos…

El – O por lo menos que tengamos la misma opinión…

Ella le echa una mirada interrogativa.

El – Quizás nos fastidiemos los dos.

Ella – Sí… Es minimalista, esa visión de la armonía en la pareja…

Se van. Oscuridad.

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Los muebles

12 – Los muebles

El escenario está vacío. El está aquí. Ella llega desde fuera.

Ella (mirando alrededor, consternada) – Pero… ¿dónde están los muebles?

El (satisfecho de si mismo) –  Nunca adivinarás.

Ella le mira, esperando una explicación.

El – Un tipo llamó a la puerta esta mañana. Un anticuario.

Ella (inquieta) – ¿Y qué?

El – Primero le dije que no teníamos nada que vender.

Ella – ¿Y después…?

El – Me dije que no costaba nada pedir una evaluación de todo esto. La estimación era gratuita. Nunca adivinarás cuánto me propuso a cambio de todas esas antiguallas.

Ella – ¿Cuánto…?

El – Más de lo necesario para comprar otras.

Ella – ¿Por qué venderlas entonces?

El – ¡Para cambiar un poco! Me habías dicho que querías comprar otro sofá.

Ella – ¿Y qué?

El – Sabes muy bien que al cambiar el sofá hubiéramos tenido también que comprar otra mesa que correspondiese. Luego cambiar la sillas también, etcétera…

Ella – Bueno, quizás…

El – ¡Nos hubiera costado un montón! ¿Y qué hubiéramos hecho con nuestros muebles de antes?

Ella no contesta.

El – Así es mucho más simple.

Ella – ¿Y mientras tanto qué?

El – ¿Mientras qué?

Ella – Que volvamos a comprar otros muebles…

El mira alrededor, al escenario vacío.

El – Personalmente, nunca me han gustado mucho las habitaciones sobrecargadas.

Ella – Pues seguro que ahora no está sobrecargado.

El – ¿No estás contenta?

Ella – ¿De no tener muebles…?

El – ¡Pero tú me dijiste que ya no te gustaba ese viejo sofá!

Ella – ¡No te he dicho que no quisiera muebles! ¡Ya ni siquiera tenemos una cama!

El – Pero acabo de explicarte que… ¡Pensé agradarte!

Ella (conciliadora) – Bueno, vamos al restaurante esta noche. Dormiremos en un hotel y mañana volvemos a comprar muebles ¿De acuerdo?

El – De acuerdo…

Silencio.

El – Nos queda escoger el estilo.

Ella – Si tenemos que cambiar, vamos por el moderno, ¿no?

El – Sí… pero en ese caso, tendremos que repintarlo todo…

Ella – Eres demasiado perfeccionista, ¿no te parece?

El – Muebles modernos con estas pinturas descoloridas, va a chocar…

Ella (irónica) – Y si cambiamos de piso de una vez.

El – ¿Tú crees? (Un tiempo) Mira, por lo menos, no costaría mucho mudarse… Ya no tenemos muebles. Cerramos los contadores del agua y la electricidad, nos vamos, y ni siquiera tenemos que volver.

Ella de repente tiene una duda.

Ella – ¿Pensaste en vaciar los cajones?

El – Claro.

Ella – ¿Y tu alianza?

El – ¿Mi alianza?

Ella – ¡La que guardabas en el cajón de la mesa de noche!

El – ¡Joder…!

Ella no dice nada, pero se nota que está muy afectada. El está muy mal también.

El – Hacía tanto tiempo que estaba allí. Ni siquiera me acordaba…

Silencio.

Ella – ¿Tienes la dirección de este anticuario?

El – No… Me pagó en efectivo, lo puso todo en el camión y se fue. (Un tiempo, sin convicción) Si la encuentra nos llamará…

Ella (amarga) – Claro… Y si no la encuentra, siempre podrás cambiar de mujer… Escoger una más moderna, que se armonice mejor con las nuevas pinturas y los nuevos muebles.

El – Lo siento…

Ella – ¿Y por qué nunca la llevaste, tu alianza?

