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Amores a ciegas

Posted septembre 29, 2019 By admin

Una comedia de Jean-Pierre Martinez

2 hombres / 2 mujeres

Para restablecer su fortuna, la baronesa de Castelestafa busca para su hija, bastante fea y un poco tonta, un pretendiente tan rico como poco exigente.

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Amores a Ciegas

 

Una comedia de Jean Pierre Martínez

PERSONAJES

Carlota, Baronesa de Castelestafa

Marika, su hija

María, su sirvienta

Alán, su yerno

© La Comédi@thèque

 

ACTO 1

El salón del castillo en ruinas de Castelestafa. Muebles antiguos en muy mal estado. Las paredes ocultan su decrepitud detrás de algunos retratos familiares colgados torcidamente. Llega Marika de Castelestafa, una chica poco atractiva y muy mal vestida.

Marika – ¿María? ¿A dónde se habrá ido esa idiota? ¡María! ¡Pero eso no tiene sentido!

Entra la baronesa Carlota de Castelestafa, su madre, una mujer más bien voluptuosa, muy maquillada y vestida con elegancia bastante llamativa. Lleva una bandeja de desayuno.

Marika – Ah, hola madre… ¿Pero dónde está la sirvienta?

Carlota – Acaba de irse…

Marika – ¿Se fue? ¿Pero donde? ¿Y cuándo volverá?

Carlota – No tan pronto, me temo…

Marika – ¿Qué quieres decir? ¡Pero la necesito! (Buscando) ¿No me digas que está otra vez de vacaciones en Portugal?

Carlota – Peor que eso…

Marika – ¿Quieres decir… que se despidió?

Carlota – Desafortunadamente, eso pasa con los sirvientes cuando no se les paga su salario…

Marika – Esa gente no tiene educación… Al menos podría haberme servido mi desayuno antes de irse… De cualquier modo, no podía ni cocinar adecuadamente un huevo cocido…

La baronesa coloca la bandeja sobre una mesa.

Carlota – Mira, hoy, excepcionalmente, fui yo quien te lo preparó… ¡Feliz cumpleaños, querida!

Marika – ¿Lo has hecho tu misma? Eres un amor, mamá…

Carlota – Para el regalo, lo veremos un poco más tarde. Sabes que en este momento tenemos algunas dificultades financieras…

Marika se sienta y come el huevo cocido.

Marika – No te preocupes por eso, madre. En cualquier caso, el tuyo es todo un éxito, ¡bien hecho!

Carlota – ¿El mío?

Marika – ¡Tu huevo cocido!

Carlota – Ah, sí, por supuesto… Si nuestras finanzas se deterioraran un poco más, siempre podría tratar de ubicarme como ama de llaves en un castillo cercano…

Marika – Que graciosa eres.

Carlota – He contratado a otra doncella, pero si no tenemos suficiente dinero para pagarla, me temo que no se quedará mucho más tiempo que la anterior…

Marika – ¿Estas bien, madre? Te veo preocupada. Por María, no te preocupes. Puedo prescindir de una sirvienta por un día o dos.

Carlota – Marika, tengo que hablarte en serio.

Marika – Me asustas… Parece que es algo realmente grave… Te escucho…

Carlota – Marika, ya no eres una niña. Ahora hay cosas que puedes entender… Como sabes, desde tu salida del Convento de las Golondrinas, nuestra situación financiera es muy delicada. Ya no podemos pagar al personal, y este castillo se arruina.

Marika – Yo también quería hablar contigo sobre eso. ¿Conoces esos famosos versos de García Lorca: « Llueve en mi corazón como llueve en la ciudad »?

Carlota – Creo que son de Verlaine, un poeta francés.

Marika – De todos modos, en lo que a mí respecta, sería más bien: « Está lloviendo en mi habitación como cuando está lloviendo en el techo ».

Carlota – Bueno, Marika, puede que haya encontrado una manera de solucionar para siempre nuestros problemas financieros y restaurar este castillo antes de que se derrumbe sobre nuestras cabezas.

Marika – ¿Piensas en uno de esos boletos de la lotería nacional que se anuncia en el aire, que puede convertir a un villano en un advenedizo en un solo sorteo?

Carlota – Pienso en otro tipo de pelotas… digo de boletos, mi querida hija. Y más bien en los juegos de amor que en los de azar. Puedes creer que, en mi experiencia es mucho más seguro…

Marika – Me temo que no entiendo…

Carlota – A tu edad, es hora de conseguirte un marido… ¿Nunca lo pensaste?

Marika – Dios mío…

Carlota – Lo sé, hoy en día, para una niña de una buena familia, no es tan fácil encontrar un pretendiente digno. Especialmente cuando pones el listón un poco alto. ¡La hija de la Baronesa de Castelestafa no puede casarse con cualquiera!

Marika – Está claro.

Carlota – Un día, heredarás mi título de baronesa. Me temo que para ese entonces, esto es todo lo que tendré para dejarte…

Marika – Vamos, todavía no hemos llegado… De todos modos, como dices, hoy en día los príncipes encantados no corren por las calles…

Carlota – Y precisamente por eso, en este asunto, la intervención discreta de una madre puede ser útil…

Marika – ¿Hablas realmente en serio?

Carlota – Una madre… un poco ayudada por las nuevas tecnologías de comunicación, por supuesto…

Marika – ¿Me inscribiste sin mi conocimiento en uno de estos sitios de citas?

Carlota – Un sitio muy exclusivo, te lo aseguro. Incluso tuve que inflar un poco tu dote potencial y retocar tu retrato con Photoshop…

Marika – ¿Mi foto?

Carlota – La nobleza de nuestro apellido es la única riqueza que nos queda. Afortunadamente, muchos hombres ricos se sentirían halagados de casarse con una Baronesa de Castelestafa, incluso sin dinero, y así alcanzar con esa alianza una respetabilidad que el dinero no puede comprar.

Marika – Pero finalmente, madre… ¿Entonces quieres casarme con un plebeyo?

Carlota – Por desgracia, debemos enfrentar los hechos, mi querida hija. Las personas de nuestra condición están tan arruinadas como nosotros…

Marika – Y esa es una buena razón para abarrotar a tu hija con un advenedizo que restaure la fortuna de la familia…

Carlota – Desafortunadamente, no veo ninguna otra solución… Busqué en Google un sitio como « Adopta un noble arruinado punto com » pero no lo encontré… Puedes creerme, no tenemos más opciones…

Marika – ¿No podríamos vender algo?

Carlota – Ya he usado todos los recursos posibles, te lo aseguro… Es eso o nos deshacemos de Castelestafa. El castillo de nuestra familia durante siete generaciones…

Marika – ¡Pero madre, no quiero dejarte!

Carlota – Podrías vivir aquí con tu esposo. El castillo es grande. Simplemente hay que encontrar a alguien bastante complaciente… Y tan rico como poco exigente…

Marika – Bien… Después de todo, ¿por qué no? Nunca vemos a nadie. Puede ser bastante entretenido recibir algunos pretendientes. Juzgaremos por cada pieza…

Carlota – Vuestra primera cita será de un minuto a otro.

Marika – ¿Mi primera cita? ¡Siento que escucho a una secretaria médica! ¡Y que se tratara de sacarles un diente de oro a cada uno! No me digas que la sala de espera ya está llena.

Carlota – No te preocupes, solo tienes un pretendiente hasta la fecha. Y créeme, no fue tan fácil de encontrar…

Marika – Pero por dios, madre, ¡ni siquiera he peinado mi cabello!

Carlota – No vale la pena, te lo aseguro.

Marika – ¡Por favor!

Carlota – Quiero decir, estas bien así, querida.

Marika – ¿Y cómo es el chico?

Carlota – Es el único heredero de un magnate inmobiliario que hizo una fortuna en California.

Marika – Quise decir… físicamente.

Llaman a la puerta.

Carlota – Ah, creo que podrás juzgar por ti misma…

Marika – ¡Dios mío! ¡Pero deberías haberme advertido antes!

Carlota – No estaba segura de vuestra reacción. Preferí sorprenderte. Bien, le abriré yo misma. Como no tenemos ya nadie que abra…

Sale Carlota. Marika parece preocupada y emocionada. Trata de arreglarse un poco el pelo. Pero su madre regresa inmediatamente, precediendo al recién llegado.

Carlota – Entre, entre, por favor. No le preste atención al desorden, la criada se tomó su día…

Llega el pretendiente. Lleva un traje oscuro, lentes oscuros y se guía con un bastón blanco. Tiene en su mano un ramo de flores. Marika permanece muda de asombro.

Carlota – Marika, este es el señor Elsordo.

Alán – Hola Marika.

Marika – Hola señor…

Alán se acerca a ella y le tiende el ramo de flores. Al hacerlo, golpea una mesa de pedestal y derrama un jarrón sobre ella. Marika permanece aturdida por un momento.

Alán – Por favor, llámame Alán.

Marika toma el ramo de Alán mientras su madre recoge el jarrón.

Marika – Bienvenido a Castelestafa, Alán…

Carlota – Oh, y trajo flores, no debiste… Son realmente hermosas… ¿No es así, Marika?

Marika – Sí, hermosas… Muchas gracias…

Carlota – Las pondremos en un florero de inmediato…

Carlota recoge el jarrón caído, y Marika pone las flores en él.

Carlota – Eso es todo… ¿Puedo ofrecerle un café, señor Elsordo? Nunca lo he hecho yo misma, pero siempre puedo intentarlo…

Alán – Gracias, estaré bien… Vengo directamente de Los Ángeles. Desayuné en el avión.

Carlota – Mi hija estaba ansiosa por conocerle… Supongo que se quedará unos días en nuestro país…

Alán – Bueno… para siempre, eso espero. Pero dependerá un poco de su hija, en realidad…

Marika se queda petrificada.

Carlota – Es un poco tímida, ya la conocerá… Apenas ha salido del convento… Bueno, no quería ser monja, se lo puedo asegurar.

Alán – De todos modos, no tengo la intención de apurarla.

Carlota – Estudió en el Convento de las Golondrinas…

Alán – Y ahora el pajarito ha volado de la jaula.

Carlota (riendo) – Es gracioso… Es gracioso, ¿no es así, cariño? (Marika todavía no se inmuta) Por supuesto, es un poco difícil de juzgar para usted que es… Pero confíe en mí palabra: Marika es una chica absolutamente encantadora…

Alán – Lo creo, señora Baronesa. Y de todos modos, como dicen: el amor es ciego.

Carlota (se ríe de nuevo) – ¡Qué divertido!. Pero di algo, Marika. O el señor Elsordo pensará que eres muda.

Marika – Y usted… quiero decir, ¿cómo…?

Carlota – Mi hija probablemente no se atreva a preguntarle cómo le pasó… Nació así, o…

Alán – Bueno… De hecho… fui golpeado por un rayo a la edad de 18 años.

Carlota – Un rayo… Dios mío, qué romántico. ¿No es así cariño?

Alán – Crea en mi experiencia, si un día se ve sorprendida en el campo en medio de la tormenta, no intente refugiarse detrás de uno de esos crucifijos de hierro forjado que a veces se encuentran en las encrucijadas.

Marika – ¿Y por qué?

Alán – Porque atraen a los rayos, señorita.

Carlota – Los crucifijos son verdaderos pararrayos, eso es sabido.

Alán – A veces tengo la impresión de que fue el mismo Señor quien me hizo esta prueba, en penitencia por todos mis pecados…

Carlota – Entonces es usted un creyente…

Alán – La fe es uno de mis mayores consuelos en este mundo…

Carlota – Yo misma me he encargado de que mi hija sea criada de acuerdo con los principios de nuestra santa religión católica romana…

Alán – Escucha, Marika, no voy a dar vueltas sobre el asunto porque el tiempo se acaba. Sé que tengo poco que ofrecerte, excepto la pureza de mis intenciones y mi inmensa fortuna.

Carlota – Lo que nos importa mucho, créalo, señor Elsordo … Estaba hablando de la pureza de sus intenciones, por supuesto…

Alán – Una fortuna que depositaré como ofrenda a los pies de mi futura esposa… La que sabrá adivinar la inmensa necesidad de amor detrás de estas gafas negras …

Carlota – ¡Dicen que los ojos son las ventanas del alma! Lamentablemente, en su caso, las persianas están cerradas. Pero estoy segura que pronto descubrirá quién los abrirá para dejar que entre aire fresco en esta casa…

Alán – Marika, eres heredera de nobleza y gracia. Y has recibido una educación decente. Estoy buscando casarme con una joven desinteresada, que será mi guía en la vida. Y entenderás que en mi estado, la dulzura personal es más importante que lo físico…

Carlota – Mucho mejor, mucho mejor, señor Elsordo. (Marika le clava la mirada) Quiero decir, es muy noble de su parte, Alán. Mi hija, como ya se sabe, algún día heredará mi título de Baronesa de Castelestafa… Una familia que, como puede ver en estos retratos familiares, ha sido ilustre a lo largo de la historia de nuestro país…

Marika – Mamá… Es ciego…

Carlota – Lo siento, olvidé eso…

Alán – No tiene importancia, querida señora.

Carlota – Pero por favor, llámeme Carlota.

Alán – ¿Y por qué?

Carlota – ¡Pero porque es mi nombre!

Alán – Estaba bromeando, querida señora. Quise decir “Carlota”.

Carlota – ¡Es impresionante! ¿No es así cariño? Nunca pensé que una persona discapacitada pudiera ser tan divertida… Bueno, quiero decir…

Llaman a la puerta.

Carlota – Pido disculpas, debe ser la nueva sirvienta…

Alán – ¿En serio? Pensé que la suya solo se tomó su día…

Carlota – Es cierto, pero decidí deshacerme de ella por la misma razón… Se tomó demasiado tiempo libre… Ya sabe como son, ahora… Vuelvo en un momento. Aprovechad la oportunidad de conoceros un poco mas…

Sale Carlota. Marika se queda un momento a solas con Alán, sin saber qué decir.

Alán – De todos modos, tienes una voz muy agradable…

Marika – Gracias…

Nuevo silencio.

Alán – Solo quiero tener el placer de escucharte más… Puedes hacerme preguntas, ya sabes. Esto te permitirá conocerme un poco mejor…

Marika – No sé… Usted…

Alán – Y por favor, no me des de usted.

Marika – Muy bien, entonces… ¿Tocas el piano?

Alán – No… ¿Por qué?

Vergüenza de Marika.

Marika – Debes disculparme por un momento, tengo dos palabras que decirle a mi madre…

Sale Marika. Alán levanta sus lentes oscuros y examina la habitación y los muebles. Muestra un aire cauteloso frente a la miseria del lugar. Mira las pinturas y parece más satisfecho. Carlota y Marika regresan acompañadas de la nueva criada. Alán se pone sus lentes oscuros.

Carlota – Siento haberle dejado a solas por un momento… Esta es María, nuestra nueva criada…

Marika – ¿También se llama María?

Carlota – Sí, como a quien le despedimos. Después de todo así será más práctico, ¿no?

María – ¡Uy! Casi me agarra el aguacero atravesando el parque.

María, una mujer joven con un encanto bastante vulgar, mira a Alán.

Carlota – También observé por mí mismo que al menos uno de cada dos sirvientas se llama María. No sé porque…

María – Hola, señor…

Alán – Hola, señora.

María – ¡Señorita!… ¡Me encantan tus gafas! Pero con esta lluvia… Estas no son horas de ponerse gafas de sol ¿no?

Ella se acerca a Alán que finge no verla. Carlota intercambia una mirada consternada con Marika.

Carlota – Debe disculparla… Es muy difícil encontrar personal hoy en día… Bueno, María, será mejor que se vaya a ver qué pasa en la cocina. Nos vemos luego, ¿no?

María – Bueno señora…

Carlota – Ahora que hemos encontrado una sirvienta, ¿el Señor Elsordo quizás querrá tomar un café? Por lo menos, hay que reconocer que las sirvientas portuguesas saben cómo hacer un buen café…

Alán – No se moleste por mí. Es hora de irme…

Carlota – ¿Ya nos deja usted, señor Elsordo?

Alán estornuda.

Alán – Disculpen, soy alérgico al polen… Deben ser las flores que traje…

María – ¿Está seguro que no es por el polvo? (María mira la habitación.) Porque aquí hay trabajo, ¿eh? ¡Ay, Madre de Dios! Es mejor estar ciego para no ver este desastre ¿verdad, señor Elsordo?

Alán – Tengo que irme, pero volveré pronto… Marika, me alegro de haberte conocido…

Marika – Yo también, Alán.

Carlota – Mi hija le va a acompañar… ¿No es así, querida?

Alán recupera su bastón blanco y se levanta para irse. María entiende que él es ciego.

María – Ah, okey… Disculpe señor Elsordo, no me di cuenta que usted era ciego.

Alán – No se preocupe, estoy acostumbrado.

María – Pero tenga la seguridad, no tengo nada contra los discapacitados, ¿eh? Además, me parece escandaloso, esas personas que estacionan en los puestos reservados para ciegos en los aparcamientos.

La baronesa y su hija intercambian una mirada horrorizada de nuevo.

Carlota – Hasta pronto, Alán.

Alán – Gracias por su bienvenida, señora baronesa.

Marika sale con Alán sosteniéndolo por el brazo.

María – Entonces, ¿cómo es eso de que usted es baronesa?

Carlota – Sí, de hecho. Soy la baronesa de Castelestafa. Heredera del título en séptimo grado del linaje.

María – Yo nunca había visto una baronesa antes que usted.

Carlota – Bueno, ahora que me has visto, vete a trabajar. ¿Cómo te llamas?

María – María.

Carlota – Eso es. Bueno María, ¿por qué no comienzas quitando la mesa y haciendo algunas tareas del hogar?

Marika regresa. María la mira fijamente.

María – Es asombroso como te pareces a mi madre.

Carlota – Gracias por no decir eso delante de su pretendiente… Además, en el futuro, te invito a no hablar directamente con las personas que recibimos aquí, ¿verdad? Entonces Marika, ¿qué te parece?

María – Es increíble. ¡Y además llevamos el mismo nombre!

Marika – Uh… No exactamente… Soy Marika.

María – Oh, lo siento, entendí “María”. Aún así, te pareces a ella, es una locura. Parece que eres familia.

Marika – ¿Cuál es el apellido de tu madre?

María – ¿Qué?

Carlota – ¡Su apellido!

María – Se llama Fernández, como yo.

Carlota – En ese caso, es poco probable que estemos relacionados. Además, la rama de nuestra familia que estaba vinculada al trono de Portugal se extinguió bajo la Revolución…

María – ¿Portugal? Ah, pero no soy portuguesa.

Marika – ¿No eres portuguesa?

María – No, soy española.

Carlota – Sí, bueno, es lo mismo…

María – Oh no, no es lo mismo en lo absoluto. Por cierto, ¿sabes lo que eso significa Marika, en español?

Carlota – No, y no nos importa, lo que sea.

María – Aún así, no me gustaría llamarme Marika…

Carlota – Si te deshaces de esta bandeja y vas a ver qué pasa en la cocina.

María – Muy bien, Madame La Baronesa. (María se va, hilarante) Marika… De todos modos, no me gustaría llamarme así…

La miran salir con consternación.

Carlota – ¿Entonces? ¿Qué piensas?

Marika – ¿De la nueva sirvienta?

Carlota – ¡De tu pretendiente! Todo salió bastante bien, ¿verdad?

Marika (explotando) – ¿Bien? ¡Es ciego y ni siquiera toca el piano!

Carlota – Muy bien, puede que este no sea el esposo ideal… Pero te aseguro que desde el punto de vista financiero, es el yerno ideal. ¡Él es un multimillonario! ¡Es la solución a todos nuestros problemas!

Marika – Entonces puedes casarte con él…

Carlota – El hombre es ciego, está bien, pero no lo suficiente como para no darse cuenta de que soy mayor que su madre. No tenemos elección, querida, ¡Te lo aseguro! Es eso o comenzar a cocinar y limpiar nosotras mismas. Porque a esa sirvienta, tendremos que pagarle si queremos que se quede.

Marika – Solo tenemos que vender más muebles…

Carlota – Si vendemos un poco más, tendremos que sentarnos en el suelo… Tendríamos que estar ciegas para no ver en qué estado se encuentra este castillo…

Marika – ¿Y si vendemos los retratos familiares?

Carlota – ¡Eso nunca!

Marika – ¿Entonces es a mí a quien prefieres vender?

Carlota – Vamos Marika, ya no eres una niña… No me digas que todavía crees en el Príncipe Azul… ¡No tienes que amar a tu esposo! Y si deseas tener un amante, debes considerar que estar casada con una persona con discapacidad visual es una ventaja considerable.

Marika –Tienes una concepción divertida del matrimonio, madre…

Carlota – Todo lo que pide a cambio de los millones que arrojará a tus pies es una pequeña compañía y alguien que lo guíe en la vida.

Marika – Pero por Dios, madre… ¡No soy un perro guía!

Carlota – Todavía puedes aprender a ladrar… Estoy bromeando. Y también debes considerar que un poco de sangre nueva en esta familia, regeneraría un poco la raza.

Marika –¿Sangre nueva? ¿Una persona discapacitada?

Carlota – En cualquier caso, regenerará nuestra cuenta bancaria…

Marika – No, en serio, madre. No puedes exigirme este sacrificio…

Carlota – Solo te pido que te tomes un tiempo para pensarlo, querida… Sé razonable… Recuerda que puede ser difícil para ti encontrar otro esposo que no tenga deficiencia visual… Además… él aún no dijo que sí…

Marika – Un prometido ciego, esperaba algo mejor que eso para mi cumpleaños…

María regresa con un plumero para hacer el polvo.

María – ¿Es su cumpleaños, señorita Marika?

Marika – Sí, ¿por qué? ¿Quieres darme un regalo también?

María – ¡Es asombroso!

Marika – ¿Qué?

María – ¡También es mi cumpleaños! Hoy tengo veinte años. ¿Y usted?

Marika – Yo también.

María – ¡Y nacimos el mismo día!

Carlota –Sí, bueno… Este día nacieron muchos millones de personas en todo el mundo. Eso no es sorprendente.

María – En el mundo, tal vez, pero en este país.

Carlota –¿No naciste en Portugal?

María – Mi padre y mi madre son españoles. Pero yo nací en Francia, en Aviñón.

Marika – ¿En Aviñón…?

María – No me digas que…

Carlota –Puede ser cierto que es una coincidencia increíble. Pero varias personas nacieron en la maternidad de Aviñón ese mismo día.

María – ¡No creo que personas que se parezcan tanto a mi madre! ¡Aquí tengo una foto!

María saca de su bolsillo una foto que pone debajo de la nariz de Marika, quien la examina, preocupada.

Marika – Oh sí… Hay… como una mirada familiar…

Carlota –Bueno, María, ¿Qué te parece si vas a limpiar las habitaciones en este momento?

María – Bueno, señora baronesa. Pero eso no me impedirá pensar que todo esto es un poco raro…

María sale sin recuperar su foto.

Carlota –Me pregunto si no deberíamos deshacernos de ella de inmediato…

Marika – De cualquier modo, es desconcertante, esa historia…

Carlota –¿Qué puede interesarte la historia de una sirvienta?

Marika le pasa la foto a su madre.

Marika – ¿No es cierto que el parecido es sorprendente?

Carlota –¡Pero, por los clavos de cristo! ¡esa chica está completamente loca! ¿Cómo podría alguien de tu rango parecerse a una sirvienta portuguesa o su madre?

Marika – De todos modos, es un hecho que no me parezco a ti en absoluto.

Carlota –Los hijos no siempre se parecen a sus padres. ¿A dónde quieres llegar?

Marika – Ese tipo de cosas pasan. Incluso vi una película sobre eso. Trataba sobre dos niños que habían sido intercambiados por error al nacer en la sala de maternidad…

Carlota –Sí, por supuesto. Las cigüeñas a veces son víctimas de un error de los controladores aéreos…

Marika – Recuerdo que decía… La sangre azul se encuentra en una choza en los suburbios, mientras el verdadero hijo se encuentra en una mansión en la parte elegante de la ciudad.

Carlota –Miras demasiada televisión, querida… No, pero es una locura. Entonces, según tu pensamiento, ¿Yo sería la madre de la criada? ¿Crees que ella se parece a mí?

Marika – No, obviamente…

Carlota –¡Pues ya ves!

Marika – De todos modos… Hay un lunar en la nalga izquierda que es la marca registrada de Castelestafa … y que no heredé de ti. Yo, mi marca registrada, sería más bien el pelo en la espalda…

Carlota – Es un azar genético. A veces se puede saltar una generación. Es como el genio o la belleza. Parece que el hijo de Einstein era un imbécil, y nadie podría decir con seguridad que si Marilyn tuviera una hija, ella no hubiera sido fea.

Marika (pensativa) – De todos modos… Me gustaría ver las nalgas de la sirvienta…

Carlota sigue un momento desconcertada. Llaman a la puerta.

Carlota – ¿Quién puede ser a esta hora?

Marika – ¿Qué hora es?

Carlota – No lo sé, dije eso así, sin pensar…

María regresa, guiando a Alán y sujetándolo por el brazo.

María – El señor Elsordo ha olvidado sus guantes…

Alán – Es cierto, pero debo admitir que hay otra razón para mi precipitado regreso…

María espera, obviamente curiosa, para saber más.

Carlota – Bueno, puedes retirarte, María…

María – Bien, señora baronesa.

María se va con pesar.

Alán – ¿Está su hija aquí?

Marika señala con la cabeza que no.

Carlota – Puedo llamarla, si quiere…

Marika está a punto de salir en silencio, pero Alán avanzando hacia ella le corta el camino.

Alán – En realidad, creo que sería mejor si comenzara a confiarme a usted…

Carlota – Una confesión… ¿Entonces… ya tengo algo que perdonarle?

Alán – Es un poco embarazoso, pero aquí… De hecho, no les dije la verdad en su momento…

Carlota – ¿No es el multimillonario que dice ser?

Alán – No, no se preocupe, no se trata de eso. Se trata de la causa de mi ceguera.

Carlota – Me asustaste… Quiero decir… La causa de su…

Alán – Les dije antes que fui alcanzado por un rayo… En realidad, esa no es la verdadera causa de mi ceguera…

Carlota – Todos tenemos nuestras pequeñas coqueterías, mi querido Alán. Como mujer sé muy bien que a veces la verdad se arregla un poco por mentiras piadosas…

Alán – El origen de mi discapacidad es, por desgracia, mucho más trivial. Tengo una enfermedad incurable…

Carlota – Incurable… ¿Quiere decir que no hay cura posible?

Alán – Sí, eso es lo que quise decir con la palabra incurable.

Carlota – Pero incurable no significa mortal…

Alán – Desafortunadamente, en mi caso, es exactamente lo que significa. Hace un año, me diagnosticaron un tumor cerebral muy mal colocado que primero afectó al nervio óptico y que, por desgracia, continuará creciendo. De hecho, mi médico no me da más de seis meses de vida…

Carlota – Es horrible… realmente lo siento… Pero… ¿qué puedo hacer por usted? No soy doctora…

Alán – Bueno, voy a morir y no tengo herederos. Por eso también me gustaría casarme muy rápido. Me gustaría tener a alguien que me acompañe en mis últimos momentos. Y dejarle mi fortuna después de mi muerte. En lugar de ir a la Cruz Roja o a los impuestos…

Carlota (reanudando la esperanza) – Es una decisión muy sabia de su parte, señor Elsordo… Y si me lo puedo permitir, muy generosa…

Alán – Sé que mi solicitud parecerá apresurada, pero ahora entenderá por qué… Quería saber si estaría a favor de concederme la mano de su hija, que me causó una muy buena impresión antes. Usted también, por supuesto. Tuve la sensación de encontrar una familia al entrar en este castillo…

Carlota y Marika intercambian una mirada avergonzada.

Carlota – Bueno, de hecho… Todo esto es tan repentino… Es amor a primera vista según parece… Lo siento, siempre me olvido que es ciego…

Alán – No se preocupe por eso…

Carlota – Escuche… por supuesto que todo depende de lo que mi hija decida, pero… Por mi parte, si ella aceptara, solo vería beneficios para esta unión…

Alán – Muchas gracias por su apoyo, querida señora. En este caso, desaparezco…

Carlota – ¿Esta desapareciendo? ¿Ya…?

Alán – Quiero decir, me voy a despedir… Provisionalmente…

Carlota – Por supuesto. Pero por cierto, ¿y sus guantes?

Alán – Nunca uso guantes… Hasta pronto, señora baronesa …

Intenta irse con la ayuda de su bastón, pero empuja nuevamente la mesa del pedestal con el jarrón y las flores.

Carlota – No se vaya tan rápido, se lo ruego… ¡María!

María, visiblemente escondida detrás de la puerta, aparece de inmediato.

María – ¿Sí, señora baronesa?

Carlota – Por favor acompaña al señor…

María – Como usted diga, señora.

Carlota – Hasta pronto señor Elsordo. (Alán sale guiado por María) Ahora sí, estamos al pie del muro…

Marika – Es una pesadilla.

Carlota – ¡Este tipo es multimillonario en dólares! Y solo le quedan unos meses… ¡Lo llamo un milagro! Es como ganar la lotería, créeme. Y es mucho más seguro.

Marika – ¡Justo después de hablar sobre esta incertidumbre de mi nacimiento! ¿Cómo podría casarme con este hombre y descubrir mañana que soy la hija de la señora Dos Santos?

Carlota – ¿No es Fernández?

Marika – ¿Crees que es mejor?

Carlota – No, por supuesto. Pero nada indica que este sea el caso. Entonces, ¿Te decides por Alán, querida?

Marika – Tengo que llegar al fondo de todo esto antes de darte una respuesta definitiva.

Carlota – ¿Al fondo? Pero ¿cómo?

María vuelve.

María – ¿Puedo quitar el polvo?

Carlota – Adelante…

La criada comienza a desempolvar con un plumero. Marika la mira insistentemente, hasta el punto de que la criada está un poco avergonzada.

Marika – María, encontrarás en la oficina el uniforme de la criada que te precedió.

María – ¿Un uniforme?

Marika – Ya sabes… El traje negro, el pequeño delantal blanco, el tocado…

María – Bueno, no, señora.

Marika – Aquí, estamos muy apegados a las tradiciones, y queremos que una sirvienta se vea como una sirvienta.

María – Como usted diga, señorita.

Marika – Bueno, ¡vamos!

María – ¿Ahora mismo?

Marika – Ahora mismo.

María – Sí, señorita.

María sale.

Carlota – Deberías haberle dicho que también se afeitara el bigote…

Marika – Es horrible…

Carlota – Sí, estoy de acuerdo. Todavía es más visible que los pelos de la espalda…

Marika – ¿Te das cuenta? Si hubiera habido un error en la maternidad, yo podría ser la equivocada, y María… tu hija.

Carlota – Pero no, vamos… ¡Deja de atormentarte con esta historia para dormir! No hablas portugués, ¿verdad?

Marika – No.

Carlota – ¡Pues ya ves! Y luego la elegancia natural que heredan las personas de nuestra condición… No hay engaño, puedes creerme. Puedes ver que esa chica no tiene el porte orgulloso de una baronesa de Castelestafa.

Marika – Tendré que comprobarlo yo misma…

Sale Marika. La baronesa permanece sola y suspira. Suena el teléfono y ella contesta.

Carlota – Carlota de Castelestafa, le escucho Sí… Sí, sí, lo sé… No, le aseguro que esa pequeña deuda pronto se completará. ¿Cuánto dice? Ah, sí, de todos modos… Escuche, estamos esperando una devolución de dinero y… ¿De qué sirve tener una cuenta en el Banco Popular, si no podemos confiar en la solidaridad de los clientes más afortunados que nosotros? Muy bien… Y luego, como último recurso, venderemos algunas pinturas… De acuerdo, hago lo necesario y le vuelvo a llamar…

Ella cuelga, visiblemente preocupada. Y comienza a recoger el jarrón y las flores que Alán dejó caer cuando se fue. Marika regresa.

Marika – La criada tiene un lunar en la parte inferior de las nalgas…

Carlota – ¿Cómo lo sabes?

Marika – Llegué a la despensa mientras ella se había quitado el pantalón para ponerse su atuendo de doncella. Necesitaba comprobar.

Carlota – ¿Qué nalga?

Marika – La izquierda.

Carlota – ¡Pues ya ves! Para los de Castelestafa, está en el glúteo derecho.

Marika – ¡Hace un momento me dijiste que el gen de la belleza podía saltar de generación en generación! ¡También un lunar puede saltar de nalga en nalga!

Carlota – ¡Pero por los clavos de Cristo, Marika…!

Marika – Yo, la hija de la señora Da Silva…

Carlota – ¿Cómo puedes imaginar tal cosa?

Marika – Creo que voy a vomitar…

Marika se va y cruza a la doncella que regresa, vestida con un traje negro de sirvienta y un delantal blanco.

María – La última vez que vi este tipo de atuendo fue en un canal de pago, y créame, no era un programa para niños…

Carlota – Oh si…

María – Y su hija Marika, ella no es un poco…

Carlota – ¿Un poco qué?

María – Ella se metió en la despensa mientras yo me ponía esto, solo para mirar mis nalgas…

Marika regresa.

María – Parece que no te sientes bien. Estas muy pálida…

Marika – Estaré bien.

María – De todos modos, es increíble lo mucho que te pareces a mi madre…

Marika parece aún peor.

Carlota – Muy bien, María, déjanos a solas un momento…

María sale.

Marika – Mamá… ¿Tienes algo que esconderme?

Carlota – ¡Pero en absoluto, hija mía! ¿Qué quieres decir con eso?

Marika – ¿Recuerdas al menos si cuando diste a luz había otro bebé llamado María?

Carlota – ¿Cómo quieres que sepa? Todos estaban alineados uno al lado del otro en sus incubadoras, como pollitos en batería… Recuerdo que os pusieron debajo de una lámpara porque tenías ictericia. Además, siempre has mantenido esta tez un poco amarilla…

Marika – Gracias…

Carlota – ¿Después de todo, cómo diferenciar a un bebé de otro? Es cierto que podemos confundir…

Marika – Madre mía…

Carlota – ¡No, pero por eso a los bebés se les pone una pulsera!

Marika – ¿Una pulsera electrónica?

Carlota – Una pulsera con el nombre del bebé.

Marika – Esto es una locura… Para un automóvil, hay un número de registro, un número de motor, un número de chasis, grabados en el parabrisas, todo tipo de tatuajes antirrobo, sin mencionar alarma, y ??para un bebé, solo una pulsera con un nombre… Es muy fácil confundir, ¿verdad?

Carlota – Especialmente entre Marika y María, solo hay una letra de diferencia. El bebé pudo comerse un poco su pulsera en esa…

Marika – Y mi pulsera, ¿la guardaste?

Carlota – No, ¿por qué tendría que guardarla?

Marika – No lo sé. Como recuerdo…

María vuelve, muy emocionada.

María – ¡Lo sentía, estaba segura!

Carlota – ¿Qué te pasa ahora?

María – Acabo de tener una conversación con mi madre por teléfono.

Marika – ¿Y qué?

María – Ella me dijo que siempre sospechó que yo no era realmente su hija biológica.

Carlota – En ese caso, ¿por qué no te dijo nada hasta ahora?

María – ¡Para no traumatizarme!

Marika – Pero como es…

María – Ambas estábamos uno al lado del otro en la incubadora, según lo que me dijo mi madre. Pero ella me dijo que la otra bebé era tan fea e insignificante… Inconscientemente pensó que no podía ser su hija…

Carlota – Todo eso son solo delirios de criadas portuguesas…

Pausa.

María – Mi madre se quedó con mi pequeña pulsera, ella la buscó y la ha comprobado. Tiene escrito el nombre de Marika, no María.

El teléfono suena.

Carlota – ¡Pues responde!

María – Marika de Castelestafa, le escucho. No le escucho bien… Oh sí, hola señor Elsordo…

Carlota, furiosa, le arranca el auricular.

Carlota – Sí Alán… No, todavía no, yo… ¿En serio? Muy bien, hablaré con ella ahora y le llamaré pronto…

Ella cuelga.

Carlota – Fue Alán… para preguntar la respuesta a su propuesta de matrimonio. El no puede esperar. Tiene que regresar a California para un tratamiento que le dará una última oportunidad.

María – ¡Eh, a mi no me importan sus planes de boda! Me han estafado desde que nací. ¡Soy la baronesa!

Carlota – ¡Oh dulce niña! Por el momento solo hay una baronesa aquí y esa soy yo.

María – ¡Aún así, tengo derecho a mi herencia! ¡Este castillo será mío cuando te mueras!

Marika – Por ahora solo eres la sirvienta portuguesa…

María – ¡Eres tú quien debería estar en mi lugar! ¡Eres una sirvienta!

Marika se derrumba.

Carlota – Debemos calmarnos, mira…

María – Tienes razón… Olvidemos los títulos y el dinero. Yo por fin he encontrado a mi verdadera madre…

Ella se precipita en los brazos de Carlota avergonzada.

Carlota – Vamos, vamos… De todos modos, mi pobre niña…

Marika – ¿Podrías dejar de llamarla “mi pobre niña”?

Carlota – Ya no tenemos dinero, María. Sin este matrimonio, ni siquiera tendremos lo suficiente para pagar una sirvienta, o quien sea. Solo tenemos este castillo en ruinas y algunos retratos familiares.

María – En este caso, me voy a casar con el multimillonario. Después de todo, es con el título con el que se casará. Por lo demás, ni siquiera verá la diferencia. Y no necesariamente perderá con el cambio.

Marika y María se desafían mutuamente. Carlota interviene.

Carlota – ¿Puedes darnos un momento, María? Volveremos a discutir todo esto en un momento.

María – Está bien… Pero les advierto, no me vais a defraudar…

María sale

Marika – Es una pesadilla…

Carlota – Por eso es urgente que aceptes la propuesta de Elsordo.

Marika – ¿De verdad crees que es lo más urgente?

Carlota – ¡Por supuesto! ¡De lo contrario, el ganso que pone los huevos de oro se nos escapará! Y estaremos sin dinero.

Marika – Y tal vez ya no sea baronesa…

Carlota – ¿Quién te querrá de nuevo si ni siquiera tienes sangre azul? (Marika se derrumba) No te preocupes. Seguirás siendo mi hija pase lo que pase. La carne de mi carne. No es posible que esta bruja sea una baronesa… incluso si es mi hija biológica.

Marika – ¿Pero qué hacer con Alán?

Carlota – Tienes que casarte con él ahora mismo, antes que se dé cuenta de que quizás no eres del todo lo que él cree… Después ya será demasiado tarde.

Marika – Tienes razón…

Carlota – Llamaras a Elsordo de inmediato para decirle que aceptas su propuesta de matrimonio.

Marika – ¿Y después?

Carlota – Lo arrastras a Las Vegas para una ceremonia relámpago. Y vuestra luna de miel seguida de ese proceso.

Marika – ¿Y la sirvienta?

Carlota – Yo me encargaré de ella durante ese tiempo…

Marika – De acuerdo. Así que voy… Me entregaré para guardar el nombre y el castillo de Castelestafa.

Carlota – ¡La buena sangre no puede mentir! Reconozco en ti el espíritu caballeroso que Castelestafa siempre ha mostrado a lo largo de la historia.

Marika – ¡Amar será como ir a la guerra!

Ellas salen

Negro.

Acto 2

Carlota limpia vestida con ropa de mucama. María está sentada leyendo una revista de celebridades.

Carlota – Ouh la la… No me había dado cuenta de lo agotador que era limpiar…

María – Ya verás, lo peor son los cristales. Todavía hay rastros de mugre. Pero te ayudaré con algo, si quieres…

Carlota – Oh si…

María – Lo mejor para las ventanas es el vinagre… El vinagre blanco, para los cristales, es lo mejor.

Carlota – ¿Realmente no quieres ayudarme?

María – ¿No ves que estoy leyendo? Si quiero mantener mi rango en el futuro, todavía tengo mucho con lo que ponerme al día. Especialmente con respecto a la vida de las personas de la realeza. No sabía que la vida de esa gente era tan complicada.

Carlota – No te puedes imaginar cuánto…

María – Y todos estos nobles con esos nombres tan largos. Pensé que todo eso se había acabado con la Revolución…

Carlota – Afortunadamente, todavía tenemos algunos privilegios… Yo también te daré algunos consejos, si quieres…

María – Oh ¿sí?

Carlota – Para viajar casi de gratis, por ejemplo. Cuando llegas a cualquier lugar, vete a tocar la puerta de algún castillo. Seguramente es un primo lejano. Siempre habrá una habitación de invitados esperándote.

María – Ya veo… Como hoteles de lujo, pero gratuitos.

Carlota – Eso es. Como hoteles de lujo, pero sin calefacción.

María – Entonces, si entiendo bien, todos vosotros son primos…

Carlota – Sí…

María – No me sorprende que todos se vean tan degenerados… Por cierto, ¿tienes noticias de tu hija? Me refiero a Marika…

Carlota – Desafortunadamente no… En estos casos, durante las primeras semanas, se recomienda evitar cualquier contacto con la familia.

María – La verdad… no lo sabía.

Carlota – Pero ella terminará volviendo a casa…

María – Bueno, por ahora me voy a bañar, eso me va a relajar. Porque todo esto me agotó…

Carlota – Entiendo…

María (preparándose para salir) Cuando hayas terminado el polvo, ¿empiezas con los cubiertos? No es mi intención ofenderte, pero esta casa era una verdadera pocilga cuando llegué…

Carlota – Sin embargo, recuerda que no soy tu sirvienta…

María – ¡De qué sirve tener una sirvienta cuando ya tienes una madre!