El – ¡La llevé! (Un tiempo) Antes de casarnos… ¿Te acuerdas? Había comprado esos anillos en un bazar en El Cairo. Para hacer creer que ya estábamos casados. Si no, en los hoteles no querían alquilarnos una habitación.

Ella – Ya que has vendido los muebles, incluso la cama matrimonial, sí que tendremos que ir al hotel esta noche…

El – No te preocupes. Aquí no nos preguntarán por la partida de matrimonio.

Ella – ¿Y después de casarnos? ¿Por qué la dejabas en la mesa de noche?

El – Pues… por miedo a perderla.

Silencio.

El – ¿Sigues enfadada…?

Ella no contesta.

El – ¡Vamos!

Ella – ¿A dónde?

El – ¡Al hotel! Será como otro viaje de bodas… ¡No más alianzas, no más muebles, pronto no más piso! ¡Volvemos a empezar de cero!

Ella – Yo todavía la tengo, mi alianza…

El – Pues mejor quitártela.

Ella – ¿Y por qué?

El – Pareces casada. Yo no. En el hotel van a creer que se trata de un adulterio…

Ella – Me dejas escoger entre la soltería y una relación ilegítima. ¿Es eso?

Se van.

Ella – Tienes una idea un poco rara del matrimonio…

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Pesadilla

11 – Pesadilla

El entra con una peluca rubia y un balón de fútbol. Ella llega después, por detrás, con una chaqueta de hombre y un bigote como el de Hitler o Chaplin.

Ella – ¡Guten Tag…!

El se sobresalta al descubrirla.

El – Pero… ¿quién es?

Ella – Soy la canguro.

El parece aterrado. Ella saca un paquete de cigarrillos.

Ella (tendiéndole el paquete) – ¿Fumas?

El esta a punto de coger el cigarrillo que le ofrece, pero renuncia prudentemente.

El – No, gracias.

Ella – Natürlich. Está prohibido fumar… Hay un cenicero, pero no significa nada. Es solo para que los contraventores no quemen la moqueta… Siempre lo mismo. Hacen leyes, pero también prevén algo en caso de que no sean respetadas… (Saca un paquete de chicle) ¿Quieres un chicle?

El – Me hincha un poco…

Ella – ¿Sabes porque los grillos del metro están en vía de desaparición?

El – ¿Hay grillos en el metro?

Ella – O cigarras, no sé. Pues es porque esos bichos comían colillas. Ahora que esta prohibido fumar en el metro, se mueren de hambre. ¿Te das cuenta? Es todo un ecosistema que ha sido trastornado… Podrían ponerse a comer chicle. Pero los grillos, claro, no son tan adaptables como los humanos.

El – Hace poco he visto una exposición sobre la vida animal en medio urbano. No se sabe mucho, pero hay una fauna increíble en las grandes ciudades. Dicen que incluso hay lobos. Pero centenas…

Ella – ¿Lobos?

El – No, pero solo salen de noche. En los parques, claro… Sea lo que sea, yo nunca he visto uno…

Ella – Quizás porque los parques están cerrados de noche…

Ruido de una puerta que se cierra. El parece preocupado.

Ella – La asistenta cerró la puerta al salir… y se llevó la llave.

El – No hay ventana… Ni siquiera podemos pedir socorro…

Ella – ¿No tienes un móvil?

Busca en sus bolsillos con ansiedad. Su cara se ilumina al sacar algo.

El – ¡Sí! (Deja de sonreír al constatar que no es un móvil) ¡Ay, no! Es el telemando que estaba buscando por todas partes…

Ella – Pero no hay tele…

El – Pues… El cartero nos liberará mañana por la mañana al traer el correo…

Ella – Mañana es Navidad…

El – ¡Ah, sí, es verdad…! ¡Qué pesadilla…!

Ella – ¿Quieres alargarte un poco?

El le mira aterrado. Ella saca una sabana blanca.

Ella – Si tenemos que celebrar la Navidad juntos, mejor instalarse a gusto, ¿verdad? ¿Qué lado prefieres?

El (resignado) – Me da igual…

Ella – Perfecto…

Ella se acuesta debajo de la sábana. El se instala también.

Ella – Pues… ¡Feliz Navidad!

El – Sí…

Desaparecen debajo de la sabana. La luz se apaga. Después de un momento él da un grito, despertando sobresaltado, mientras la luz vuelve. Ella despierta también. El ya no tiene su peluca, ni ella su bigote.

Ella – ¿Pero qué te ha pasado?

El – Nada, nada… Una pesadilla. He soñado que era Navidad…

Ella (mirándole consternada) – Pero, querido… ¡Es Navidad!

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A donde va uno cuando ha muerto

10 – A dónde va uno cuando ha muerto

Ella y él están sentados en el sofá.

El – ¿Ya pasó el cartero?

Ella – ¿Esperas algo?

El – Nada en particular… pero siempre espero un milagro al abrir el buzón. Me dirán que gané un concurso en el que no participé. Que una vieja tía muy rica, que no sabía que tenía, ha muerto sin heredero. Que el Nobel me fue atribuido con anticipación para premiar mi obra futura… Cada día, al abrir el buzón, me siento como un niño delante del árbol el día de Navidad.

Ella – Sí… al envejecer uno ya no cree en el Papá Noel pero sigue creyendo en el cartero. Además hay similitudes… Los dos llevan uniformes. Vienen con una mochila. Te llevan sorpresas que abrir y no se ven ni el uno ni el otro…

El – Bueno, al cartero, precisamente, lo ves por Navidad. Cuando viene a por su regalo de Año Nuevo… (Suspiro) Odio la Navidad. Cada año hay menos cartas de Navidad en el buzón y más esquelas de defunción. ¿Pero por qué espero al cartero como si fuera el Mesías…? Bueno, el padre del Mesías era probablemente cartero, ¿no? Porque ese cuento de la Inmaculada Concepción… A menos de creer también en Papá Noel…

Ella – Para recibir cartas tienes que escribir algunas. La mayoría de la gente solo recibe respuestas. Si no envías nada, claro que no recibes nada… Creo que nunca recibí una carta de ti…

El (irónico) – ¿Quieres que nos escribamos de vez en cuando?

Ella le mira molesta.

El – ¿Que podríamos decirnos? Sería como escribirme a mí mismo, ¿no? De todas formas, cuando uno escribe, es siempre más o menos a si mismos. Hay gente a quienes escribes cartas interminables… Cuando les ves, te das cuenta que no tienes nada que decirles. Es muy onanista escribir…

Ella se sirve una copa y enciende un cigarrillo.

El – ¿Fumas ahora?

Ella (sorprendida)  – Sí… hace veinte años más o menos. ¿Nunca lo habías notado?

Un tiempo.

El – Sabías que cada cigarrillo acorta la vida unos diez minutos? (Ella no contesta)¿Cuántos cigarrillos fumas tú al día?

Ella (irónica) – Según lo que he calculado, tendría que haber muerto hace seis meses. ¿Qué raro, no?

El – Igual con el móvil, ¿verdad? No es muy bueno para la salud. Dicen que más allá de un cuarto de hora al día puedes estar seguro de contraer un tumor en el cerebro. Mejor no tener una oferta ilimitada… (Un tiempo) A propósito, ¿sabes lo que me ha preguntado tu hija esta mañana mientras yo me estaba lavando los dientes?

Ella – No.

El – ¿A dónde va uno cuando ha muerto?

Ella – ¿Y qué le has dicho?

El – ¿Qué crees que le he dicho?

Ella – No sé.

El – Pues eso. Le he dicho que no sé.

Ella – ¿Y qué?

El – Me dijo: Pero papá, ¡cuando uno se muere va al cementerio!

Ella – ¿Y luego?

El – Luego volvió a comer sus cereales. Parecía muy contenta de haberme enseñado algo. Y un poco sorprendida de que a mi edad todavía no sepa eso… Increíble, ¿no?

Ella – ¿Que te haya preguntado esto?

El – Esa capacidad de los niños para aceptar explicaciones simples a interrogaciones simples. Un profesor de Filosofía hubiera hablado de metafísica, de trascendencia, todo el rollo… De Dios, en el peor de los casos. Los niños son mucho más pragmáticos. Además, son naturalmente ateos.