María sale.

Carlota – Bueno, voy a empezar con los cristales, así que…

Llegan Alán y Marika. Marika lleva dos maletas. Ella ha cambiado su aspecto y parece más satisfecha, asumiendo mucho mejor su feminidad. Alán también parece estar en mejor forma y se viste más alegre.

Carlota – ¡Hola hijos míos! ¡Pero deberíais haberme advertido que vendríais hoy! Hubiera preparado vuestra habitación…

Marika – Mamá? ¿Pero qué está pasando aquí?

Carlota – ¿Qué?

Marika – ¡No me digas que estás haciendo las tareas del hogar!

Carlota – Oh eso… No te preocupes, querida, te lo explicaré…

Alán – Hola, señora baronesa.

Carlota – ¿Cómo esta, mi querido yerno?

Alán – Mejor. Mucho mejor…

Carlota (molesta) – Oh, sí… Parece que el matrimonio le sienta bien…

Alán – Tengo mucho menos dolor de cabeza, es cierto. Y a veces, casi tengo la impresión de ver destellos de luz…

Carlota – ¿Sabe lo que dicen? El amor es ciego, el matrimonio le devuelve la vista… Pero cuando dice mejor, quiere decir… ¿que no morirá de inmediato?

Alán – Parece que le decepcionaría, suegra…

Carlota – Estoy bromeando… ¡vamos!

Alán – Todos moriremos algún día, ¿no?

Carlota – Sí… tarde o temprano.

Alán – Digamos que en mi caso, siento que será un poco más tarde de lo esperado.

Carlota – Bueno, ¡es maravilloso! ¿No es así querida?

Marika – Sí, por supuesto…

Carlota – Entonces, ¿y la luna de miel? ¿Es hermoso Las Vegas?

Marika – ¿No recibiste nuestra carta?

Carlota – Dios mío, no, todavía no. Pero ya sabes, de los Estados Unidos de América…

Marika – Finalmente, nos casamos en Perpiñán, en la más estricta intimidad…

Alán – Para que ir a América a casarse, si también aquí tenemos curas a quienes les gustan los niños.

Carlota – No me digas que además, ya estás embarazada…

MarikaTodavía no, tranquilízate. Bueno, ¿quién sabe?

Carlota – Perpiñán, muy bien… Cataluña se parece mucho a California, ¿verdad? O digamos que la parte de arriba se parece mucho a Baja California… ¿Tuvisteis buen clima?

Marika – Llovió durante tres semanas seguidas. Apenas pudimos salir fuera de nuestra habitación en el hotel. (Marika se acerca con cariño a Alán) Pero finalmente, no me arrepiento de no ir a Las Vegas…

Alán – Yo tampoco. Aparentemente, el aire de Cataluña me hizo mejor efecto que el tratamiento milagroso que tuve que recibir en esa clínica de los Estados Unidos.

Carlota – Ya veo…

Marika – Alán me llevó una vez al cine a ver una película sucia…

Alán – Quiso decir una película suiza…

Carlota – Oh ¡Pero qué bueno!

Marika le lanza a Alán una mirada tiernamente cómplice.

Marika – Pero, ¿Para qué ir al cine, cuando puedes encontrar con que divertir sin salir de la cama…

Alán (con amor) – Creo que me saqué el número de la suerte… Bueno, las dejo hablar un momento juntas. Deben tener muchas cosas que contarse entre madre e hija… Me voy a refrescar un poco.

Carlota – Te acompañaré…

Alán – No te preocupes, puedo arreglármelas solo…

Carlota – Ya conoces la casa, ¿verdad?

Alán – Ahora es un poco mía, ¿no?

Carlota – Sí…

Alán – Hasta luego, mi amor… ¿Llevarás mi maleta a mi habitación?

Marika – De inmediato, mi corazón…

Carlota lanza una mirada preocupada a su hija. Alán vuelve a salir alterando la mesa del pedestal y el jarrón.

Carlota – ¿Y bien? Parece que sobreviviste a esta prueba, querida…

Marika – Sí, debo decir que no fue tan malo como lo imaginé… Admito que incluso tuve cierto placer en…

Carlota – Te agradezco que te guardes la historia de vuestra noche de bodas… Ahora tenemos asuntos más urgentes que resolver…

Marika – ¿Un asunto?

Carlota – ¿No me digas que ya has olvidado el contexto especial de este matrimonio…?

Marika – No, por supuesto…

Carlota – Imaginaras que estaba esperando el regreso del yerno para pagar algunas cuentas… ¡Si no hacemos una transferencia rápida al Banco Popular, el castillo será incautado!

Marika – ¿Tenemos una cuenta en el Banco Popular?

Carlota – Por desgracia, son los únicos que todavía nos quieren… Y si no encontramos rápidamente pasta ¡tendremos que ir al comedor público!

Marika – Hablaré de esto con Alán, te lo prometo…

Carlota – Muy bien, entonces… en mis brazos, hija mía…

Se abrazan por un momento.

Marika – ¿Y la criada?

Carlota – Ese es el segundo problema con el que tenemos que lidiar… He hecho todo lo posible para calmarla. Pero empieza a sentirse un poco como en casa.

Marika – ¿Entonces todavía no la has despedido?

Carlota – ¡Eso es porque ahora ella dice ser parte de la familia! Como puedes ver por mi atuendo, tuve que hacer algunas concesiones… Y cuando ella sepa…

Llega María, seguida de Alán.

María (furiosa) –El señor Elsordo me acaba de contar la noticia de su matrimonio… ¡Y tu que me habías dicho que tu hija estaba en rehabilitación de drogas!

Marika – ¿Le dijisteis eso?

Carlota – Tuve que decirle algo.

María – Entonces tus mentirillas y tu repentina amabilidad, ¿eran por eso? Para engañarme…

Carlota – A ver, tranquilitos…

Alán – Confieso que ni yo, baronesa, no creo lo que escuchan mis oídos… ¿Entonces confirma las palabras de su doncella?

María – ¡Eh, yo no soy la doncella!

Alán – Quiero decir… de su hija biológica. ¡Pero eso es monstruoso! ¿Cómo se puede convertir a una hija en esclavo doméstico?

Marika – Bueno, tampoco es Cenicienta…

Alán – En cuanto a mí, entiendo que me siento un poco defraudado… Pensé casarme con una futura baronesa…

María – Y ahora se encuentra casado con una bastarda.

Marika – ¡Bastarda serás tú!

Las dos mujeres están listas para recibir golpes.

Carlota – Veamos… Un poco de dignidad, damas… Al menos una de vosotras tiene sangre azul…

María y Marika dejan de pelear. María va con Alán.

María – ¡La hija de la baronesa, soy yo! ¡Es conmigo que deberías haberte casado! (Avanza hacia Alán) Y créeme, en la cama, no habrías tenido quejas…

Marika – ¿Qué dices, perra?

Carlota – No nos dejemos vencer por la ira o después lo lamentaremos.

Alán – Me pregunto si no sería mejor pedir un divorcio… Lo digo, considerando las nuevas circunstancias…

Carlota – ¡No haga nada, querido amigo! Seguramente hay una manera de disipar este pequeño malentendido…

Alán – ¿Un pequeño malentendido? Ya ni siquiera sé con quién estoy casado. ¿Si con la mujer que me dijo que sí o la que llevará mañana el nombre de Baronesa de Castelestafa?

Carlota – Ya lo he pensado lo suficiente, porque sospechaba que todo esto causaría cierta… tensión temporal.

María – Esto debe ser una broma…

Carlota – Esto es lo que propongo… Alán se acaba de casar con Marika. Se quedará con su esposa, que heredará mi título de baronesa de Castelestafa.

María – ¿Y qué hay de mí?

Carlota – María, en compensación, heredará el castillo y todo lo que contiene cuando yo muera.

Marika – ¿El título, eso es todo?

Carlota – ¿No me digas que prefieres la riqueza material al prestigio de un nombre como el nuestro?

Marika – No, por supuesto, pero…

Carlota – Por supuesto, es consabido que muchos barones mezclaron su sangre azul con la de las criadas, ya sabes. Si estuviéramos haciendo una investigación genética, seguramente nos daríamos cuenta de que la mayoría de los sirvientes son nuestros primos.

María, escéptica, mira a Alán y Marika.

María – ¿Y si tienen hijos? Podrían reclamar la herencia…

Carlota – Por supuesto, Marika estará exenta del deber matrimonial para no correr el riesgo de tener una descendencia…

Marika – ¿El deber matrimonial? Desde mi recuerdo de nuestra noche de bodas, no siento que haya sido una tarea para mi esposo…

María – Oh ¿si?

Nueva tensión entre las dos mujeres.

Carlota – Bueno, creo que ahora todos lo vemos un poco más claro, ¿no es así, mi querido yerno?

María – Entonces, ¿nunca seré baronesa?

Marika – Te dejaremos el castillo, ¿de qué te quejas?

Carlota – No tendrás el título, pero serás considerada como familia. Y si mi hija muere, serás una baronesa en su lugar.

Marika – ¡Qué encantador!

Carlota – En cuanto al señor Elsordo, de todos modos, él no está interesado en la dote de mi hija. Es multimillonario. Lo que quería era casarse con una chica de una buena familia. Desde este punto de vista, no podemos decir que ha sido engañado… ¿Usted cómo lo ve, señor Elsordo?

Alán – No lo veo muy claro…

María – Por supuesto… Si además es ciego…

Carlota (a María) – Te trataré como mi segunda hija, y Marika te tratará como a una hermana.

María – Vaya hermana…

Carlota – ¿Qué le parece, Alán?

Alán – ¿Y con quién cumpliré mi deber conyugal? Sin embargo, estoy casado… Me da ciertos privilegios.

Carlota – Siempre puedes dormir con la criada. Probablemente hubiera terminado así de todos modos, como en todas las comedias de parejas…

Marika – ¡Eh, yo no he dicho que estaba de acuerdo!

María – ¡Yo tampoco!

Carlota – Seremos una familia ensamblada… Está muy de moda en la actualidad…

María – Bueno…

Alán – ¿Y quién hará los quehaceres?

María – ¡Yo no, de ninguna manera!

Carlota – Queda por encontrar una sirvienta… Pero Alán es rico, ¿verdad? Y ahora, él es el hombre de la casa… ¡Satisfará las necesidades de toda la familia!

Alán – Sí, bueno… en realidad, los bienes raíces no están yendo muy bien en este momento, ya saben… Incluso en California…

Carlota – Me acaba de decir que eventualmente ya no morirá, ¡no me diga que además esta arruinado!

Alán – Por desgracia, suegra… Pero lo importante del matrimonio es el amor, ¿no?

Carlota está a punto de desmayarse.

Carlota – Creo que me está dando algo…

Marika – Disculpa por un momento…

La baronesa se retira con su hija. Dejado solo con María, Alán se quita las gafas y cae en sus brazos. Entendemos que son cómplices.

Alán – ¡Y listo!

María – ¡Para nosotros la gran vida!

Alán – ¡Y cómo, baronesa!

Se besan

María – La mala noticia es que, en tu ausencia, descubrí que el castillo está hipotecado.

Alán – ¿No me digas que me casé por nada con ese monstruo?

María – ¿No conseguiste demasiado de la noche de bodas, al menos?

Alán – De qué hablas… ¿Es que no la has visto?

María – Eso no fue lo que ella dijo antes…

Alán – Bueno, todavía tenemos las pinturas…

María – Debe valer dinero, todo eso…

Ella va a examinar una imagen y torpemente la hace caer.

María – Mierda. Ayúdame a poner esto en su lugar…

Alán se acerca. Mientras levanta la pintura, María mira hacia atrás.

María – ¿Qué es esto?

Alán – ¿Qué?

María – Hay una inscripción en el reverso de la pintura…

Alán – Puede ser una firma prestigiosa… ¿A veces sucede que una imagen de un pintor anónimo finalmente se atribuye a Miguel Ángel o Leonardo?

María – ¿Leonardo? ¿El actor o el futbolista?

Alán – Leonardo, el pintor! Bien, entonces, ¿qué estás leyendo?

María mira la inscripción.

María – No puedo leer… No tengo mis lentes… Ve allí, tienes buenos ojos…

Alán mira la inscripción.

Alán – Hecho en China…

María – ¿Hecho en China?

Alán – Estos son falsos.

María – ¿No? ¿Estás seguro ?

Alán – ¡No creo que en ese momento, los nobles hicieran sus retratos familiares en China! (Pausa) ¿Te das cuenta? Me casé con esa degenerada por unos retratos falsos?

Tiempo de reducción.

María – Y solo les quedan unos pocos muebles… No vamos a llegar muy lejos con eso…

Alán – No puedo creerlo…

María – Nos han engañado…

Alán – Sí… Parece que esta es la historia del estafador estafado…

María – Pero si estos retratos son falsos, entonces…

Alán – El título de nobleza de la baronesa también sería falso…

María – ¡No!

Alán saca su teléfono celular.

Alán – Espera… estoy buscando en Internet… Baronesa de Castelestafa… Eso no es cierto… Mira esto…

Le muestra la pantalla de su teléfono a María.

María – No…

Alán – Castelestafa… Debimos ser mas cautelosos…

María – Debimos haber verificado antes sus títulos de nobleza…

Alán – ¿En quién se puede confiar hoy en día?

María – No investigamos…

Alán – ¿Pero cómo es que su hija nunca tuvo la idea de escribir su propio nombre en Google?

María – ¡Estas personas aún viven en la Edad Media! ¡Y la niña apenas salió del convento de las Golondrinas! Estoy segura de que su madre solo le da acceso a Internet con un filtro parental…

Alán – Entonces, ¿qué haremos?

María – ¡Nos largamos de aquí! Hay algunas joyas en la habitación de la vieja, allá arriba. Las tomo y nos vamos antes de que estas dos mitómanas regresen.

Alán – Aún no he desempacado, será más práctico.

María sale. Mientras tanto, Alán mira en la pantalla de su teléfono para buscar más detalles sobre la biografía de Carlota.

Alán – No es cierto… Bueno … Fíjate en la baronesa, con unos años menos…

Le sorprende el regreso de Carlota y Marika.

Carlota – No creo lo que ven mis ojos.

Marika – Alán, ¿no eres ciego?

Alán – Es decir… ¡Acabo de recobrar la vista! ¡Es un milagro !

María regresa y llama a Alán antes de ver a los otros dos.

María – ¿Alán? Eso es todo, ya tengo las joyas, espero que no sean falsas también…

Alán va hacia María, con los brazos extendidos para intentar hacerle alguna seña.

Alán – ¡Finalmente te descubro, mi querida esposa!

Marika – Soy yo, tu esposa…

Alán (decepcionado) – ¿No…? Me pregunto si no hubiera preferido quedarme ciego…

Carlota – Entonces… así es todo… Nos tomaron por tontas… Así que fuiste su cómplice desde el principio, ¿verdad?

Marika – ¿Son un par de ladrones?

Alán – Estafadores… Hay que expresarse con las palabras adecuadas…

Carlota – Entonces no eres ciego, ni multimillonario… y esta perra no es mi hija biológica…

María – Eh, un poco mas de gentileza, baronesa, ¡cuidadito conmigo!

Carlota – ¡Y todo este circo fue para convencernos de concertar el matrimonio lo antes posible!

Marika – ¡Para desnudarnos!

Carlota – No puedo creerlo…

Alán – Bien… Y ahora que las cosas están claras para todos, ¿qué vamos a hacer?

Carlota – ¿Qué vamos a hacer? Pero si es muy simple. ¡Denunciarlos a ambos! Yo presentaré una queja.

Alán – Oh, y que le parece si nos calmamos, está bien. Okey, no soy ciego ni multimillonario. Pero eso no es penado por la ley, que yo sepa. Y ahora, te guste o no, ¡soy tu yerno!

María – ¡Es verdad, después de todo, eres tú quien quiere casar a tu hija con un pobre ciego para capturar su herencia! ¿Eh? Eso no es bonito bonito tampoco, ¿No crees?

Carlota – Tu, la criada, cállate. Nadie te ha llamado.

María – Primero, nunca he sido criada. ¡Y la mentirosa eres tú! ¡Tu castillo está hipotecado, y estos retratos familiares son falsos!

Marika – ¿Falsos?

Carlota (avergonzada) – Eso es ridículo…

María – Oh ¿si?

Carlota – Puedes ver que estas personas no saben nada de pintura. ¡Falsificaciones! ¿Y tú? Apuesto a que no eres realmente portuguesa…

Alán – No más que tú baronesa…

Marika – ¿De qué hablas?

Alán (a Carlota) – Tampoco le dijiste toda la verdad sobre tus orígenes…

Carlota (avergonzada) – ¿Yo?

Alán – Tu marido era actor de cine porno. ¡Y lo conociste en un set de filmación! Todo está en Wikipedia…

Carlota – He pedido varias veces la eliminación de este artículo…

Marika – ¿Pensé que papá era un campeón de equitación y que estaba muerto cuando se cayó de su caballo?

Alán – Podemos decir eso así, sí… Solo se olvidó de decirte quién era la montura…

María – Y las condiciones especiales de esa película de rodeo…

Carlota – Era arte puro. Todo ocurrió sobre un escenario…

María – Sí… Y probablemente sea gracias al dinero que te pagaron para actuar en esas películas de autor que pudiste comprar este castillo.

Alán – Para fingir respetabilidad…

Marika – Oh, Dios mío… ¡Pero esto no puede ser verdad! Y yo que pensaba que lo peor que me podía pasar era ser hija de una sirvienta portuguesa… Pero entonces… ¿quiénes son realmente mis padres? ¿Y quién soy yo?

María – Puedes estar tranquila, eres la hija de tu puta madre… En cuanto a tu padre…

Alán (mirando su móvil) – No se excluye que hayas sido concebida durante el rodaje de una de esas películas de culto como esta… (Mostrando la pantalla a Marika) Obra maestra del séptimo arte en la que por primera vez Carlota lleva el título de baronesa…

María – Y eso es todo lo que lleva puesto en esa película.

Carlota – Fui nominada a los premios Oscar por esa…

María – Los Oscar del Porno, por supuesto.

AlánEntonces ven que yo también podría tener la impresión de que me mentí un poco sobre el pedigrí de mi perra guía.

La baronesa está avergonzada.

Marika – Pero di algo, madre…

Carlota – Así es, yo inventé nuestra historia familiar…

Marika – Entonces no eres baronesa de Castelestafa… ¿Pero esos retratos familiares?

Carlota – Son absolutamente genuinos, te lo garantizo. Bueno, quiero decir, de aquellos que han servido como modelos… Solo que… no son nuestra familia.

Marika – Esto es una pesadilla…

Carlota – La buena noticia es que realmente eres mi hija.

Marika – ¡Soy una hija de puta! ¿Te parece que eso es un consuelo…

Carlota – Ya no estamos en la Edad Media. Ya no tenemos que considerar a las actrices como prostitutas…

Marika – ¡Pero si eras un actriz X!

María – Bueno, cuando hayan terminado esta conmovedora escena familiar…

Carlota – ¿No creéis que tal vez haya una manera de llevarse bien? Un buen arreglo es mejor que un mal divorcio.

Marika – Un buen arreglo…

Carlota – La verdad es que ni siquiera podemos permitirnos una sirvienta. Y que a partir de ahora no podemos confiar demasiado en nuestra supuesta nobleza para obtener un yerno ideal…

Alán – Especialmente porque tu hija ya está casada, te recuerdo…

Carlota – Ya ves, querida, que aquí todos estamos condenados a encontrarnos en un terreno común…

Marika – Ya ni siquiera puedes vender esas pinturas. Son copias, no tienen valor…

Alán – ¿Podemos alquilar el castillo para filmar películas pornográficas? La señora debe haber mantenido contactos en el medio.

Carlota – Qué dirían nuestros amigos… sin mencionar al sacerdote. No, yo vería algo más adecuado… Tal vez sea posible… ¡Aquí, un festival de música clásica, por ejemplo!

María – Ah, sí… Podríamos pedir una subvención al ayuntamiento y al gobierno…

Carlota – Hacer que la música clásica sea accesible para las clases más desfavorecidas está muy de moda.

María – Eso es todo… Un concierto de música clásica accesible para los discapacitados de la cultura. Llegaremos lejos con eso…

Alán – Entonces, ¿por qué no abrir habitaciones temáticas? A la gente le encantan los castillos, y una baronesa, siempre es buena en la decoración.

Marika – Podrías cuidar a mi esposo y a mí. Y María haría las habitaciones…

María – Eh, Alán es mi hombre, ¿de acuerdo?

Marika – Pero es mi esposo delante de Dios… o por lo menos delante del alcalde de Perpiñán. Y ahora que sé que el señor Elsordo no es ciego… Después de todo, es un hombre bastante guapo… Y excepto dinero, lo tiene todo para hacer feliz a una mujer…

Marika y María están a punto de pelear. Alán las separa.

Carlota – Vamos, seguramente también hay una manera de encontrar un acuerdo sobre este punto. Entre personas de nuestra condición, siempre logramos hacer arreglos, ¿no es así?

Marika – Por personas de nuestra condición, ¿te refieres a delincuentes?

Carlota – Pues… También, sí…

Negro

Epílogo

Marika, vestida de sirvienta, hace el polvo con un plumero. Los otros tres están en sillones y toman té en un ambiente muy mundano.

María – Con mucho gusto volvería a tomar un poco de té…

Marika le sirve torpemente, con los dientes apretados.

Carlota – No te preocupes, querida, mañana será tu turno de ser baronesa.

Alán – Y el suyo para ser sirvienta.

Carlota – Se decía cada dos días…

Alán – Suegra, creo que acabamos de inventar el matrimonio alternativo.

Carlota – Y la democracia rotativa.

Alán – ¿Quién necesita engañar a su esposa con la criada como en un mal teatro de parejas? ¡Mañana la sirvienta será mi esposa!

Carlota – Y tu sirvienta será tu mujer.

Alán – Un verdadero cuento de hadas.

Carlota – En resumen, tenías razón, mi querido yerno… Es la gran vida… ¿No es así, señoras?

Marika y María intercambian una mirada.

María – Mi querida hermana, a veces me pregunto si nosostras no somos las verdaderas víctimas de esta farsa…

Carlota – A propósito, no olvidéis que se acerca la Navidad.

Alán – Tengo muchas ganas de ver estas celebraciones familiares por primera vez en nuestro castillo.

Carlota – La familia, eso es todo. (Pausa) Por cierto, me alegra que todos estemos aquí para contarte una gran noticia, Alán.

Alán – Oh ¿si? ¿Qué?

Carlota – La familia crecerá…

Alán – ¿Un niño para Navidad? ¡Es maravilloso! ¿Pero quién es la madre?

Marika y María intercambian una mirada asesina, antes de mirar a Carlota con una mirada sospechosa. Carlota parece apenas avergonzada, y pone la mano en su barriga.

Carlota – Un nuevo milagro, aparentemente…

Alán (para relajar el ambiente) – ¿Si ponemos un poco de música?

Carlota – Sería perfecto… Me encanta la música clásica.

Alán – Y dicen que amansa a las fieras.

Alán presiona un control remoto para lanzar una pieza de música clásica, para elegir (por ejemplo el Himno a la Alegría o una música de Navidad).

A medida que aumenta el nivel de la música, la luz disminuye en esta conmovedora escena de felicidad familiar.

Negro.

Fin

El autor

Jean-Pierre Martinez es autor teatral y guionista francés de origen español. Nacido en 1955 en Auvers-sur-Oise, sube al escenario primero como baterista en diversos grupos de rock, antes de hacerse semiológo para la publicidad. Luego trabaja como guionista para la televisión, y vuelve al teatro como autor. Ha escrito mas de 60 guiones para distintas series de la televisión francesa, y 78 comedias para el teatro (13 y Martes, Strip Poker, Bar Manolo, Ella y El, Muertos de la Risa, Breves del Tiempo Perdido, El Joker…). Actualmente es uno de los autores contemporáneos mas representados en Francia, y varias de sus obras han sido ya traducidas en español y en inglés. Es licenciado en literatura española e inglesa (Sorbonne), en linguística (Ecole des Hautes Etudes en Sciences Sociales), en economía (Institut d’Études Politique de Paris), en escritura de guiones (Conservatoire Européen d’Ecriture Audiovisuelle). Jean-Pierre Martinez ha escogido ofrecer todos los textos de sus obras para descargar gratuitamente en su web : comediatheque.net.

Comedias de Jean-Pierre Martinez traducidas en español:

Comedias para 2

El Joker

El Último Cartucho

EuroStar

Zona de Turbulencias

Comedias para 3

13 y Martes

Por Debajo de la Mesa

Un pequeño asesinato sin consecuencias

Comedias para 4

Cuatro Estrellas

Foto de Familia

Strip Poker

Un Ataúd para Dos

Comedias para 5 o 6

Crisis y Castigo

Pronóstico Reservado

Comedias para 7 a 10

Bar Manolo

Milagro en el Convento de Santa María-Juana

El pueblo más cutre de España

Comedias de sainetes (sketches)

Breves del Tiempo Perdido

Ella y El, Monólogo Interactivo

Muertos de la Risa

Este texto está protegido por las leyes

relativas al derecho de propiedad intelectual.

Toda copia es susceptible de una condena,

hasta de 300 000 euros y 3 años de prisión.

París – Setiembre de 2019

© La Comédi@thèque – ISBN 978-2-37705-277-6

https://comediatheque.net/

Un pequeño asesinato sin consecuencias

Posted septembre 16, 2019 By admin

Una comedia de Jean-Pierre Martinez

1 hombre o 2 mujeres

Desde el adulterio involuntario hasta el homicidio del mismo nombre, solo hay un paso, fácilmente negociable. Más difícil es eliminar el cuerpo del delito…

Aquellos textos los ofrece gratuitamente el autor para la lectura. Sin embargo cualquier representación pública, sea profesional o aficionada (incluso gratuita), debe ser autorizada por la Sociedad de Autores encargada de percibir los derechos del autor en el país de representación de la obra. 

Contactar con el autor : FORMULARIO DE CONTACTO

 

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Un pequeño asesinato sin consecuencias


Una comedia de Jean Pierre Martínez


PERSONAJES

Juan

Eva

Cristina


ACTO 1

Un salón burgués-bohemio, algo desordenado. Un teléfono celular abandonado en el suelo suena en el vacío. Juan llega, visiblemente preocupado. Tiene sangre en sus manos. Mira el teléfono sin tomarlo.

Juan – Y mierda…

El teléfono deja de sonar. Saca un pañuelo, toma suavemente el teléfono y lo desliza en su bolsillo. Apresuradamente pone un poco de orden en la habitación. Recoge en el suelo una camisa manchada de sangre, parece asustado.

Juan – Oh, no, eso no es cierto…

Suena el timbre de la puerta. Mete la camisa debajo de un cojín del sofá. Vuelven a llamar a la puerta.

Juan – ¡Ya voy!

Desaparece un momento para abrir y regresa después de Eva, su esposa.

Eva – Disculpa, olvidé mis llaves otra vez. De todos modos, todo va mal hoy. Tuve que defender a una mujer acusada de homicidio intencional. Te reirás. Una que cortó a su esposo en tres pedazos con una sierra de calar. Y te das cuenta de que… (Nota que Juan no escucha) Parece que no te va, tú… ¿Todavía estás bloqueado con tu nueva idea de comedia?

Juan – Sí, pero ese no es el problema…

Eva – Estás empezando a asustarme. ¿Cuál es el problema? ¿No me digas que tu madre viene a cenar?

Juan – No, no, no te preocupes…

Juan se sienta en el sofá.

Eva – En ese caso, no puede ser tan malo. Por cierto, ¿qué quieres comer? Realmente no quiero cocinar… Podríamos pedir sushi y comer mientras vemos la televisión, ¿verdad?

Juan – Sí… Bueno, no… No estoy de humor para eso, ya ves.

Eva – Solo se trata de tragarse un poco de sushi… (Eva se sienta a su lado en el sofá y lo besa.) No es como si te estuviera proponiendo follarme salvajemente, ahora mismo, en la alfombra de la sala de estar. (Frente a su falta de entusiasmo) ¡Qué entusiasmo…! Bien… ordenaré dos menús. La ventaja con el sushi es que no se enfriará…

Juan – No es como los cadáveres.

Eva expresa su asombro al escuchar este comentario morboso.

Eva – Bien… Mientras esperamos la entrega, me contarás tus desgracias y haré lo imposible para devolverte tu alegría de vivir… (Toma su teléfono móvil y comienza a marcar un número.) ¿Dulce o salado?

Juan – ¿Qué?

Eva – ¡La salsa, para sushi! ¿Dulce o salado?

Juan – Me da igual…

Se levanta y camina por la habitación.

Eva – Uno de cada uno, como siempre… (A su interlocutor) Sí, es para entrega a domicilio. Dos menús de California. Así es, calle de la Virgen, número 2… Traiga dulce y salado. Muy bien, gracias… (Guarda su teléfono celular.) En media hora… Vamos, ven y siéntate a mi lado. Mamá te cuidará… (Mueve un cojín para dejarle espacio, ve que la camisa ensangrentada sobresale y la empuja hacia ella.) ¿Qué es este horror? ¿Qué paso aquí? (Al ver la sangre en sus manos) ¿Herido?

Juan – No, yo… No es mi camisa, y tampoco es mi sangre…

Eva – ¿Esa es la sangre de quién, entonces?

Juan – Escucha, Eva, creo que maté a alguien…

Eva – ¿Crees que qué? ¿De qué estás hablando?

Juan – No, en realidad… no lo creo… estoy seguro…

Eva – Pero, Juan, eso no es posible. No matamos a alguien así. Mira, yo por ejemplo. Muchas veces he querido matar a tu madre, y aún no lo he hecho. ¿Y sabes por qué?

Juan – No…

Eva – Porque no soy una criminal, ¡por eso! No sigo mis impulsos. Reflexiono. Considero los pros y los contras. Y creo que veinte años en prisión, aún sería demasiado costoso por el placer que me daría en el momento de estrangular a tu madre.

Juan – Debemos creer que algunos hombres resisten mucho menos sus impulsos.

Eva – Escucha, Juan, veo todos los días criminales en el Palacio de Justicia. Y créeme, no tienes el perfil para el papel en absoluto…

Juan – Yo también pensé eso… Hasta ahora.

Eva – ¡Es una idea para tu nueva obra de teatro!

Juan – ¿Disculpa?

Eva – ¿La historia de una mujer que regresa a casa después de su día de trabajo y a quien su esposo anuncia que él ha matado a su amante? Quieres poner a prueba tu idea sobre mí, ¿verdad?

Juan – Maldita sea, Eva, maté a alguien, ¿cómo te digo que me creas?

Eva – No es suficiente pretender ser un asesino, ¿sabes? Todavía debe ser probado.

Juan – ¿Oh si…?

Eva – Si supieras cuántas personas se acusan erróneamente de un delito que no cometieron. La semana pasada, en la corte, defendí a un niño Scout acusado de asesinar a un sacerdote. Bueno, te vas a reír, pero había media docena de otros Cachorros que también se jactaban de matarlo… Casi tuve que luchar para convencer al juez de que mi cliente era el culpable.

Juan – Bien… ¿Y cómo lo resolviste?

Eva – Era muy simple… Solo él quien sabía bajo qué árbol había enterrado el cadáver del hombre santo.

Juan – ¿Y entonces?

Eva – ¿Y entonces…? ¿Dónde está el cuerpo?

Juan – Está aquí al lado, en la cocina.

Eva de repente parece darse cuenta de la gravedad de la situación.

Eva – ¿En la cocina? Estás bromeando…

Juan – ¿Quieres ir a ver?

Eva mira hacia la cocina, duda, pero se da por vencida.

Eva – Pero… ¿qué pasó? ¿Y quién es él?

Juan – Es… Patricio.

Eva – ¿Patricio?

Juan – Patricio.

Eva – Oh, no… no Patricio…

Juan – ¿Hubieras preferido que asesinara a otro?

Eva – Dios mío, Juan… Dime que no es verdad …

Juan – Me gustaría… Desafortunadamente …

Eva – Eso es una broma, ¿verdad?

Juan – Es su camisa la que tienes en tus manos. Mira… sus iniciales grabadas en los gemelos.

Eva echa una mirada alucinante a los gemelos.

Eva – P.S…

Juan – Patricio Sánchez. Además, excepto Patricio, conoces a otro quién guarda todavía los gemelos del día de su boda.

Eva – Pero finalmente Juan… ¿por qué?

Juan – Fue un accidente…

Eva – ¿Un accidente? ¿Quieres decir… un accidente doméstico?

Juan – Podemos llamarlo así, sí…

Eva – ¡Habla claro! Cortaste los setos en el jardín, no viste que él estaba orinando justo detrás, y lo cortaste… ¿Fue en la carótida? Si es algo así, no te preocupes, no es un delito. Con un buen abogado…

Juan – Por desgracia, en realidad no fue así…

Eva – ¿Cómo fue?

Juan – Digamos que fue… homicidio involuntario.

Eva – ¿Qué tan involuntario?

Juan – Tuvimos una discusión.

Eva – ¿Una discusión? ¿Querrás decir una pelea?

Juan – Sí, eso es… Una pelea, si así lo quieres…

Eva – Una pelea violenta, así que…

Juan – De todos modos, fue lo suficientemente violenta como para matarlo. Pero ya no tengo ganas de responder un interrogatorio.

Eva – Discúlpame… Deformación profesional.

Juan – Lo que es seguro es que lo maté.

Eva se descompone.

Eva – Todo es por mi culpa…

Juan – ¿Qué?

Eva – Bueno, no directamente, pero…

Juan – ¿Cómo que es tu culpa?

Eva No te decepcionaré, Juan. Un crimen pasional, se justifica muy bien, ya sabes.

Juan – ¿Un crimen pasional? ¿Quieres decir… yo y Patricio?

Eva – Lo mataste porque me acosté con él, ¿verdad?

Juan – ¿Te acostaste con Patricio?

Eva – ¿No es por eso que lo mataste?

Juan – ¡No sabía que te habías acostado con él!

Eva – Fue hace mucho tiempo…

Juan – ¿Cuánto tiempo?

Eva – Ya no lo sé… Seis meses, mas o menos…

Juan – Eso es lo que llamas mucho tiempo…

Eva – Fue… un accidente.

Juan – Eso es todo… ¿Un accidente doméstico?

Eva – No fue gran cosa, Juan… Solo sucedió una vez. Nunca me gustó…

Juan – Me tranquiliza mucho, de hecho… Que puedes acostarte con chicos que no te gustan.

Eva – ¡No chicos! Fue solo Patricio, te lo aseguro. ¡Fue un simple malentendido! ¡Patricio! ¡No, pero me imaginas con Patricio!

Juan – Te recuerdo que es mi mejor amigo.

Eva – Te recordaré que lo mataste…

Juan – ¿Y cómo sucedió entonces?

Eva – Fue… un malentendido.

Juan – Ya veo… adulterio involuntario, por así decirlo

Eva – ¡Exactamente!

Juan – Nunca he escuchado una explicación tan estúpida. ¿Entonces esa es tu única defensa?

Eva – No cambiemos de roles, ¿verdad? Eres tú quien ha cometido un crimen, no yo. Y ahora, depende de ti explicarle a la policía.

Juan – ¿Porque tienes la intención de denunciarme a la policía?

Eva – ¿Qué quieres que hagamos?

Juan – Eso es lo que quería hacer, de hecho. Antes de que tu llegaste. Pero ahora que sé que Patricio es tu amante… ¡Nunca se van a creer que fue un homicidio involuntario!

Eva – ¡Será mi culpa ahora! Y no es mi amante, como dices. ¡Solo dormimos juntos una vez!

Juan – De todos modos, creerán que fue por venganza, que fue un acto premeditado. ¡Me darán cadena perpetua!

Eva – Les explicaremos…

Juan – ¿Qué quieres decir con que fue un adulterio involuntario?

Eva – ¡Hola! No maté a nadie, ¿de acuerdo?

Pausa.

Juan – Entonces, ¿qué haremos?

Eva – Seguimos tal como estamos

Juan – ¿De que hablas? Me engañas con mi mejor amigo, y ahora que lo he matado, ¿te lavas las manos?

Eva – Cuando lo mataste, ¡no sabías que me había acostado con él todavía!

Juan – No juguemos con las palabras, ¿quieres?

Eva – Y a propósito ¿Por qué lo mataste, Patricio?

Juan – Una historia estúpida.

Eva – Te estoy escuchando…

Juan – Digamos… Me dijo que no le gustó mi última obra.

Eva– ¿Tu última obra? ¿Microondas?

Juan – Sí.

Eva – ¿Pero cómo le va a gustar si fue todo un fracaso?

Juan – Gracias por la delicadeza de recordármelo…

Eva – Te dije que tenías que cambiar el título… ¿Y por eso lo mataste? ¿Porque te dijo que no le gustaba esa obra, que de todos modos, todos encontraron que era una mierda?

Juan – Creo que se despertó entre nosotros una rivalidad latente durante años. Siempre estuve en competencia con Patricio. En cuanto a las chicas, entre otras. Ya en la secundaria…

Eva – ¿Bien y después?

Juan – Llegamos a las manos. Se resbaló y golpeó su sien en la esquina de la mesa.

Eva – Al ver toda esa sangre en la camisa, estaba pensando en una puñalada.

Juan – La sangre brotó por todas partes. Por los ojos, por la nariz, por las orejas. Se convulsionó durante un buen cuarto de hora. Y luego nada.

Eva – ¿Y no se te ocurrió llamar a urgencias?

Juan – No, pero te digo que pasó un cuarto de hora, tal vez fueron unos minutos o unos segundos. Estaba en pánico. Paralizado. No me di cuenta. Cuando decidí llamar, ya era demasiado tarde… (Llaman a la puerta, Juan parece preocupado.) ¿Crees que son ellos?

Eva – ¿Quién? ¿Urgencias?

Juan – ¡La policía!

Eva – Si no los llamaste…

Juan – Los vecinos pueden haber escuchado algo.

Eva – Ah, no, debe ser Cristina…

Juan – ¿Cristina? ¿La esposa de Patricio? ¿Pero cómo lo sabría ella ya?

Eva – Ella no lo sabe. Me llamó hace una hora. Me había olvidado por completo. Quería hablar conmigo sobre algo importante. Le dije que pasara por acá…

Juan – No abras.

Eva – Ella lo encontrará raro. Le dije que estaría aquí.

Juan – Tienes razón… Así que atiéndela tú. Me voy a esconder en la cocina.

Eva – ¿No crees que mejor le contamos todo? Y terminamos con…

Juan – ¿Decirle que el cadáver de su esposo yace en el suelo de la cocina en un charco de sangre? ¿De verdad crees que es la forma correcta de decirle que es viuda?

El timbre vuelve a sonar.

Eva – OK… Intentaré evitar el tema.

Juan – Sobre todo, no la dejas entrar a la cocina.

Juan va a esconderse en la cocina. Eva vuelve a poner la camisa debajo del cojín.

Eva – ¡Ya voy!

Eva sale y regresa un momento después con Cristina.

Cristina – Disculpa por venir así, casi sin avisarte. ¿Patricio está aquí?

Eva – ¿Patricio? Qué idea tan divertida… No, ¿por qué?

Cristina – Pensé que vi su scooter abajo, pero bueno. Un scooter u otro. Todos son iguales, ¿verdad?

Eva – Sí… Sí…

Cristina – ¿Y Juan?

Eva – Sí, sí, él está aquí, pero… está trabajando. En su nueva obra de teatro. Y lo conoces, cuando escribe…

Cristina – Entiendo… Especialmente después del desastre que hizo con su última obra… ¿Cómo se llamaba?

Eva – Microondas.

Cristina – Era obvio que iba a quemarse.

Eva – Supongo que no viniste aquí para hablar de eso…

Cristina – Siento mucho molestarte. Sé que no es el momento adecuado, pero es importante.

Eva – ¡Pierde cuidado! No me molestas. Si no puedes contar con tus amigos cuando los necesitas… ¿Quieres beber algo?

Cristina – No, gracias, estoy bien así…

Eva – Perfecto… Quiero decir… Por favor, siéntate… (Cristina está a punto de sentarse en el sofá, cerca del cojín donde está oculta la camisa) ¡Uh…! ¡no!, siéntate aquí, espera.

Eva le ofrece a Cristina un taburete bastante incómodo.

Cristina(sentándose) Muy bien…

Eva – No, porque en estos sofás, ya sabes como es… Es fácil conciliar el sueño. Estoy un poco cansada y… quiero concentrarme en escucharte… (Ella toma un asiento similar y se sienta también.) Entonces, ¿Qué es eso tan importante que me quieres decir?

Cristina – Bueno… no vas a creerlo… acabo de descubrir que Patricio me engaña.

Eva – ¿Y no lo sabías?

Cristina – Bueno… no. ¿Por qué? ¿Tú lo sabías?

Eva – ¡Para nada! Quise decir… ¿Y ya sabes quién es?

Cristina – No exactamente.

Eva – Tanto mejor, tanto mejor …

Cristina – ¿Cómo que tanto mejor?

Eva – No, quiero decir, ¿no sería peor que supieras quién?

Cristina – No lo sé…

Eva – Y luego… eso no es tan importante, después de todo. La conclusión es que te está engañando, ¿verdad?