Ella – Creen en Papá Noel.

El – Bueno… porque sus padres les dicen que va a traerles regalos. Si no, no se les hubiera ocurrido inventarle. Si a ti te dijeran que un bienhechor anónimo iba darte un sobresueldo cada año por Navidad, no tendrías prisa por cuestionar su existencia. Pero Dios nunca nos ha traído nada por Navidad y, a pesar de todo, unos adultos siguen creyendo que existe… ¿Tú crees que existe?

Ella – ¿Papá Noel?

Silencio.

El – Lo increíble también es que no le de miedo la perspectiva de acabar enterrada. A nosotros nos aterroriza, ¿no? ¿Por qué a ella no le asusta? Tendré que preguntarle esta noche lo que entiende exactamente por «cuando uno se muere va al cementerio»… (Un tiempo) ¿Qué crees tú?

Ella le mira desconcertada.

El – Quiero decir : ¿Qué crees que ella entienda por esto?

Ella – Pues… esto.

El – ¿Cómo esto?

Ella – Cuando uno se muere va al cementerio.

El la mira sorprendido.

El – ¿Así que tú también crees esto?

Ella – ¿Por qué? ¿No te lo crees?

El – Sí… pero…

Se ríe.

El – Espera. ¡No me digas que para ti también es tan sencillo!

Ella – Pues… en cierta manera, sí.

El la considera con una sonrisa condescendiente.

Ella – Hace un rato encontrabas maravilloso no comerse el coco. Estar contento con explicaciones simples a cuestiones complicadas.

El – Sí, pero… ¡no tienes cinco años!

Ella – Pues vamos. Te lo pregunto: ¿A dónde va uno cuando ha muerto?

El parece cogido desprevenido.

El – Bueno… no es tan simple como parece, ¿no?

Ella – Te estoy escuchando…

El – No sé, es.. la cuestión del sujeto…

Ella – ¿La cuestión del sujeto…? Mejor dirías el sujeto de la cuestión…

El parece desamparado.

El (pensándolo) – ¿A dónde va uno cuando ha muerto? No va a ninguna parte.

Ella – Pues sí…

El – Bueno, si quieres.

Ella – Incluso si no quiero…

El – No, pero… uno va al cementerio… ¡no significa nada! También puedes ir al cementerio estando vivo. Dar un paseo, volver a salir e ir al bar a tomar una copa. ¿Qué quiere decir ir al cementerio? Además, puedes muy bien morir y no ir al cementerio. ¡Si no encuentran el cadáver! En este caso no se puede decir: cuando uno muere va al cementerio. ¡Ya ves que no es tan simple como parece!

Ella – Muy bien… y si tu hija vuelve a preguntártelo, ¿qué le vas a decir?

El – Pues… no sé… le diré:… cuando uno muere va al cementerio… generalmente. Si encuentran el cadáver… Los vivos también pueden ir al cementerio, pero… cuando uno ha muerto es definitivo.

Ella (consternada) – Sí…

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Carniceria

9 – Carnicería

El, sentado en el sofá, mira fijamente al vacío. Ella llega y lo nota.

Ella (desconcertada) – ¿A qué miras así?

El – Pues… estoy mirando la tele.

Ella – ¡Pero si ya no tenemos!

El – Si, ya lo sé, pero… es como si me hubieran amputado las piernas y siguiera sintiendo un hormigueo en los pies….

Ella se siente a su lado.

Ella – Es raro, he recibido hoy una llamada para ti en el móvil…

El – ¡Ah sí, perdón!, se me había olvidado avisarte. Dejé el número de tu móvil en mi contestador automático, para que puedan contactarme durante las vacaciones…

Ella – ¿Las vacaciones? ¡Pero si nos marchamos sólo la semana que viene!

El – Pues… así tendrán el número.

Ella (consternada) – ¿El número de mi móvil? ¿Y mientras tanto, durante toda la semana, recibiré  llamadas para ti…?

El – ¿Y qué…? Les dices que me vuelvan a llamar…

Ella – ¿No crees que sería más simple que te compres uno?

El – ¿Un móvil? ¡Vaya…! Cuando salgo de casa es para estar tranquilo. No quiero que me acosen…

Ella – ¡Claro! Si soy yo la que recibe tus llamadas profesionales… Estaba en medio de una reunión pedagógica cuando me llamaron para saber de tu artículo : ¿Prohibir o no el tanga en el colegio? ¿Crees que no me molesta a mí?

El – ¿No desconectas el móvil cuando tienes una reunión?

Ella (irónicamente) – Pues lo siento, se me había olvidado… ¡Vamos! Un móvil es algo muy personal. No se puede prestar. Incluso entre marido y mujer. No sé… ¡Es como un cepillo de dientes!

El – ¿Un cepillo de dientes? Pues… si quieres utilizar mi cepillo de dientes durante las vacaciones, no hay ningún problema…

Ella – ¡Un ordenador, si prefieres! ¿Me dejarías utilizar tu ordenador si yo no tuviera?

El prefiere no contestar.

Ella – ¿Y después de la vacaciones?

El hace que no entiende la pregunta.

Ella – ¿Seguiré recibiendo llamadas para ti? Suerte que no tengas nada que esconder…

El – Después de la vacaciones les diré que lo perdí, ese maldito móvil. O que me lo robaron. Ocurre muy a menudo…

Ella – ¡Perfecto! Y si me llaman, sin embargo, me tratarán de ladrona… ¿Recuerdas que es mío, este móvil?

El – Bueno, pues… me lo dejas y te vuelves a comprar uno… Y así se arregla todo…

Ella – ¿Y la gente que quiere llamarme a mí, qué?

El – Les daré el número de tu nuevo móvil, ¡y ya está!

Ella – Claro, es mucho mas fácil que comprarte directamente un móvil para ti.(Sospechosa) No será acaso para evitarte esa molestia que intentas colonizar el mío?

Están a punto de pelearse. Se dan cuenta y hacen un esfuerzo para calmarse. Silencio.

El – ¿Sabes cómo me llamó el carnicero esta mañana?

Ella aparentemente no tiene idea.

El – « El señorito »… (Imitando el carnicero) « ¿Y el señorito, qué desea? ». Es la primera vez que me llama así…

Ella – ¡Mmmm…! Es el equivalente masculino de « ¿Y qué le pongo a la señorita? ».

El – ¿Da susto, no? Que el carnicero pueda vernos como « el señorito y la señorita ». Suerte que no vamos de compras juntos. Fíjate si nos dijera « la parejita ». (Imitando otra vez el carnicero)  « ¿Y la parejita, qué desea? ». Me vuelvo vegetariano enseguida.

Un tiempo.

El – La carne siempre me ha dado asco, de todas formas. ¿A ti no?

Ella, que ha vuelto a su libro, no contesta. Pero él continúa.

El – El pollo, a lo mejor… De verdad, es espantoso, una carnicería, si lo piensas. Esa carne sangrienta expuesta por todas partes. Esas piezas en canal en la cámara frigorífica. Todas estas vacas inocentes que encierran en el campo detrás de alambre de púas, o incluso electrificado. Antes de conducirlas al matadero y desmembrarlas… ¡Qué horror! Por los menos, los animales no saben lo que les espera. Cuando les veo, esos carniceros, con sus grandes sudarios blancos sobre la cabeza, como los del Ku Klux Klan, sacando los cadáveres de sus víctimas del camión…

Ella sigue sin reacción, leyendo su libro. El se vuelve hacia ella.

El -¿Sabías que los sijes eran estrictamente vegetarianos?

Ella por fin levanta la mirada de su libro.

Ella – A propósito, ya no necesitas ir a la ferretería para la bombilla del cuarto de baño. Fui allá esta tarde. (Un tiempo) Me encontré a la vecina. Estaba comprando una maleta…

El la mira sin entender. El móvil de ella llama.

Ella – ¿Sí…?

Ella cambia de expresión.

Ella (con amabilidad afectada) – No, soy su secretaria, pero no se retire, le pongo en comunicación con él enseguida. ¿A quién tengo que anunciar…? (Ella le da su móvil, furiosa) Para ti. Tu madre…

El coge el móvil como si nada.