Cristina – Sí… Bueno, tienes razón. Lo peor sería que me engañara con alguien que yo conozca.

Eva – Sí…

Cristina – ¿Te lo imaginas? ¿Saber que tu esposo te está engañando con tu mejor amiga?

Eva – ¿Pero de qué estás hablando?

Cristina – No, pero tranquilízate. Nunca te haría algo así.

Eva – Gracias.

Cristina – En cualquier caso, se acabó. Me voy a divorciar.

Eva – No te dejes llevar demasiado rápido tampoco… Es una decisión muy grave, ¿verdad? Puede haber sido un accidente…

Cristina – ¿Un accidente? ¿Cómo es eso? ¿Crees que vamos a engañar a alguien así? ¿Por qué no nos dimos cuenta? ¿Porque teníamos la cabeza en otro lado? Después hago una declaración, y el seguro me lo paga.

Eva – No, por supuesto, pero…

Cristina – Al volver a casa por la noche, el marido le dice a su esposa: por cierto, olvidé decirte que tuve un pequeño accidente, golpeé la vagina de la vecina con mi pene.

Eva – ¿También a la vecina?

Cristina – ¡No, pero… Solo es un ejemplo! ¿Estás segura de que estás bien? Siento que esta historia te molesta aún más que a mí.

Eva – Estoy preocupada por ti. Vosotros erais una pareja tan… Cuando decíamos Patricio y Cristina, era como…

Cristina – Como decir Juan y Eva.

Eva – Entonces imagina como me siento yo cuando me dices que te vas a separar…

Cristina – ¿Qué te parece? Nada es para siempre.

Eva – Es cierto.

Cristina – En cualquier caso, nunca más volveré a dormir bajo el mismo techo que ese bastardo.

Eva – Entiendo, por supuesto…

Cristina – Y cuento contigo para mi divorcio, ¿eh?

Eva – ¿Eso… tú crees que…? No sé si… los conozco a los dos, podría ser vergonzoso.

Cristina – ¿Estás bromeando? Eres mi amiga. Patricio es más amigo de Juan. Las dos nos conocíamos bien antes de conocerlos, ¿verdad?

Eva – Eso es correcto…

Cristina – Todos los hombres son unos cerdos, te lo aseguro… Bueno, no digo eso por Juan, por supuesto.

Eva – Está claro.

Cristina – Aunque los hombres, ya sabes… Todos iguales…

Eva – Te aseguro que Juan…

Cristina – Lo vas a matar ¿verdad?

Eva – ¿A Juan?

Cristina – ¡A Patricio! Eres la mejor, ¿verdad? ¡Como abogada! En cualquier caso, es la reputación que tienes.

Eva – Oh, bien…

Cristina – Fue Paloma quien me dijo eso. ¿Sabes?, Tú te encargaste de su divorcio.

Eva – Oh ¿Si?

Cristina – ¡Pero sí! Estaba casada con un dentista. Aparentemente, cuando las pacientes se tiraban en la silla de su gabinete, no solo era para enseñarle sus dientes… Me dijo Paloma que dejaste a su marido sin un duro.

Eva – No exageres… Ese no es exactamente el papel de un abogado, ya sabes… Un divorcio es, ante todo, el fracaso de un proyecto de vida juntos. Primero estamos para hacer que esta separación sea menos dolorosa…

Cristina – No seas tan modesta. Confío en ti. Sé que lo vas a desangrar a Patricio.

Juan regresa con un delantal manchado de sangre.

Juan – Hola.

Cristina – Hola Juan. Me decía Eva que estabas escribiendo tu nueva obra…

Juan – Sí, y estaba cocinando al mismo tiempo…

Cristina – ¿De verdad…?

Juan – Sabes, escribir tiene mucho que ver con cocinar… buenos ingredientes al principio, una buena receta, un poco de sal, un poco de pimienta. Después, dejas que hierva a fuego lento…

Cristina – No sabía que además de ser un gran dramaturgo, eras un chef de alto nivel… ¿Y cuál es tu especialidad?

Juan – Paté de jabalí.

Eva – Su famosa receta “secreta”. Cuando hace eso, nadie tiene derecho a entrar en la cocina…

Juan – ¿Cómo estás?

Eva – Patricio nos dejó… Quiero decir, Cristina… Ella decidió dejar a Patricio…

Juan – ¡No!

Cristina – Sí. Acabo de enterarme que ese bastardo me estaba engañando. ¿Tú sabías algo?

Juan – ¿Yo? ¿Por qué iba a saber algo?

Cristina – Solidaridad masculina, sé lo que es. Cuando se trata de proporcionar una coartada para un amigo. O incluso una habitación de invitados…

Juan – Te aseguro que estás en el camino equivocado, Cristina… ¡En fin! Somos amigos… ¿Cómo puedes creer eso…

Cristina – Disculpa, son los nervios… Es que acabo de enterarme…

Eva – Te quedarás aquí un rato, solo para calmarte un poco. Luego te vas a casa a dormir y hablaremos de eso mañana. Con mas tranquilidad ¿Correcto?

Cristina – ¿En casa? Te lo dije, no voy a regresar. Además, aprovecho la oportunidad para pedirles un gran favor…

Juan – Si… Tú dirás.

Cristina – ¿Les importa si duermo aquí esta noche?

Eva – Quieres decir que…

Cristina – Mañana encontraré una solución… O me iré a vivir con mi madre. Aun no lo sé; pero esta noche, allá en… (Comienza a sollozar) Necesito estar un poco rodeada de afecto… Y ustedes son mis únicos amigos…

Eva se acerca a ella para consolarla.

Eva – Sí, por supuesto…

Cristina – Sabía que podía contar contigo… No podría hablar con mi madre en este momento. Ella odiaba a Patricio. Ella siempre me advirtió que él era un hombre mujeriego. Lamentablemente, ella tenía razón y no quiero escuchar sus lecciones morales por ahora. Mientras que contigo…

Eva – Pero por supuesto, estamos contigo. ¿Verdad, Juan?

Cristina – Sois unos verdaderos amigos. Eso me emociona mucho…

Cristina cae en los brazos de Eva.

Eva – No te preocupes, todo acabará por resolverse… Bueno, eso espero…

Juan – Os dejo chicas, terminaré mi paté…

Eva lo mira irse, horrorizada.

Cristina – Si lo tuviera aquí, frente a mí, no sé lo que le podría hacer, te lo juro… Lo que me provoca es reducirlo a él también a un pastel de carne, a ese cerdo.

Eva – Vamos, no digas eso… No será necesario…

Cristina – Realmente lamento involucrarlos en este asunto.

Eva – ¿Estás mejor?

Cristina – Un poco… Pero me gustaría algo de beber ahora …

Eva – Uh… Sí… ¿qué quieres?

Cristina – Un vaso de agua del grifo estará bien. Pero no te molestes, yo misma voy a la cocina.

Eva – ¡No!

Cristina – Oh sí, así es, lo olvidé… La receta secreta. El paté de jabalí.

Eva – Lo que necesitas es algo fuerte, créeme.

Cristina – No sé si…

Eva – Te acompañaré. Yo también… necesito beber algo fuerte.

Cristina – Oh ¿Si?

Eva saca de un armario, una botella y llena dos vasos. Levanta su copa para brindar.

Eva – No te vamos a defraudar, ¿eh? (Preocupada) Saldremos adelante ¿Verdad?…

Eva se echa a llorar, y esta vez es Cristina quien se acerca para consolarla.

Cristina – Sabía que eras una amiga, pero francamente, no pensé que te afectaría así…

Eva se recupera.

Eva – Vamos a beber. Eso no hará que Patricio regrese, pero nos relajará.

Eva vacía su vaso de un trago. Cristina la imita.

Cristina – Está bueno… esto podría despertar a un muerto…

Eva – Si tan solo…

Cristina – ¿Qué es?

Eva – Licor de papa.

Cristina – Oh sí, es… Sabe muy bien… No está tan fuerte, de hecho, ¿No?

Eva – No.

Cristina – En cualquier caso, limpia los bronquios…

Eva – Sí…

Silencio.

Cristina – ¿Cómo podría ser tan estúpida…?

Eva – Lo siento.

Cristina – ¡Con Patricio! Nunca se me ocurrió que…

Eva – Quizás él regrese… Es solo una pesadilla, ya lo verás, y todos nos despertaremos.

Cristina – Desafortunadamente, no lo creo… Me preguntaste hace un momento si sabía quién era…

Eva: – ¿Quién?

Cristina – ¡La persona con quien Patricio me engañó!

Eva – ¿Y qué sabes tú?

Cristina – Si solo hubiera una…

Eva – ¿Cómo es eso? ¿Había mas de una?

Cristina – Al descifrar la contraseña del trabajo en su computadora, descubrí por casualidad, que Patricio tenía una cuenta en un sitio de citas…

Eva – Un sitio de…

Cristina – Encuentrossinropa.com… No es con una mujer que me engaña, Eve. ¡Es con cientos!

Eva – ¿No?

Cristina – Te digo que es una verdadera obsesión sexual. Viejas, jóvenes, gordas, delgadas, rubias, morenas… Para eso, no tiene preferencias. Él tiene sexo con todo lo que se mueve.

Eva – ¿Oh si…?

Cristina – Yo misma lo descubrí. Te lo aseguro… Y si vieras sus imágenes…

Eva – Ah porque además, pone las fotos de…

Cristina – Si lees esas conversaciones, te lo juro… ¡Parece otro! Nunca lo hubiese imaginado, te lo digo. Porque conmigo, es tan soso…

Eva – Sí, conmigo también… quiero decir, con Juan. Mejor dicho, Juan conmigo.

Cristina – Ten cuidado. Creemos que los conocemos, y luego un día…

Se escucha el sonido de un cuchillo eléctrico, un cortasetos o una motosierra.

Eva – Está cortando los setos…

Cristina – ¿Mientras hace su pastel de jabalí?

El ruido se duplica.

Eva – Tal vez sea mejor que vaya a ver qué está haciendo… Te dejaré que te instales en la habitación de huéspedes.

Cristina – De acuerdo. No te molestes, sé el camino… Y gracias de nuevo por todo.

Cristina se va. Juan regresa.

Juan – ¿A dónde fue ella?

Eva – La estrangulé y la metí en la bañera. Mejor eliminar todos los testigos problemáticos.

Juan – ¿Tú hiciste eso?

Eva – ¡No, por supuesto! ¿Y tú? ¿Puedes explicarme qué está pasando? ¿Qué era este ruido?

Juan – No podía dejarlo allí en medio de la cocina.

Eva – ¿Y qué hiciste?

Juan – Lo puse en el congelador. Llegará el momento en que decidamos qué hacer con el cuerpo.

Eva – Y mientras tanto, ¿cortaste los setos? ¿En la cocina?

Juan – No, pero… no cabía en una sola pieza dentro del congelador…

Eva – Dios mío… Pero esto no es posible… ¿Cómo pudimos llegar a esto, Juan? Llamaré a la policía de inmediato.

Eva saca su teléfono celular.

Juan – ¿Quieres mandarme a prisión?

Eva – Ese es el lugar de los criminales, ¿verdad?

Juan – Te repito que fue un accidente.

Eva – ¿Estás seguro de que está muerto, al menos?

Juan – ¿Querrás decir que si estoy seguro de que estaba realmente muerto antes de cortarlo en tres pedazos con el cortasetos?

Eva – Nunca pensé que algún día oiría eso del hombre con el que me casé.

Juan – Conoces la fórmula… Para bien y para mal… Tenías que pensarlo antes.

Eva – ¿Antes de qué?

Juan – Antes de engañarme con Patricio, de todos modos…

Eva – Te has vuelto loco, Juan. Necesitas ayuda. Lo dijiste tú mismo, es un homicidio involuntario. Alegaremos “locura transitoria”.

Eva marca un número.

Juan – No hagas eso…

Eva – Esa es la única solución, te lo aseguro.

Juan – Serás considerada mi cómplice.

Eva – ¿Y por qué?

Juan – Su esposa está aquí. No le dijiste nada.

Eva – ¿Pero por qué yo querría ayudarte a hacer eso?

Juan – ¡Porque él también te estaba engañando! Querías venganza.

Eva – ¿Cómo me engañó?

Juan – Lo escuché antes. Lo conozco y sé de su cuenta en ese sitio de citas

Eva – ¿Entonces lo sabías?

Juan – Ya sabes, cuando se trata de follar, los hombres son muy jactanciosos… A veces incluso me pregunto si no engañan a sus mujeres solo por el placer de jactarse de eso con sus amigos. Es jactancia de cazadores…

Eva – ¿Y no me dijiste nada?

Juan – ¿De qué te hubiera servido saber? Además de ponerte en una situación embarazosa en frente de Cristina…

Eva – Ya veo, fue para protegerme en resumen. De todos modos, yo no tenía ninguna razón para matar a Patricio.

Juan – ¿Tu crees…?

Eva – ¿Por qué haría algo como eso?

Juan – Celos, tu también. Como Cristina…

Eva – Pero estás loco…

Juan – Pensaste que eras la única. No podías soportar descubrir que eras solo una de sus muchas conquistas. Y cuando te dije que quería matarlo, me ayudaste.

Eva – ¡Estás realmente loco, Juan!

Juan – Los dos estamos locos. Dios los cría y ellos se juntan. Ya puedo ver en los titulares de los periódicos: « La pareja diabólica descuartiza el cadáver del marido de su mejor amigo y lo mantiene en el congelador. Antes de cenar tranquilamente en la habitación contigua con la viuda… ».

Eva – ¡Contarías una historia como esa a la policía! Solo para arrastrarme contigo en tu caída. ¡Es monstruoso!

Juan – ¡Pero no seré yo quien diga eso! Eso es lo que pensará el juez. Incluso si mantengo que soy el único culpable, él estará convencido de que quiero protegerte.

Eva parece desestabilizada.

Eva – ¿Eso crees?

Juan – De todos modos, será el final de tu carrera como abogado. ¿Cómo confiar su divorcio a alguien que corta a sus amantes con un cortasetos?

Eva – Tienes razón, desafortunadamente…

Juan – ¿Y luego te ves diciéndole al juez que me engañaste por error?

Eva – ¡Pero eso es cierto, te lo aseguro!

Juan – ¿Un adulterio involuntario? Dime cómo es eso posible, para ver si puedes convencerme…

Eva – Fue el fin de semana que fuiste de viaje para el estreno de Microondas, precisamente. Ese mismo día tuve también que viajar para un juicio que finalmente se pospuso.

Juan – Di más bien que no quisiste presenciar mi naufragio…

Eva – De todos modos, no estábamos ni tú ni yo. Y se suponía que la casa estaba vacía.

Juan – Patricio me había pedido que le dejara las llaves, para encontrar una de sus conquistas. ¿Entonces fuiste tú?

Eva – ¡Pero no! Bueno, sí. Regresé por la noche inesperadamente. ¡No sabía que le habías prestado la casa… y nuestra cama matrimonial para dormir con una de sus amantes!

Juan – Esta es la única cama doble en la casa… ¿Y qué mas pasó?

Eva – Entonces me fui a la cama directamente.

Juan – Con Patricio…

Eva – ¡Vi que había alguien en la cama, pero pensé que eras tú! Me dije que finalmente, habías decidido volver esa misma noche inmediatamente después de tu primera función. Como sabía que sería un fracaso, no me sorprendió…

Juan – Gracias…

Eva – No hice un ruido para no despertarte.

Juan – Pero tu compañero se despertó de todos modos.

Eva – La perra que contrató Patricio se había ido en medio de la noche, probablemente. Y aparentemente, él quería volver a poner la tapa.

Juan – Entonces jugaste a los sustitutos, más o menos. Regresaste al campo a medio tiempo…

Eva – Debe haberme tomado por ella. No fue hasta la mañana siguiente que me di cuenta de que no eras tú en la cama. Aunque es verdad, me pareció algo extraño…

Juan – ¿Por qué, fue mejor de lo habitual?

Eva – No dije eso… Digamos que no fue lo mismo… Y luego no entendí por qué quería llamarme Alexandra 69.

Juan – Te atrajo el jueguito, ¿verdad?

Eva – Digamos… yo no estoy acostumbrada a…

Juan – ¿Y la voz? No te importo, además…

Cristina regresa.

Cristina – Disculpa… ¿Podrías prestarme un cepillo de dientes? Me fui como loca. No planeé…

Juan – En cualquier caso, esta noche, evita cometer un error en la cama… Nunca se sabe…

Cristina – Uh sí…

Juan – Te dejo… Debéis tener muchas cosas que contaros… Experiencias para compartir …

Él sale.

Cristina – ¿Qué quiso decir?

Eva – No lo sé… De todos modos …

Cristina – ¿Qué?

Eva – Me acusa de haberlo engañado.

Cristina – Y… ¿es verdad o no?

Eva – Fue adulterio… involuntario.

Cristina – ¿Un adulterio involuntario…? Es una broma?

Eva – No.

Cristina – ¡Oh!…

Eva – Llegué a casa un día. Había un hombre en mi cama. No fue hasta la mañana siguiente que me di cuenta de que no era mi esposo…

Cristina – ¿Estás bromeando?

Eva – No.

Cristina – ¿A quién le quieres hacer creer eso, Eva? No a tu marido, espero…

Eva – Tienes razón… Es completamente inverosímil.

Cristina – Es una pena, por cierto. ¿Te lo imaginas? El placer sin la culpa.

Eva – Y sin un castigo…

Cristina – ¿Y al menos valió la pena?

Eva – Yo…

Cristina – Engañar sin saber que estás engañando… No es engañar de verdad. (Risa nerviosa, pero Cristina de repente se toma en serio.) Sí… Pero te digo que si Patricio se atreviera a contarme una historia tan estúpida, sería porque realmente me toma por una tonta…

Eva – Ah sí… Pero … ¿No crees que en una pareja, también debes saber perdonar?

Cristina – ¿Perdonar? Te aseguro que podría matarlo.

Eva – Supongo que es una forma de hablar.

Cristina – Nunca pensaste en matar a alguien, ¿verdad?

Eva – Dios mío…

Cristina – Si Juan te engañara, por ejemplo, ¿podrías matarlo?

Eva – ¿Por qué? ¿Tienes alguna información en particular sobre eso?

Cristina – No, no, para nada…

Eva – Y… Y tú, entonces, ¿nunca engañaste a Patricio?

Cristina – No… Bueno… depende de lo que se llama engañar.

Eva – Oh, ¿si?

Cristina – Quiero decir, técnicamente… ¿Chupar no es engañar, verdad?

Eva – No sé… ¿Que te parece?

Juan regresa.

Juan – Bueno… podremos ir a la mesa.

Eva – ¿Ir a la misa? ¿Antes tendrás que hacer una confesión completa?

Juan – Estaba hablando de la cena…

Cristina – Oh sí, es cierto… Paté de jabalí…

Eva – Me voy a refrescar un poco…

Eva sale. Silencio.

Cristina – ¿No le dijiste?

Juan – ¿Qué?

Cristina – De nuestro pequeño desliz, el año pasado el día de Año Nuevo.

Juan – ¡Pero no! ¿Por qué?

Cristina – No lo sé… me parece que está un poco rara…

Juan – No es eso, te lo aseguro.

Cristina – No debe ser, porque nunca volvimos a hablar de eso… Estaba un poco borracha. Tú también… Pero no significó nada, ¿estamos de acuerdo? Fue solo… un pequeño accidente.

Juan – Oh, no… No te vas a poner tú también, con tus accidentes…

Cristina – Disculpa por hablar de esto otra vez, no debería haber…

Juan – Ya lo olvidé…

Eva regresa, con un aire ligeramente perturbado.

Eva – ¿Entonces nos comemos ese jabalí?

Suena el timbre.

Juan – ¿Quién podría ser…?

Eva – ¿La policía?

Cristina, intrigada por su comportamiento extraño, les da una mirada preocupada.

Juan – Yo voy… Si no volviera en cinco minutos, háblale a mi abogado…

Eva le echa una mirada a Cristina para tranquilizarla.

Eva – Es un pequeño juego entre nosotros.

Cristina – Está bien…

Eva – ¿Te gusta el jabalí?

Cristina – Sí, finalmente…

Juan regresa con un paquete.

Juan – Los sushis.

Eva – Oh sí, es cierto, lo había olvidado por completo.

Cristina – ¿Porque también ordenaste sushi?

Momento de vergüenza.

Oscuro

Acto 2

Cristina, Eva y Juan están sentados a la mesa. Terminan de comer.

Cristina – Felicitaciones por tu paté, Juan. Fue realmente delicioso.

Juan – Gracias… Perdón por los perdigones con los que casi te rompes un diente. Hay que tener cuidado, siempre quedan uno o dos.

Cristina – No es fácil eliminar todos los rastros del crimen, ¿Eh? Pero no sabía que eras un cazador…

Eva – No, es curioso, yo tampoco…

Juan – En nuestros días, esto es algo de lo que evitamos alardear.

Cristina – ¿Fuiste tú quien lo mató, pobre jabalí?

Juan – No soy tan buen cazador… En realidad, fue más… un accidente.

Cristina – ¿Un accidente? Entonces…

Juan – Estaba… con Patricio, precisamente. Volvíamos de la cacería con las manos vacías. Y en el camino, este jabalí pasó justo debajo de mis ruedas.

Cristina – Un jabalí deprimido, tal vez. Quería terminar con su vida de cerdo…

Juan – Sí, sin duda…

Cristina – Bueno… Así que… haces muchas actividades… Caza, golf…

Eva – ¿También juegas al golf?

Juan – Sí, un poco…

Cristina – Y… ¿Realmente juegas al golf con Patricio, o es solo una coartada que le diste por coquetear con sus amantes?

Juan – No, no, realmente jugamos al golf, te lo aseguro. Es un muy buen jugador, por cierto…

Cristina – Sí… Por lo que me dicen, le encanta meter las pelotas en el hoyo. En muchos hoyos.

Eva – Tendrás que llevarme algún día, ¿eh, Juan? Yo también podría probar a jugar al golf.

Cristina – De todos modos, tienes que darme la receta de tu pastel de jabalí. Oh no, es verdad, lo siento… Eso también es un secreto…

Silencio avergonzado.

Eva – ¿Quieres un poco mas de ensalada?

Cristina – Gracias, de verdad… ya no puedo tragar nada…

Juan – Si quieres, puedes irte a descansar ahora.

Cristina – Con lo que me está pasando, no estoy segura de poder dormir… Pero es bueno saber que en casos como este, puedo contar con mis amigos.

Eva – Estás en tu casa, Cristina…

Juan – ¿Un pequeño postre?

Eva – Tenemos helados en el congelador.

Cristina – Gracias, estaré bien… Voy a lavarme las manos, si me lo permites …

Cristina se levanta.

Juan – En el baño, más bien, la cocina está un poco desordenada…

Cristina sale. Juan termina de comerse lo que queda del pastel.

Eva – Está bien, parece que este asunto te lo has tomado a bien… En cualquier caso, no se te ha quitado el apetito…

Juan – ¿Ayudaría algo si me dejo morir de hambre?

Eva ¿Qué te llevó a decirle que eras un cazador?

Juan – No lo sé… Se me ocurrió así… Tuve que inventar algo… para evitar que entrara a la cocina.

Eva – ¿Y ese pastel? ¿Qué es exactamente? Creo que no debería hacer la pregunta…

Juan – No, no… Eso sí es verdad… Es pastel de jabalí …

Eva – Tendremos que hablar también del golf, porque eso del golf no me quedó muy claro…

Juan – No tengo nada que ocultar…

Eva – Aparte de un cadáver… Repito mi pregunta por última vez: ¿No es una broma? Porque sería realmente de mal gusto. Te recuerdo que la viuda está en la habitación de al lado…

Juan – Ve a echar un vistazo al congelador, si quieres. Pero te advierto, no es agradable de ver.

Eva – No quiero ver nada. Y no quiero saber nada.

Juan – Difícilmente puedes decir que no sabías… No hablamos de bebés congelados allí, escondidos entre dos pilas de filetes picados. Estamos hablando de un tipo de un metro noventa y cinco, dividido en tres secciones de sesenta y cinco centímetros…

Eva – Pero eres un monstruo… Descuartizar un cadáver, ¿Sabes cuántos años nos darán por esto? ¿Quieres que pase los mejores años de mi vida en prisión?

Juan – Estamos viviendo la misma tragedia, Eve. ¡Debes ayudarme!

Cristina regresa.

Cristina – Lo llamaré.

Eva No estoy segura de que sea una buena idea.

Cristina – ¡Tendrá que saber que lo dejo!

Eva – ¿No quieres pensar un poco más?

Cristina – Eso es lo único en que pienso, te lo aseguro. Nunca le perdonaré lo que me hizo.

Juan – Pero cuando se trata de algo como eso… tal vez debas esperar hasta mañana, ¿No crees?

Cristina – Si no me ve llegar a casa esta noche, se preguntará dónde he estado. Él llamará a la policía.

Eva – Ah sí, en este caso… Puede ser mejor advertirle.

Juan – En el estado en que está, me sorprendería si llama a la policía, pero…

Cristina – ¿En el estado en que está…?

Juan – Quiero decir… Puede que ya se esté preguntando algo, y probablemente no se sienta muy cómodo con todo.

Eva – ¿No prefieres irte a casa, simplemente? Mañana será otro día…

Cristina – Nunca podré dormir otra noche bajo el mismo techo que este bastardo.

Eva – ¿Crees que estás en condiciones de hablar con él?

Cristina – No, pero no te preocupes, no voy a comenzar a hablar con él sobre vender la casa y quedarse con el perro. Le diré que se comunique con mi abogada. Y esa eres tú

Juan – ¿Entonces eres tú quien se encargará del divorcio?

Eva – No lo sé… Sí… Cristina me preguntó…

Juan – Bueno… si quieres, llámalo ahora… ¿quieres que te dejemos sola? No quiero molestar.

Cristina – No me molestas, al contrario.

Cristina marca el número. Oímos sonar el teléfono de Patricio en la habitación de al lado.

Cristina – Es extraño, parece que está sonando aquí al lado…

Juan – Debe ser el mío.

Eva – Bueno, ¿No vas a responder?

Juan – Sí, sí… ya voy…

Se va.

Cristina – Suena y nadie contesta…

Eva – Sí… eso no me sorprende.

Cristina – ¿Por qué dices eso?

Eva – Si vio aparecer tu número y sabe por qué lo llamas… es posible que no quiera responder.

Cristina – Es él… ¿Patricio? Lo sé todo. ¿Todo de qué? Por supuesto, hazte el inocente, además. (Pausa) ¿Cómo es que te llamas a ti mismo en encuentrossinropa.com? Ah sí, Patricio 327. Seguramente que ya hay 326 imbéciles con tu nombre en este sitio. ¡Bastardo! (Pausa) ¿Entonces eso es todo lo que puedes decir? Pobre hombre. Se acabó, Patricio 327. La próxima vez que tengas algo que decirme, habla con mi abogada. La conoces muy bien, es Eva. ¡Si, Eva! La esposa de Juan, tu mejor amiga. Te corta, ¿eh? ¡Vamos, que tengas una buena noche, gilipollas! (Guarda su móvil) Se siente bien vaciar su bolso…

Eva está asombrada.

Eva – ¿Quién era?

Cristina – ¿Cómo que quién? ¡Él! ¿Quién quieres que sea?

Eva – ¿Patricio? ¿Y qué dijo él?

Cristina – No mucho. ¿Qué iba a decir? Lo extraño es que tenía una voz graciosa. Creo que me voy a tomar una aspirina. Tengo una migraña que me está comenzando… ¿Puedo tomar agua del grifo del baño?

Eva – Sí, adelante.

Cristina – ¡Ese bastardo…!

Cristina se va. Juan regresa.

Juan – ¿Cómo estás? ¿Qué pasó?

Eva – ¡Me jodiste bien!

Juan – ¿Qué?

Eva – Cristina. Ella habló con Patricio por teléfono.

Juan – Fui yo.

Eva – ¿Qué?

Juan – ¡El celular de Patricio! Estaba en su bolsillo, así que, por supuesto, se le quedó… Respondí, para no levantar sospechas…

Eva – ¡Dios santo! Por eso me dijo que tenía una voz graciosa.

Juan – Hice un truco que aprendí en un programa de la televisión. Hablé a través de un pañuelo.

Eva – Eres un enfermo…

Juan – De esa manera, tendremos una coartada. No puedo haberlo matado hace una hora aquí, ya que ella le habló por teléfono.

Eva – A menos que la policía tenga la idea de geolocalizar la llamada. Y descubran que vino de nuestra cocina.

Juan – ¿Crees que podrían ser tan competentes?

Eva – Estamos hablando de un crimen de todos modos.

Silencio. Juan finge llorar.

Juan – Si supieras cuánto lo siento… Si pudiera regresar una hora… Desafortunadamente, no es posible…

Cristina – ¿Realmente lo mataste porque no le gustó tu obra?

Juan – No… no solo por eso…

Eva – ¿Entonces por qué?

Juan – Me dijo que se había acostado contigo.

Eva – ¿Qué? ¿Y por qué no me lo dijiste antes?

Juan – Quería ver si me lo contabas espontáneamente…

Eva – Entonces, tampoco creíste cuando te dije que era un simple malentendido.

Juan – Patricio no me dijo que para él fue un malentendido. Ese es el problema…

Eva – ¡Ese bastardo…! ¡Lo mataré!

Juan – Ya no puedes hacer eso. Yo lo hice… Solo te pido que me ayudes a deshacerme del cuerpo. Si es que me amas… ¿Me amas?

Eva – Por supuesto que te amo. ¿Cómo puedes dudarlo?

Juan – Te creo.

Eva – ¿Qué hay de mí? ¿Me crees si te digo que me acosté con él por error?

Juan – Estoy intentándolo… Debo admitir que no es fácil…

Eva – ¿Qué puedo hacer para demostrarte cuánto te amo…?

Juan – Ya has hecho mucho. Pero tienes razón, no tengo posibilidad de salir de esta situación tan fácilmente y no quiero llevarte conmigo a la cárcel por ser mi cómplice. Llamaré a la policía.

Eva – ¡No, espera!

Juan – ¿Qué?

Eva – No quiero que vayas a la cárcel y mucho menos por tantos años.

Juan – ¿Pero qué hacemos?

Eva – Te ayudaré a hacer desaparecer a Patricio…

Juan – ¿Y cómo hacemos eso?

Eva – Créeme, como abogada, muchos clientes me han contado sus pequeños secretos. Y aprendí algunos métodos simples como para meter el cuerpo de un chico de casi dos metros en el desagüe de una bañera, después de una buena noche de sueño en un baño de soda caustica.

Juan – Bien…

Eva – Pero primero tendremos que deshacernos de ella.

Juan – ¿Deshacernos de ella?

Eva – ¡Quiero decir… que nos deje en paz!

Juan – Me asustaste…

Cristina regresa.

Cristina – ¡Qué dolor de cabeza! ¿Hay problemas ?

Eva – No, no, para nada.

Cristina – Traté de acostarme un poco, pero no puedo dormir.

Juan – ¿Y si tomáramos una copa para relajarnos un poco?

Cristina – No lo sé, con las pastillas que tomé… Es mejor no mezclar, verdad?

Eva – Vamos, una copita nunca lastima a nadie.

Cristina – Bueno… Creo que sí necesitaré un digestivo. Porque ese jabalí me cayó pesado en el estómago… Estaba muy bien, pero… estaba un poco pesado, ¿verdad?

Eva sirve tres vasos y discretamente coloca un sello en uno de ellos.

Juan – Ah, sacaste el alcohol para quemar…

Cristina – Licor de papa…

Eva – Una especialidad del pueblo donde nací.

Cristina – ¡No me digas!

Juan – Eva tiene un tío que vive allí. Un eclesiástico. Lo destila por la noche clandestinamente en la cripta de su iglesia.

Cristina, con el pensamiento en otro lugar, solo los escucha con un oído.

Cristina – No sé dónde podría recibir a sus amantes.

Juan – Hay hoteles en todas partes, ya sabes.

Cristina – Era tan tacaño. Me extrañaría que gastara en un hotel. Además, estoy convencida de que si él se registró en ese sitio, es simplemente para no tener que pagarle a las prostitutas. Porque créanme, después de ver las fotos de sus conquistas, no estaba escogiendo muy bien la mercancía…

Eva – Gracias…

Cristina le da una mirada intrigada.

Juan – ¿Pero por qué hablas de él en el pasado?

Cristina – ¿Disculpa?

Eva – Dijiste que era tan tacaño.

Cristina – Porque para mí está muerto.

Eva – Vamos, no digas eso.

Cristina – O, es un amigo que le prestó su apartamento… En estos casos, los hombres son muy solidarios, por desgracia. No digo eso por ti, Juan, por supuesto…

Juan le da de beber.

Juan – Vamos, estás lastimada… Bebe un poco, más bien.

Cristina (bostezando) – No sé lo que tengo… Hace un momento, no podía cerrar los ojos, pero ahora… Creo que me iré a dormir…

Cristina cae al suelo.

Juan – Sus sellos le hicieron el efecto, finalmente…

Eva – Son principalmente las pastillas para dormir que agregué en su vaso.

Juan – ¿No hiciste eso?

Eva – Ahora nos dejará en paz, y podremos deshacernos del cuerpo.

Juan – ¿El suyo?

Eva – ¡Patricio va primero! Ayúdame, la pondremos en la habitación de invitados. Se despertará mañana por la mañana y ya será viuda oficialmente.

Juan – Incluso se ha librado de las complicaciones de un divorcio.

Eva – Al fin y al cabo, es un servicio que le damos.

La llevan por los pies detrás del escenario y regresan de inmediato.

Juan – ¿Qué hay de Patricio?

Eva – Soda cáustica, puede ser un proceso un poco largo y tedioso.

Juan – Especialmente si Cristina quiere bañarse mañana por la mañana…

Eva – Tienes razón…

Juan – Vamos a dividir a Patricio en tres bolsas de basura. Y lo llevaremos a pasear por el bosque…

Eva – O a un zoológico. Ya lo he visto en una película… Lo lanzamos en la jaula de los leones, ellos se lo comen, y ya está.

Juan – ¿Te imaginas lo que pensarán los de la seguridad del zoológico cuando nos vean entrar con tres bolsas de basura?

Eva – ¿Crees que podremos saltar la cerca por la noche?

Juan – Le enterramos en el bosque, entonces. Tengo una pala en el cobertizo del jardín.

Eva – Y para… Patricio, ¿quieres que te ayude?

Juan – Me encargaré de ello. Te vas a ensuciar…

Eva – Como quieras…

Juan sale.

Eva – Espero no estar cometiendo una estupidez, pero… ya es demasiado tarde para volver atrás.

Se traga otra copita para darse ánimo. Suena su teléfono celular.

Eva – Aló… (Pausa) ¿Patricio? Si es una broma, es de muy mal gusto. ¿Eres Juan? Lo siento, Patricio, ¿eres realmente tú? No, no, no estoy sorprendida, pero… Bueno, si, un poco, de todos modos… Ah, olvidaste tu teléfono móvil aquí. (Pausa) Sí, él me habló de vuestra… pelea… ¿Pero por qué le dijiste eso? Bueno, ya está hecho… Tenía que salir a la luz algún día… (Pausa) OK, le diré… Gracias por llamar. Por cierto, ¿hablaste con Cristina? Sí, creo que ella sospecha algo. Podríamos decir que sí… OK… (Ella cuelga) El muy bastardo, me hizo pasar por tonta…

Juan regresa, con bolsas de basura.

Eva (como si nada hubiera pasado) – ¿Entonces… eso es todo?

Juan – Sí. Me tomó un poco de tiempo, con la escarcha, las piezas comenzaron a pegarse al fondo del congelador… Tuve que usar un picahielos…

Eva – Pobre Patricio… Me parece muy divertido verlo así, yendo al gran reciclaje…

Juan – De todos modos, no sé cómo agradecerte. Es una increíble prueba de amor.

Eva – ¿Entonces me perdonas por este adulterio involuntario?

Juan – Por supuesto… Me mostraste cuánto me amabas.

Eva – Y te perdono por poner a tu mejor amigo en mi cama, sin decirme, ¿de acuerdo?

Juan – Todavía tengo dos bolsas para llevar.

Eva – Te ayudaré…

Juan – ¿Estás segura?

Eva – Como dijiste antes… Para bien y para mal …

Salen. Cristina llega.

Cristina – ¿Están ahí? ¿Qué hice con mi teléfono?

Mira las bolsas de basura con curiosidad. Mientras busca su teléfono celular, encuentra la camisa manchada de sangre con los gemelos debajo del cojín del sofá… Intrigada, empieza a salir lentamente de su letargo. Abre una bolsa y la cierra de inmediato, horrorizada. Los otros dos llegan con las otras dos bolsas.

Juan – Cristina, ¿qué haces aquí?

Eva – ¿No estabas durmiendo?

Cristina – No… Bueno, si … Olvidé mi teléfono celular …

Juan – Estábamos a punto de sacar la basura…

Cristina – Me voy a la cama. No se preocupen por mi…

Critina sale, visiblemente asustada.

Juan – ¿Crees que ella sospecha algo?

Eva – Tal vez deberíamos eliminarla también, ¿verdad?

Juan – No sabía que estabas lista para matar por mí. Casi me asusta…

Eva ¿Conoces la canción de Piaf? ¡El himno al amor ! (Cantando, exaltada) “Renegaría de mi patria, renegaría de mis amigos, si tú me lo pidieras.”

Juan – Escucha, tengo que confesarte algo…

Eva – ¡No me digas que ya mataste a alguien mas!

Juan – No, precisamente… Bueno, sí, pero…

Eva – Pobre Patricio… Era un amigo, de todos modos. Me gustaría decir un último adiós. ¿En qué bolsa metiste la cabeza?

Juan – Si yo fuera tú, no haría eso…

Eva – Creo que necesitamos hablar un poco, ¿no crees?

Juan – OK, no es Patricio el que está en las bolsas de basura.

Eva – ¿Cómo que no es Patricio? ¿Mataste a alguien más?

Juan – No, quiero decir, no maté a nadie… ¿Cómo puedes creer eso?

Eva – Ya no estoy segura… (Abre una bolsa y su sonrisa se congela) No… ¡Pero qué horror…! ¿Entonces sí realmente mataste a alguien?

Juan – ¡No, no! Pues sí, pero…

Eva – ¿Qué es esto?

Juan – El jabalí…

Eva – ¿El jabalí? Pero finalmente, Juan, no eres un cazador… ¿o es algo mas que me habías ocultado?

Juan – No lo cacé, te lo aseguro. Pero la historia del jabalí era cierta.

Eva – No era una broma… Me gustaría que me hablaras mas sobre eso…

Juan – Estaba con Patricio, precisamente. Habíamos jugado al golf.

Eva – Golf ahora… ¿No me digas que durante el juego, entre los hoyos diecisiete y dieciocho, mataste a un jabalí con una pelota de golf?

Juan – Regresamos del golf, en auto. En medio del bosque, chocamos contra un jabalí. Casi nos matamos, imagínate tú chocando contra un jabalí de 200 kilogramos, a 90 kilómetros por hora. Puedo decirte que es todo un desastre, incluso mas cuando tienes un gran cuatro por cuatro.

Eva – Sí, supongo…

Juan – Nos salimos del camino… Patricio se golpeó ligeramente.

Eva – ¿Y qué?

Juan – Como todavía estaba vivo, decidí llevarlo a un veterinario.

Eva – ¿A Patricio?

Juan – ¡Al jabalí! Lo pusimos en el maletero. Solo que, cuando llegó al veterinario, había sucumbido a sus heridas.

Eva – ¿Quién?

Juan – ¡El jabalí!

Eva – Está bien…

Juan – Como estaba en el maletero de todos modos, no sabíamos qué hacer con él. Fue entonces cuando Patricio tuvo la idea de hacer un pastel…

Eva – Idea brillante… Pero entonces, ¿por qué todo este circo?

Juan – Cortando a la bestia, Patricio me dijo que se había acostado contigo…

Eva – Destruir este cadáver de jabalí, eso debe haberlo inspirado… ¿Y qué te dijo entonces? Porque él sabía que estaba en mi cama, de todos modos.

Juan Sí, por eso se sintió culpable. Quería aliviar su conciencia.

Eva ¿Su conciencia? ¿Patricio?

Juan – Tienes razón, creo que él especialmente quería humillarme… Mientras se refugiaba en el hecho de que era adulterio involuntario… como tú dices.

Eva – ¿Y qué?

Juan – Finalmente confesó que sabía muy bien lo que estaba haciendo… y tú también, probablemente…

Eva – El muy bastardo… te lo juro…

Juan – En resumen, hemos llegado a los golpes.

Eva – Y por eso la sangre en la camisa…

Juan – No, esa es la sangre del jabalí, cuando lo pusimos en el maletero…

Eva – Ya veo…

Juan – Después, nos reconciliamos, le presté otra camisa y se fue.

Eva – ¿Y después?

Juan – Cuando llegaste, todo lo que quería era sacarte la verdad. Que no me lo contaras hizo que me sintiera traicionado, engañado.

Eva – Lo siento. Pero te juro que yo no sabía…

Juan – Ahí fue cuando tuve esa idea. Me vino así. Matar a esta pobre bestia, me puso en un segundo estado. Encontré la receta en internet.

Eva – ¿Qué receta?

Juan – ¡La receta del pastel de jabalí! Para castigarte, te dije que había matado a Patricio. Para ver cómo reaccionarías. Y después de eso, todo fue una reacción en cadena…

Se oye una sirena de policía. Eva ve la camisa que sobresale de una bolsa.

Eva – Debió ser Cristina… Vio las bolsas y la camisa… Seguramente llamó a la policía…

Hay un golpe violento en la puerta. Cristina llega con un gran cuchillo en la mano.

Cristina – No os acercad a mí, sois una gente enferma…

Eva – Cálmate, te explicaremos todo. Es solo una broma estúpida…

Juan – No es Patricio el que está en esas bolsas de basura, te lo aseguro.

Cristina – ¡No se muevan, o disparo!

Juan – Es un cuchillo…

Eva – Abriré una bolsa, espera, juzgarás por ti misma.

Eva le muestra el contenido de una bolsa.

Cristina – ¿Pero qué es este horror?

Juan – ¡Es un jabalí! Mira Hay mucho pelo.

Cristina – Patricio también, ¡tenía mucho cabello!

Eva – No en este punto…

Cristina – ¿Cómo lo sabes?

Voz en off – ¡Policía!

Juan – Eres tú quien los llamó. Es mejor que les expliques.

Eva – No va a ser fácil…

Cristina – OK…

Cristina se va.

Juan – Lo siento. Fue estúpido de mi parte. Pero me sentí traicionado…

Eva – Es mi culpa… Debí haberte contado todo de inmediato. Pero bueno, tenía miedo de que no me creyeras…

Juan – Ambos nos comportamos como idiotas.

Eva – Al igual que lo que nunca será una solución poner el polvo debajo de la alfombra… Siempre termina sabiéndose la verdad…

Juan – Sí. Por eso es mejor que también se lo digas.

Eva – ¿Qué?

Juan – ¡A Cristina! Lo de Patricio.

Eva – Creo que tienes razón. De todos modos, él la está engañando con todo lo que se mueve.

Juan – Sí, pero tú, eres su mejor amiga…

Cristina regresa.

Cristina – Todo está arreglado, se fueron. Disculpen, no sé lo que me llevó.

Eva – Todos estamos un poco perturbados esta noche… Debe ser la luna llena…

Cristina – No sabía que era la luna llena.

Eva – De todos modos, si no es la luna llena… ya no sé lo que puede ser….

Juan – Las dejo, creo que tienen cosas que decirse…

Juan sale.

Cristina – ¿Qué quiso decir?

Una pausa.

Eva Me acosté con Patricio.

Cristina – ¿Qué?

Eva – Lo juro, fue… totalmente involuntario.

Cristina – ¿Entonces la historia que me contaste antes… eras tú y Patricio?

Eva – Quería decírtelo durante mucho tiempo, pero no sabía cómo.

Cristina – ¿Pero cómo es posible?

Eva – Ese bastardo de Juan le prestó nuestra cama de matrimonio para sus citas y yo…

Cristina – OK, te creo… Y no quiero saber más… Eres mi mejor amiga, ¿verdad?

Eva – Gracias Cristina.

Cristina – Nos pasa a todos cometer errores cuando estamos demasiado borrachos.

Eva – Ya no sé que decir…

Cristina – Bueno, esa no es la situación. Es Patricio, el bastardo. Es mejor que no lo tenga frente a mí en este momento, ¡podría matarlo!

Eva – No matamos a alguien así, tranquilízate… Pero si necesitas un abogado, estoy aquí … Por tu divorcio, quiero decir…

Cristina – Gracias… Bueno, creo que mejor te dejo. Debes tener cosas que pensar también… Voy a dormir en la casa de mi madre. Le diré que olvidé mis llaves.

Eva – Cuídate… Mañana, lo verás más claramente… Todos veremos más claramente…

Cristina se va. Juan regresa. Se sientan en el sofá y permanecen en silencio por un momento.

Juan – ¿Fue realmente involuntario?

Eva – Digamos que fue… inconsciente, entonces.

Juan – OK, fingiré creerlo.

Se abrazan.

Eva – Pero es cierto que desde entonces se me ha despertado mi libido…

Juan – Sí, lo noté. Me preguntaba a qué se debía.

Eva – Deberíamos hacer esto más seguido.

Juan – ¿Quieres decir… esas reuniones a ciegas en nuestra cama de matrimonio…?

Eva – ¿Tienes otros amigos a los que le prestaste nuestro departamento para follar a sus amantes?

Juan – Estaba pensando en lo recíproco. También debes tener amigas que engañen a sus maridos…

Eva – Lo siento, solo tengo amigas fieles…

Se besan.

Oscuro

 

Epílogo

Tres maletas están dispuestas en una esquina de la sala de estar. Juan llega desde el exterior y se quita el impermeable.

Juan – ¡Cariño! ¿Estás aquí?

Eva entra.

Eva – ¿Cómo te fue?

Juan – Les encantó mi nueva obra de teatro. Decidieron producirla para el otoño.

Eva – ¡No! ¡Pero es fantástico!

Juan – Y encontraron el título asombroso.

Eva – “Un pequeño asesinato sin consecuencias…” Suena mucho mejor que “Microondas”

Juan – Hay que decir que es experiencia propia…

Eva – O casi…

Se besan.

Juan – Finalmente, todo terminó bien.

Eva – Siempre creí en ti… Incluso cuando me contabas esas historias para morirse de pie.

Juan – Esta prueba nos habrá acercado más. Te prometo que nunca más te mentiré.

Eva – Y yo nunca te esconderé nada otra vez.

La mirada de Juan cae sobre las maletas.

Juan – ¿Qué son estas maletas? (Preocupado) ¿Me vas a dejar? Después de todo lo que me acabas de decir…

Eva – Estas son las maletas de Cristina. Ella me preguntó si podía pasar la noche aquí. Creo que no le fue bien con Patricio… Ella ya no sabe a dónde ir.

Juan – Qué molestia…

Eva – Le debemos eso…

Juan – Bien… Pero no más de una noche, así que …

Suena el timbre.

Eva – Esa debe ser ella…

Juan – OK, traeré el champán.

Eva – ¿Para celebrar el divorcio de Cristina?

Juan – ¡Para celebrar la edición de mi obra! Lástima, tendremos que compartirlo con ella.

Juan sale. Eva abre y vuelve con Cristina.

Eva – No te ves muy bien. Tuviste una pelea, ¿verdad?

Cristina – Escucha, Eve… creo que cometí un error…

Eva – Me asustas, Cristina… ¿Qué clase de estupidez cometiste?

Cristina – Creo que maté a Patricio.

Eva – Oh no, esto no puede volver a pasar. ¡No dos veces!

Cristina – Teníamos una pequeña discusión, los dos. Rápidamente se puso demasiado grosero y le dije que se fuera de la casa de inmediato.

Eva – Y después.

Cristina – Bueno… fue a buscar sus maletas. Después de eso todo se salió un poco de control.

Eva – ¿Un poco?

Cristina – Estaba cortando un pollo… Tenía un cuchillo eléctrico en la mano y… me dejé llevar.

Eva – ¿Pero dónde está? ¿En el hospital?

Cristina – Desafortunadamente, ya era demasiado tarde para las urgencias. Solo quería asustarlo. Se acercó para desafiarme. Tuve un gesto reflejo y… le corté la arteria carótida.

Eva – Oh, Dios mío… La pesadilla continúa. ¿Donde está él?

Cristina señala sus maletas.

Cristina – Bueno… en las maletas…

Eva – ¿No?

Cristina – Necesito tu consejo, Eva.

Eva – ¿Mi consejo como abogado? No voy a engañarte con falsas esperanzas, Cristina… Esto no podemos pasarlo por un accidente doméstico…

Cristina – Pensé en pasarlo por el sifón del baño después de un pequeño baño de soda caustica…

Eva – Tendré que hablar con Juan…

Juan regresa, contento, blandiendo una botella de champán.

Juan – ¡Champán!

Las otras dos lo miran.

Oscuro

Fin

El autor

Jean-Pierre Martinez es autor teatral y guionista francés de origen español. Nacido en 1955 en Auvers-sur-Oise, sube al escenario primero como baterista en diversos grupos de rock, antes de hacerse semiológo para la publicidad. Luego trabaja como guionista para la televisión, y vuelve al teatro como autor. Ha escrito mas de 60 guiones para distintas series de la televisión francesa, y 78 comedias para el teatro (13 y Martes, Strip Poker, Bar Manolo, Ella y El, Muertos de la Risa, Breves del Tiempo Perdido, El Joker…). Actualmente es uno de los autores contemporáneos mas representados en Francia, y varias de sus obras han sido ya traducidas en español y en inglés. Es licenciado en literatura española e inglesa (Sorbonne), en linguística (Ecole des Hautes Etudes en Sciences Sociales), en economía (Institut d’Études Politique de Paris), en escritura de guiones (Conservatoire Européen d’Ecriture Audiovisuelle). Jean-Pierre Martinez ha escogido ofrecer todos los textos de sus obras para descargar gratuitamente en su web : comediatheque.net.

Comedias de Jean-Pierre Martinez traducidas en español:

Comedias para 2

El Joker

El Último Cartucho

EuroStar

Zona de Turbulencias

Comedias para 3

13 y Martes

Por Debajo de la Mesa

Comedias para 4

Cuatro Estrellas

Foto de Familia

Strip Poker

Un Ataúd para Dos

Comedias para 5 o 6

Crisis y Castigo

Pronóstico Reservado

Comedias para 7 a 10

Bar Manolo

Milagro en el Convento de Santa María-Juana

El pueblo más cutre de España

Comedias de sainetes (sketches)

Breves del Tiempo Perdido

Ella y El, Monólogo Interactivo

Muertos de la Risa

Este texto está protegido por las leyes

relativas al derecho de propiedad intelectual.

Toda copia es susceptible de una condena,

hasta de 300 000 euros y 3 años de prisión.

París – Setiembre de 2019

© La Comédi@thèque – ISBN 978-2-37705-274-5

https://comediatheque.net/

El pueblo más cutre de España

Posted mars 12, 2019 By admin

Una comedia de Jean-Pierre Martinez

10 personajes

Fácil reparto por sexos ya que casi todos los personajes pueden ser masculinos o femeninos.

Algunos supervivientes de un poblacho moribundo, olvidado de Dios y rodeado por una autopista, deciden inventarse un evento para atraer a los curiosos. Pero no resulta fácil convertir al pueblo más cutre de España en un destino turístico de moda.

Originalmente escrita en francés bajo el titulo « Le pire village de France » esta comedia se puede fácilmente adaptar al contexto geográfico y cultural de cualquier país de representación, solo cambiando unas referencias en el texto, y por supuesto el título. El pueblo mas cutre de España o Argentina, Colombia, Guatemala, México… Todos tenemos en nuestro país unos poblachos que puedan competir para el poco honorífico título de « Pueblo más cutre » !

Aquellos textos los ofrece gratuitamente el autor para la lectura. Sin embargo cualquier representación pública, sea profesional o aficionada (incluso gratuita), debe ser autorizada por la Sociedad de Autores encargada de percibir los derechos del autor en el país de representación de la obra. 

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LEER EL TEXTO

 

El pueblo más cutre de España

 

PERSONAJES

 

Manolo (o Manuela): patrón(na) del bar

María: mujer del patrón

Charly (o Carla): maestro (o maestra)

Feliciano: cura del pueblo

Don Honorato (o Honorina): alcalde(sa) del pueblo

Juan Carlos (o Juana Carlota): tonto(a) del pueblo

Wendy: productora de televisión

Laura (o Laureano): periodista

Ramírez: comisario

Sánchez: inspector

 

© La Comédi@thèque

 

ACTO 1

 

Bar de pueblo al que llaman « Bar Manolo », en Villaburros de la Iglesia. Tras el mostrador, Manolo, el propietario, hombre básico, ojea la prensa local, mientras María, su mujer, algo más espabilada, seca los vasos con aire ausente. Entra Don Honorato, el Alcalde, un tipo de rancio abolengo. Viste con elegancia caduca.

Don Honorato – Buenos días Doña María. A sus pies…

Manolo, un tanto ceñudo, retira apenas los ojos del periódico. María parece salir de un ensueño. Se le ilumina levemente el rostro.

María – Señor alcalde… ¿Cómo está?

Don Honorato se sienta en una banqueta ante el mostrador.

Don Honorato – Regularcillo… Tengo una ligera cefalea desde esta mañana, sin conocer el motivo.

Manolo – No me extraña. Con lo que se metió anoche entre pecho y espalda… Eso se llama pillarse una buena melopea.

María le mira con gesto reprobatorio.

María (muy amable) – ¿Qué desea tomar, Don Honorato?

Don Honorato – Tomaré un Chinchón. Creo que me sentará bien.

Manolo – Sí… Conviene equilibrar lo malo con lo malo…

María le sirve. Don Honorato se lo agradece con una sonrisa.

Don Honorato – María, está usted hoy resplandeciente.

María – Me he cambiado ligeramente el color del pelo. Mi marido no se ha dado ni cuenta.

Don Honorato – Querida María. Su esposo no se merece una mujer como usted. De cualquier forma, está usted radiante.

María – Me gusta cambiar de vez en cuando.

Manolo la mira con sorna.

Manolo – Lo único que cambia en este maldito pueblo es el color del pelo de mi mujer. (Manolo deja el periódico sobre el mostrador). Antes, aunque no se hablara de nosotros, al menos aparecíamos en el mapa entre Villaburros de Arriba y Villaburros de Abajo. Ahora, ni siquiera se nos nombra.

Don Honorato – Tiene razón, querido Manolo. Así es. Somos los náufragos del éxodo rural. Nos ignoran en espera de borrarnos totalmente del mapa. Dentro de poco seremos como una isla desierta perdida en mitad del Pacífico, lejos de toda ruta marítima.

María – Así es Don Honorato… Somos náufragos en mitad de los campos de patatas…

Don Honorato – En espera de que, como consecuencia del calentamiento global, estas tierras a las que nos aferramos acaben inundadas.

Manolo – Si al menos tuviéramos playa…

Don Honorato bebe el Chinchón.

María – Es bien triste pero, ¿qué podríamos hacer, señor alcalde?

Don Honorato – ¿Señor Alcalde? No creo que siga siendo alcalde por mucho tiempo.

Manolo – ¡No será por miedo a no ser reelegido…! Nunca se ha presentado otro candidato a alcalde en Villaburros de la Iglesia. Dado el censo, si se vota a sí mismo ya tiene el veinte por ciento de probabilidades de ganar.

Don Honorato – Existe un problema añadido… Acabo de recibir una carta donde me anuncian que vamos a ser anexionados al pueblo más cercano.

Manolo – ¿A Villaburros de Abajo?

María – ¡Pero si está a más de veinte kilómetros!

Don Honorato – Veinte y dos a vuelo de pájaro y diez y nueve por carretera.

Manolo – Campo a través el camino es recto.

María – Esto es un páramo luego, la carretera no tiene más remedio que ser recta…

Manolo – Si al menos tuviéramos un cerro o un bosque…

Don Honorato – Tienes razón. Imagina que hubiera que dotar al pueblo de un blasón. No imagino qué podríamos poner.

Manolo – Está claro. Pondríamos una patata.

Don Honorato – No es momento de regodearse. Seguramente será mi último mandato.

Manolo – ¡Después de más de treinta años…!

María – ¿Cómo vamos a llamarle si ya no podemos referirnos a usted como Señor Alcalde?

Don Honorato – Por mi nombre y apellidos: Honorato de la Fuente y de San Telmo…

María – ¿Todo eso…?

Don Honorato – Pero a usted le permito que me llame por mi nombre: Honorato.

Manolo – Ya perdimos el wáter público y la cabina telefónica y, ahora, nos quieren dejar sin Ayuntamiento.

Don Honorato – Pues sí… Se acabó…

María – ¡Usted que tanto hizo por Villaburros de la Iglesia!

Manolo – Bueno… Tampoco es eso…

María – ¿Qué quieres decir?

Manolo – Pues sí, hizo unos cuantos chanchullos que acabaron por hundirnos… ¿No es así Don Honorato?

Don Honorato – ¿Chanchullos? No sé de qué me hablas…

Manolo – Pues digo que usted no ha hecho mucho por la comunidad. Seguramente por eso es por lo que nos quieren borrar del mapa.

María – Eres injusto, Manolo. La verdad es que pocas cosas se pueden hacer en Villaburros de la Iglesia.

Manolo – Sin embargo no podrá usted negar, Don Honorato, que se ha aprovechado de su estatus de alcalde.

Don Honorato – No sé a dónde quieres llegar, Manolo…

Manolo – Le estoy hablando de las subvenciones del Ministerio de cultura.

Don Honorato – Sí… Así fue.

Manolo – Para restaurar una posada de la que nadie ha oído nunca hablar y en la que se supone que Juana la Loca pasó una noche en 1538.

Don Honorato – Puedo enseñarte el libro donde se habla de ese hecho innegable.

Manolo – Un libro que ha escrito usted mismo, por cierto.

Don Honorato – O sea que ni siquiera tengo derecho a escribir un libro de historia.

Manolo – Una posada que, casualmente, le pertenece y que fue restaurada por completo con fondos del contribuyente y transformada en Casa Rural en cuyas habitaciones nunca ha dormido nadie, salvo la Loca esa…

Don Honorato – Querido Manolo, es lógico que, dada tu modesta formación, no seas consciente de los gastos que conlleva el ser propietario de un monumento histórico.

Manolo – ¡Juana la Loca! ¡Si al menos hubiera perdido la virginidad en esa cama!

María – Por favor, Manolo, no seas grosero.

Manolo – Eso sin hablar de la subvención para restaurar la iglesia del pueblo.

María – La iglesia de Villaburros de la Iglesia… Había que hacer honor al patronímico.

Manolo – Una iglesia en la que, casualmente, el párroco es primo suyo. ¡Menuda restauración se hizo a cargo de nuestros impuestos! Ni el Maraja de Kapurtala se lo hubiera montado así! ¡Incluso con yacusi en el patio!

Don Honorato – ¡Un yacusi! ¡Qué exagerado! Tan sólo un simple pilón…

Manolo – Si claro… Ahora dirá que se trata de una fosa séptica.

Don Honorato – Verdaderamente Manolo, no sé a dónde quiere llegar…

Manolo – Ni yo mismo lo sé. Pero lo que sí sé es que, con ese dinero se podría haber hecho algo importante para el pueblo.

Don Honorato – ¿Ah, si…? ¿Por ejemplo…?

Manolo – Por ejemplo: el haber instalado cámaras de vigilancia.

Don Honorato – ¿Para vigilar qué…? Como no sean los campos de patatas…

Manolo – ¡Se podría haber restaurado la escuela!

Entra Charly el maestro. Visiblemente gay.

María – Si antes le nombramos… Buenos días Charly, ¿qué tal?

Charly – El Bar Manolo hasta los topes, como de costumbre.

Manolo – Pues sí… Estamos al completo.

Charly – La nobleza y el proletariado. No falta más que el curita para estar al cien por cien.

Don Honorato – Lo más florido de Villaburros de la Iglesia.

Manolo – Tan sólo falta la Loca.

Charly – Por cierto, don Honorato, en breve se va a poner a prueba su sentido de la libertad.

Don Honorato – Aquí estoy para lo que haga falta.

Charly – ¿Sabe que se ha aprobado el matrimonio gay y que es a usted a quien le corresponderá realizar la ceremonia? No en mi caso, ya que, de momento, nadie ha pedido mi mano… Al menos no para ponerme un anillo en el dedo…

Don Honorato – No me compete. Villaburros de la Iglesia va a ser anexionado al pueblo más próximo.

Charly – ¡No es posible!

María – ¡Y eso es tan sólo el principio!

Don Honorato – ¡El principio del fin!

Manolo – Hitler empezó por invadir Polonia… Y así les fue. ¡Tenemos que reaccionar!

Charly – Tienes más razón que un santo.

Charly se sienta, visiblemente preocupado.

María – ¡A ti te pasa algo más! ¿Malas noticias?

Charly – ¡Van a cerrar la escuela!

María – ¿No me digas?

Manolo – Era de esperar… Hace mucho que no hay ni un alumno. Cuando no queden clientes, nosotros también tendremos que echar el cierre.

María – ¿Y los Certificados de Estudios?

Charly – Eso acabó el siglo pasado, mi querida María.

María – ¿O sea que también han eliminado el Certificado de Estudios? ¿A dónde vamos a llegar? ¿Te sirvo algo, Charly?

Charly – Un pipermint, como siempre.

María se lo sirve

María – ¿Habéis pensado en Juan Carlos? ¿Qué va a ser de él si el pueblo se queda vacío?

Charly – Eso…

María – Todavía no se ha pasado por aquí esta mañana. No sé dónde se habrá metido…

Manolo – Pues tú, Charly, lo tienes crudo. No va a ser tan sencillo encontrar un puesto de maestro en un colegio nacional.

Don Honorato – Parece ser que hay escasez de profesores…

Manolo – Puede ser, pero lo cierto es que estás fichado…

Charly – Tampoco es eso…

Manolo – No podrás negar que te acusaron de inmoral…

Charly – Sí, pero… no tiene nada que ver con los niños.

María – Sin embargo…

Charly – ¿A quién podría molestar que yo acudiera de vez en cuando a clase vestido de mujer?

María – Para los chicos debía ser chocante. Un día tenía un profesor y, al siguiente, una profesora.

Manolo – ¿Cómo te llamaban?

Charly – La señora Doubtfire.

Manolo – Seguramente por eso te mandaron a una escuela sin alumnos.

Entra Don Feliciano, el cura. A no ser por la cruz, discretamente colocada a su espalda, más bien parecería un viejo verde que un eclesiástico.

Charly – Buenos días Don Feliciano. Sólo faltaba usted para completar el cotarro.

Feliciano – Buenos días, hijos míos.

Manolo – ¿Hijos suyos? Con un cura como usted me pregunto si no habría que tomárselo al pie de la letra

María – ¡Manolo, por Dios…!

Manolo – Charly, esto es el mundo al revés. Tú deberías ser el cura ya que, en ese oficio, un hombre puede llevar faldas sin que la ley le condene por ello, mientras que a éste nunca le hemos visto con sotana.

Charly – Una pena don Feliciano, porque estoy seguro que le sentaría de maravilla.

María – ¿Qué le sirvo Padre?

Feliciano – Una copita de Jerez.

Don Honorato – Espero, Señor Cura, que al menos usted tenga algo bueno que contar.

Feliciano – Me gustaría que así fuera señor Alcalde, pero…

Manolo – No le pregunto si se ha muerto alguien porque, a falta de Juan Carlos, estamos aquí todos los supervivientes de este pueblo fantasma.

Feliciano – Mucho peor que eso… El Obispo quiere suprimir mi Parroquia…

María – ¿No me diga?

Feliciano – Pues sí. Dios está en suspensión de pagos… Parece ser que, también nosotros tenemos que reestructurarnos.

María – ¡Qué asco! Seguro que dentro de poco los chinos se apropiarán del Vaticano.

Feliciano – La verdad es que no viene nadie a misa en Villaburros de la Iglesia

Manolo – A pesar de su empeño en repoblar la parroquia.

María – Manolo, por favor… No tienes ningún respeto por la religión…

Manolo – Es que éste señor no multiplica el pan, sino los bastardos…

Don Honorato – Sin alcalde, sin maestro, sin iglesia… Tan sólo nos queda el Bar Manolo.

Manolo – Y, a saber por cuánto tiempo.

Charly – ¿No estarás pensando en cerrar?

María – A mí no me importaría vender… si encontráramos un comprador, claro.

Feliciano – Pues sólo nos faltaría eso… ¿Qué iba a hacer usted, hija mía, fuera de este café?

María – De momento me tomaría un buen descanso. Quizá no me crea, pero nunca he visto el mar.

Manolo – Antes llegaría aquí el mar tras el deshielo de los glaciares que el hecho de encontrar un comprador.

Charly – Un mirlo blanco, querrás decir

Manolo – Por supuesto. Seamos sensatos: ¿Quién podría interesarse por un barucho en un lugar como éste donde apenas quedan cuatro clientes?

Don Honorato – Los últimos agricultores consanguíneos y alcohólicos se largaron hace tiempo.

María – Sería cuestión de buscar la forma de atraer algunos turistas, al menos en temporada alta.

Charly – ¿No sé qué turistas podrían sentirse atraídos por un agujero como éste si no hay nada visitable en un radio de cien kilómetros a la redonda?

Don Honorato – Lo que no cabe duda que es que se trata de un lugar ideal para descansar.

Manolo – Sí… Para descansar en paz…

Feliciano – Campos de patatas hasta el infinito, algunos cuervos… Un buen tema para un cuadro de Van Gogh.

María – Si al menos Van Gogh hubiera venido a suicidarse aquí… Ese sí que hubiera sido un buen reclamo publicitario.

Manolo – Pues no es mala idea si un día se legaliza el suicidio asistido… Seguro que Villaburros de la Iglesia sería el lugar ideal para la Central.

Charly – Todos los depresivos de España vendrían a suicidarse en masa. Sería un buen reclamo para nuestra encantadora comunidad.

Feliciano – Hijos míos… Conservemos la fe. Seguro que Dios proveerá.

Manolo – Mientras tanto, les invito a una ronda para olvidar que el mundo entero, Dios incluido, nos ha abandonado en medio de un océano de patatas… Vamos, María, saca una de esas botellas que guardamos para momentos especiales.

Don Honorato saca su reloj de bolsillo.

Feliciano – Bien, pues no perdamos tiempo.

Don Honorato – ¡Es tardísimo!

Manolo – ¿A dónde van con tantas prisas?

María abre la puerta de un estante y lanza un grito al descubrir a Juan Carlos en el interior

María – ¡Por Dios Juan Carlos…! ¡Un día de estos me vas a provocar una crisis cardiaca!

Don Honorato – ¿Suele hacerlo con frecuencia?

María – Desde muy pequeño… Siempre con la manía de esconderse en los lugares más insólitos.

Manolo – Un día se escondió en la lavadora… Ahora no podría hacerlo porque ya está crecidito.

María – ¡Vamos…!¡Sal de ahí!

Juan Carlos sale de su escondite. Es el típico tonto de pueblo. Se supone que tiene unos 18 años (este papel también lo puede hacer un hombre mayor con pinta forzada de joven, lo que puede resultar más cómico).

Juan Carlos (a Manolo) – Hola, tito Manolo

Manolo responde con un gesto.

Charly – Hola, Juan Carlos

Don Honorato – No tiene arreglo tu primo…

Feliciano – Pero, ¿no era tu sobrino?

María – Es muy complicado. Ni yo misma me aclaro.

María saca la botella de vino y la coloca sobre el mostrador.

Charly – Eso explicaría su pequeño retraso mental.

Manolo – Como también soy su padrino, digamos que es mi ahijado.

María – Le llamamos Juan Carlos y ya está.

Feliciano – Felices los pobres de espíritu porque de ellos será el Reino de los Cielos.

Don Honorato – Es el último joven del pueblo.

Charly – Menuda herencia le han dejado.

Manolo – Podría ser un descendiente directo de Juana la Loca…

Feliciano – El año pasado le di su Primera Comunión… No vaya a ser que…

María – Su Fe de Bautismo será el único certificado que habrá recibo el pobre… Porque el de bachiller lo veo difícil.

Charly – Según un estudio sociológico realizado por el CSIC, los nacidos después del año 2000 tienen mayor predisposición al desarreglo genético.

Don Honorato – ¿Qué es lo que quieres ser de mayor, Juan Carlos?

Feliciano – Si también se marcha, no tendré a nadie en el coro.

Juan Carlos – Me gustaría ir a Madrid para presentarme a un concurso.

Don Honorato – ¿Qué tipo de concurso?

Charly – ¿Para bombero o para político?

Don Honorato – Quizá quiera ser cartero, como su padre.

Feliciano – ¿Su padre era cartero?

Manolo – O cura… Cualquiera sabe..

María – Nada de eso… Se le ha metido en la cabeza presentarse a un realitichou de esos.

Charly – ¿A cuál de ellos?

Manolo – A uno que busca grandes talentos.

Feliciano – ¿No me digas?

Don Honorato – Pero ¿qué tipo de talento puede tener este salvaje?

María – Es contorsionista… Al menos eso es lo que él dice…

Manolo – Lo cierto es que, un día los basureros le encontraron embutido en un contenedor amarillo. Casi le reciclan.

Juan Carlos se aleja un poco para jugar a los dardos. Por su patente falta de habilidad puede ser peligroso para los otros.

Don Honorato – Tengo que irme. Otro día brindaré con vosotros. Un asunto urgente me reclama en el Ayuntamiento.

Manolo – ¿Urgente?

Don Honorato – Tengo que dar respuesta a la carta.

Charly – Claro… La OPA contra Villaburros de la Iglesia a favor de Villaburros de arriba…

Feliciano – Le acompaño, Señor Alcalde. Yo también he de ir a rezar por mi parroquia.

Salen el alcalde y el cura. María ofrece un Jerez a Charly.

María – Una copita de Jerez?

También lo rechaza.

Charly – Muchas gracias. Además, apenas son las doce.

María – Pues pondré la botella a refrescar en espera de una gran ocasión.

Manolo mira hacia la entrada del café, visiblemente sorprendido.

Manolo – Posiblemente esa gran ocasión está entrando por la puerta.

Entran Wendy y Laura. Visten como madrileñas pijas, algo que contrasta, visiblemente, con la indumentaria de María. Wendy es una especie de star depresiva que se esconde tras enormes gafas oscuras. Laura es más elegante, aunque algo sobria y menos femenina. Se mostrará positiva y entusiasta. Wendy, pesimista y con instintos suicidas, mira a su alrededor.

Wendy – Esto parece un plató de “El ministerio del tiempo”

Laura – ¿Quieres sentarte aunque sea durante cinco minutos?

Wendy no contesta pero se deja caer en una silla.

Laura – Buenos días, señores… Perdonen que interrumpa su amena charla, pero me gustaría hacerles una pregunta…

María – ¿Si?

Laura – ¿Dónde estamos, exactamente?

Silencio.

Manolo – ¿Exactamente? Pues bien, señorita, están ustedes en Villaburros de la Iglesia.

Laura – ¿Villaburros de la Iglesia…?

Charly – Vamos, en medio de la nada…

Laura echa un vistazo a la pantalla de su Smartphone.

Laura – No lo encuentra mi GPS.

María – Se trata de un rincón tranquilo…

Laura – Ya veo… Pensé que estaríamos en… Bueno, creo que nos hemos perdido…

Charly – Aquí no viene nadie por su gusto…

Laura mira a su alrededor y se fija en Juan Carlos que sigue jugando a los dardos con una evidente falta de talento.

Manolo – ¿Quieren tomar algo?

Laura – Pues… Sí… ¿Por qué no? Wendy, ¿Tienes sed? (Wendy no responde) Dos coca-colas, por favor. Sin hielo.

María – Lo siento… Todavía no he conectado el congelador… La verdad es que, con este tiempo…

Manolo – La primavera no se ha adelantado este año.

Charly – El año pasado llegó, más o menos, sobre el 15 de agosto y luego pasamos directamente al otoño.

María les sirve dos cocas.

Manolo (esforzándose por ser amable) – ¿Están ustedes de vacaciones por la zona?

Laura – Bueno… Digamos que… se trata más bien de unos días de relax. (En un aparte) Mi amiga está muy estresada. Necesitábamos poner tierra de por medio…

Charly – En ese caso están en el lugar indicado: están en tierra de patatas.

María – Villaburros de la Iglesia es el lugar ideal para descansar.

Charly – Un lugar donde no se existen las tentaciones.

Laura – ¡Estupendo! ¿No te parece, Wendy?

Wendy – Mmm… El lugar ideal para acabar nuestros días…

María – Si, aquí tenemos unos cuantos pensionistas…

Wendy – Más bien me refería a sitio perfecto para poner fin a la vida…

Pasa un ángel.

María – ¿Tienen intención de quedarse por aquí?

Laura – Todavía no lo hemos decidido… pero, ¿por qué no? Aquí se respira una cierta serenidad… Algo parecido a lo que se siente dentro de una iglesia… Claro que, quizá de ahí el nombre del pueblo.

Wendy – Sí, de una Iglesia o de un cementerio.

Manolo – Tenemos una pequeña parroquia completamente renovada. Como si acabara de construirse…

Laura – La vida en Madrid es tan estresante… A veces nos preguntamos si no seríamos más felices en un pueblecito lejos de todo…

Wendy – Desde luego éste está lejos de todo… Ni siquiera figura en el GPS.

Wendy se echa a la boca unas cuantas pastillas que traga con la coca.

Laura – Ya sabes lo que dijo el médico… No es bueno tomar más de una partilla a la vez.

Wendy – Tienes razón… Me parece que voy a vomitar…

Charly – A mí me pasó lo mismo cuando llegué… Luego, uno se hace… Ya lo verá…

María, inquieta por la situación, le señala el w.c.

María – Por aquí, por favor…

Sale Wendy. Laura parece preocupada.

Laura – Debe ser por el cambio de aires…

Manolo – Desde luego el índice de contaminación es muy bajo.

Laura – Nuestros pulmones están acostumbrados al monóxido de carbono. Lleva su tiempo el adaptarse.

Laura estornuda.

Charly – Quizá son los pesticidas con que bombardean los campos de patatas… Cuando no se está acostumbrado…

Laura – ¿Pesticidas?

Charly – Me gustaría que vieran el espectáculo. Es fantástico. Uno de los escasos atractivos del lugar. Cuando los helicópteros empiezan a largar los pesticidas, con música de fondo, uno se creería en Apocalipsis Now…

Laura – Eso debe ser muy nocivo para la salud…

Charly – Dicen que no, pero… Quizá el problema de Juan Carlos venga de ahí… Además de la consanguinidad, evidentemente.

Manolo le lanza una mirada furibunda. Se escucha la vomitona de Wendy. Todos se quedan un tanto cortados.

Manolo – Si no es indiscreción, ¿puede decirme a qué se dedica en Madrid?

Laura – Soy periodista.

Manolo – ¿De verdad?

María – ¿Y piensa hacer un reportaje de la zona?

Laura – Estamos de vacaciones pero… Nunca se sabe… Si encuentro algo interesante… Mi intención, más bien, es la de escribir una novela.

Manolo – ¿Una novela? Eso está muy bien.

María – Nuestro alcalde también es escritor.

Laura – ¿No me diga?

Manolo – Bueno, más bien escribe libros de historia.

María – ¿Y su señora…? Quiero decir… su amiga… ¿también es periodista?

Laura – No exactamente… Es productora en una cadena independiente de televisión. (En tono confidencial) WC producciones… Es ella.

María – ¿WC?

Laura – No han oído hablar de Wendy Crawford? Son sus iniciales…

Manolo – Entonces ¿trabaja en la tele?

Laura – Seguro que han visto alguna vez su programa: “Caza talentos españoles”.

María – ¿Caza talentos? ¿Lo dice en serio? ¡Por supuesto que la conocemos!

Laura – Pues es ella la que produce el programa.

Juan Carlos – ¿Caza talentos?

Todos se quedan mirando a Juan Carlos, cuya presencia había pasado inadvertida hasta el momento. No dice nada más

Laura – El programa lleva diez años en antena. La presión es enorme. La pobre se ha pasado de rosca.

María – ¿De rosca? ¿Qué quiere decir con eso?

Manolo – ¿Que empina el codo más de lo conveniente?

Charly – Hace tiempo eso se conocía como depresión nerviosa.

Laura – Lo cierto es que la cadena ha decidido clausurar el programa. Si Wendy no quiere quedarse de patitas en la calle, debe proponerles algo más actual. Su último programa no funcionó…

Manolo – ¿En serio?

Laura – Eso sin hablar del accidente en el Mar Báltico… Supongo que han oído hablar de ello…

Manolo – Si… Es posible…

Laura – Se trataba de un nuevo concepto de programa… Conseguimos reunir en un submarino amarillo a un ramillete de celebridades de los años 70 con problemas de claustrofobia. La finalidad del show era hacerles superar sus angustias.

María – Creo haber leído algo sobre ese asunto en la peluquería.

Laura – Pues ocurrió que el capitán del submarino resultó ser un depresivo congénito que no supo cómo volver a la superficie.

María – Debió ser terrible… Esas cosas pueden ocurrir… Es la fatalidad.

Charly (con énfasis) – La grandeza del hombre libre es aceptar su destino sin creer en la fatalidad.

Laura – ¿Es usted maestro?

Charly – Sí. Maestro… Vamos, maestro sin alumnos.

Laura – En resumen. W.C. se fue a la mierda por lo tanto decidió poner tierra por medio para evitar que se le “atascara un bajante”.

De nuevo sonido de vómito.

Charly – Espero que tire de la cadena.

Laura – Quizá alejándose de Madrid consiga pensar en un nuevo tipo de programa. Pero, de momento, ha renunciado a todo. Debe empezar de cero.

Manolo – La comprendo… A nosotros también nos gustaría empezar de cero.

Charly – Pero como ya estamos a cero desde hace tiempo, lo que nos gustaría es largarnos de aquí.

Laura – Ahora tengo el proyecto de escribir un biopic.

Manolo – ¿Un biopic?

Laura – Una especie de biografía sobre W.C. Quiero contar su vida… La vida de una productora de televisión es impresionante. Por eso buscamos un lugar tranquilo donde descansar durante varios meses, lejos del follón de la Capital.

María – Pues este es el lugar ideal. Ni móvil ni internet. No hay cobertura.

Charly – A veces nos preguntamos si no vivimos dentro un agujero negro.

Laura – Tampoco estaría mal comprar una casita en el campo… Se trata, tan sólo, de comenzar a echar raíces.

María – Aquí la raíces son profundas… Tanto que luego no puedes marcharte.

Juan Carlos – ¿Quiere ver cómo me escondo en el frigorífico?

María (en tono de reproche) – Juan Carlos, por favor…

Silencio.

Laura – Desde luego este es un sitio especial… Nunca he visto nada tan…

Manolo – Auténtico.

Laura – No es la palabra que busco, pero…

Manolo – ¿Por qué no se quedan varios días en el pueblo… o quizá por más tiempo…?

Laura – ¿También alquilan habitaciones?

Manolo – Podríamos arreglarnos…

Manolo y María se miran con cierto asombro. Vuelve Wendy.

Laura – ¿Sabes una cosa, Wendy? Este señor propone alquilarnos una habitación aquí, en el Bar Manolo. ¿Qué te parece?

Wendy – Me dan ganas de vomitar otra vez.

María – Nunca se sabe, quizá incluso les pueda interesar comprar el café.

Laura – ¿El café está en venta? ¿Has oído eso, Wendy? Tendría su gracia.

Wendy – Al menos no nos molestarían los clientes.

Manolo – Ahora no hay mucho movimiento, pero los turistas llegarán pronto…

María – Dentro de poco estaremos en temporada alta…

Laura (asombrada) – ¿En el mes de marzo? ¿Por alguna razón especial…?

Manolo (sin saber qué contestar) – Es decir que… en primavera…

Charly – Los campos de patatas estarán en flor. Es muy romántico. Ya lo verán.

Laura – Las patatas… Es curioso… ¿Has oído eso Wendy?

Wendy – No sabía que las patatas dieran flores. Pero si quieres puedo regalarte un ramo para tu cumpleaños.

Charly – Incluso un perfume… ¿Por qué no? Aroma de Patata de Givenchy. Al menos sería original.

Laura – Siempre se habla de los tulipanes de Holanda, pero las patatas…

Charly – Las patatas de Villaburros de la Iglesia.

Laura – ¿Cuánto dura la temporada?

María – Depende de la variedad.

Manolo – De hecho, florecen durante todo el año.

Charly – Sobre todo las patatas transgénicas, especialidad del pueblo.

María – Se producen durante todo el año.

Juan Carlos se acerca.

Juan Carlos – También puedo meterme en el cubo de la basura… ¿Quieren verlo?

María – Vamos, Juan Carlos… Estás molestando a estas señoras… ¿Por qué no te entrenas por ahí? Precisamente acabo de sacar el cubo.

Manolo hace salir a Juan Carlos.

María – Perdónenle… Es un poco simple.

Manolo – Les aseguro que aquí estarían muy bien.

Laura – Wendy tiene razón. Esto parece un tanto muerto.

Charly – La verdad es que desde que hicieron la autopista…

María – También porque es la hora de la siesta.

Wendy – Pero si apenas es la una… ¿Se echan tan pronto la siesta por aquí?

María – Hace una hora, estábamos al completo.

Manolo – También podrían hacer venir a sus amigos de Madrid. Hay un local estupendo en la primera planta.

Laura – Tendría su gracia.

Wendy – ¿Tienen algo fuerte para echarse entre pecho y espalda?

María – ¿Se refiere a una especialidad de la zona?

Manolo – Nuestra especialidad es el aguardiente de patata.

Charly – Les aseguro que la primera vez es una experiencia única.

Manolo – Como el amor.

Charly – Y, como el amor, te deja ciego.

Wendy – Creo que me voy a dejar tentar.

Manolo le sirve.

Laura – No deberías mezclarlo con las pastillas.

Wendy – Hay que morir de algo…

Manolo – ¿Qué le parece?

Charly – La receta la inventó el monje que se tiró a Juana la Loca en una granja de por aquí en el siglo XVI.

Manolo – La primera ronda la paga la casa.

Wendy – Predomina el sabor a patata

Charly – Cae bien, cuando no te mata inmediatamente.

Manolo – Un producto natural.