El – ¡Dígame…!

Pero no sabe utilizar el aparato.

El – ¿Cómo funciona esto…?

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El mundo del deporte

8 – El mundo del deporte

Ella lee una revista femenina. El se aburre y, después de un momento, abre un periódico de deportes. Ella lo nota, con sorpresa.

Ella – ¿Compras la prensa deportiva ahora?

El – ¿Y porque no iba a comprar la prensa deportiva?

Ella – Y… ¿piensas leerla?

El – Voy a echar un vistazo… Para saber…

Ella – ¿Saber qué?

El – No sé. Todos los tíos leen esto en el metro. Quería saber lo tan apasionante que hay en esto.

Ella – ¿Y lo has encontrado?

El – No…

Ella parece desconcertada.

Ella – ¿Te interesa el deporte?

El – Muy poco…

Ella – Pues… no es tan raro que no te interese leer la prensa deportiva…

El cierra su periódico.

El – Bueno… Interesarse por el deporte es una cosa. De ahí a sentir cada mañana el imperioso deseo de saber si el Barcelona ganó al Bratislava 3 – 2 o si fue un empate… Ni siquiera sé dónde queda Bratislava…

Ella – ¿No es la capital de Eslovaquia…?

El – ¿Cómo sabes eso?

Ella – O de Eslovenia…

El – ¿Eslovenia? ¿Seguro que tienen un equipo de fútbol? ¿No es muy grande, no…?

Ella – Bueno, tampoco es El Vaticano.

El – ¿El Vaticano tiene equipo de fútbol?

Ella hace una mueca para decir que no lo sabe. El vuelve a leer su periódico deportivo.

Ella – ¿Y a qué te preocupa tanto, de repente, saber  por qué los hombres leen la prensa deportiva?

El – Será que necesito comprobar mi virilidad…

Ella – Pues… ¡Por poco!

El – Muchas gracias…

Ella (para tranquilizarle) – Vamos. Uno puede ser hombre sin leer un periódico deportivo.

El – ¿Tú crees?

Ella lo piensa.

Ella – No sé… ¿Quieres que te suscriba a una revista de coches?

El la mira, preguntándose si le está tomando el pelo o no. Ella vuelve a leer su revista femenina.

El – ¿Y tú?

Ella – ¿Yo qué?

El (hablando de la revista) – ¿Qué encuentras tan interesante en esas tonterías?

Ella le mira.

Ella – Las lees también…

El – Bueno… Solo en plan de broma.

Ella – Pues yo no leo la prensa deportiva. Ni en plan de broma…

El (perturbado) – ¿Me encuentras afeminado, es eso?

Ella – ¡Qué va, pero no! Además, todos los hombres leen las revistas femeninas de sus mujeres. Es muy conocido. ¿Por qué te crees que hay tanta publicidad para coches en esas revistas?

El (pensándolo) – Es cierto que no hay mucha publicidad de lavadoras en los periódicos deportivos.

Ella – Aunque el fútbol ensucia mucho… Basta con ver el número de futbolistas que salen en los anuncios de detergentes.

Ella intenta volver a leer su revista, pero nota que él sigue preocupado.

Ella – ¿Todavía queda algo que te preocupe?

El – No… Solo pensaba en la diferencia entre los hombres y las mujeres…

Ella – Sí…

El – Mira la ropa, por ejemplo… El pantalón ya no es el atributo exclusivo del hombre, mientras que la falda sigue estando reservada a la mujer.

Ella le mira incrédula.

El – Con los colores igual. Podéis llevar tanto gris como rosa. Nosotros solo tenemos derecho al gris. O al marrón… Os quejáis de que no nos gusta ir de tiendas… Pero, ¿os dais cuenta de la tristeza de una tienda de zapatos masculinos?

Ella (preocupada) – ¿Querríais poneros una mini-falda con tacones de aguja?

El –  ¡No! ¡Es una simple constatación! Tuvimos que compartir el mejor de nuestros atributos masculinos y ¿qué hemos recibido en compensación? (Abre con rabia su periódico deportivo) ¡Al menos nos queda la prensa deportiva!

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