Charly – Cien por cien bio… Bioquímico posiblemente.

María les sirve de nuevo.

María – Una segunda copa ofrecida por la Oficina de Turismo de Villaburros de la Iglesia.

Manolo – Con esto, seguro que no necesita más pastillas.

Wendy – Debe ser muy efectivo para suicidarse.

Manolo – Y, totalmente legal.

Charly – El mismo alcalde es el que destila el elixir en su cueva con un alambique clandestino.

María – Este divino brebaje lo bendice nuestro cura una vez por año. Un hombre santo, sin duda.

Vuelve Juan Carlos, medio atontado y cubierto de deshechos.

Juan Carlos – Tío, he sido incapaz de meterme en el cubo de la basura. Está a tope.

Manolo – Este chico cada vez es más tonto…

Wendy – Quizá quiere echar también un trago del elixir.

María – Ni soñarlo. Ya está bastante ido el pobre.

Manolo – Vamos, vete a jugar por ahí. ¿No ves que estamos charlando los mayores?

Juan Carlos (frustrado) – Me importa un bledo. Cualquier día de estos me largaré a Madrid.

Sale Juan Carlos.

María – Esta región es una maravilla.

Manolo (mirando fijamente a Laura) – Que no muestra todos sus encantos a la primera de cambio, como les ocurre a las mujeres hermosas.

María – Además, resulta muy interesante el contacto directo con los clientes.

Manolo (a María) – Mucho más sano para una depresiva que el quedarse rumiando su problema en un rincón.

Laura – Un tanto chocante pero… en el fondo podría ser divertido ¿No te parece? ¿No querías cambiar de vida? Pues ahora tienes la ocasión.

Wendy – Me refería más bien a una vida distinta, pero mejor.

Empieza a cundir un cierto aburrimiento.

María – Vengan conmigo. Les enseñaré el piso de arriba. Es muy coqueto.

Charly – Y muy práctico. No se necesita transporte alguno para acudir al trabajo. Tan sólo bajar unas escaleras. Mejor que la línea 6 del metro de Madrid.

María conduce a Wendy y Laura a la escalera que sube al primer piso.

María – Ustedes primero. ¡Faltaría más!

Manolo – Tengan cuidado. La escalera está un tanto desgastada

Salen

Manolo – Nos las ha enviado el cielo.

Charly – Parece un milagro.

Manolo – Además, estoy seguro de que son capaces de apreciar la magia del lugar

Charly – Quizá estén bajo el efecto del licor de patata. A mí también me produjo alucinaciones en cierto momento.

Manolo – Hay que hacer lo posible para que pasen aquí la noche.

Charly – Haz lo que puedas… Yo, mientras tanto, me voy a cambiar.

Manolo – Mejor será. Hay que causarles buena impresión.

Sale Charly. Vuelven Don Honorato y Don Feliciano.

Don Honorato – ¿Quiénes son esas dos encantadoras criaturas que he visto entrar en el café?

Feliciano – Por cierto, ¿dónde están?

Manolo – Vienen de Madrid. María les está enseñando el piso de arriba.

Don Honorato – ¿De Madrid?

Feliciano – ¿Y por qué visitan la planta alta?

Manolo – Si consiguiéramos que se instalaran aquí, Villaburros de la Iglesia se convertiría en lugar tan chic como Marbella.

Don Honorato – ¿Estás seguro?

Manolo – Mientras tanto, intento venderles el café.

Feliciano – Te estás haciendo el cuento de la Lechera.

Don Honorato – ¿Estás seguro que a esas señoritas les gustaría vivir aquí?

Manolo – La que trabaja en Reality Shows está un tanto deteriorada… Vamos… completamente deprimida. La otra más o menos, pero al revés.

Feliciano – ¿Qué quieres decir con “al revés”?

Manolo – Que está tan ida como la otra, pero todo le parece maravilloso. ¡Incluso Villaburros de la Iglesia! ¿No es formidable?

Feliciano – Lo que no comprendo es cómo han sido capaces de llegar hasta aquí.

Manolo – Dios nos las ha hecho llegar. Estoy seguro. Puede decirse que casi he recuperado la fe. Buscan un lugar tranquilo para recobrar la salud mental y escribir sus memorias.

Don Honorato – ¿Tranquilo? Pues… Sí… Imposible encontrar otro lugar igual… Pero ¿realmente piensas que…?

Entra en el café un individuo disfrazado con traje de zorro y máscara. Más tarde se sabrá que se trata de Juan Carlos.

Juan Carlos – ¡Arriba las manos! ¡Esto es un atraco!

Manolo – ¡Vaya! ¡Lo que nos faltaba!

Don Honorato – ¡Un atraco en estos momentos…!

Feliciano – Decididamente hoy están ocurriendo cosas muy raras en el pueblo.

Don Honorato – Y tú les has asegurado que se trataba de un lugar tranquilo…

Manolo – ¿Qué coño quiere este tipo? ¡Me va a fastidiar el negocio!

Juan Carlos – Vamos… La pasta… Y, rapidito…

Manolo – Enseguida, chaval. No te pongas nervioso.

Manolo rebusca tras el mostrador y saca un fusil para enfrentarse a la pistola.

Feliciano – ¡Empieza la batalla!

Juan Carlos – ¡Sin pasarse, que mi pistola es de juguete!

Manolo – ¡Ya lo sé, imbécil! Fui yo quien te la regaló por tu Primera Comunión junto al disfraz de zorro y el reloj sumergible.

Se quita la máscara de zorro y todos ven que se trata de Juan Carlos. Manolo guarda el fusil.

Don Honorato – ¡Eres un cretino!

Manolo – Las chavalas no tardarán en bajar. ¿Qué hacemos con éste?

Juan Carlos – Tan sólo quería algo de pasta para presentarme al concurso en Madrid.

Feliciano – ¿De qué concurso hablas?

Juan Carlos – De “Caza talentos”.

Feliciano – Quizá deberíamos llamar a la poli, ¿No os parece?

Don Honorato – Más bien al hospital psiquiátrico.

Manolo – No tenemos tiempo. Además no es cuestión de asustar a las chicas con la llegada de la pasma.

Manolo señala el congelador.

Manolo – Métete ahí.

Juan Carlos – ¿Ahí adentro?

Manolo – No eres contorsionista, pues demuéstralo.

Juan Carlos – Sí, pero…

Manolo – Seguro que la señora de la tele quedará muy impresionada al ver que cabes en un congelador.

Juan Carlos – ¿Estás seguro?

Manolo – ¿Quieres participar en el concurso o no?

Juan Carlos – Vale… Lo intento…

Feliciano – Al menos es un chico bastante obediente.

Don Honorato – Ahora comprendo el que sus padres consiguieran meterle en un contenedor amarillo.

Juan Carlos se mete en el congelador.

Manolo – No se preocupen. Está desenchufado. Tan sólo lo utilizamos en verano para guardar los polos.

María baja junto con Laura y Wendy. Manolo cierra a toda prisa la tapa de congelador.

Manolo – Señoras, les presento al Señor Alcalde que quiere darles personalmente la bienvenida a nuestro encantador pueblo.

Laura – Mucho gusto, Señor Alcalde…

Don Honorato – Puede llamarme Honorato, por favor.

Laura – Está bien…

Manolo – También quiero presentarles al Señor Cura, que…

Feliciano – Bendita sea, señora.

Manolo – Que… justamente pasaba por aquí… Bueno, ¿y qué les ha parecido ese nidito de amor.

Laura – Pues… Sí…

Wendy (dirigiéndose a María) – ¿Cómo dijo usted antes…?

María – Coqueto, dije coqueto.

Laura – Exactamente… Coqueto… ¿No te parece Wendy?

Wendy – Sí. Ese es exactamente el calificativo que le va.

Momento de incertidumbre.

Manolo – Evidentemente esto no tiene nada que ver con Madrid.

Laura – Además, si lo que busca es un nuevo concepto de Tele realidad… Seguro que una larga estancia en este lugar le hará conocer lo que es la España profunda.

Wendy – No lo dudo… Seguro que para encontrar algo más profundo habría que perforar un pozo…

María – Está previsto realizar algunos trabajos de renovación.

Laura – Lo pensamos, ¿verdad Wendy?

Wendy – Eso es… Vamos a pensarlo… Mientras tanto necesito encontrar un sitio donde dormir… Me caigo de sueño…

Laura – ¿Dónde está el hotel? Porque aquí… La verdad es que…

Wendy – Como bien dice María, se precisan unos cuantos arreglitos. Sin ir más lejos, un cuarto de baño.

Don Honorato – Por el momento no tenemos hotel alguno… pero sería para mí un gran placer el…

Feliciano – Para una o dos noches puedo ofrecerles hospitalidad en el presbiterio.

Laura – ¿En el presbiterio?… ¿Y eso qué es?

Feliciano – Soy el modesto pastor de este rebaño de pobres pecadores.

Laura – ¿Un pastor con un rebaño de pecadores?

Wendy – El señor trata de explicarte que es clérigo.

Laura – ¡Claro… El cura! ¡Podría haberlo dicho antes! Como no va vestido de…

Feliciano – Ya saben que el hábito no hace al monje

Laura – De cualquier forma es muy gentil por su parte… Me refiero dejarnos dormir en ese lugar… ¿No es fantástico?

Wendy – Sí. Será estupendo pasar la noche en un presbiterio, algo que una mujer debe hacer al menos una vez en su vida.

Feliciano – Se trata tan sólo de caridad cristiana.

Laura – Además, con un cura no hay nada que temer.

Manolo – Si usted lo dice…

Don Honorato – O sea, que ya está todo resuelto. Ya verán como no les decepciona el lugar.

Feliciano – ¿Quieren seguirme?

Laura y Wendy siguen a Don Feliciano. Al salir se cruzan con Charly que vuelve vestido de mujer. Laura no le reconoce. Wendy le mira con desconfianza.

Laura – Señora…

Charly (a Wendy) – Parece que estos aires le sientan de maravilla.

Wendy (a Laura) – ¿Estas segura que no nos llevan al hotel de Psicosis…?

Salen.

Manolo – ¡Una productora de televisión y una periodista! ¡Qué suerte!

Don Honorato – ¿De verdad piensas que esos mirlos blancos van a comprar un café como éste en un pueblo como Villaburros de la Iglesia?

María – No sería la primera vez que una emisora de televisión se hace con un local para ellos extravagante. Ocurrió para el “Gran Hermano”.

Charly – Incluso han llegado a comprar una carnicería.

Don Honorato – Eso sin contar con los que se instalan en el campo para recuperar sus raíces pueblerinas.

María – Sin ir más lejos creo que Ricardo Darín hace su propio aceite de oliva y que Brad Pitt tiene su propia bodega en California.

Charly – Tan sólo falta algún famoso que cultive patatas transgénicas.

María – Sería una noticia bomba.

Manolo – Tenéis razón. Por qué iban a comprar este barucho de mierda. Sin embargo, trabajan en prensa y en televisión. Podrían hablar de nuestro pueblo y hacerlo famoso.

Don Honorato – No veo lo que podría interesarles de aquí…

María – Habrá que buscar algo. Otros pueblos no tienen ningún encanto y, sin embargo, son conocidos.

Don Honorato – ¿No me digas?

Manolo – Por ejemplo, Belén o Alcalá de Henares.

Don Honorato – Alcalá de Henares es la cuna de Cervantes.

María – Y Belén la de Jesucristo.

Charly – Pero en Villaburros de la Iglesia no tenemos más que a Juan Carlos.

Manolo – Ahora lo que hace falta es encontrar la fórmula para que se hable de nosotros y que vengan visitantes.

María – Al menos volvería a figurar en los planos.

Charly – Y no tendrían que anexionarnos a Villaburros de Arriba.

Don Honorato – Seguiríamos con nuestro alcalde, nuestro maestro, nuestro cura…

María – Y recuperaríamos a nuestros clientes.

Manolo – Hay que pensar algo rápidamente.

María – Al menos de momento.

Charly – Se trata de convencerles que Villaburros de la Iglesia es más divertido que la visita al cementerio el día de Todos los Santos.

Don Honorato – Hay que crear ambiente.

Piensan.

Manolo – ¿Qué tal un happy hour?

Charly – ¡Pero si no hay un cliente en 20 kilómetros a la redonda!… ¿Quién iba a hacerse 40 kilómetros entre ida y vuelta para endilgarse una copa de alcohol de patata?

María – Bueno… Seguid pensando que yo me voy a comprar algunas cosillas… Si vamos a tener clientes habrá que darles cosas buenas… Y las tiendas no están ahí al lado.

María sale. Vuelve Don Feliciano.

Don Honorato – ¿Qué ha ocurrido?

Feliciano – Les he dejado en el jacuzzi…

Manolo – ¿Un jacuzzi? ¿No era una balsa de riego?

Feliciano – Pues parece que les ha gustado…

Don Honorato – De ahí a que les interese quedarse por aquí hay un abismo.

Manolo – Contamos con la posible difusión en los medios. Lo único que hay que hacer ahora es encontrar algo para que hablen de nosotros.

Feliciano – Podríamos organizar una rifa.

Manolo – ¿Y por qué no también una procesión?

Charly – ¿Y si ocurriera algo extraordinario?

Don Honorato – Sí, algo para que la prensa se hiciera eco de este lugar.

Charly – El puerto donde se hundió el Costa Concordia está a tope desde el naufragio. Casi un lugar de peregrinaje.

Manolo – Claro que es poco probable que un trasatlántico choque con nuestro pueblo.

Charly – También es difícil que caiga aquí un avión. Jamás han sobrevolado Villaburros de la Iglesia.

Feliciano – Salvo los aviones que lanzan pesticidas sobre los campos de patatas.

Charly – Tampoco habrá ningún piloto tan deprimido como para venir a estrellarse precisamente aquí.

Don Honorato – Hay que poner los pies sobre la tierra… Deberá ser algo menos grandioso pero insólito.

Feliciano – Un accidente…

Manolo – Incluso un crimen repugnante.

Feliciano – Tampoco se trata de matar a nadie y cortarlo en trocitos para atraer a los turistas.

Don Honorato – Acabamos de salir indemnes de un hold-up. Eso puede sugerir algo.

Charly – ¿Un chalado armado con una pistola de plástico y disfrazado de Zorro… No creo que fuera suficiente para acceder a la prensa nacional.

Se escuchan unos golpes.

Manolo – ¡Coño! ¡Olvidamos sacar a Juan Carlos del congelador!

Manolo abre la puerta del congelador y le ayuda a salir.

Juan Carlos – ¿Qué tal lo he hecho?

Manolo – Bien, muy bien…

Charly – Menos mal que el congelador estaba desenchufado.

Don Honorato – Pues sí…

Manolo – ¡Acaba de ocurrírseme algo!

Feliciano – Te temo…

Manolo – ¿Estáis pensando lo mismo que yo?

Charly – ¡Eso es! Un cadáver encontrado dentro de un congelador…

Don Honorato – ¡Sí..! ¡Un congelador! Además, para eso no hay que gastar mucho…

Feliciano – ¿Estáis seguros que un cadáver encontrado en el congelador de un bar de pueblo atraerá a los turistas?

Charly – Se trata tan sólo de inventar una historia sabrosa.

Manolo – ¡Estoy viendo los titulares en prensa!

Don Honorato – Dramático accidente en Villaburros de la Iglesia : un fan del concurso “Caza talentos” muere congelado mientras se entrenaba.

Manolo – Seguro que eso atraería también a la televisión.

Todos miran a Juan Carlos.

Juan Carlos – ¿Qué pasa conmigo?

Feliciano – ¿No estaréis pensando sacrificar a este pobre infeliz para hacer que venga la gente al nuestro pueblo…?

Manolo – No habría que matarle de verdad… Vamos, no del todo…

Feliciano – ¿Y cómo se mata no del todo?

Manolo – Juan Carlos, ¿quieres hacerte famoso?

Juan Carlos – ¿Cómo de famoso? ¿Quieres decir que saldría en la tele y todo eso?

Manolo – Claro… Incluso en los periódicos…

Juan Carlos – ¿Y qué tengo que hacer?

Don Honorato – Poca cosa…

Charly – Tan sólo morirte.

Juan Carlos – ¡Eso ni hablar! Yo quiero ser famoso estando vivo.

Manolo – ¿Prefieres eso o que llamemos a la policía para contarles que han intentado atracarnos armado con una pistola. Te pueden caer un porrón de años.

Juan Carlos – ¿Cuántos?

Manolo – No tengo ni idea, pero no se trata ahora de eso.

Don Honorato – Además, no estarás verdaderamente muerto.

Manolo – No pondremos el congelador a tope.

Juan Carlos parece dudar.

Juan Carlos – ¿Y me darás dinero para poder viajar a Madrid?

Manolo – Prometido. ¿Confías o no en tu padrino?

Juan Carlos – De acuerdo… Pero no acabo de comprender. ¿Durante cuánto tiempo estaré muerto?

Don Honorato – Estarás muerto al principio.

Manolo – Pero no luego.

Juan Carlos – ¿Cómo Jesucristo, señor cura?

Feliciano – En efecto… Como Jesús…

Charly – Todo saldrá bien. No te preocupes.

Don Honorato – Y, al final resucitarás, como Jesús.

Charly – Vamos a grabarlo y a colgarlo en YouTube. ¡Será estupendo!

Feliciano – Te harás famoso. La noticia se hará viral.

Manolo – ¡Juan Carlos, ha llegado el momento de mostrar tu auténtico talento!

Juan Carlos – Vale… De acuerdo…

Juan Carlos vuelve al congelador. Charly empieza a grabar con su teléfono móvil. Manolo conecta el congelador.

Feliciano – ¿De verdad vas a ponerlo en marcha?

Manolo No se preocupe. Lo dejaré al mínimo. Tan sólo sentirá una ligera hipotermia. Así será más creíble.

Don Honorato – Si no está congelado del todo no servirá para nada.

Manolo – Lo pondré en el dos.

Feliciano – ¿Y si le matamos? ¿Habéis pensado en esa posibilidad? Serás acusado de asesinato, Manolo. Al fin y al cabo se trata de tu congelador.

Don Honorato – No creo que vaya a morir. Eso sí, se cogerá un buen constipado.

Charly – Como mucho uno o dos dedos congelados. Igual que los alpinistas que conquistan el Himalaya. Cuando se pretende ser un héroe hay que hacer ciertos sacrificios.

Feliciano – Al fin y al cabo se trata tan sólo de permanecer encerrado en un congelador…

Charly – Entre nosotros… ¡para lo que le sirven los dedos! Total si tienen que cortarle dos o tres, todavía le quedarán bastantes con que sonarse los mocos.

Manolo – Tenemos el tiempo justo para hacer correr la noticia y que los medios hablen de nuestro pueblo.

Charly – Pero la policía se dará cuenta de que no está muerto.

Manolo – Eso es cierto… Puede ser el punto débil de nuestro plan.

Don Honorato – ¿La poli? Ya sabes cómo se las gastan… Les invitas a unos chatos y son capaces de decir que tu mujer es Miss España.

Manolo le lanza una mirada amenazante.

Manolo – No sé cómo tomarme eso…

Charly – Quiere decir que, en ayunas, la tomarían por Miss Mundo.

Manolo – Será mejor ponerle por encima unos cuantos cubitos de hielo.

Juan Carlos saca la cabeza del congelador.

Juan Carlos – ¿Estoy bien peinado?

Manolo – Muy bien. No te preocupes.

Juan Carlos – ¿Está bien mi camiseta?

Charlie sigue grabando.

Manolo – Vamos, métete de nuevo. María está a punto de llegar…

Juan Carlos – La verdad es que no hace mucho calor ahí dentro.

Manolo – Normal… Se trata de un congelador.

Juan Carlos – Y está muy oscuro…

Feliciano – Siempre me he preguntado si realmente se apaga la luz al cerrar la puerta del frigorífico.

Charly – Haría mejor en preguntarse si es cierto que hay una vida después de la muerte…

Don Honorato – En todo caso ahora tendríamos un testigo ocular… Eso si conseguimos descongelarlo.

Manolo – En último caso la periodista podría escribir un artículo sobre el tema…

Charly – Ya estoy escuchando a Matías Prats en el telediario diciendo: Seguramente ustedes se habrán preguntado muchas veces si la luz del congelador de apaga al cerrarlo, pues bien un valiente vecino de Villaburros de la Iglesia ha aceptado prestarse a una curiosa experiencia para dar respuesta definitiva a tan angustiosa duda…

Juan Carlos – ¿El telediario de las dos? Vale, me meto otra vez.

Feliciano – ¿Cuánto tiempo van a dejarle ahí?

Don Honorato – Será suficiente con una noche.

Manolo – María no debe saber nada de esto. Mañana lo descubrirá. Será mucho más creíble. Es muy mala actriz…

Don Honorato – No se inquiete, Don Feliciano. Puede salir de ahí cuando quiera, como bien puede verse.

Manolo – Pues sigamos adelante antes de que vuelva María. Tampoco creo que ninguno de vosotros seáis buenos actores.

Salen todos. Vuelve María con las compras. Las va guardando en su sitio.

María – Pondré los polos al frío antes de que se derritan… (Los introduce en el congelador sin ver a Juan Carlos) Lo enchufaré… Manolo se me ha adelantado… aunque está muy bajo… Voy a ponerlo al 10… (Cierra la puerta del congelador y coloca encima un saco de patatas) Mañana freiré las patatas. Ahora estoy muerta… (Se dirige a la salida, pero antes echa un vistazo al congelador) Siempre me he preguntado si se apagaba la luz del congelador al cerrar la puerta…

Apaga la luz y sale. Se escuchan golpes en el congelador.

Oscuro. Elipse de noche. Posible entreacto.

ACTO 2

 

Luz. Entra María bostezando y enciende las luces del bar, como hace todas las mañanas. Coge el saco de patatas que está sobre el congelador y empieza a pelarlas.

María – Siempre las dichosas patatas…

Entra Manolo

Manolo – Buenos días querida. ¿Qué tal has dormido?

María le mira incrédula.

María – ¿Estás enfermo?

Manolo – No… Tan sólo quiero saber si estás bien. ¿Pero qué haces?

María – Pelar patatas… ¿O es que no ves más?

Manolo – Sí… Claro…

María – Las pelaré, las cortaré y las meteré en el congelador. Aguantarán hasta el verano.

Manolo – ¿Quieres que te ayude? (María le mira con la mosca detrás de la oreja) Así podrás ocuparte en preparar el desayuno a las madrileñas…

Manolo se pone a pelar. María le mira, estupefacta.

María – ¿Seguro que estás bien?

Manolo – Por supuesto. ¿Por qué lo preguntas?

María – Pues porque es la primera vez que te veo pelar patatas.

Manolo (mirando hacia la puerta) – Hablando del rey de Roma…

Entran Laura y Wendy.

Manolo – Buenos días, señoritas. ¿Han dormido bien?

Laura – Yo, al menos, como un lirón.

Wendy no responde, pero no parece estar muy contenta.

Manolo – Ya se lo dije. Acabarán por echar raíces.

Wendy – Un té con limón, por favor.

Laura – Para mí lo mismo.

María – Enseguida…

María se dispone a preparar el te.

Laura – ¿Tienen cruasanes?

María – No, no tenemos… Pero si quieren les puedo freír unas patatas. Están recién cogidas.

Wendy – No gracias…

María – Dos tés con limón… pero sin limón… Porque no tenemos.

Laura – Siempre que el agua esté caliente…

Manolo – Por eso no sufra… De cualquier forma aquí hervimos siempre el agua, por si acaso…

María – Mientras hierve el agua voy a comprobar que el congelador esté funcionando bien para poder congelar las patatas.

Manolo sonríe con desgana.

Manolo – Siéntense, por favor. Enseguida les servimos.

Se sientan las dos mujeres.

Wendy – Tienes razón. No debemos quedarnos aquí por mucho tiempo… Es un lugar muy auténtico, pero… No parecen gente muy normal…

Laura – Cuando ayer se nos unió el cura en el yacusi parecía un tanto especial…

Wendy – Si al menos se hubiera puesto un taparrabos…

Manolo sigue pelando patatas.

Manolo – Me parece que el día va a ser sabroso.

Las mujeres siguen hablando.

Wendy – Y mira ese cortando patatas transexuales con ese cuchillo tan grande…

Laura – Querrás decir transgénicas.

Wendy – Me huelo que ya le ha rebañado el pescuezo a más de un viajero de paso. Creo que a este antro le llaman el Café Siniestro.

Laura (riéndose nerviosamente) – No sigas, que acabarás por meterme el miedo en el cuerpo.

Wendy – Me gustaría saber qué hacen con los cuerpos…

Laura – Quizá los llevan a sótano…

Wendy – O los meten en el congelador.

Reprimen una risa nerviosa.

Laura ¿Qué te parece si tomamos el té y nos largamos?

Laura se sobresalta al oír el grito que lanza María al abrir el congelador.

María – ¡Dios mío! ¡Qué horror!

Manolo (fingiendo sorpresa) – ¿Qué pasa?

María – ¡Hay un hombre en el congelador!

Manolo – ¡No puede ser!

Laura le lanza una mirada despavorida a Wendy.

Manolo (fingiendo mal la sorpresa) – ¿Un hombre? ¿Pero de quién se trata?

María – No lo sé… No he querido mirar… ¡Tan sólo he visto dos ojos que me miraban fijamente a través del hielo!

Entra Charly.

Charly – ¿Ocurre algo?

Manolo – ¡María acaba de encontrar un cadáver en el congelador!

Charly – ¿Un cadáver…? ¿Se trata de alguien conocido?

Manolo – Todavía no lo sabemos.

Charly graba con su teléfono.

Laura – ¡Aquí están todos locos! Nos vamos ahora mismo!

Wendy – ¡Espera un poco! Esto empieza a ponerse interesante!

María – ¡Hay que llamar a la policía!

Manolo – ¡Vaya historia!

Wendy – ¿Qué pasa con mi té?

Manolo – Ahora mismo… The tea must go on…

María descuelga el teléfono.

María – ¿Señor Comisario…? Tiene que venir enseguida. Hay un fiambre en el congelador… No, no se trata de un bebé, ¿acaso cree que le molestaría por tan poca cosa?

Manolo le sirve el té.

Manolo – ¿Con leche o sin leche?

María – Sí… En Villaburros de la Iglesia… ¿Qué dónde está? Pues, más o menos, en el kilómetro 22 entre Villaburros de arriba y Villaburros de abajo… Está bien… Les esperamos.

Manolo – ¿Qué te han dicho?

María – Que enseguida mandan dos especialistas de la policía científica…

Wendy – ¿La policía científica en Villarrubios de la Iglesia…? Desde luego esto se parece cada vez más a Corrupción en Miami.

Laura – De cualquier forma seguro que este poblacho de mierda va a hacerse famoso al menos en la televisión local.

Wendy – Como decía Andy Warhol: todos tenemos derecho a nuestro cuarto de hora de fama.

Entran Don Honorato y Don Feliciano.

Don Honorato – Buenos días… ¿Todo va bien?

Charly – Acaban de encontrar un cadáver en el congelador.

Feliciano – ¿Un cadáver? ¿Te refieres a un cadáver humano?

Charly – Sí, humano… No un cadáver de vaca en chuletones.

María abre de nuevo el congelador.

María – Miren… Hay una nota en la puerta… Por el interior…

Feliciano – ¿Una nota?

Manolo – ¡No es posible!

María – Bueno, más bien parece algo grabado en el hielo… Quizá unas palabras de despedida.

Don Honorato – ¿Entonces se trata de un suicidio?

Charly – Que yo sepa sería la primera vez que alguien se suicida encerrándose en un congelador.

Don Honorato – Creo que hubo un caso de suicidio en una sauna, pero ¿en un congelador?

Charly se acerca al congelador.

Charly – A lo mejor es para la policía… Con el nombre del asesino…

Don Honorato – Pudiera ser…

Manolo (a María) – Vamos… ¿Qué esperas para leerla?

María – Tiene un montón de faltas de ortografía.

Charly – Es curioso, pero no sé por qué me resulta familiar.

María – Está confuso… Sobre todo el principio…

Feliciano – Seguramente el maestro lo entenderá mejor… Está acostumbrado a todo tipo de letras.

Charly echa un vistazo al congelador.

Charly – La verdad es que se trata de una letra conocida.

Manolo – ¿Entonces?

Charly – Esperen un momento… Si… eso es… Manolo me ha matado… Eso es lo que dice. (Todos miran a Manolo, sorprendidos) Perdón… Estaba de coña.

María – ¡Vamos, Charly! ¡No es momento para bromas!

Todos se miran consternados

ACTO 3

 

Ruido de helicóptero.

Feliciano – ¿Qué es eso?

Entran Ramírez y Sánchez, los policías que más bien tienen pinta de bandoleros que de pertenecer al cuerpo de élite. Ramírez, el comisario, se parece, vagamente, a Columbo.

Manolo – ¡Ya está aquí la Policía Científica!

María – ¡Pues sí que se han dado prisa!

Charly – Son fuerzas especiales. Seguramente les lanzaron en paracaídas.

Ramírez – Comisario Ramírez e inspector Sánchez. Hemos venido en Helicóptero para llegar antes, pero nos ha costado Dios y ayuda encontrar este rincón perdido.

Sánchez – Como referencia hemos seguido una carretera que acaba en pleno campo de patatas.

Don Honorato – Sí, claro… Es la antigua carretera nacional. Hace unos años la degradaron a camino vecinal al construir la autopista.

Manolo – Y eso ha perjudicado enormemente al comercio en Villaburros de la Iglesia.

Ramírez – ¿El comercio? ¿Qué comercio?

Sánchez – Pensamos que no viviría nadie aquí.

Feliciano – Antes de la guerra hubo un ultramarinos… Al menos eso es lo que dicen.

Don Honorato – Ahora vamos una vez al mes a Carrefour y guardamos la comida en el congelador.

Ramírez – Hablando de congeladores… ¿Dónde está el congelador de la denuncia?

Sánchez – Where is the body? Como dicen nuestros colegas Americanos…

Manolo – Es por aquí… Pero mejor sería que antes tomaran algo…

María – Porque les prevengo que no es plato de gusto…

Ramírez – Pues quizá, pensándolo bien…

Don Honorato – El cuerpo está en el congelador… No se va a pasar…

Ramírez – En ese caso… Metámonos algo entre pecho y espalda. Aunque sólo sea para entonarnos antes de entrar al trapo. ¿No es así Sánchez?

Manolo – ¿Les apetece un traguito, señoras? Como no hay limón, le irá de maravilla al té.

Wendy – ¿Por qué no?

Laura – De perdidos al rio…

Manolo añade una dosis en cada una de las tazas y sale. Laura mira la taza.

Laura – ¿Te has dado cuenta? El té se ha vuelto transparente como el agua.

Wendy – Es verdad.

Laura – Es posible que sea tóxico.

Wendy – O bien que han olvidado añadir el té en el agua caliente.

Laura – Al menos han hervido el agua…

Intercambia una mirada inquieta.

Ramírez – No está mal…

Sánchez – Pues yo empiezo a verlo todo borroso… ¿Es normal?

Charly – No se preocupe… Suele ser pasajero…

Feliciano – Algún caso se ha dado de demencia permanente, pero muy rara vez.

Sánchez – O sea que se trata, más bien, de una droga dura.

Ramírez – Mientras sea legal…

Sánchez – Además es bueno para los bronquios.

Ramírez – ¿No será inflamable?

Charly – Conozco a un tragador de fuego que lo utilizaba en lugar de gasolina súper sin plomo porque resultaba más barato.

Don Honorato – Yo mismo añado un chorrito en mi cuatro por cuatro y no he visto que le perjudicara.

Ramírez – Nunca me he echado un trago de Diesel, pero creo que debe tener un gusto parecido.

Feliciano – Si bebiéramos un trago de desatascador después de tomar este brebaje seguramente tendríamos la impresión de tomar agua bendita.

Vacían los vasos.

Ramírez – Bueno… ¿Dónde está ese cadáver?

Manolo – Por aquí, señor Comisario…

Ramírez – Vaya usted, Sánchez. Ya sabe que no soporto ver un cadáver (A los demás) Si un día dejo este trabajo, será por esa razón.

Manolo abre la puerta del congelador. El maestro va grabando.

Sánchez – Pues sí… Está duro como una piedra. Venga a verlo, jefe.

Ramírez – No Sánchez… Me fio de lo que usted me diga.

Manolo, Don Honorato y Don Feliciano se acercan a mirar.

Feliciano – ¡En el nombre de Dios! ¡Está totalmente congelado…!

Ramírez – Parece usted sorprendido y, sin embargo, debe estar acostumbrado a ver cadavéres.

Manolo – No entiendo nada. Lo había puesto al mínimo…

Manolo, Honorato y Feliciano están realmente consternados

María – Fui yo la que, anoche, lo puso en el diez. Para congelar las patatas.

Sánchez – Jefe, quizá se trate de un negocio de bebés congelados.

Ramírez – ¿Un bebé?

Sánchez – No. Más bien parece un hombre de unos veinte años…

Ramírez – ¿Entonces?

Sánchez – Quizá ha sobrevivido comiendo lo que había en el congelador y cuando ya no había nada, se ha muerto de hambre.

Ramírez – Una pista interesante, Sánchez… Pero ¿qué es lo que había en ese congelador?

María – Nada. Estuvo apagado todo el invierno…

Ramírez – Ya comprendo…

Sánchez – Jefe… Creo que también ha intentado escribir algo en la tapa.

Ramírez – ¿De verdad…? Eso tengo que verlo…

Ramírez se acerca.

Ramírez – Vaya… Esto parece la cueva de Altamira… ¿Qué es lo que dice ahí?

Sánchez – A mí más bien me parecen jeroglíficos…

Ramírez – Saque una foto. La enviaremos a un egiptólogo para que analice este guirigay.

Sánchez – Pero ¿con qué intención?

Ramírez – Para mejor identificar la personalidad de la víctima.

Sánchez – Por lo general se investiga sobre la personalidad del asesino.

Ramírez – No me venga con rollos, Sánchez. ¿Acaso quiere enseñarme mi oficio?

Sánchez – Ni mucho menos, jefe. Enseguida tomo las fotos.

Ramírez – Pediremos al laboratorio que fijen la hora de la muerte con el carbono 14. Cuando lo sepamos se podrán efectuar hipótesis sobre la circunstancias del fallecimiento.

Manolo – ¿Acaso sospechan de nosotros, señor Comisario?

Ramírez – El cuerpo está en su local.

María – Pero nosotros llamamos a la policía.

Ramírez – No pueden imaginar cuántos asesinos llaman a la policía tras haber cometido el crimen…

Don Honorato – Según usted, señor comisario, cuánto tiempo hace que murió.

Ramírez – El problema con los congelados es que resulta difícil de apreciar. Este tipo puede estar aquí desde ayer o desde hace seis mil años.

Sánchez – Espero que tengan una buena coartada entre el jurásico y el cretácico.

María – Pues, como ya les he dicho, fue ayer noche cuando enchufamos el congelador…

Sánchez – ¿Qué hacemos, Jefe? ¿Le sacamos ya?

Ramírez – Déjalo ahí de momento… Hay que tener mucho cuidado con los congelados. Se puede romper la cadena del frío.

Sánchez – ¿Entonces, qué sugiere, patrón?

Ramírez – ¿Qué puñetas le ocurre, Sánchez?

Sánchez – No entiendo…

Ramírez – Hasta ahora siempre me ha llamado jefe. ¿Por qué ahora me llamas patrón? No me gusta que te tomes tantas familiaridades.

Sánchez – Perdón, Jefe. Tiene usted razón… Además no ha muerto a tiros.

Ramírez – Esto no es una novela de detectives. Nosotros representamos a la élite de la policía: la policía científica.

Sánchez se queda traspuesto.

Sánchez – Jefe… ¡Jefe!

Ramírez – Estoy meditando.

Sánchez – ¿Qué hacemos entonces, patrón?      

Ramírez – Echa un vistazo a este tugurio… (En un aparte) Y no dudes en montar un buen lío aunque no lo creas necesario. Eso impresiona siempre a los sospechosos.

Sánchez – Como usted diga, jefe.

Sánchez recorre el local removiéndolo todo y haciendo bastante ruido.

Ramírez (a María) – Entonces usted fue la última en ver vivo a la víctima?

María – Más bien fui la primera en verlo muerto.

Ramírez – Eso es, precisamente, lo que quería decirle. Entonces fue usted la que descubrió el cuerpo, lo que la convierte en el principal sospechoso.

Manolo – ¡Por favor, comisario!

Ramírez – Y usted mejor haría en cerrar el pico y abrirlo tan sólo cuando le pregunten. ¿De acuerdo?

Sánchez – Jefe, creo haber encontrado el arma del crimen.

Sale de detrás del mostrador con la pistola de plástico que Manolo le quitó a Juan Carlos.

Ramírez – Pero, si es de juguete. Está bien claro.

Sánchez – Por supuesto, Jefe… Además la víctima no ha muerto de un balazo.

Ramírez – Para eso habrá que esperar a la autopsia. Le pueden haber matado con esta pistola y luego ponerlo al fresco en el congelador.

Sánchez – Pero, si usted mismo ha dicho que se trata de una pistola de plástico…

Ramírez – No quieras confundirme, Sánchez… (Se queda como en trance) Acabo de tener un flash… Tengo la sensación de que este asunto es mucho más complicado de lo que parece.

Sánchez – A mí siempre me lo pareció.

Charly – No se fie de las apariencias, señor comisario. El alcohol de patata puede producir alucinaciones.

Sánchez sigue buscando.

Sánchez – También tenemos esto.

Saca el fusil de caza.

Ramírez – ¿Es suyo este fusil?

Manolo – Pues sí… ¿Acaso está prohibido cazar?

Ramírez – No, pero… Puede ser sospechoso… Quien roba un huevo, roba cientos. Quien mata un jabalí, es ya de por sí, un asesino… ¿Qué hay en el piso de arriba?

Manolo – Nuestra casa.

Ramírez – Vamos, Sánchez… Echemos un vistazo por ahí… (Mirando a las dos mujeres) Esto tiene toda la pinta de ser un burdel.

Sánchez – ¡Que nadie se mueva!

Ramírez – Usted, la madame, vaya delante.

María – Síganme, por favor.

Ramírez señala con un gesto a las dos mujeres.

Ramírez (a Sánchez) – Luego interrogaremos a estas dos putas.

Laura y Wendy intercambian una mirada interrogante. Los dos policías siguen a María. Salen. Manolo, Don Honorato y Charles están preocupados. Olvidan la presencia de las dos mujeres que, desde hace un rato, observan lo que ocurre sin abrir la boca.

Manolo – Sólo nos faltaba esto… Ahora, un muerto.

Don Honorato – ¡Yo no he hecho nada!

Manolo – ¡Pero, todos estábamos de acuerdo!

Charly – Más bien fue idea tuya, Manolo

Wendy y Laura se quedan de piedra.

Laura – ¿Entonces, ustedes estaban en el ajo?

Wendy – Todos son cómplices…

Laura – Cómplices de un crimen.

Se vuelven hacia ellas, pillados en falta

Don Honorato – No, señoras… No es lo que ustedes creen.

Charly – A veces las apariencias engañan.

Feliciano – Seguramente han entendido mal.

Don Honorato – Con toda seguridad se trata de un homicidio involuntario.

Manolo – Por no decir de un accidente de trabajo.

Laura – ¿Pero acaso no son ustedes los que metieron a ese tipo en el congelador?

Charly – Se trata de algo más complicado.

Manolo – Algo con lo que añadir un poco de ambiente.

Don Honorato – Para demostrarles que también ocurren cosas en Villaburros de la Iglesia.

Charly – Así tendrían un buen asunto para escribir sobre nosotros.

Feliciano – En resumen, para echarles una mano…

Don Honorato – Por desgracia, la cosa se ha puesto fea.

Laura – Esto es cosa de locos, ya te digo…

Manolo – No nos irán a denunciar a la policía ¿verdad?

Laura – Nos vamos, Wendy

Se levantan con la intención de salir. Entran los policías junto a María.

Ramírez – Nadie sale de aquí sin mi autorización.

Las mujeres se sientan.

Ramírez – ¿Qué le ha parecido?

Sánchez – No está mal… Muy coqueto.

Ramírez – ¡No le hablo de la decoración, pedazo de bestia! Le hablo de la investigación.

Sánchez – Ah… Sí… Pues lo que yo pienso… Francamente…

Ramírez – Ya veo… Tendré que ser yo quien encuentre la clave de este enigma, como siempre, fiándome de mi instinto.

Ramírez se vuelve hacia los otros y se da cuenta de que pasa algo.

Ramírez – Pues mi instinto me dice que todos estos salvajes ocultan algo. Confíe en mi experiencia Sánchez.

Sánchez – Tiene razón, Jefe. Yo diría más: tienen pinta de asesinos…

Feliciano – Vamos, señores, se lo ruego. Están hablando con un Ministro de la Iglesia.

Ramírez – No se deje impresionar, Sánchez. Un Ministro de la Iglesia es para la jerarquía católica lo que un recluta para la jerarquía militar.

Feliciano – De cualquier forma, comisario, por lo que a mí respecta, soy el primer Magistral de esta comuna.

Ramírez (a todos) – Bueno… Basta ya de tonterías. Si tienen algo que declarar este es el momento.

Manolo – Pues…

Don Honorato – Es decir, que…

Charly – Me parece a mí que…

Sánchez – Yo me inclino por el cura, Patrón. Tiene pinta de macarra…

Ramírez – Muy bien, puesto que nadie quiere largar por esa boquita, procedamos al reconocimiento del cuerpo. Eso les refrescará la memoria…

Levanta la tapa del congelador.

María – Deje que primero saque las patatas.

Ramírez (a Manolo) – Usted, venga aquí… ¿Conoce o no conoce a la víctima?

Manolo – No sé cómo voy a reconocer a la víctima si tiene la cara llena de hielo…

Sánchez – Tampoco vamos a esperar a que se descongele…

Ramírez se fija en las mujeres.

Ramírez – Está bien… Entonces vamos a proceder de otra forma… ¿Quiénes son estas dos fulanas?

Sánchez – Ya veo. Ustedes son proxenetas en sus ratos libres… Con eso se ayudan a llegar a fin de mes.

Manolo – Son turistas de paso, señor comisario.

Ramírez – ¿Turistas? ¿Piensan que soy idiota? Los últimos turistas que pasaron por aquí fueron los alemanes. Llevaban uniforme y se marcharon al cabo de una semana por puro aburrimiento.

Sánchez – Este asunto está cada vez más turbio, jefe.

María – Cierto es que antes de la llegada de estas dos mujeres este era un pueblo sin historia.

Charly – Incluso, podría decirse que sin geografía.

Laura – Tienen un morro que se lo pisan.

Ramírez – Vosotras, las putitas, muevan el culo y acérquense.

Laura se acerca, seguida de Wendy. Ramírez obliga a Laura a meter la cabeza en el congelador.

Ramírez – ¿Tampoco usted reconoce a la víctima?

Laura – ¡Qué horror!

Wendy también mira.

Sánchez – Debe tratarse de alguien de la zona, jefe. Tiene pinta de subnormal. Además nadie se mete en semejante sitio por casualidad.

Ramírez no deja de mirar a las mujeres.

Ramírez – O sea que turistas…

Manolo – Se lo aseguro, señor comisario. Vienen de Madrid. Una de ellas trabaja en un periódico y la otra para la tele.

Ramírez – Se puede ser puta y trabajar en la tele. ¿Qué opina usted Sánchez?

Sánchez – Yo me inclinaría más bien por un asunto de faldas.

Ramírez (a Honorato) – Era el amante de su mujer. Por eso le ha despachado.

Don Honorato – No estoy casado, Comisario.

Ramírez (a Manolo) – Entonces, ¿tú eres el cornudo?

Sánchez – Tiene toda la pinta.

Manolo – De eso nada… Bueno… En cierto modo… El cura es el amante de mi mujer.

Ramírez – Ya… (Mira a las mujeres) Y ustedes no habrán visto nada, como es natural… Para ser periodistas no son muy observadoras que se diga.

Laura – Pues si… Desde la ventana del piso de arriba me pareció ver a un hombre tipo el Zorro, entrar en el café.

Sánchez – ¿Zorro?

Ramírez – Pero ¿qué coño hacían ustedes ahí arriba?

Sánchez – Quizá se estaba tirando al patrón.

Wendy – Esta señora nos invitó a visitar el apartamento porque está en venta.

Ramírez – Entonces vieron entrar a ese Zorro en el Bar Manolo… (Irónicamente) Entonces quizá sea él el asesino, ¿no le parece, Sánchez? Mire a ver si a ese Don Diego de la Vega le tiene fichado nuestro servicio…

Sánchez – Está bien, Jefe… ¿Puede repetirme el nombre?

Ramírez suspira.

Laura – Me refería a un hombre enmascarado, señor comisario.

Wendy – También puede tratarse de un robo que acabó en tragedia.

Laura – Así siempre se puede recurrir a la legítima defensa.

Ramírez – ¿Acaso quieren hacer ustedes el interrogatorio?

Laura – Ni mucho menos señor comisario.

Wendy – Aunque estoy segura de que la cosa marcharía mucho mejor.

Ramírez – Veamos, Sánchez… Tienes que hacer una toma para el ADN.

Sánchez – Ahora mismo, jefe.

Ramírez – ¿Sabes para qué?

Sánchez – ¿Para saber quién es el padre del bebe que ha crecido dentro del congelador?

Ramírez – No, para saber quién es el Zorro entre todos ellos, imbécil… Llévatelos al ayuntamiento para interrogarlos… y manda las pruebas al laboratorio.

Sánchez – Vamos, síganme.

Las dos mujeres se disponen a seguirle.

Ramírez – No, ustedes no… Todavía tengo que hacerles algunas preguntitas…

Salen los demás.

Ramírez – Bueno, ahora que estamos solos, pueden contarme lo que realmente están haciendo en este rincón perdido. Es extraño que la prensa se presente antes que la policía en el lugar del crimen. Sobre todo en un lugar como éste…

Laura – Fue por pura casualidad, señor comisario. Se lo aseguro.

Ramírez – O sea que… Estaban en el lugar del crimen en el momento menos adecuado (A Wendy) ¿Y usted no tiene nada que decirme? Para ser productora de tele tiene poca imaginación. Para qué cadena trabaja usted?

Wendy – Normalmente para la sexta, pero a veces para la 3 o la 4…

Ramírez – Ya se sabe que en esas cadenas, no es precisamente imaginación lo que se pide a las mujeres.

Wendy – Ahora es usted quien peca de falta de imaginación, señor Comisario, si me permite decírselo.

Ramírez – Bueno… No va a decirme que ha venido aquí para un casting…

Laura – La verdad es que en este lugar hay una amplia galería de tipos. ¿Se ha fijado en la cara de salvajes que tienen todos?

Ramírez – La verdad… es que no le falta razón…

Wendy – Usted mismo, señor Comisario… ¿No le ha dicho nadie que tiene un físico muy televisivo?

Ramírez – ¿Usted cree?

Wendy – Pues sí… Quizá mejor para el cine que para la tele… Le daré mi tarjeta, si usted quiere.

Ramírez observa a las dos mujeres.

Ramírez – ¿Puedo preguntarles qué tipo de relación existe entre ustedes dos?

Wendy – ¿Relación?

Ramírez – Vamos… Creo que me entienden…

Laura – ¿Pero qué tiene eso que ver con lo que ha ocurrido aquí?

Ramírez – Nada… Simple curiosidad morbosa…

Entran Manolo, Don Honorato, Charly y Don Feliciano. Se les ve como embarazados.

Ramírez – Vamos, retírense, pero no abandonen la zona hasta nuevo aviso…

Wendy y Laura se apartan.

Don Honorato – Queremos hablar con usted, señor Comisario… En tanto que Primer Magistrado de esta comunidad…

Ramírez – Vamos… al grano…

Don Honorato – La situación nos supera… Hemos hablado entre nosotros y pensamos que, para ciertas cosas deberían saber…

Ramírez – ¿O sea…?

Manolo – Sabemos quién es la víctima.

Ramírez – ¿Qué pasa, que han recuperado la memoria de repente?

Feliciano – Se trata de su sobrino.

Don Honorato – Querrás decir, su primo.

Manolo – En resumidas cuentas… Mi ahijado…

Don Honorato – Desde hace años se entrenaba para el concurso “Caza talentos”.

Feliciano – Era contorsionista.

Manolo – Un día llegó a esconderse dentro de una maleta.

Ramírez – Por lo que ahora bien puede decirse que jugó a meterse en el congelador.

Charly – En efecto… Se trata de un accidente…

Ramírez – ¿Entonces fue usted quien lo metió en el congelador?

Manolo – Pues sí, señor Comisario.

Feliciano – Pero no es lo que parece…

Manolo – Pensé que el congelador estaba apagado.

Ramírez se muestra escéptico.

Ramírez – Si usted estuviera en mi lugar y le contaran una historia semejante ¿qué pensaría?

Vuelve Sánchez seguido de María.

Ramírez – De momento les llevaremos a comisaría en helicóptero y allí nos contarán lo ocurrido. Seguramente se les soltará la lengua con nuestros métodos infalibles.

Charly – No creo que quepamos todos en el helicóptero.

Don Honorato. Quizá deberían empezar a torturar al dueño de este café. Se trata de su congelador…

Feliciano – Y de su ahijado. Al fin y al cabo todo queda en la familia.

Manolo – No esperaba menos de usted, señor Cura.

Feliciano – Señor Comisario, permítame al menos darle al finado la última bendición.

Ramírez – De acuerdo, pero deprisita.

Don Honorato se acerca de Ramírez con aire conspirador.

Don Honorato – Mientras tanto podríamos arreglarnos para evitar complicaciones. ¡La justicia está tan cargada!

Ramírez – O sea que también puedo acusarle de intento de soborno a un funcionario.

Don Honorato – ¡No… Ni mucho menos señor Comisario, puesto que ambos estamos al servicio de España! Técnicamente no puede existir corrupción entre servidores de la Patria. Tan sólo le propongo un arreglito en pro del interés de la Nación.

Ramírez – Visto de ese modo.. ¿Cuánto?

Don Honorato – Digamos…

Don Feliciano abre la puerta del congelador y se persigna.

Feliciano – ¡Dios mío!

Ramírez – ¿Qué pasa ahora?

Feliciano – El cadáver… ¡Ha resucitado…!

Sánchez examina el cuerpo descongelado.

Sánchez – Tiene razón, jefe… Ha abierto un ojo…

Manolo – El hielo se ha derretido.

María – El congelador ha debido estropearse. Menos mal que no había congelado todas las patatas.

Ramírez – A pesar de todo, no parece muy fresco…

Charly – Ya lo dijo usted antes… Cuando se rompe la cadena del frío…

Juan Carlos sale del congelador, como Drácula de su ataúd.

Feliciano – ¡Señor Dios! (Se persigna) Como Jesucristo resucitado…

Charly – Perfecto para una publicidad Findus.

Juan Carlos – ¡La pasta, tío!

Sánchez – Eso ya no tiene nada que ver con la santidad.

María – ¿A qué dinero te refieres?

Manolo – Ya te lo explicaré, María.

Ramírez – Las explicaciones a la policía. ¡Menuda farsa!

Don Honorato – Lo sentimos, señor Comisario. Se trataba tan sólo de una estúpida apuesta.

Feliciano – Queríamos pasar el reportaje a la televisión.

Ramírez – ¿Él lo sabía?

Sánchez (a Juan Carlos) – ¿Quiere denunciarles?

Juan Carlos – Lo que quiero es salir en la tele.

Charly – Pero si ya ve que no le ha pasado nada, señor Comisario.

Sánchez – Parece un tanto perturbado. Podría tener secuelas.

María – Ese es su aspecto normal, señor Comisario.

Don Honorato – Yo más bien diría que está más espabilado de lo habitual.

Manolo – Un poco de alcohol de patata acabará de descongelarlo.

María sirve algunos vasos.

Charly – Yo lo utilizo como descongelador para el radiador de mi coche. Es muy práctico.

Manolo entrega la botella a Juan Carlos, que bebe directamente

Ramírez – Sánchez, marchémonos que aquí ya no hay nada que rascar. Sin cadáver no hay crimen que valga.

María – ¿Otro traguito, señor Comisario?

Ramírez – No lo voy a rechazar.

María sirve a Ramírez que lo traga de golpe.

Ramírez – Desde luego, esto resucita a un muerto.

En efecto, Juan Carlos vuelve a la vida. Da unos pasos dubitativos.

Feliciano – ¿No ven cómo anda? ¡Es un milagro!

Charly – ¿Un milagro? Quizá pueda homologarse.

Feliciano – Un caso de descongelación milagrosa? Tengo mis dudas…

Don Honorato – Sí señor… ¡Un milagro! Eso es lo que necesitamos.

Manolo – Como Jesucristo. Un tipo que parecía muerto y que resucita.

María – Podría funcionar…

Laura – La última vez que se hizo algo así, tuvo mucho éxito. De eso hace más de dos mil años, y sigue funcionando muy bien.

Wendy – Éste, más bien, ha resucitado de entre los filetes congelados, pero claro…

Don Honorato – Tiene usted razón… Es una señal del cielo. El golpe de gracia que esperábamos del Altísimo. Haremos de Villaburros de la Iglesia un lugar de peregrinaje…

María – ¿Qué le parece que hagamos, Padre?

Feliciano – Pero se trata de un falso milagro. Nadie mejor que nosotros para saberlo.

Manolo – De cualquier forma los verdaderos milagros no existen, ¿no es así?

Don Feliciano mira a Juan Carlos.

Feliciano – Es posible que tenga usted razón. Es Dios quien nos lo envía. Acaso no dijo Jesús: Felices los pobres de espíritu…

Don Honorato – Convertiremos a Juan Carlos en un Santo. San Juan Carlos. Haremos de este lugar un nuevo Lourdes.

Charly – Juan Carlos, claro… Es decir JC. Estaba predestinado…

Don Honorato – Estoy viendo los titulares en la guía parroquial: Victima de pesticidas y de un accidente de congelación, vuelve milagrosamente a la vida!

Feliciano – ¡Gloria a Dios que está en los cielos!

Manolo – Una nueva era se abre para Villaburros de la Iglesia!

Don Honorato – Amigos míos estamos viviendo un momento histórico.

Charly – El año Uno después de JC.

Feliciano – Sería importante erigirle un monumento. Los peregrinos necesitan su símbolo.

Charly – ¿San Juan Carlos saliendo de su congelador, como Jesucristo de su tumba? Podría funcionar…

Don Honorato – Sería importante el apoyo de la Prensa.

Manolo – ¡Pero si la tenemos aquí!

Feliciano – Dios bendito, al fin este pueblo tendrá una segunda vida.

Laura y Wendy miran a todos con asombro.

Laura – Este es un pueblo de subnormales… Están en pleno delirio sectario… Larguémonos antes de que se les ocurra cortarle el cuello a un pollo o realizar un sacrificio humano…

Wendy se lo piensa mejor.

Wendy – ¿Estás loca? No sé si te das cuenta de la importancia de este asunto. Deberías escribir un artículo.

Laura – ¿Estás segura?

Wendy – Confía en mí. En tres días esto será la cueva de Belén. Y somos las primeras en descubrirlo… Imagina el éxito de la noticia de haber habido un periodista allí en su momento.

Laura – Tienes razón… Esto es algo que tan sólo pasa una vez cada dos mil años… No podemos obviarlo.

Laura se acerca a Juan Carlos.

Laura – Buenos días, Juan Carlos… Creo que ya se te conoce como el Mesías de Villaburros de la iglesia. ¿Tienes pensado crear una nueva religión?

Juan Carlos – ¿Saldría por la tele?

Wendy – Naturalmente. Si lo hacemos bien podrías tener, incluso tu propio programa…

Suena el teléfono de Sánchez. Responde.

Sánchez – Inspector Sánchez al aparato ¿Quién llama? Afirmativo… De acuerdo, lo comento… (Cuelga) Jefe, tenemos el resultado de los ensayos de ADN.

Ramírez – Veamos… Ya sabemos quién es la víctima y conocemos a su padrino…

SánchezSí, pero gracias a la genética ahora sabemos quién es el padre.

María – ¿El padre de Juan Carlos ¿Y quién es?

Sánchez – Al parecer se trata del señor cura.

Todas las miradas se vuelven hacia Don Feliciano.

Feliciano – ¿Yo? No es posible… Debe tratarse de un error…

Ramírez – O de otro milagro…

Laura – Desde luego este es, sin duda, el pueblo más cutre de toda España.

Wendy – Ya está…

Laura – ¿A qué te refieres?

Wendy – He dado con un nuevo concepto de telerealidad.

Laura – ¿Bienvenidas al Presbiterio?

Wendy – No, ¡El pueblo más cutre de España! Todas las comunidades autónomas podrán concurrir. Como punto final se invitará a diversas personalidades a pasar un mes en el que se conocerá como el culo del mundo… ¿Qué te parece?

Laura – Podría funcionar mejor que el Gran Hermano.

Wendy – ¡Aleluya! Producciones WC también acaba de resucitar.

Laura – Perdona… Creo que es el momento de hacer otra entrevista en exclusiva…

Laura se acerca a Don Feliciano.

Laura – Se dice que usted es el padre del nuevo Mesías… ¿No le interesaría cobrar créditos?

Feliciano – ¿Cobrar?

Wendy – Hace treinta años que trabaja para la casa madre, es decir para el Vaticano.

Feliciano – Y como agradecimiento querían cerrar mi Parroquia…

Wendy – En tanto que padre del Mesías podría darse de alta como autónomo…

Laura – En cualquier caso necesitará una Agregada de Prensa.

Juan Carlos mira a Don Feliciano con aspecto de ido.

Juan Carlos – ¡Papá!

Wendy – Además necesitará un coach al lado mientras dure el programa.

Laura – ¿Está dispuesto a todo, señor Cura?

Feliciano – En cualquier caso, hermana, por usted yo sería capaz de colgar los hábitos ahora mismo…

Oscuro

Fin

 

 

El autor

Jean-Pierre Martinez es autor teatral y guionista francés de origen español. Nacido en 1955 en Auvers-sur-Oise, sube al escenario primero como baterista en diversos grupos de rock, antes de hacerse semiológo para la publicidad. Luego trabaja como guionista para la televisión, y vuelve al teatro como autor. Ha escrito mas de 60 guiones para distintas series de la televisión francesa, y 61 comedias para el teatro (13 y Martes, Strip Poker, Bar Manolo, Ella y El, Muertos de la Risa, Breves del Tiempo Perdido, El Joker…). Actualmente es uno de los autores contemporaneos mas representados en Francia, y varias de sus obras han sido ya traducidas en español y en inglés. Es licenciado en literatura española e inglesa (Sorbonne), en linguística (Ecole des Hautes Etudes en Sciences Sociales), en economía (Institut d’Études Politique de Paris), en escritura de guiones (Conservatoire Européen d’Ecriture Audiovisuelle). Jean-Pierre Martinez ha escogido ofrecer todos los textos de sus obras para descargar gratuitamente en su web : comediatheque.net.

 

Comedias de Jean-Pierre Martinez traducidas en español:

 

Comedias para 2

El Joker

El Último Cartucho

EuroStar

Zona de Turbulencias

Comedias para 3

13 y Martes

Por Debajo de la Mesa

Comedias para 4

Cuatro Estrellas

Foto de Familia

Strip Poker

Un Ataúd para Dos

Comedias para 5 o 6

Crisis y Castigo

Pronóstico Reservado

Comedias para 7 a 10

Bar Manolo

Milagro en el Convento de Santa María-Juana

Comedias de sainetes (sketches)

Breves del Tiempo Perdido

Ella y El, Monólogo Interactivo

Muertos de la Risa

 

Este texto está protegido por las leyes

relativas al derecho de propiedad intelectual.

Toda copia es susceptible de una condena,

hasta de 300 000 euros y 3 años de prisión.

 

París – Marzo de 2019

© La Comédi@thèque – ISBN 978-2-37705-255-4

Bibliothèque

El Último Cartucho

Posted janvier 2, 2018 By admin

Una comedia de Jean-Pierre Martinez

2 personajes : 2 hombres – 1 hombre y 1 mujer – 2 mujeres

Un dramaturgo al borde del abismo recibe a una periodista para una interviú que podría relanzar su carrera. Pero, a veces, en el teatro, las apariencias engañan…

Aquellos textos los ofrece gratuitamente el autor para la lectura. Sin embargo cualquier representación pública, sea profesional o aficionada (incluso gratuita), debe ser autorizada por la Sociedad de Autores encargada de percibir los derechos del autor en el país de representación de la obra. 

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El último cartucho

Una comedia de Jean-Pierre Martínez

 PERSONAJES

Dramaturgo
Periodista

Estos dos personajes pueden ser interpretados por hombres o mujeres, según la siguiente distribución : 2 hombres, 1 hombre y 1 mujer, 2 mujeres.

© La Comédi@thèque

Salón en desorden. Un hombre (o una mujer) dormita en un sillón. El sonido del teléfono le sorprende. Descuelga como un sonámbulo.

Dramaturgo (antipático) – ¡Sí! (Sin tomarse el tiempo de escuchar) Supongo que me llama para decirme que se anula la cita, ¿no es así? (Algo más espabilado) ¿Bankia? (Mucho más suave) Perdone… Esperaba la llamada de un periodista que me quiere entrevistar y… Sí… Estoy en números rojos… Ya lo sé… No se preocupen. En este momento me estaba preparando para salir. Tengo que ingresar un talón que me acaba de llegar… Un adelanto por mi nueva comedia… ¿Suele usted ir al teatro? Sí… Ya sé que eso no tiene nada que ver con su llamada… ¿Oiga? No le escucho bien… Es la línea que está defectuosa… Debe ser eso… Perdone, pero están llamando a la puerta. Será el periodista que estoy esperando… Sí, debe ser él… Le vuelvo a llamar enseguida… Tendré que colgar porque no le oigo en absoluto…

Cuelga y suspira. Se levanta lentamente. Su aspecto y su ropa dejan mucho que desear. Vuelven a llamar. Duda por un instante. Se mira en un espejo, intenta poner orden en su ropa. Se peina. El timbre suena de nuevo.

Dramaturgo – Sí… Ahora voy…

Se dirige a la puerta y vuelve al momento seguido por una mujer (o un hombre) más joven, con ropa moderna y un aspecto mucho más en forma.

Periodista – Muchas gracias por recibirme, Don Ramón González

Dramaturgo – Dramón González, por favor.

A la periodista le sorprende el desorden.

Periodista – ¿Decía?

Dramaturgo – No Ramón, sino Dramón, Dramón González. Ese es mi nombre. Pensé que se habría documentado bien antes de venir.

Periodista – Lo siento… Supongo que se trata de un seudónimo…

Dramaturgo – Pues no… ¿Por qué lo dice?

Periodista – No sé… Dramón no es nombre para un escritor… En ese caso, si me permite decirlo, parece una predestinación.

Dramaturgo – Si se me ocurre elegir un seudónimo en algún momento, me llamaría Ultratumba. Al menos estoy seguro de que mis Memorias se venderían bien.

Periodista – Tiene razón… (Lanzando una mirada inquieta a su alrededor) Espero no haberle despertado…

Dramaturgo – ¿Despertarme? ¡Ni mucho menos! ¿Qué le ha hecho pensar que podría haberme despertado?

Periodista – Pues… No sé…

Dramaturgo – Además, ¿Qué hora es?

Periodista – Lo siento, pero no llevo reloj…

Dramaturgo – Por eso ha llegado tarde.

Periodista – ¿Tarde? Pero… Pero si usted no tiene ni idea de la hora que es…

Dramaturgo – Se nota que es usted periodista. Tiene respuesta para todo. Bueno… Vamos a lo nuestro… ¿Me hace la entrevista o qué? Rapidito, que tengo mucho trabajo…

Periodista (entre dientes) – Si usted lo dice…

Dramaturgo – ¿Perdón?

Periodista – Que sí, que tiene razón… Estoy aquí para eso.

Dramaturgo – En primer lugar he de decirle que ha tenido usted suerte. Nunca concedo entrevistas.

Periodista – ¿Se lo proponen con frecuencia?

Dramaturgo – Menos últimamente, es cierto… Pero… En otra época tuve que rechazar muchas entrevistas.

Periodista – De acuerdo…

Dramaturgo – Es usted de esas que piensan que la virtud de las mujeres es inversamente proporcional a su sexapil ¿No es eso?

Periodista – Ni mucho menos… Bueno, quizá sí, pero… No es lo que he querido insinuar…

Dramaturgo – Entonces ¿Qué es lo que ha querido insinuar?

Periodista – Nada en absoluto…

Dramaturgo – Usted ha dicho: “No es lo que he querido insinuar”. Luego, ha querido insinuar algo.

Periodista – Me habré explicado mal, eso es todo.

Dramaturgo – Una periodista que no sabe explicarse… Pues hemos empezado bien…

Periodista – Perdone.

Dramaturgo – Entonces ¿por qué me preguntó eso?

Periodista – ¿Qué es lo que le pregunté?

Dramaturgo – Me preguntó si seguían haciéndome entrevistas.

Periodista – Es posible… Pero soy yo la que debe hacerle las preguntas… Así son las entrevistas ¿O no?

Dramaturgo – Preguntas lógicas, sí… Pero no tonterías.

Periodista – Se refiere, sin duda, a las preguntas que hacen algunos periodistas.

Dramaturgo – No me gustan los periodistas

Periodista – En general, los famosos los detestan.

Dramaturgo – Así es y tiene su lógica.

Periodista – Sin embargo los desconocidos salen del anonimato gracias a la prensa.

Dramaturgo – Eso es lo que usted piensa

Periodista – Lo que piensan los periodistas.

Dramaturgo – También los famosos hacen que se vendan las revistas.

Periodista – Por supuesto que sí. La prensa debe hablar también de los famosos para que no se olviden.

Dramaturgo – ¿Ha venido aquí para hablar del mundo del espectáculo o para preguntarme sobre mi trabajo?

Periodista – No se preocupe… Vamos a ello (Echando un vistazo a la habitación) ¿Puedo sentarme?

Dramaturgo – Por supuesto…

Periodista – Gracias…

Se sienta. Silencio molesto.

Dramaturgo – Perdone. Creo que ambos hemos empezado con mal pie.

Periodista – Por mí no hay problema, se lo aseguro…

Dramaturgo – He perdido la costumbre de ver gente. Me parece que me he convertido en un oso solitario.

Periodista – No tiene que excusarse conmigo, se lo aseguro. Al fin y al cabo he sido yo la que ha irrumpido en su casa

Dramaturgo – ¿Desea algo?

Periodista – Pues si… Me gustaría preguntarle algunas cosas.

Dramaturgo – Me refería a si deseaba tomar algo.

Periodista – Perdón… Pues sí… No le pondría peros a un café.

Dramaturgo – No me queda café. Mejor dicho, sí que tengo café pero no tengo cafetera. Se estropeó hace… Bueno, hace bastante tiempo. Ahora hago café de puchero hirviendo el agua en un cacharro y colándolo después con un clínex. Y, cuando se me acaban los clínex, paso de tomar café.

Periodista – No se preocupe. No tiene importancia.

Dramaturgo – Puedo hacerle una tisana. ¿Le gusta la manzanilla? Claro que… no me queda ni una pizca de azúcar…

Periodista – Es muy tentadora su oferta, pero paso…

Dramaturgo – Pues bien… En ese caso, la escucho…

Periodista – De acuerdo… Mi primera pregunta será si escribe a mano o utiliza ordenador.

El hombre se queda un tanto confuso

Dramaturgo – Perdone, pero… No la he entendido bien. ¿Para qué periódico trabaja usted?

Periodista – La verdad es que no se trata precisamente de un periódico… Quiero decir que no es un periódico de papel, como por ejemplo El País.

Dramaturgo – ¿El País?

Periodista – Se trata más bien de un diario digital, como ahora se llaman.

Dramaturgo – Es decir, por internet…

Periodista – Más bien… La web de la revista Vivir el teatro.

Dramaturgo¿Vivir el teatro?

Periodista – Así se llama… ¿No le gusta el nombre?

Dramaturgo – Sí, sí… Parece más bien una revista para mayores, pero si no hay otra cosa… De cualquier forma tan sólo los viejos van al teatro.

Periodista – Estoy de acuerdo con usted…

Dramaturgo – Vivir el teatro… Por desgracia son pocos los autores que pueden vivir del teatro…

Periodista – La finalidad de nuestra revista es, precisamente, poner en valor a los autores contemporáneos. Esta entrevista hará que los lectores le conozcan mejor. Al menos, como dramaturgo…

Dramaturgo – Ya veo. Entonces su primera pregunta se refiere a si escribo a mano en con ordenador…

Periodista – Eso es.

Dramaturgo – Pues le daré una respuesta que, sin duda alguna, va a dejar perplejos a sus lectores.

Periodista – ¿Y?

Dramaturgo – Pues que, dada mi edad avanzada, siempre he escrito con pluma. Acababa de inventarse la imprenta, así es que el ordenador… ni le cuento.

Periodista – Comprendo.

Dramaturgo – Recuerdo mi primera pluma, una Mont Blanc de tinta que me regaló mi madrina por mi Primera Comunión. La plumilla estaba chapada en oro. Nunca me separaba de ella.

Periodista – De acuerdo. Un objeto transicional en cierto modo.

Dramaturgo – Pues sí… Un sustitutivo de la madre, si lo prefiere. Escribir es una especie de psicoanálisis.

Periodista – ¿De verdad?

Dramaturgo – Tan poco eficaz como el psicoanálisis pero en lugar de gastar dinero siempre se tiene la esperanza de ganarlo.

Periodista – Ya veo…

Dramaturgo – Comprendo que, al verme en este estado, piense que mi análisis no ha funcionado bien…

Periodista – No… Ni mucho menos.

Dramaturgo – ¿Le parece que tengo un aspecto mustio?

Periodista – Mustio no es precisamente el calificativo que se le podría aplicar a primera vista… Pero, sigamos…

Dramaturgo – Después, mi estilográfica se estropeó.

Periodista – Como la cafetera.

Dramaturgo – Así es… Pero, con los derechos de autor que recibí por mi primera obra, me compré una máquina de escribir, una como esas que se ven en las viejas películas en blanco y negro… ¿Ha visto usted “Sunset Boulevard”?

Periodista – Si… Bueno… Es posible… Hace tiempo de eso…

Dramaturgo – Yo no tuve la suerte de encontrar una famosa actriz que me   mantuviera a cambio de escribirle un buen texto.

Periodista – En cualquier caso es interesante… ¿Todavía conserva la máquina de escribir?

Dramaturgo – También se rompió.

Periodista – Pues, vaya…

Dramaturgo – Fue entonces cuando decidí comprar una de las primeras máquinas de escribir eléctricas… En su momento algo revolucionario. Estas máquinas tenían una pequeña pantalla, igual que el ordenador, pero tan sólo de dos o tres líneas y se podían hacer algunas correcciones antes de darle a la tecla definitiva. Con ello se ahorraban tinta y papel. La utilicé durante años, pero después…

Periodista – Se rompió y entonces fue cuando decidió comprar un Mac.

Dramaturgo – No, después fui yo el que se rompió y no tuve más remedio que pagar a un negro.

Periodista – ¿Un negro…? No sé a qué se refiere con lo del negro…

Dramaturgo – Él sí tenía ordenador. Al principio era yo el que le dictaba, pero poco tiempo después, se puso a escribir por su cuenta.

Periodista – ¿El ordenador?

Dramaturgo – ¡El ordenador no… El negro!

Periodista – No me diga…

Dramaturgo – Sabía mucho.

Periodista – Ya veo.

Dramaturgo – No sé si ha oído alguna vez la frase: el estilo, es el hombre.

Periodista – Más o menos…

Dramaturgo – Pues bien el negro en cuestión, tenía mi mismo estilo.

Periodista – ¡Qué suerte!

Dramaturgo – Era sueco.

Periodista – ¿Quién?

Dramaturgo – ¡Mi negro! ¿Quién va a ser?

Periodista – Usted perdone…

Dramaturgo – Cuando contesto a sus preguntas tengo la impresión de que no le interesa en absoluto lo que le digo.

Periodista – ¡Claro que me interesa! Me interesa mucho… ¿Sigue teniendo al negro?

Dramaturgo – Pues no… Y esa es la razón por la que no he escrito nada desde hace años…

Periodista – ¿Se volvió a Suecia?

Dramaturgo – No… Simplemente, se murió.

Periodista – ¡Coño…! Usted perdone… Debió ser triste.

Dramaturgo – Sí… Estábamos muy unidos. Pero… Las cosas son así… Lo cierto es que empezó a creerse un auténtico autor. Tuve que deshacerme de él.

Periodista – ¿Deshacerse?

Dramaturgo – Un poco de arsénico todos los días en su infusión de manzanilla. Murió como Madame Bovary.

Periodista – Pues si…

Dramaturgo – Flaubert decía: Madame Bovary soy yo mismo. Y, tenía razón. Un poco de mí murió con Antonio.

Periodista – ¿Antonio?

Dramaturgo – ¡Así se llamaba mi negro sueco! Nunca pude volver a encontrar mi estilo tras su muerte.

Periodista – Y fue entonces cuando dejó de escribir.

Dramaturgo – Me quedé bloqueado en mi obra número 124.

Periodista – ¡Cuánto lo siento!

Dramaturgo – Es cierto que fue difícil. Pensando que así recuperaría la inspiración de los primeros tiempos, con los pocos euros que me quedaban compré otra estilográfica Mont Blanc.

Periodista – Pero no fue suficiente…

Dramaturgo – Estaba al borde del suicidio… Además no me quedaba ni un céntimo para comprar los cartuchos.

Periodista – Para su escopeta…

Dramaturgo – ¡No, para la escopeta no…! Para la estilográfica…

Periodista – Lo siento

Dramaturgo – Conservaba una jeringuilla de mi época de heroinómano y con ella me sacaba sangre todas las mañanas para rellenar la estilográfica. Me habían encargado una comedia. Pero… la tinta roja tan sólo podía inspirar ideas negras (Ante la estupefacción de la periodista) ¿No toma nota de lo que le voy contando?

Periodista – Sí… Claro… Aquí tengo mi registradora… (Saca un magnetófono pequeño) Pero… La verdad es que no estoy segura de que deba grabar lo que me cuenta…

Dramaturgo – ¿Acaso ha creído todas las tonterías que acabo de contarla?

La periodista se da cuenta de que le ha estado tomando el pelo.

Periodista – Una broma… Claro… Muy ingenioso… Un negro sueco…. No conocía su faceta de autor cómico.

Dramaturgo – Seguramente por eso me han enviado una actriz cómica para hacerme la entrevista… ¿Sigue sin apetecerle una infusión de manzanilla?

Periodista – ¿Con o sin arsénico?

Risa forzada de la periodista.

Dramaturgo (muy serio) – ¿Quiere preguntarme algo más?

Periodista – Pues… Si… Me gustó mucho su primer trabajo. ¿Ha escrito más obras?

Dramaturgo – ¿Decía?

Periodista – Me refiero a obras salidas de su pluma, no de la del negro sueco. (Se rie de su broma) Estoy bromeando, claro…

El dramaturgo permanece serio.

Dramaturgo – He escrito un total de 123 piezas teatrales.

Periodista – ¡123! No está mal… ¿Y de qué tratan?

Dramaturgo (escandalizado) – ¿Que de qué tratan? ¿Ha venido a que le hable de mi teatro sin haber leído nada?

Periodista – No he leído las 123, pero…

Dramaturgo – ¿Cuántas ha leído exactamente?

Periodista – Quizá… Una… Precisamente la primera… Vamos, si acaso… las primeras páginas. Me pidieron que viniera a entrevistarle así, de repente… Estoy sustituyendo a un colega de Vivir el Teatro que se suicidó ayer.

Dramaturgo – ¿Cuántas páginas?

Periodista – Para ser sincera le diré que no he podido pasar de la página 5.

Dramaturgo – ¡Pero si el texto empieza en la página 6…!

Periodista – El título me gustó mucho…

Dramaturgo – ¿No me diga? (Irónico) Pues a ver… Dígame como se llamaba mi primera obra… En este momento tengo un lapsus…

Periodista – Yo tampoco me acuerdo, pero sí que sé que me gustó muchísimo.

Dramaturgo – ¿Me puede enseñar su carnet de prensa?

Periodista – Bueno… Sí… (Hace como si rebuscara en sus bolsillos) Es decir que… Me pregunto si…

Dramaturgo – Usted no es periodista…

Duda un instante antes de contestar.

Periodista – Pues no…

Dramaturgo – Ya veo. O sea que ha venido a robarme ¿no es así? Es lo habitual. El ladrón se hace pasar, por ejemplo, por empleado del gas y aprovecha un despiste del dueño de la casa para robar los ahorros escondidos bajo el colchón.

Periodista – Le aseguro que…

Dramaturgo – Claro… No puede ser… No habría elegido el hacerse pasar por una periodista literaria.

Periodista – En efecto, yo…

Dramaturgo – Hubiera sido más convincente como repartidora de pizzas.

Periodista – Tiene razón…

Dramaturgo – Pues si ha venido a mi casa en busca de dinero… Si quiere podemos buscar juntos.

Periodista – Soy actriz.

Dramaturgo – Pues si ha venido aquí en busca de un papel es que es usted todavía más tonta de lo que pensaba. Y puede creerme que había puesto el listón muy alto.

Periodista – Es la primera vez que interpreto el papel de periodista y no he tenido mucho tiempo para prepararlo.

Dramaturgo – Tampoco hay que dejar al lado la posibilidad de que sea usted una actriz mediocre. Ahora dígame, ¿Quién es el director de esa comedia tan mala?

Periodista – Su agente…

Dramaturgo – ¿Mi agente? No soy consciente de tener ningún agente…

Periodista – Pensó que una entrevista sería el medio idóneo para que recuperara su ego y se pusiera a escribir.

Dramaturgo – Ese tipo es más tonto de lo que pensaba…

Periodista – Su agente lleva casi un año esperando un nuevo manuscrito.

Dramaturgo – Qué quiere que le diga… He perdido la inspiración, como se suele decir. Para un autor, la falta de inspiración es como para un actor quedarse en blanco… Nunca se sabe cuándo va a llegar y mucho menos cuándo se va a recuperar.

Periodista – Un año… Demasiado tiempo para quedarse en blanco.

Dramaturgo – Usted, que no ha leído ni la primera de mis 123 comedias, no es la más indicada para pedirme que escriba la 124.

Periodista – Personalmente, a mí me da lo mismo. Pero su agente sigue interesado, tanto como para haberme pagado cien euros para que interpretara esta inocente y breve comedia.

Dramaturgo – ¿Cien euros? No pensé que mi agente me valorara tanto.

Pequeño silencio.

Periodista – Entonces, ¿Qué hacemos?

Dramaturgo – ¿Qué quiere decir con “qué hacemos?

Periodista – No soy periodista. Ahora que lo sabe, no creo que tengamos que seguir con la entrevista.

Dramaturgo – ¿Y por qué no? ¿Quizá otras preguntas apasionantes sobre mi obra teatral? Saber dónde guardo los calcetines y los calzoncillos… Si me gusta más el mar o la montaña… Los croissants o los churros…

Periodista – Entiendo que no está dispuesto a colaborar. No sé qué voy a decirle.

Dramaturgo – ¿A quién?

Periodista – A Jorge, su agente.

Dramaturgo – ¿Ese es su problema? Pues… Invéntese algo.

Periodista – Lo cierto es que me tenía que dar otros cien euros por la entrevista.

Dramaturgo – Ya veo… La mitad al pedido y la otra mitad a la entrega de la mercancía. Se ve que ha depositado en usted una confianza sin límites

Periodista – Tendría que haberle entregado la cinta grabada.

Dramaturgo – ¿No me diga que pretende hacerme ahora la entrevista?

Periodista – Podríamos ir a pachas

Dramaturgo – ¿A pachas… Con qué?

Periodista – Cien euros para cada uno.

Dramaturgo – Usted no está bien de la cabeza.

Periodista – Mire, tengo hambre, eso es todo. Y, según lo que me ha contado su agente, usted tampoco está muy boyante. Ya no escribe y nadie interpreta sus obras.

Dramaturgo – Gracias por haber tenido la delicadeza de recordármelo.

La periodista observa despreciativamente el entorno

Periodista – Con ese dinero podría, por lo menos, darle una pintadita a la casa.

Dramaturgo – ¿Con cien euros? Si conoce algún pintor que trabaje por ese precio y en negro, le agradecería que me diera su teléfono.

Periodista – Pues con cien euros podría, al menos, comprar la pintura y un rodillo.

Dramaturgo – ¿Lo haría usted misma?

Periodista – ¿Por qué no? Desde luego, cobrando…

Dramaturgo – Mire señorita, yo estoy al límite y usted pretende tomarme el pelo. Para escribir una comedia realmente no es necesario sentirse optimista, pero existen límites. Hay que seguir creyendo que burlarse de los tontos puede servir para que algunos mejoren.

Periodista – Me parece que se mira usted demasiado el ombligo.

Dramaturgo – ¿Eso cree?

Periodista – Pues si… Escribir teatro no es algo terrible… Hay oficios mucho peores ¿O no es así?

Dramaturgo – Sí… Seguramente…

Periodista – ¿Seguramente? ¿Acaso no sabe que hay gente que se ve obligada a levantarse cada mañana, pasar una hora en el metro para trabajar como cajeros en el Corte Inglés? Y todo eso por el sueldo mínimo interestatal.

Dramaturgo – ¿Es esa la razón por la que eligió trabajar como actriz a domicilio?

Periodista – Acepto lo que me ofrecen… Y mi agente todavía no me ha ofrecido ningún papel de importancia.

Dramaturgo – Debe ser tan inútil como el mío.

Periodista – Es el mismo…

Dramaturgo – De acuerdo… (Silencio) Quizá tenga razón, finalmente y visto el mundo que nos rodea, usted saldrá adelante con su trabajo chusquero mejor que yo con mis comedias.

Periodista – Gracias…

Dramaturgo – Pienso, luego existo. ¡Qué cretino el tal Descartes! Resulta evidente que para subsistir en este mundo de mierda, lo primero que hay que hacer es dejar de pensar.

Periodista – Tiene razón…

Dramaturgo – Pero claro… Dejar de pensar es como dejar de fumar. Resulta mucho más fácil cuando nunca se ha hecho.

Periodista – Si lo dice por mí… Yo nunca he fumado.

Dramaturgo – Sin ir más lejos, estoy pensando en que tengo que proponerle un trabajo.

Periodista – Estupendo… siempre y cuando esté dentro de mis competencias.

Dramaturgo – Visto así, quizá exceda un tanto sus posibilidades.

Periodista – ¿Entonces?

Dramaturgo – ¿Le gustaría ser mi negro?

Periodista – ¿Perdone?

Dramaturgo – Por una razón que desconozco, mi agente está empeñado en que escriba una comedia. Usted podría escribirla por mí.

Periodista – Pero… ¡Si yo no soy dramaturga!

Dramaturgo – Tampoco es usted una auténtica actriz.

Periodista – Bueno… Eso habría que verlo… ¿Y cuánto se gana como negro?

Dramaturgo – Depende de la importancia del autor que firmará en lugar de usted.

Periodista – Y, por lo que veo, no es como para tirar cohetes… Usted tampoco era tan conocido… Y, según su agente, ya nadie se acuerda de usted.

Dramaturgo – Y pensar que la ha contratado para remontarme la moral.

Periodista – Intento ser realista, eso es todo.

Dramaturgo – Bueno, ¿Le interesa o no le interesa?

Llaman a la puerta

Periodista – Si espera a alguien, yo me esfumo.

Dramaturgo – No espero a nadie.

Va a abrir. La periodista guarda la grabadora y se pone el impermeable con la intención de marcharse. Él vuelve con un sobre abierto y un papel en la mano.

Dramaturgo – Era el cartero…

Periodista – Yo ya me iba…

Dramaturgo (autoritariamente) – ¡Siéntese!

Se sienta, sorprendida por la actitud del hombre, mientras éste examina, perplejo, el papel que tiene en la mano

Periodista – ¿Es la factura del gas?

Dramaturgo – ¿El gas…? Me lo cortaron hace tiempo, de lo contrario podría no estar aquí hablando con usted.

Periodista – ¿Entonces?

Dramaturgo – Se trata de mi agente. Me manda un contrato de exclusividad para mi próximo trabajo.

Periodista – ¿Un contrato?

Dramaturgo – Me pide que lo firme y se lo haga llegar inmediatamente. Cada vez entiendo menos lo que está pasando. (Saca un cheque del sobre) Incluso me manda un adelanto…

Periodista – ¿De cuanto?

Dramaturgo – De 500.

Periodista – ¡500 euros! No puede tratarse de una broma.

Dramaturgo – La verdad es que no sé qué pensar… Desde que usted ha llegado ocurren cosas raras. No sé si me está tomando el pelo

Periodista – De cualquier forma, ahora que tiene el dinero, ya no puede dudar. No va a tener más remedio que escribir la comedia.

Dramaturgo – Podría devolver el cheque. Todavía no he firmado el contrato. Imagino que esta especie de entrevista estaba destinada a convencerme.

Periodista – Entonces ¿va a firmar?

Dramaturgo – No me gusta que me presionen cuando escribo… Pero este montón de facturas impagadas me obliga a reflexionar un poco. Si quiero suicidarme sin dolor, será mejor que pague la factura del gas.

Periodista – ¿Y mis 200 euros?

Dramaturgo – ¿No habíamos quedado en que los repartiríamos?

Periodista – Me parecería algo mezquino ahora que es usted un autor al que le hacen encargos.

Dramaturgo – No tan deprisa. Todavía tengo que encontrar un tema que me inspire.

Periodista – Le aseguro que, por 500 euros, yo sería capaz de escribir cualquier cosa.

El hombre se queda mirándola.

Dramaturgo – ¿Y por 250?

Periodista – ¿250?

Dramaturgo – ¡La mitad de 500! Por lo que veo usted no ha rechazado mi propuesta.

Periodista – ¿Qué propuesta?

Dramaturgo – La de ser mi negro.

Periodista – No… Ni hablar… No hablaba en serio. Dije que sería capaz de escribir cualquier cosa, pero nada que tuviera que ver con el teatro. Y, mucho menos con una obra maestra.

Dramaturgo – ¿Cualquier cosa? Eso es justamente lo que esperaba de usted.

Periodista – No le entiendo.

Dramaturgo – Yo, modestamente, le diré que lo único que sé escribir son obras maestras. No sé escribir sobre cualquier cosa. Eso es lo que me bloquea ¿Comprende? (Silencio) Cuando la miro veo en usted un ser básico y tengo la impresión de…

Periodista – Es decir que…

Dramaturgo – Mi agente me manda un adelanto para que escriba una comedia, pero resulta que he perdido la inspiración necesaria para escribir. ¿Me sigue?

Periodista – Creo que sí…

Dramaturgo – Podría escribir cualquier cosa para conservar el cheque, como lo haría alguno de mis compadres, pero yo no sé escribir sobre cualquier cosa.

Periodista – Y eso… ¿por qué?

Dramaturgo – Imagino que se trata de un antiguo resto de culpabilidad judeo-cristiana… Además, el muy cretino de mi agente sabe que yo no soy capaz de escribir cualquier cosa.

Periodista – ¿Y entonces…?

Dramaturgo – Entonces es a usted a quién corresponde escribir cualquier cosa.

Periodista – ¿Está seguro?

Dramaturgo – Tengo plena confianza en usted.

Periodista – Pero por qué no contrata a un negro auténtico, que sepa escribir.

Dramaturgo – Estaría bien si se pudiera encontrar uno por 250 euros. Entonces ya lo hubiera hecho.

Periodista – De acuerdo…

Dramaturgo – ¿Eso significa que está usted de acuerdo?

Periodista – No… De acuerdo significa que le comprendo…

Dramaturgo – ¿Y entonces?

Periodista – ¿Pero realmente está usted seguro de que podría escribir cualquier cosa?

Dramaturgo – De lo que estoy seguro es de que usted tan sólo podría escribir cualquier cosa.

Periodista – Pero su agente… es decir, nuestro agente, se va a dar cuenta de que usted ha escrito cualquier cosa.

Dramaturgo – ¿Mi agente? Pero si es él quien ha montado esta ridícula comedia para obligarme a escribir sobre algo que no me gusta escribir. No va a recibir más que la calderilla.

Periodista – Mejor diría yo que él tendrá su comedia y usted la pasta.

Dramaturgo – Se da cuenta de que cuando quiere hasta puede ser ingeniosa. ¿Entonces?

Periodista – Bueno… Después de todo no arriesgo nada…

Dramaturgo – Hacer el ridículo

Periodista – Pero el ridículo no mata.

Dramaturgo – Si el ridículo matara, créame, usted habría desaparecido de este mundo hace mucho tiempo.

Periodista – Okey… ¿Cuándo empiezo? Espere un momento… (Ojea su agenda) Esta semana no va a ser posible… Quizá pueda liberarme a partir del lunes próximo.

El hombre le arranca la agenda de las manos para comprobar lo que dice

Dramaturgo – Hay tantas páginas en blanco en su agenda que podría utilizarla para escribir la comedia. Perdón… No me había dado cuenta que tiene una cita con su oftalmólogo dentro de tres meses.

Periodista – Ya sabe lo que tardan los especialistas en dar una cita. (El hombre la mira con impaciencia) Vale… Entonces, ¿cuándo empiezo?

Dramaturgo – Pues… Ahora mismo, aprovechando que está aquí.

Suena el teléfono. No hace caso.

Periodista – ¿No va a contestar?

Dramaturgo – Supongo que es mi banco para recordarme que estoy en números rojos.

Periodista – Seguramente… Creo que debemos tener el mismo banco.

Dramaturgo – El mío es Bankia

Periodista – No pueden dejar en paz a los pobres.

Se escucha el mensaje dejado en el contestador

Voz – Buenos días, soy Juan María de Blancafort, presidente de la Fundación Reina de los Montes. Tengo el placer de comunicarle que nuestra Fundación ha decidido concederle el Gran Premio de la Reina de los Montes por el conjunto de su obra. Le ruego que nos llame lo antes posible para ultimar los detalles de la ceremonia.

Periodista – Podría tratarse de otro montaje de su agente.

Dramaturgo – Es una hipótesis posible, desde luego.

Periodista – ¿Qué otra cosa podría ser?

Dramaturgo – ¿Entonces usted no cree ni por un segundo que yo podría recibir una recompensa por el conjunto de mi obra?

Periodista – La verdad es que no se… Como no he leído nada suyo…

Dramaturgo – En todo caso es una pena que no sea usted realmente periodista. Sería la primera en entrevistar al nuevo Laureado de la Fundación Reina de los Montes.

Periodista – Lo siento, pero nunca he oído hablar de esa Fundación.

Dramaturgo – ¿Nunca ha oído hablar de ella? Pues el Premio de la Reina de los Montes es para los dramaturgos como el Pulitzer para los periodistas.

Periodista – Tampoco he oído hablar de eso.

Dramaturgo – Claro… como no es periodista… Le pondré otro ejemplo… Es como el de Princesa de Asturias…

Periodista – ¿Algo así como el Nobel de literatura?

Dramaturgo – Bueno… Tampoco hay que exagerar… Con una buena promoción en una librería famosa, se podría dar un impulso a la venta de mi nueva comedia.

Periodista – ¿Incluso si la comedia es mala?

Dramaturgo – Aunque su cultura deje mucho que desear no se le habrá pasado por alto que los mayores éxitos en las librerías rara vez son obras maestras. Incluso en pocas ocasiones han sido escritos por el propio autor. Muchos de ellos ni siquiera los han leído.

Periodista – O sea que, en general, los que firman este tipo de best-sellers son unos bestias, mientras que los que escriben son los auténticos autores.

Dramaturgo – Más bien al contrario.

Periodista – Pues eso no dice nada bueno de su agente.

Dramaturgo – Me parece que usted no ha entendido nada. Ese chorizo ha sabido antes que yo lo del premio. Por eso me manda un contrato para que lo firme a toda velocidad y tener así en exclusiva los derechos de mi próxima comedia. Y eso con un desembolso mínimo de 500 euros, cuando sabe que, con la publicidad que tendrá lo del premio, me voy a convertir en un autor de éxito. ¿Le parece honesto?

Periodista – Confieso en que no soy especialista en materia de honestidad.

Dramaturgo – Eso sin hablar del ridículo montaje de la entrevista para convencerme de que me pusiera a escribir.

Periodista – Es cierto que visto de esa forma…

Dramaturgo – ¿Entonces va a escribir esa comedia, sí o no?

Periodista (tras reflexionar por unos instantes) – Okey… Pero también quiero los 200 euros de la entrevista…

Dramaturgo – Habíamos quedado en compartir.

Periodista – Sí, pero ahora es usted un escritor de éxito.

Dramaturgo – De acuerdo. Pues, ¡manos a la obra!

Periodista – Ahora sí que le acepto una manzanilla.

Dramaturgo – Francamente, no se lo aconsejo… La tengo guardada junto al arsénico… Pero le puedo aconsejar algo que ayuda a muchos autores. (Saca una botella de whisky) He aquí una poción mágica para inspirarse. Yo lo he venido utilizando desde niño y ya no me hace efecto…

Periodista – De acuerdo… (Se sirve un vaso que apura hasta el fin, hace una mueca, y mira la etiqueta) ¿Whisky sueco? No estará intentando envenenarme a mí también…

Dramaturgo – No antes de que haya acabado mi comedia (Le entrega una pluma estilográfica) Le confío solemnemente mi estilográfica Mont Blanc. Que la fuerza la acompañe. Hay papel en la mesa. Siéntese y escriba.

Periodista (sentándose) – Aunque escriba sobre cualquier cosa no estoy segura de poder terminar un libro…

Dramaturgo – Se trata de una obra de teatro. Con unas cincuenta páginas, puede ser suficiente.

Periodista – ¿Cincuenta páginas?

Dramaturgo – Piense que se está examinando de bachillerato y que tiene que escribir una redacción algo más larga de lo habitual.

Periodista (avergonzada) – ¿El bachillerato?

Dramaturgo – ¿No ha hecho el bachillerato? Debería haberlo sospechado…

Periodista – Pude haberme examinado, pero perdí el tren.

Dramaturgo – Entonces piense en una carta muy larga.

Periodista – Siempre mando WhatsApps.

Dramaturgo – Se trata de diálogos. Punto y aparte después de cada frase y se salta una línea cada vez. La mitad de una obra de teatro es lo que hay entre líneas… Es decir, el blanco del papel.

Dramaturgo – Si le parece escribiremos la comedia a cuatro manos. Usted escribe las líneas y yo el interlineado.

Periodista – Y, claro, luego lo firmará Ramón González

Dramaturgo – Dramón, señorita, Dramón González… Pues sí, lo firmaré yo, como es lógico. ¿Acaso piensa que Miguel Ángel pintó todos los cuadros firmados por él? Pues se equivoca. Lo único que hacía era dar el último toque.

Periodista – De cualquier forma, yo no soy escritora.

Dramaturgo – ¡Todos podemos ser escritores! Sobre todo, dramaturgos. La prueba es que no existen escuelas para ello. Es uno de esos raros oficios, junto con el de repartidor de pizzas y el de psicoanalista, que se puede ejercer sin título alguno. Incluso tengo mis dudas si para repartir pizzas piden algo… Al menos hay que saber conducir una scooter.

Periodista – A pesar de todo es un trabajo de responsabilidad

Dramaturgo – Con un único cartucho de tinta tendrá suficiente para escribir la comedia. Si se tratara de una novela le harían falta 5 o 6.

Periodista – Está bien…

Dramaturgo – Es un oficio de vagos, se lo aseguro. Es muy sencillo. Tan sólo nos superan los poetas. Escriben cinco líneas con tres palabras en cada línea dejando todo el resto de la página en blanco. Y, la gente dice que son genios.

Periodista – Me pregunto si no hubiera sido mejor ser el negro de un poeta.

Dramaturgo – De eso nada… Ni lo sueñe. No existe un poeta capaz de poder pagarse un negro, incluso a plazos.

Periodista – De acuerdo… Pero, no sé por dónde empezar…

Dramaturgo – Sin duda el comienzo siempre es lo más duro. Sobre todo para una comedia de humor.

Periodista – O sea que se trata de hacer reír…

Dramaturgo – Tiene que ser una comedia popular, especial para la Fundación Reina de los Montes.

Periodista – Es curioso… Pero yo no le veo como autor cómico.

Dramaturgo – De eso hace mucho tiempo. Por eso ahora necesito un negro.

Periodista – Pues yo no sé si seré capaz de tener gracia escribiendo.

Dramaturgo – No la estoy pidiendo que sea ingeniosa. Tan sólo que ejerza su natural comicidad…

Periodista – Eso no me ayuda en absoluto

Dramaturgo – Veamos… Quizá hay en su vida alguien al quien le gustaría matar.

Periodista – ¿Matar?

Dramaturgo – Para eso sirve la comedia. Pongamos un ejemplo. La ley le impide desembarazarse de su suegra, por lo tanto usted va y escribe una comedia donde se le ofrece su cabeza en bandeja.

Periodista – No estoy casada. ¿Usted tiene suegra?

Dramaturgo – Ya no. Mi mujer me abandonó. Estoy tan desesperado que incluso echo de menos a mi suegra. ¿Cómo quiere que escriba una buena comedia en estas condiciones?

Periodista – No tengo ni idea… Déjeme pensar… Ah… Sí… Yo detestaba a mi hermana.

Dramaturgo – Bien…

Periodista – Por desgracia murió… Por lo tanto no creo que sirva…

Dramaturgo – Depende. También hay muertos divertidos. ¿Me puede decir cómo murió?

Periodista – De un cáncer.

Dramaturgo – Ya… En ese caso… No nos sirve. Es muy difícil hacer reír con el cáncer. Sobre todo cuando se trata de un familiar.

Periodista – Tiene razón… ¡Qué mala pata!

Dramaturgo – Hay asuntos, como ese, que, sin saber por qué, son totalmente negados para la comedia. Quizá sea porque son enfermedades largas. En el teatro, los muertos más divertidos son los que mueren de repente. Un hombre cuenta que a su mujer acaba de pasarle un tren por encima cuando volvía del peluquero. Eso puede tener cierta gracia. Sin embargo no se te ocurra hablar de un muerto por cáncer de vesícula tras tres años de quimio porque no le haría gracia a nadie. ¡Vaya usted a saber por qué! Pero, es así.

Periodista – ¿Y?

Dramaturgo – Ahora debe intentarlo…

Llaman a la puerta

Periodista – ¿Espera a alguien?

Dramaturgo – Debe ser un mensajero. Viene a por el contrato firmado. ¿Me deja la pluma, por favor?

Cogiendo el contrato

Periodista (inquieta) – ¿Está usted seguro?

Dramaturgo – No sé por qué pero creo en usted… (Firma el contrato y le devuelve la pluma) Si tiene una idea antes de que se marche el mensajero, no dude en decírmelo.

Sale. Suena el móvil de la periodista. Contesta.

Periodista – Sí… No, todavía estoy con él… Sí, sí, no se preocupe, acaba de firmar el contrato… Ahora tengo que colgar… Luego le llamo…

Se guarda el teléfono. Vuelve el hombre.

Dramaturgo – Bueno, pues ahora ya está todo hecho. Acabo de vender su alma al diablo por 500 euros. Ni en sus sueños más locos hubiera podido imaginar conseguir un precio tan alto.

Periodista – Tampoco es para tanto… Pensé que usted sería un autor responsable…

Dramaturgo – La mayor parte de los autores escriben para pagar los impuestos del año anterior con los adelantos que les corresponden por los libros que escribirán al año siguiente. El día en que los impuestos se paguen en el año corriente, bajará mucho el número de publicaciones.

Periodista – No entiendo nada de eso. Nunca he hecho una declaración de la Renta.

Dramaturgo – Pues ha tenido suerte… En cuanto entras en el engranaje, ya no te puedes salir. Pero… Vamos a lo nuestro. ¿Dónde estábamos?

Periodista – En ningún sitio. Tengo miedo…

Dramaturgo – Eso es lo que me temía.

Periodista – ¿Y si escribiéramos sobre un autor que ha perdido la inspiración?

Dramaturgo – Ya veo… Una chica llama a su puerta, diciendo que es periodista…

Periodista – ¿Y por qué no?

Dramaturgo – El teatro dentro del teatro… Me había prometido no caer tan bajo.

Periodista – Usted dijo que se podía escribir sobre cualquier cosa.

Dramaturgo – Bien… ¿Y cómo acabaría?

Periodista – No tengo ni idea…

Dramaturgo – ¿Le apetece otro whisky?

Dicho y hecho.

Periodista – No sé si debo…

Dramaturgo – ¡Vamos… Beba!

Vacía el vaso de un trago.

Periodista – Creo que necesito echarme un rato. Estoy segura que las ideas vendrán fácilmente si duermo.

Dramaturgo – ¡Vamos! ¡No la pago por dormir!

Periodista – De momento, todavía no he visto ni un céntimo… Quizá tenga razón. Seguramente un pequeño adelanto conseguiría motivarme un poco…

Dramaturgo – Aunque quisiera hacerlo dudo mucho que Bankia me conceda otro crédito con el que poder darle un adelanto. Además, es usted nula como negro. Le pido que escriba sobre cualquier cosa, y no se le ocurre nada.

Periodista – Yo también tengo que cuidar mi reputación. No quiero quedar en ridículo escribiendo cualquier cosa.

Dramaturgo – Pero si su nombre no aparecerá en ningún sitio! ¡Seré yo quien firme!

Periodista – Es posible, pero yo sí sabré quién lo ha escrito. A pesar de todo tengo mi amor propio.

Dramaturgo – Está bien… Pues nadie le impide escribir una obra de arte.

Periodista – ¿Y por qué no? Quizá soy menos tonta de lo que usted cree.

Dramaturgo – Adelante… ¡Asómbreme!

Periodista – ¡Adelante, adelante…! No sé cómo quiere que me ponga a trabajar con tanto whisky. Además empiezo a tener hambre. No tiene por ahí algo que echarse a la boca.

Dramaturgo – La he contratado para trabajar no para engullir.

Periodista – Ya sabe lo que se dice: el hambre es una mala consejera.

El hombre saca un paquete de galletas y se lo ofrece a la chica.

Dramaturgo – Tenga. Me quedan unas cuántas Marías.

Periodista – Gracias. (Coge uno y se lo lleva a la boca) Están un tanto caducas sus Marías.

Dramaturgo – ¿Quiere que bajea comprar otro paquete?

Periodista – Me arreglaré con éste (Se come otra galleta) Tengo una idea.

Dramaturgo (sobresaltado) – Me echo a temblar.

Periodista – Un chico se enamora de una chica, pero las familias se detestan.

Dramaturgo – Eso es Romeo y Julieta

Periodista – Pues entonces… Un chico se enamora de una chica pero el padre mata accidentalmente al de ésta.

DramaturgoEl Cid

Periodista – Un chico ama a una chica pero en realidad se trata de un hombre.

DramaturgoCon faldas y a lo loco.

Periodista – Pues esa obra no la conozco.

Dramaturgo – Es una película

Periodista – ¿Está seguro?

Dramaturgo – Totalmente

Periodista – Un chico ama a un chico pero en realidad se trata de una mujer

DramaturgoVictor o Victoria.

Periodista – Una mujer ama a una mujer pero en realidad se trata de un hombre.

DramaturgoTootsie.

Periodista – ¡Coño! No creí que fuera tan difícil ser autor contemporáneo. ¿Es que ya todo está escrito?

Dramaturgo – Todo…

Periodista – Sobre todo lo más ingenioso, supongo…

Dramaturgo – No nos han dejado ni las migas…

Periodista – Los muy cerdos.

Dramaturgo – Shakespeare, Lope de Vega… Para ellos era fácil… No se había escrito casi nada todavía. Las buenas ideas estaban al alcance de la mano. Por lo tanto, todos los que no eran analfabetos, como la mayor parte de sus contemporáneos, tenían muchas posibilidades de pasar a la posteridad.

Periodista – Es verdad… Ya no hay ni una rendija por donde colarse.

Dramaturgo – Por eso es por lo que no me siento en condiciones de escribir una obra de arte y le pido a usted que escriba cualquier cosa.

Silencio

Periodista – Me tomaría otro whiskicito.

Se lo bebe de un trago

Dramaturgo – Poco a poco, mujer.

Deja la botella y lanza un alarido de satisfacción.

Periodista – ¡Ya lo he encontrado!

Dramaturgo – No me diga.

Periodista – Y éste me juego de que no es ni de Calderón ni de Lope.

Dramaturgo – Soy todo oídos.

Periodista – Una pareja recibe en su casa a una amiga que acaba de perder a su marido en un accidente de avión. Mientras tratan de consolar a la viuda se enteran que les ha tocado el bonoloto.

Dramaturgo – ¡Fantástico!

Periodista – Es que cuando me pongo…

Dramaturgo – Acaba de resumir el contenido de mi primera comedia.

Periodista – ¿No me diga?

Dramaturgo – Esa que no ha leído.

Periodista – Los grandes genios se encuentran.

Dramaturgo – Eso si usted hubiera nacido antes que yo. Entonces podría haber escrito esa comedia que, por cierto, es uno de mis mayores éxitos.

Periodista – Quizá he leído el resumen en la Guía del Ocio.

Dramaturgo – Dejé de escribir el día en que empecé a plagiarme a mí mismo.

Silencio

Periodista – ¿No hay más galletas María?

Dramaturgo – Se las ha comido todas.

Periodista – El paquete estaba abierto desde Dios sabe cuándo. Espero no haberme intoxicado.

Dramaturgo – Si se intoxica puede pedir la baja por enfermedad. Pero le advierto que nosotros, los autores, cuando estamos enfermos y no podemos trabajar, no cobramos ni un céntimo. No le digo lo que pasa con los negros.

Periodista – La verdad es que me apetecería echarme algo al coleto.

Dramaturgo – Sólo piensa en comer.

Periodista – Eso es lo que suelen decir los que nunca han pasado hambre.

Dramaturgo – Echaré un vistazo al frigo a ver si queda algo…

Periodista – Y, otra cosa…

Dramaturgo – A ver qué se le ocurre ahora…

Periodista – No me gusta nada lo de… negro.

Dramaturgo – ¿Y eso?

Periodista – Lo encuentro degradante.

Dramaturgo – ¿Degradante para quién?

Periodista – Para mí.

Dramaturgo – ¿Entonces cómo quiere que la llame? ¿La doble del autor? Las grandes actrices tienen sus dobles para algunas escenas que no quieren rodar. ¿Por qué no podemos tener los autores un doble para las comedias que no nos apetece escribir?

Periodista – No tengo ni idea… Oficialmente yo podría ser… su secretaria particular.

Dramaturgo – ¿Mi secretaria?

Periodista – Si salimos juntos y tiene que presentarme a alguien no va a ir diciendo por ahí, aquí mi negro.

Dramaturgo – La verdad es que ni se me había ocurrido pensar que pudiéramos salir juntos…     

Periodista – En todo caso… necesitaré una cobertura legal.

Dramaturgo – ¿Una cobertura?

Periodista – Sí, un respaldo legal… Un negro trabaja en negro… ¿No es así? Y eso no es nada legal. Por lo tanto necesitaré una cobertura social. Además, tengo que pensar en mi jubilación.

Dramaturgo – ¿Y por qué no también tickets de restaurante?

Periodista – De acuerdo… Pero seré su secretaria particular.

Dramaturgo – Y en cuanto a los tickets de restaurante, miraré en el frigo a ver si queda algún resto de queso.

Suena el teléfono en el momento en que va a salir.

Periodista (descuelga) – Aquí la secretaria de don Dramón González… ¿Con quién tengo el gusto de hablar? (Él le hace ver que no quiere ponerse) No, no puede ponerse… ¿Que por qué? Porque… se ha muerto… Sí, estoy completamente segura. Acaba de llegar el forense… Ah… Sí… ¡Que buena noticia! Pero, en ese caso, será a título póstumo. Lo siento mucho. Tengo que dejarle porque van a hacerle ahora mismo la autopsia… Adiós…

Dramaturgo (estupefacto) – ¿Pero quién era?

Periodista – Don Juan Rodriguez de Gándazuelo, el presidente de la Unión de Autores de Teatro. Por lo visto el Ministro de Cultura quería imponerle la Medalla de Caballero de las Artes y las Ciencias.

Dramaturgo – ¿Y le ha dicho que me he muerto?

Periodista – Me dijo por señas que no quería hablar con nadie. Es lo primero que se me ocurrió.

Dramaturgo – Pues vaya…

Periodista – Además hay que ser realistas. No estoy preparada para escribir una comedia. Usted, tampoco.

Dramaturgo – ¿Y entonces?

Periodista – Por lo tanto estando usted muerto su agente nunca se atrevería a reclamarle los quinientos euros de adelanto por un trabajo que no ha realizado.

Dramaturgo – ¿Muerto? ¿No es una excusa un tanto excesiva para no tener que devolverle los 500 euros?

Periodista – Se me ocurre otra cosa…

Dramaturgo – Está visto que cuando quiere…

Periodista – Si está muerto y encima tiene un Premio Literario y una medalla póstuma, va a hacerse famoso.

Dramaturgo – Le pedí que me sorprendiera con sus propuestas, pero se ha pasado usted tres pueblos…

Periodista – Gracias.

Dramaturgo – No he intentado ser cortés. Hay muchas formas de sorprender a la gente.

Periodista – ¿Tiene algún familiar?

Dramaturgo – Tan sólo tenía a mi mujer… Pero no creo que ella siga considerándose como alguien de la familia.

Periodista – O sea que está solo en vida. Ni mujer, ni familia, ni amigos… Por lo tanto yo misma puedo ir a recoger el premio y la medalla.

Dramaturgo – Veamos… Le propongo un trabajo de negro y no sólo no es capaz de escribir ni una línea, sino que además quiere recibir todos los honores que me sean entregados. ¿Quiere también mi número de la Seguridad Social?

Periodista – Quizá sería lo más prudente… Considere que se le supone muerto.

Dramaturgo – Siempre puedo resucitar…

Periodista – Piense un poco. Por ahora le conviene mucho más estar muerto.

Dramaturgo – ¿Usted cree?

Periodista – Le apuesto cualquier cosa a que mañana todos los periódicos hablarán de usted. Quizá no en primera página. Tampoco es cuestión de soñar, pero seguro que el País Semanal se acordará de usted.

Dramaturgo – Podría ser tentador el leer mi esquela de defunción estando vivo.

Periodista – Todos se referirán a usted como el gran dramaturgo. Sus libros se venderán como churros… Al menos durante dos o tres días.

Dramaturgo – ¿Está usted segura?

Periodista – No soy periodista, pero gracias a mi brillante idea saldrá su nombre en toda la prensa.

Dramaturgo – Bueno… ¿Y ahora qué hacemos?

Periodista – Usted se hace el muerto y yo… Yo me quedo con el 20% de sus derechos de autor.

Dramaturgo – Mi agente tan sólo se quedaba el 10%.

Periodista – Pero con él no vendía usted ni un libro y sus comedias nunca se representaban.

Dramaturgo – Y yo que ya me estaba haciendo a la idea de jubilarme.

Periodista – ¿Jubilarse?

Dramaturgo – He decidido eliminar de mi vida todo lo que me moleste. Ya no escribo. Hablo lo menos posible. No comparto mis opiniones con nadie. Más bien, prefiero no opinar en absoluto.

Periodista – ¿Y cree que puede hacer algo así?

Dramaturgo – ¿No opinar?

Periodista – No hablo de eso pero, usted no puede jubilarse… No tiene dónde caerse muerto…

Dramaturgo – Desde luego Bankia no me daría ni un euro.

Periodista – Pues bien… Yo le propongo que finja su muerte en lugar de jubilarse.

Dramaturgo – Es tentador, la verdad… Le pido, al menos, cinco minutos para sopesar los pros y los contras.

Suena el teléfono. Él intenta cogerlo.

Periodista – ¿Está usted loco? Le recuerdo que es un autor muerto. ¿Sí…? ¿Bankia? No… Lo siento. Don Dramón González acaba de fallecer… Si…. Se ha suicidado… Se ha bebido un litro de desatascador. Si, en efecto, ese líquido que se utiliza para desatascar las cañerías… Un agujero enorme en el estómago. Sólo de pensarlo se me abren las carnes… La sosa también es muy caustica. En efecto, él también era muy caustico… Ya sabe, los artistas… Además nadie mejor que ustedes sabe que estaba de deudas hasta las cejas. Seguramente fue la única forma que tuvo para escapar de sus acreedores. No, por supuesto, el dinero no es lo más importante… En todo caso, gracias por haber llamado… Eso es. Hasta pronto. Por supuesto, transmitiré sus condolencias a la familia.

Cuelga

Dramaturgo (estupefacto) – Le ha costado arrancar pero una vez que se ha lanzado al ruedo, no hay quien la pare. O sea que ahora resulta que me he suicidado.

Periodista – Me dije que, para un escritor, sería más romántico el suicidio que no morir de cáncer de colon.

Dramaturgo – ¿Más romántico tras haberme bebido un litro de desatascador?

Periodista – Estaba improvisando… Es lo primero que se me ocurrió.

Dramaturgo – ¿Improvisando…? Es necesario que se ajuste al texto.

Periodista – ¿A qué texto se refiere? Usted es incapaz de escribir ni una palabra.

Dramaturgo – ¡Basta! No es necesario que se ponga desagradable… Resumamos… O sea que yo me he suicidado… Es posible. Últimamente estaba un tanto depresivo.

Periodista – ¡Lo ve!

Dramaturgo – ¿Qué hacemos ahora…? ¿Organizar unos funerales a nivel nacional?

Periodista – Si el autor fallece las ventas aumentan, al menos, en un 10%. Si se suicida pueden llegar el 20%. (Suena el teléfono) Parece que el negocio marcha.

Dramaturgo – Tiene razón. El teléfono no ha sonado tan seguido desde hace años.

Responde la mujer

Periodista – ¡Dígame! Le habla la secretaria de Don Dramón González. Sí señora, en efecto. Se lo confirmo. Su marido ha muerto esta mañana. Le presento mis condolencias, así como las condolencias de Bankia. Un tiro en la sien. Así es. Mejor que no le vea. No creo que pudiera reconocerle. Le falta la mitad superior de la cabeza… No es un espectáculo de gusto, se lo aseguro…. Muy bien, se lo diré… Quiero decir, sí, gracias… Hasta la vista señora. (Cuelga). Era su mujer.

Dramaturgo – ¿Mi mujer? ¿Pero qué es lo que quería?

Periodista – Al parecer rendirle el último homenaje.

Dramaturgo – Hace años que no la veo. Tiene gracia. Normalmente era ella la que me reprochaba que no le diera un buen homenaje de vez en cuando…

Periodista – En general los muertos son mucho más populares que los vivos. Ya se irá dando cuenta de las ventajas que tiene ser difunto.

Dramaturgo – Le ha dicho a mi mujer que me pegué un tiro en la sien…

Periodista – Intento mejorar, ya lo ve. (Suena el teléfono) Si esto sigue así tendrá que contratar a una telefonista…. Le habla la agente en exclusiva de Don Dramón González… Sí, en efecto, soy yo quien tiene los derechos de todos sus trabajos. Nos casamos pocos meses antes de su muerte. Por lo tanto, soy la heredera directa… Sí… Si… Sí… Si, acababa de terminar una comedia que le va a dejar boquiabierto… Según mi entender es una obra de arte. Totalmente inédita, si. Sí… Sí… Sí… De acuerdo. ¿Puedo apuntar su teléfono? Muy bien, voy a estudiar personalmente su dossier y le daré una respuesta lo antes posible. Hasta pronto.

Dramaturgo – O sea que ahora resulta que estamos casados….

Periodista – Es más sencillo.

Dramaturgo – ¿Más sencillo?

Periodista – Para justificar el hecho de que soy yo la que tiene los derechos de sus obras.

Dramaturgo – Es posible…

Periodista – Por lo cual, como soy su viuda, todo queda en la familia.

Dramaturgo – ¿Puedo, al menos, saber quién ha llamado esta vez?

Periodista – Un teatro de Madrid que quiere montar su último trabajo.

Dramaturgo – ¿Un teatro? ¿Qué teatro?

Periodista – Debería haber tomado nota inmediatamente, pero usted me interrumpió… Tenía algo que ver con una marquesina…

Dramaturgo – ¿Con una marquesina?

Periodista – Y al mismo tiempo, era algo muy marinero…

Dramaturgo – ¿No sería el teatro Marquina?

Periodista – Eso es… Teatro Marina…

Dramaturgo – Marquina, Teatro Marquina… Pero ahí sólo ponen obras de autores vivos.

Periodista – Pero su cadáver está todavía caliente, no vamos a discutir por eso…

Dramaturgo – ¿Y qué piensa hacer?

Periodista – Les voy a dar largas. Hacerles entender que no son los únicos que quieren su último trabajo.

Dramaturgo – Tendría que haberla contratado antes como Agente.

Periodista – También podría pensarse en una retrospectiva del conjunto de su obra ¿No le parece?

Dramaturgo – Por qué no… Pero, cuando se refiere a mi último trabajo, quiere decir que se trata de…

Periodista – La comedia que todavía no ha escrito.

Dramaturgo – Pero si estoy muerto…

Periodista – Habrá oído que les hablé de un trabajo inédito.

Dramaturgo – Sí… Pero…

Periodista – Pero podrá escribirlo porque no está realmente muerto.

Dramaturgo – Ya le dije que había perdido la inspiración.

Periodista – Eso era antes…

Dramaturgo – ¿Antes?

Periodista – Antes de haber vuelto a ser un autor de éxito

Dramaturgo – Ha querido decir un autor muerto.

Periodista – También pero… Ahora que tiene todo el tiempo del mundo al estar muerto, podrá escribir la comedia sin stress. Yo me ocuparé del resto.

Dramaturgo – Perdone, pero… ¿Tengo que estar muerto durante mucho tiempo?

Periodista – Digamos el tiempo de escribir su comedia número 124. Después… Ya veremos.

Dramaturgo – Pues no tendré más remedido que ponerme manos a la obra.

Periodista – ¿Le apetece una manzanilla?

Dramaturgo – Casi prefiero el whisky sueco… (Coge la botella y se sirve) ¿Usted se va a quedar aquí?

Periodista – Alguien tiene que velar el cuerpo y contestar al teléfono…

Dramaturgo – Pues… ¡A trabajar!

Sale. La chica se pone cómoda, saca el portátil y llama.

Periodista – ¿Georges? Esta vez va en serio. Creo que está a punto de ponerse a escribir su comedia 124… No sé si nos hemos pasado con lo del premio y la medalla de las letras… Seguro que se va a llevar un chasco cuando se entere que no existe ni uno ni otro… Pero, es por su bien… Tampoco sabemos si su nuevo trabajo será realmente bueno… Sí, tiene usted razón, eso si no se ha muerto antes… Por cierto, tengo que decirle que me he visto forzada a improvisar un poco…

Vuelve el autor.

Dramaturgo – Estoy seco.

Periodista – ¿Cómo?

Dramaturgo – Se me acabó la tinta. El último cartucho está vacío. Y no será fácil encontrar repuesto a estas horas y por la zona…

Periodista – ¿Y la máquina de escribir?

Dramaturgo – ¿La máquina de escribir? Está como yo, ya se lo dije… En las últimas…

La periodista saca un bolígrafo del bolso y se lo entrega.

Periodista – Puede utilizar esto mientras tanto.

El hombre parece decepcionado por no haber encontrado la excusa ideal. Sale. Ella vuelve al teléfono.

Periodista – Todavía no podemos cantar victoria… Tendré que seguir vigilándole. Quizá habría que darle un poco más de cuerda…

Se escucha una detonación

Periodista – ¡Vaya! ¡Al parecer ha encontrado los cartuchos…! Le llamo dentro de un rato. (Cuelga) Me parece que me va a tocar escribir a mí sola la comedia.

Vuelve el hombre con una botella de champán en la mano. Acaba de quitarle el tapón.

Dramaturgo – No queda ni una gota de whisky, pero he encontrado esto en el frigo. La guardaba para una gran ocasión. Y el que me hayan dado un premio y una condecoración el mismo día, bien se merece un brindis… ¿Le apetece?

Periodista – ¿Por qué no? Siempre que me prometa que después volverá al trabajo.

Dramaturgo – No se preocupe. Es curioso, pero el estar muerto me ha devuelto la moral.

Periodista – Tanto mejor… ¿Entonces ya tiene una idea…?

Dramaturgo – He pensado que siempre es mejor partir de la realidad. Por lo tanto irá sobre el teatro dentro del teatro. La historia de un autor que ha perdido la inspiración y de una periodista que llama a su puerta.

Periodista – Eso me recuerda algo… ¿Ya sabe cómo lo va a llamar?

Dramaturgo – Pues sí… ¿Por qué no llamarle “El último cartucho”?

Periodista – ¿Está libre ese título?

Dramaturgo – Posiblemente sí… Pero, si encima hay que ser original…

Periodista – Pues brindemos por “El último cartucho”.

Dramaturgo – Si la dicto iremos mucho más rápido ¿No es así? (Coloca una vieja máquina de escribir delante de la chica) He recuperado la inspiración…

Periodista – Le escucho…

El autor comienza a dictar, muy inspirado, como si estuviera presenciando la escena.

Dramaturgo – Un salón en desorden. Un hombre está amodorrado en un sillón. Suena el teléfono y le saca de su sopor. Descuelga como un sonámbulo. ¡Diga!

Oscuro

Fin

***

El autor

Jean-Pierre Martinez es autor teatral y guionista francés de origen español. Nacido en 1955 en Auvers-sur-Oise, sube al escenario primero como baterista en diversos grupos de rock, antes de hacerse semiológo para la publicidad. Luego trabaja como guionista para la televisión, y vuelve al teatro como autor. Ha escrito mas de 60 guiones para distintas series de la televisión francesa, y 61 comedias para el teatro (13 y Martes, Strip Poker, Bar Manolo, Ella y El, Muertos de la Risa, Breves del Tiempo Perdido, El Joker…). Actualmente es uno de los autores contemporaneos mas representados en Francia, y varias de sus obras han sido ya traducidas en español y en inglés. Es licenciado en literatura española e inglesa (Sorbonne), en linguística (Ecole des Hautes Etudes en Sciences Sociales), en economía (Institut d’Études Politique de Paris), en escritura de guiones (Conservatoire Européen d’Ecriture Audiovisuelle). Jean-Pierre Martinez ha escogido ofrecer todos los textos de sus obras para descargar gratuitamente en su web : comediatheque.net.

 

Otras obras del autor

13 y Martes

Bar Manolo

Breves del Tiempo Perdido

Crisis y Castigo

Cuatro Estrellas

El Joker

Ella y El, Monólogo Interactivo

EuroStar

Foto de Familia

Milagro en el Convento de Santa María-Juana

Muertos de la Risa

Por Debajo de la Mesa

Pronóstico Reservado

Strip Poker

Un Ataúd para Dos

Zona de Turbulencias

 

Este texto está protegido por las leyes

relativas al derecho de propiedad intelectual.

Toda copia es susceptible de una condena,

hasta de 300 000 euros y 3 años de prisión.

 

París – Enero de 2018

© La Comédi@thèque – ISBN 978-2-37705-182-3

Bibliothèque

Cuatro Estrellas

Posted mars 25, 2017 By admin

Una comedia de Jean-Pierre Martinez

2 hombres / 2 mujeres

¡Si dos son compañía y tres son multitud, con cuatro uno sobra en esta alocada comedia espacial! Cuatro pasajeros que no tienen nada en común participan en un viaje turístico al espacio. La convivencia de estos resulta de lo más normal, hasta que la torre de control les dice que debido a una fuga de oxígeno, tendrán que ser repatriados urgentemente. Con el pequeño inconveniente de que no habrá suficiente aire para todos ellos. Uno se debe sacrificar, de lo contrario, todos morirán. Tienen una hora para decidir cuál será el que se convierta en héroe o asesino… El reloj está andando.

Aquellos textos los ofrece gratuitamente el autor para la lectura. Sin embargo cualquier representación pública, sea profesional o aficionada (incluso gratuita), debe ser autorizada por la Sociedad de Autores encargada de percibir los derechos del autor en el país de representación de la obra. 

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Cuatro estrellas

Una comedia de Jean-Pierre Martínez

 

Personajes :  

Natalia

Jesica

Jonathan

Iván

 

 © La Comédi@thèque

 

ACTO 1

 

Modulo principal de una nave espacial, al ser comedia no impide que la escenografía sea extravagante o exagerada en lo que a ciencia ficción se refiere. La pared posterior se puede cubrir con una pintura que represente un cielo estrellado visible desde la ventana. A ambos lados dos tabiques, de un lado un teléfono radio, más una terminal con una luz roja intermitente, y del otro lado un hacha roja también, en una caja de cristal con la leyenda “romper en caso de emergencia”. En la cuarta pared también se incluye una ventana que ofrece a los pasajeros unas vistas impresionantes de la tierra, la luna y las estrellas, de acuerdo con la rotación del habitáculo. A la izquierda del escenario ubicamos la salida para el puesto de mando y el laboratorio. Los baños y salas comunes al otro lado de la cabina. Jonathan, de pie frente al público, sorprendido admirando el espectáculo.

Jonathan – Es increíble, mira Jesica, ¡se ve Argentina!

Jesica, fingiendo que busca algo, lanza una mirada en dirección a Jonathan.

Jesica – Ah, si… Que chiquitita que se ve…

Jonathan – Se ve claramente la Cordillera de los Andes, la Selva Amazónica… deforestada, Punta del Este… ¡Por poco no se ve mi yate! Ahí está amarrado.

Jesica – Con Google Earth se vería. Si solo pudiera encontrar mi celular…

Jonathan – Esto es una locura, que bueno es saber que hoy en día los mapas son estrictamente fieles a la realidad, a diferencia de la edad media que por ejemplo no mencionaban América. Aquí tenemos una prueba visual de aquel error.

Jesica – ¡No me diga que pago este vuelo una fortuna solo para eso!

Jonathan – Pero mira, incluso puedo ver el Rio de la Plata (Se acerca a la ventana) No, no… Es caca de paloma en la ventana…

Jesica (acercándose también a la ventana) – Que curioso desde aquí no vemos las fronteras…

Jonathan (riendo) – ¿Que esperabas ver los trazos como en los mapas de geografía? Dicen que hasta se podía ver el muro de Berlín.

Jesica – Sí, es una pena que ya no exista.

Jonathan – Por suerte todavía se ve la Gran Muralla China!

Jesica – Y pronto se verá la que van a construir entre EEUU y México…

Jonathan – ¿Y usted? ¿Por qué hizo este viaje entonces?

Jesica – Lo gané en un concurso de tv, el primer premio incluía este viaje. Debía adivinar quién era el próximo expulsado en un reality show.

Jonathan – Ah sí, felicitaciones…

Jesica – Aunque debo decir que fuimos miles los que acertamos, finalmente por sorteo salí favorecida…

Jonathan – En cambio a mi este pequeño viaje al espacio me salió un millón de dólares…

Jesica – Claro para ser totalmente honesta, yo hubiera preferido el segundo premio.

Jonathan – ¿Que era?

Jesica – ¡Un Ford Ka!

Jonathan – Ah sí…

Jesica – ¡0 km! Con todos los chiches, levanta cristales eléctricos, cd con mp3, aire acondicionado, por cierto que calor que hace aquí.

Jonathan (vuelve a contemplar el espectáculo delante de él) – Es realmente increíble… No hay necesidad de ver el pronóstico del tiempo desde aquí. Te puedo decir que en aproximadamente una hora, un huracán devastara Nicaragua. Y créame va a ponerse fea la cosa… ¿No le parece divertido?

Jesica sigue su búsqueda por todos lados, excepto en la ventana.

Jesica – Lo tenía en mis manos hasta hace un momento… Que yo sepa no sabe volar…

(Se encuentra cara a cara con Iván, el capitán, que llego desde el puesto de mando)

Jesica – ¡Ah, Iván!

Iván – ¿Buscando algo?

Jesica – Sí, mi iPhone.

Iván (extendiendo su iPhone) – Lo encontré flotando en el techo del baño. Es un pequeño fallo del sistema de gravedad artificial en esa parte de la nave. Voy a tratar de solucionarlo…

Jesica – ¡Gracias señor!

Iván – Por desgracia, no fue el único Objeto Volador No Identificado que encontré cerca del inodoro… ¿Para qué quiere su celular?

Jesica – ¡Una llamada telefónica!

Iván – Creo que eso va a ser imposible.

Jesica – Pero si en los aviones es durante el despegue y aterrizaje que no se puede usar el móvil, ¿verdad?

Iván – Sí. Pero aquí estamos en un trasbordador espacial, claro que puede conectar su iPhone, pero si llega a tener señal a más de 180 km de la antena de su operador, definitivamente me voy a cambiar de compañía.

Jesica – Entonces no se puede llamar de ninguna manera…

Iván – Lo siento…

Jesica – Estoy totalmente aislada del mundo exterior…

Iván – Aislada del mundo no necesariamente, pero digamos que si en el espacio su iPhone llegara a sonar no sería una llamada proveniente de la tierra precisamente.

El teléfono de Jesica comienza a sonar, ella se sorprende.

Jesica – ¿Hola? (Corrigiéndose a sí misma) Perdón es la alarma me olvide de cambiarla.

Iván – Igualmente debo reconocer que cuando se está en órbita alrededor de la tierra es muy difícil saber qué hora es en realidad.

Jesica – Pero en caso de emergencia, por ejemplo, ¿no podemos ni siquiera llamar a los bomberos?

Ivan señala la luz roja en la pared junto a la radio.

Iván – En caso de emergencia estamos conectados a la torre de control constantemente por el panel de la radio. Pero si lo que quiere es cambiar su cita con el peluquero, me temo que va a tener que esperar a que volvamos a la tierra…

Jesica suspira.

Jesica – Ni siquiera sé que ponerme esta noche, con el calor que hace aquí, ¿será una cena de gala?

Iván – Mi Esmoquin lo deje en tierra, pero usted haga como se sienta más cómoda…

Jesica (sonriendo) – Genial…

Natalia entra en escena y cruza a Jesica que sale.

Natalia (con frialdad a distancia) – ¿Hola Jesica, necesita algo?

Jesica (imitando a ET) – Teléfono, casa……..

Natalia niega con la cabeza, Jesica se va.

Jonathan – ¡Miren de este lado ya se ve la luna!

Ivan se queda mirando a Jesica cuando se va a la altura de su espalda baja, lo que no escapo a la atenta mirada de Natalia.

Natalia – Por este lado también se la puede ver… (A Ivan) ¿A quién quería llamar?

Iván – Llamar a su peluquero, la madre, amigas, nada importante digamos…

Natalia no tiene tiempo para responder.

Jonathan – Iván disculpe, ¿esta noche podemos elegir que comer? Lo que hemos comido hasta aquí (Se agarra la cabeza)… Es víspera de año nuevo, ¿no pretenderá que comamos esa comida seca no?

Iván – No se preocupe Jonathan, hoy tenemos Pollo a las finas hierbas………deshidratado, con papas, a eso le agregamos agua caliente y ¡voila!

Jonathan (suspirando) – Con el precio que pague este pasaje esperaba al menos que hubiera caviar en la recepción.

Iván – ¿Por qué no come algunos de sus famosos chorizos?

Jonathan – Traía una valija llena pero me la hicieron dejar por exceso de equipaje, era eso o mi reproductor de DVD con la colección completa de los Simpson…

Natalia – Y como usted es un hombre de buen gusto…

Jonathan – Bueno, mientras tanto para ir despertando el apetito, me voy a la sala de ingravidez a hacer piruetas, todavía no logro entender cómo funciona…

Iván – Perfecto… Vaya hombre diviértase…

Jonathan – Puerco araña, puerco araña, al mal ataca con su telaraña, su colita retorcida… (Natalia niega con la cabeza evidenciando no conocer los Simpson, Jonathan emprende la salida, antes se detiene). Y Natalia. ¿Cómo va su investigación?

Natalia – Dios no creó el mundo en un solo día, deme otra semana para tratar de entender como lo hizo.

Jonathan – ¿Sobre qué investiga exactamente?

Natalia – El Big Bang.

Jonathan (escéptico) – En caso de necesitar asesoramiento comercial me avisa. (Jonathan se va tarareando la melodía de los Simpson) Puerco araña puerco araña, al mal ataca con su telaraña.

Iván (a Natalia) – ¿Sabe cómo hizo su fortuna? Embutidos… Además invento un chorizo con condimento dentro, chimi churri o salsa criolla…

Natalia – Es curioso…

Iván – Es un pesado.

Natalia – Entonces, vale lo que pesa en dólares, sin estos nuevos ricos dispuestos a pagar sumas astronómicas para ver la tierra desde el cielo, yo no podría continuar mi investigación.

Iván – Imagínese, el misterio de cómo empezó todo podría dilucidarse gracias a una marca de Chorizos…

Natalia – ¿Y usted? Sin el apoyo de los canales de tv, volaría un avión de pasajeros a las Islas Galápagos de vez en cuando en lugar de un transbordador espacial, es la triste realidad.

Iván – Los canales de TV están considerando un nuevo concepto de televisión realidad. Algo así como La Casa de la luna, una nueva versión de Gran Hermano pero en el espacio.

Natalia – ¡Gran Lunático! ¡Qué programa!!! Así que por eso Jesica está aquí…

Iván – Quieren saber si por debajo de los 60 iq el cerebro humano se resiste a la ausencia de gravedad. Así que no hay manera de poner en peligro la vida de estos chicos.

Natalia – En ese caso podrían haber experimentado con un pescado.

Iván – Un pescado no es tan bonito de ver como Jesica.

Natalia – Ah por ahí viene la cosa….

Iván – ¡Nooo! No creo realmente que sea mi tipo de mujer.

Natalia – Antes se la comió con los ojos, quien diría…

Iván – No le voy a negar que es hermosa. ¿Usted esta celosa?

Natalia – Celosa yo de ella, además ¿que le hace creer que usted es de mi tipo?

Iván – Por lo menos en la víspera de año nuevo no veo demasiada competencia… a no ser que Puerco Araña sea realmente su tipo de hombre.

Natalia – Tranquilo, su Gran Hermano versión Star Trek todavía no se estrenó.

Iván está a punto de responder cuando el terminal de la pared donde está el teléfono/radio comienza a parpadear en rojo.

Iván – Perdón… Capitán Spock, escucho… (Natalia está por salir pero intrigada por las caras que hace Iván cambia de opinión) Si… Repítame eso por favor… Esta bien… No, no…. Esta bien, manténgame al tanto.

Iván cuelga.

Natalia – ¿Algún problema?

Iván – El centro de control ha detectado una fuga en el sistema de suministro de oxígeno…

Natalia – ¿Es grave?

Iván – Todavía no se sabe… Me dicen que apenas sepan algo más nos comunican… Mientras tanto voy a conectar la alimentación de emergencia…

Jesica vuelve esta vez con un vestido atractivo.

Jesica – ¿Cree que puedo usar este vestido esta noche?

Iván no le presta atención.

Iván – Perdone pero tengo un pequeño problema que resolver. (Aparte a Natalia) No hay necesidad de preocupar a los turistas con todo esto ahora…

Iván se va, Jesica se siente decepcionada.

Jesica – Ni siquiera me miró… Me siento invisible para él… (A Natalia) ¿Usted me encuentra transparente?

Natalia – Al vestido lo encuentro transparente…

Jesica – Quizás fue demasiado….

Natalia – Es víspera de año nuevo y año nuevo es solo una vez al año, entonces por qué vestir igual que siempre, una mujer tiene el derecho de vestirse de puta si así lo desea para año nuevo, no tanto para navidad…

Jesica – ¿No te gusta?

Natalia – Yo no dije eso.

Jonathan regresa siempre tarareando.

Jonathan – Puerco araña, puerco araña…. (Se detiene al ver a Jesica)… ¿Qué me perdí?

Jesica en voz alta.

Jesica – ¿Y usted Jonathan que opina?

Jonathan (atónito, sin dejar de mirarla) – ¿Sobre qué exactamente?

Jesica – ¡Mi vestido!

Jonathan – ¡Ah su vestido, haberlo dicho antes! Yo no lo usaría en invierno…

Iván vuelve. Natalia observa que está aún más preocupado.

Natalia – ¿Está bien Capitán Spock?

Jesica – Pensé que era comandante y su nombre Iván… ¿Spock es el apellido?

Iván – Todo está bien. He conectado el sistema de ventilación de emergencia.

Jonathan – ¿Sistema y emergencia en la misma frase? No me gusta nada.

Iván (mostrando una sonrisa tranquilizadora) – Un pequeño problema técnico, pero se resolverá en un minuto… Tenga plena seguridad que podremos continuar con nuestro viaje como estaba planeado.

Jonathan – Bien, bien… Estaba pensando, como estamos dando vueltas al sol a la misma velocidad que la tierra… Bueno ya sabe, lo que quiero decir es… ¿Cuándo exactamente podemos considerar que es medianoche?

Iván (irónico) – Créame Jonathan este será el año nuevo más largo de su vida…

Preocupación en Natalia.

Jonathan – ¡Qué locura este viaje! De todos modos es algo que se hace solo una vez en la vida.

Natalia – Que la boca se le haga a un lado.

Jonathan – Hace bastante calor aquí. (Hacia Jesica) Tiene usted razón, debería haber tomado el Ka, al menos tenia aire acondicionado.

La terminal de radio de la pared comienza a parpadear. Iván intercambia miradas con Natalia y levanta el auricular. Natalia intenta desviar la atención y señala con el dedo en dirección a la ventana hacia el lado del espectador.

Natalia – ¡Estamos sobre china!

Iván (con el auricular) – ¿Si le escucho?

Natalia – ¡Incluso se ve la gran muralla!

Jonathan – ¿Dónde?

Jesica – No veo nada…

Natalia – ¡Ahí está!

Jonathan – Ah sí, ahí está la veo.

Jesica – Yo todavía no veo nada. Empiezo a preguntarme que es lo que hago aquí.

Iván (en el auricular) – Ok….

Iván cuelga e intercambia miradas de preocupación con Natalia.

Jonathan – ¡Este es el mejor día de mi vida!

Natalia – Y el ultimo…

Iván (a Jesica) – Jesica, me parece que hoy no ha hecho sus sesiones de ejercicio en el gimnasio de ingravidez. Le recuerdo que esto es parte de nuestra rutina diaria….

Jesica (suspiro) – Me marea, yo, caminar por las paredes como una Cucaracha. ¡No soy una cucaracha! ¿Por qué tengo que hacer eso?

Jonathan – Te acompaño, veras que es divertido.

Se va con Jesica, cantando. Iván y Natalia se quedan solos.  

Natalia – ¿Y?

Iván – Es un poco más grave de lo esperado…

Natalia – Me debe decir la verdad, comandante. Le recuerdo que más allá de mi condición de científica yo soy el copiloto de esta nave.

Iván – El sistema de ventilación principal está roto. Vamos a tener que recurrir al sistema de emergencia.

Natalia – Cuanto tiempo nos da el sistema de emergencia.

Iván – Cuatro horas.

Natalia – Lo suficiente para volver a la tierra inmediatamente. Pero no lo suficiente para pasar la víspera de año nuevo aquí. Los turistas se sentirán decepcionados pero a Jonathan le reembolsaran parte del dinero y Jesica tendrá su Ford Ka con aire acondicionado.

Iván – No es tan sencillo por desgracia.

Natalia – Ya me parecía. De lo contrario ¿por qué tendría esa cara de perro mojado? ¿No estaremos a la deriva en esta chatarra?

Iván – El sistema de oxigeno de emergencia solo está previsto para tres personas…

Natalia (asustada) – ¿Es broma?

Iván – ¿Porque tendría esta cara de perro mojado si esto fuera una broma?

Natalia – ¿Pero por qué?

Iván – Usted lo ha dicho, esta nave es una ruina. El propulsor se recuperó de una lanzadera Norteamericana que los americanos consideraban basura, la cabina es de una estación espacial Europea en desuso…. y el módulo en el que nos encontramos ha sido improvisado de una vieja capsula Soyuz Rusa…

Natalia (aterrada) – Si está previsto para tres personas… Entonces ¿Cómo se atreven a mandar a cuatro?

Iván – Puerco Araña pago su pasaje un millón de dólares. Sin él, y los de la Tele el viaje hubiera sido cancelado por fondos insuficientes… y usted nunca podría haber ni siquiera iniciado su investigación.

Natalia – ¿Entonces usted lo sabía?

Iván – Ya se lo dije. Era nuestra única oportunidad de hacer este viaje. ¿Hubiera renunciado a esta oportunidad única de revisar sus teorías acerca del Big Bang?

Natalia – No.

Iván – No… Porque si tiene éxito eso le valdría el Premio Nobel. Usted hubiera continuado a pesar de todo al igual que yo.

Natalia – Lo admito sí, pero nuestros turistas, ellos no son nobelizables. Tienen derecho a saber lo que pasa.

Iván – Ellos si hubieran sabido no venían…

Natacha – Puerco Araña hubiera elegido un “All inclusive” en Bora Bora.

Iván – Si, y Barbie el Ka con aire acondicionado.

Natalia – Bravo…. ¿Y ahora que proponen los brillantes organizadores de abajo?

Iván – Nada, que nos arreglemos solos, la ecuación es simple. Tenemos aire para tres personas durante cuatro horas, o reducimos la cantidad de pasajeros… O debemos dejar de respirar todos durante una hora.

Natalia – ¿Y cómo lo hacemos?

Iván – Con una capsula de Cianuro por ejemplo…

Natalia – ¿Perdón?

Iván – En el botiquín del baño, que también es chino por cierto, hay cianuro… Plan B digamos.

Natalia – ¡Genial pensaron en todo! Igualmente no va a ser fácil encontrar un voluntario para que viaje al más allá.

Iván – Tengo una idea pero no le va a agradar…

Natalia – Pruébeme…

Iván – Un poco de cianuro en polvo sobre las papas, que va muy bien, ella no se daría cuenta de nada…

Natalia – ¿Ella? Es una broma espero.

Iván – ¿Prefiere Puerco Araña?

Natalia – ¡Eso sería homicidio, comandante! A pesar de que nuestra conciencia podría vivir con ello, le recuerdo que este es un acto condenado por la ley.

Iván – Pero mandar a cuatro personas a volar con tres paracaídas en un avión obsoleto es legal…

Natalia – Ahorremos tiempo, está bien. Pero sepa que terminaremos en la cárcel o viviremos con eso en nuestras conciencias por siempre.

Iván – Tiene razón, ¿entonces que sugiere?

Jonathan y Jesica vuelven de muy buen humor, tarareando la canción de la cucaracha.

Jesica – La cucaracha, la cucaracha ya no puede caminar, por que no tiene, por qué le faltan las dos patitas de atrás…

Jonathan – Y bien comandante ¿es la hora feliz? ¡Tengo los colmillos afilados!

Jesica – Yo también estoy hambrienta.

Natalia (aparte a Ivan) – En todo caso será difícil de ocultar por tanto tiempo la verdad… Sin crear pánico innecesario claro esta… tenemos que decirles.

Iván – Usted dice que les anunciemos a estos dos tarados que uno de ellos es exceso de equipaje, pero calmados… No vayamos a crear pánico innecesario… Eso me gustaría verlo.

Natalia (vergüenza) – Puedo intentarlo…

Iván – Si logra hacer eso también puede competir por el Nobel de Psicología…

Apagón.

 

 

ACTO 2

 

Un grito agudo de Jesica en la oscuridad. Un sonido a cristales rotos. Entonces la luz se enciende. Natalia e Iván están trabajando alrededor de la joven mujer que acaba de desmayarse. Jonathan se encuentra delante de ellos, los ojos desorbitados. El sostiene el hacha que estaba en la caja de emergencia detrás del vidrio que acaba de romper.

Jonathan (empuñando el hacha de forma amenazante) – No sé qué es lo que me frena de abrirle la cabeza a ustedes dos…

Iván –E l hecho de que seamos los únicos que podamos llevar esta nave a tierra quizás…

Jonathan – Pero podría matar a uno, a usted por ejemplo…

Iván – No creo que usted sea capaz de algo así.

Jonathan – ¡Cuidado con lo que dice… he hecho una fortuna en un matadero precisamente!

Iván – ¿Mire que no soy cordero eh? Pero nada le impide tratar, siempre podre alegar defensa propia….

Natalia – De verdad creo que este no es el momento adecuado….

Jonathan – ¿Y cuándo será el momento cuando estemos todos sofocados?

Iván – Si tan preocupado esta le sugiero que deje de respirar una hora eso resolvería nuestro problema….

Natalia (hablando de Jesica) – Basta ya, porque no me ayudan con ella.

Jesica despierta.

Iván – Es una lástima, eso también hubiera resuelto nuestro problema….

Jesica – Díganme que esto es una pesadilla y que finalmente me dieron mi Ford KA.

Natalia – Ojala pero no Jesica… ¡Te has sacado el premio mayor!

Jonathan – No estás en un Ford Ka con aire, no… Justamente aire es lo que no tiene esta chatarra voladora.

Jesica – ¿Entonces es verdad? ¡Todos vamos a morir!

Natalia – No todos se lo aseguro.

Jesica – ¿Entonces debe haber una solución?

Jonathan – Sí. (Irónico) La capsula…

Jesica – De que hablan, me desespera…

Jonathan – ¡La capsula de cianuro! ¿No se da cuenta? Uno está de más aquí, y tenemos una hora para decidir cuál de nosotros es…

Jesica – Oh por dios yo estaba segura de que este viaje era una locura, no debería haber abandonado la tierra, si tan solo hubiera escuchado a mi madre. El espacio no es lugar para una dama. Este es sin dudas un castigo divino. Como la caída del Ícaro……

Jonathan – ¿Y ese quien es, uno nuevo?

Jesica – ¡Un personaje de la mitología griega! Que pretende volar como un pájaro en el cielo pero los dioses lo castigan y sus alas se derriten bajo el sol…

Iván (a Natalia) – En fin… Este sería un buen momento para decirles a estos dos que dios no existe, usted basa su trabajo en la creación del mundo, el Big Bang y esas cosas, está en condiciones de explicarles que ningún señor de barba blanca creo los cielos y la tierra…

Natalia – Pero la pregunta es quien encendió la mecha…

Iván – Bueno… por desgracia no tenemos más tiempo para filosofar. Así que, ¿qué hacemos? ¿Vemos quien saca la pajita más corta?

Jonathan – No no no, eso sería demasiado fácil e imprudente….

Iván – Hablando de imprudencia, usted podría bajar el hacha.

Jonathan baja el hacha de mala gana.

Jonathan – Eres el piloto, y nos has metido en esta mierda. Eras el único que sabía la verdad y decidió callar. ¡Creo que es hora que asuma su responsabilidad! ¡En un barco, el capitán se hunde con él, después de que todos los pasajeros se suben a los barcos salvavidas!

Iván – Atención al Señor Cerdo, llamada desde la tierra…

Jonathan – Se imagina que lindo sería, quedaría como un héroe.

Iván – ¡Esto no es una película, hombre!

Jesica – Sin embargo estamos peor que en el Titanic…

Iván – Yo no soy más que un subordinado, he seguido órdenes.

Jonathan – ¡Es lo mismo que dijo el tipo que soltó la bomba en Hiroshima!

Los dos hombres están al borde de la confrontación, Natalia interviene.

Natalia – ¡Pueden terminar ya! Cansan… Y además queman el oxígeno que nos queda innecesariamente… En cuanto a Iván, es verdad. Sería injusto asignarle la responsabilidad. Incluso si buscamos un culpable les recuerdo que la pena de muerte ha sido abolida en la mayoría de los países democráticos.

Jonathan (señalando a los espectadores como si mirara por la ventana de vidrio) – Deberíamos apuntar hacia China o Estados Unidos.

Natalia – Los verdaderos culpables están abajo eso es verdad. Igual nadie desconocía que la realización de este viaje era más peligroso que ir a San Fermín vestido de rojo y en pantuflas.

Jesica – Yo traje un vestido rojo que me queda lindo.

Jonathan – Esta bien olvidémonos de la tierra por un instante. ¿Qué hacemos? ¿Podríamos tratar de identificar entre nosotros al hombre o la mujer cuya perdida significaría menos para la humanidad?

Iván (irónicamente) – Algo me dice que usted tiene razones para creer que es un tipo indispensable.

Jonathan – Tengo una fábrica que emplea a más de 200.000 personas.

Iván – ¿Y usted realmente cree que su fábrica de embutidos no sobreviviría sin usted? Los accionistas nombrarían otro director general y asunto resuelto.

Jonathan – ¿Y usted tiene razones para creer que tiene más importancia que yo?

Iván – Para empezar sé cómo volar esta nave.

Natalia – Yo también…

Jonathan – Ya ve… Uno de ustedes dos será suficiente para conducir esta nave y proporcionarnos el servicio de habitaciones. El otro puede desaparecer por completo. (A Natalia) Cualquiera de los dos me da igual……

Iván – ¡Usted se cree más útil para la humanidad que un futuro Premio Nobel!

Jonathan – ¿Y por qué no?

Iván – Tiene usted razón si hubiera un premio Nobel de Choripanes seria para usted.

Jonathan – Em-bu-ti-dos. Y si, mis embutidos alimentan a un tercio de la población Argentina. Ahora si hablamos del choripán, todos sin excepción aman un buen choripán. (A Natalia) ¿Usted que hacia?

Natalia – Investigo sobre los orígenes del mundo.

Jonathan – ¿O sea…?

Natalia – Nada.

Jonathan – ¿Y ya encontró respuestas que contesten a sus preguntas?

Natalia – No.

Iván – En este caso no eres tan nobelizable, no sé qué te hace creer que tu investigación sea tan útil para nosotros.

Natalia – Nunca he dicho eso…

Nuevo silencio.

Jonathan (a Jesica) – ¿Y usted?

Jesica – ¿Yo que?

Jonathan – Denos una buena razón por la cual debe volver a la tierra……con vida.

Jesica (patética) – Tengo un gato, un perro y un canario que me esperan en casa… Por no hablar de mi madre…

Natalia – ¡Basta! Este no es el camino. ¡Es monstruoso discutir el valor de una vida sobre otra! Es cierto, tal vez que no he descubierto mucho pero al menos sé que ninguna vida vale menos que otra.

Jonathan – Perfecto, entonces a votar.

Jesica – ¿Qué?

Jonathan – Estaba en contra de la votación hasta hace un momento. Y puede ser que sea difícil sacrificarse por los demás, lo entiendo. Pero votar para ver quién de nosotros es el más digno de asumir este honor me parece estupendo.

Natalia – ¡No estoy de acuerdo!

Jonathan – No tiene que votar si no quiere, estamos en democracia. Pero eso no impedirá que votemos por usted, si no sería muy fácil…

Jonathan toma una libreta y un lápiz.

Jonathan – Cada uno pone un nombre en un papel, lo dobla y se lo entrega a Natalia que los va a abrir. ¿Iván?

Iván – Usted jura acatar el resultado de esta votación.

Jonathan – Lo juro.

Iván – Esta bien, vamos a ver…

Jonathan anota un nombre en la hoja, la corta, la dobla en cuatro y pasa el talonario y el lápiz a Ivan.

Jonathan – Sírvase.

Iván – ¿Por qué esta tan seguro de su popularidad?

Jonathan – ¿Y usted?

Ivan hace lo mismo que Jonathan y pasa el bloque más el lápiz a Jesica.

Jonathan – No se preocupe Jesica cuando todo termine usted tendrá su Ford Ka, yo personalmente me asegurare de ello…

Iván le lanza una mirada asesina, Jesica vacila, corta el papel lo dobla y lo coloca sobre la mesa.

Jonathan – Natalia nos haría el honor de anunciar los resultados de las elecciones.

De mala gana Natalia toma un papel y lee.

Natalia – Ivan… (La tensión es palpable, agarra otro papel) Jonathan… (Ella agarra el tercer papel) Jesica… (Aliviada) La votación no dejo ningún elegido para el martirio…

Iván (a Jonathan) – ¿Yo voté en contra de usted, usted voto en contra mío, y quien voto en contra de Jesica?

Jesica – ¡Yo!

Natalia – ¿Usted estaba dispuesta a sacrificarse?

Jesica – Ay no, pensé que teníamos que votar por quien se tenía que salvar.

Miradas afligidas de los otros tres.

Jonathan – Esto no decide nada.

Iván – En tal caso todos morimos en… (Mira su reloj) unas dos horas……

Jonathan – Y… ¿Por qué estamos discutiendo aquí en vez de emprender la vuelta a toda marcha?

Iván – Porque la nave podrá empezar a ser operada de forma manual una vez que entremos en la atmosfera, lo que será en media hora aproximadamente.

Natalia – Anteriormente girábamos en una órbita distante, pero la nave está en camino, si no, hubiéramos girado alrededor de la tierra para siempre.

Jonathan – Ahora me lo viene a decir. Y pensar que me vendieron este viaje como “una estadía placentera…”

Iván – Así que tenemos todavía media hora para decidir quién de nosotros cuatro tiene las cualidades de un héroe.

Natalia – Es una opción digna de una tragedia griega. Si cualquiera de nosotros no acepta morir, moriremos todos. Cada uno de nosotros tiene pues, la posibilidad de morir y salvar a los otros tres o morir por nada con los otros tres…

Jesica – ¿O un perfil bajo y la esperanza de que otro se sacrifique en su lugar?

Natalia – De todos modos no vamos a usar a nadie de chivo expiatorio. El que muera para salvar a los otros tres debe ser voluntario.

Jonathan – Perfecto… candidatos.

Silencio.

Natalia – Me ofrezco como voluntaria.

Los otros tres se quedan atónitos. Jonathan es el primero en reaccionar.

Jonathan – Excelente, está arreglado. Tenemos que agradecerle, pero después de todo, como decía usted, iba a morir de cualquier manera.

Iván – ¿Por qué hace esto? Sacrificándose como lo hizo Jesús, cuando ni siquiera cree en Dios…

Jonathan – ¿Una pregunta? Dado que la Señora es la voluntaria y estamos todos de acuerdo, a cambio prometo hacerme cargo del 50% de los gastos que su funeral ocasione, por supuesto, ¿Tiene además deseos particulares?

Iván – ¡Cállese! Natalia, usted piensa sacrificarse por un vendedor de salchichas……

Jesica – Mi perro es salchicha…

Jonathan – Ahora son salchichas…

Natalia – ¿Quién les dijo que yo pensaba sacrificarme por ustedes?

Iván – Creo que no vale la pena, créame.

Natalia – Llámelo un acto de orgullo, no sé. Pero si hay que morir, prefiero hacerlo con dignidad.

Iván – No voy a dejar que lo haga.

Natalia – Y cómo piensa impedirlo.

Iván – Soy yo el que tiene la clave del botiquín. Y si alguien tiene que sacrificarse aquí, soy yo.

Jonathan – Bueno no se van a pelear ahora, que con uno basta.

Natalia – ¿Usted estaría dispuesto a hacer eso por mí? ¿Por qué?

Iván – Porque tú lo vales……

Jonathan – Lo que es seguro es que no pueden morir los dos. Uno de ustedes nos tiene que llevar a casa. (Hablándole a Jesica) Solo tengo licencia para camiones. Y esta joven encantadora a duras penas que podría aparcar el Ford Ka en su garaje…

Jesica – No estoy de acuerdo.

Jonathan – Perdón por lo del Ka, retiro lo dicho.

Jesica – No estoy de acuerdo con que Natalia o Iván se tengan que sacrificar por nosotros.

Jonathan – No vamos a empezar de nuevo, esto ya estaba decidido.

Jesica – ¿Cómo podremos seguir viviendo con esto en nuestra conciencia después?

Jonathan – Créame (Mirando su reloj) No tenemos más que quince minutos para decidirlo.

Iván – Entonces ¿Qué sugieres?

Jesica – El azar, es la única solución que me parece justa.

Jonathan – Justa y arriesgada…

Natalia – Me pregunto si no es Jesica la que finalmente tiene la razón, no sé si están de acuerdo conmigo.

Jonathan – ¿Tenemos alguna elección?

Iván – En realidad no.

Jesica – El tema será ahora encontrar el instrumento de azar.

Iván – Yo propondría la Ruleta Rusa. En una cabina Soyuz sería lo adecuado. Pero desgraciadamente las armas de fuego están prohibidas a bordo. Además si la bala atravesara el cráneo y agujereara la cabina, se despresurizaría, sería un desastre…

Jesica – ¿Y si usamos el hacha?

Iván – ¿Y cómo se imagina que técnicamente jugaríamos ruleta rusa con un hacha?

Silencio de reflexión.

Jonathan – ¿Podríamos hacer una partida de Truco? Traje cartas… Cada partido es un litro de aire. Y el perdedor tiene que dejar de respirar.

Jesica – No se jugar al Truco.

Jonathan – Yo le enseño es muy simple… El uno de espada y el de basto…

Iván (interrumpiéndole) – No trate de confundirnos, el Truco no es un juego de azar.

Jonathan – Usted tiene una mejor idea…

Iván – Tal vez…

Ivan está a punto de salir, Jonathan lo detiene.

Jonathan – ¿A dónde va?

Iván – Voy a buscar algo para tomar. Usted dijo que yo estaba a cargo de los servicios de habitaciones. ¿Verdad?

Jonathan – Yo propongo que permanezcamos agrupados. ¿Quién nos asegura que no esté preparando un ataque por la espalda?

Iván – Tiene mi palabra que no planeo ningún ataque, si quiere puede acompañarme…

Se enfrentan cara a cara y finalmente, Jonathan se hace a un lado.

Jonathan – Está bien, estamos entre personas educadas, después de todo…

Iván sale de la habitación. Nuevo silencio. Natalia mira las estrellas a través de la ventana.

Natalia – Lo encontrara raro para un astrofísico pero jamás me tomo el tiempo de mirar las estrellas de esta manera…

Jonathan (indiferente) – Ah sí…

Natalia – Me pregunto si la respuesta no está ahí finalmente…

Jesica – ¿La respuesta?

Jonathan – ¿A cuál pregunta?

Natalia – El origen del universo.

Jonathan (desesperanzado) – Y dale con lo mismo….

Natalia (emocionada) – Y si la pregunta no es científica sino puramente estética. ¿Si Dios es un artista?

Jonathan se encoge de hombros, Jesica también mira las estrellas.

Jesica – Es cierto que es hermoso.

Natalia (a Jonathan) – Venga también, si usted ha hecho este viaje para ver de cerca las estrellas. ¿O no?

Jonathan – Yo estoy aburrido como un hongo, eso me pasa.

Natalia – Creí saber todo lo que se podía saber acerca del cielo y en realidad estábamos a mitad de camino…

Jesica – Sonara extraño, pero no lamento no haber ganado el KA. Incluso si tengo que morir aquí, ahora, no me importa porque he visto esto… Nunca me sentí tan viva.

Natalia – Todos desapareceremos un día. Debemos ser conscientes al levantarnos cada mañana y agradecer por la vida. Después de todo, las estrellas también mueren. El sol mismo un día dejara de brillar.

Jesica – ¿Ahora mismo nosotros somos estrellas entre otras estrellas?

Natalia – Cuatro estrellas si, entre tantas otras….

Jonathan – Cuatro estrellados vamos a ser. Rápido nos vamos a apagar….

Natalia (mirando al cielo estrellado nuevamente) – Las estrellas también se apagan. Pero cuál de ellas alberga el misterio del universo. Del movimiento perpetuo. Un enorme rompecabezas que nunca logramos reconstruir… porque al final siempre nos falta una pieza.

Jonathan – Ahora… cuando nos sofoquemos le pregunta a Dios si la tiene…

Ivan ingresa con cuatro copas de champagne.

Iván – ¿Ya brindaron por el año nuevo?

Jonathan – ¿Ya es la hora?

Iván – Claro ya es hora y una de estas copas contiene cianuro.

Los otros tres se quedan en silencio.

Jonathan – ¡Usted sabe cuál! ¡Fue usted quien las preparó!

Iván – Por esa razón tomaré la última copa en honor a usted Jonathan.

La bandeja se mueve hacia Jonathan invitándolo a servirse, este duda.

Jonathan – ¿En verdad sabe dónde está?

Iván – No, de lo contrario no sería divertido.

Jonathan decide agarrar una copa y luego Ivan le extiende la bandeja a Jesica que también duda.

Jesica – No puedo soportar el champagne, las burbujas me hacen mal.

Iván –o siento.

Jesica se decide por una copa. Ivan le acerca la bandeja a Natalia que sin dudar agarra una también. Ivan toma la última copa, se acercan los cuatro y levantan sus copas para brindar.

Iván – A la salud de los sobrevivientes!

Los cuatros vacían sus vasos de un solo trago.

Jesica – Mmm rica… ¿Tenemos sushi?

Apagón

 

 

ACTO 3

Los cuatro sentados en semis circulo, el ambiente esta pesado.

Jesica – Pensé que un cohete de este tamaño haría mucho ruido. Pero aquí lo que sobra es el silencio…

Jonathan – Un silencio sepulcral.

Jesica – Aquí hay más silencio que en la casa de mi abuela, y eso que ella vive en el campo…

Natalia – El sonido no puede propagarse en el vacío, es por eso que no escuchamos nada…

Jesica – ¿En lo de mi abuela?

Natalia – ¡En el espacio!

Iván – Sin embargo el cosmos es de todo menos tranquilo. La mayoría de las estrellas que vemos han muerto hace milenios en un gran incendio nuclear. Si Dios existe es más parecido al Doctor Strangelove que a George Moustaki…….

Nuevo silencio.

Jesica – No entendí…

Jonathan – Lo que quiere decir, mi querida Jesica, es que las estrellas también mueren constantemente.

Iván – Si y mueren en silencio a pesar de todo ese espectáculo.

Silencio.

Jonathan – ¿No podemos poner un poco de música?

Natalia – ¡Me aterra el silencio eterno de esos espacios infinitos!

Jonathan – Es lo que yo decía…

Natalia – ¡Pascal!

Jonathan – ¿Pascal?

Iván – Blas Pascal. ¿El filósofo?

Jonathan – Ah si en un capítulo de los Simpson aparece con una ardilla y explica la teoría de la probabilidad.

Natalia – Bueno… al menos sacó algo de enseñanza de ese programa.

Silencio. Jesica toma un bocado del plato.

Jesica No era tan malo el pollo disecado este.

Jonathan – Lo que me da una idea… y si empiezo a fabricar y procesar chorizos deshidratados, seria genial y podría exportar en mayor cantidad a menores costos.

Natalia – ¡Que ridículo! A propósito no siento ningún síntoma… ¿Ustedes?

Jesica – Yo tampoco.

Iván – Lleva tiempo que actué el veneno.

Jonathan – ¿Cuánto?

Iván – Un cuarto de hora supongo.

Jesica – ¿Es doloroso?

Iván – No lo sé nunca tome antes de hoy.

Natalia – ¿Cómo antes de hoy?

Iván – Una forma de decir nada más.

Natalia – Si no recuerdo mal el envenenamiento por cianuro en un primer momento causa convulsiones, pérdida de conciencia, coma profundo…

Jonathan – Efectos secundarios…

Natalia – Efecto principal… detiene el corazón por falta de oxígeno.

Todos tragan saliva.

Iván – Era el veneno favorito de la aristocracia nazi. Goering se suicidó para escapar de su ejecución tras el proceso de Nuremberg.

Jonathan – Cometer suicidio para escapar de la ejecución… No veo el beneficio…

Natalia – De todos modos uno de nosotros morirá en los próximos minutos. Sugiero que todos digamos que cambiaría de su vida si tuviera la posibilidad de hacerlo.

Iván – Usted primero….

Natalia – Si no muero voy a volver a una tienda que vi unos zapatos hermosos y darme el gusto de comprármelos.

Jonathan – ¿Eso cambiaría?

Natalia – El precio me pareció exagerado para un par de zapatos… pero esta aventura me ha enseñado la importancia de la frivolidad. ¿Usted Jonathan?

Jonathan – Por empezar debo dejar de preocuparme solo por mí, por eso estoy aburrido, y el cielo es para los pájaros, yo pertenezco a la tierra….

Natalia – ¿Entonces?

Jonathan – Voy a crear una fundación…

Iván – Usted…

Jonathan – ¿Por qué no? ¡Como Bill Gates!

Natalia – ¿Y cuál sería el propósito de esta fundación?

Jonathan – No lo sé. Acabar con el hambre en el mundo por ejemplo.

Iván – Quien daría, eso me gustaría verlo.

Jonathan – No siempre fui rico, no nací en cuna de oro como quien dice.

Jesica – Cuna de plata tal vez…

Jonathan – Puede ser… Mi abuelo fue el que empezó con el negocio de la carne, mi tío y mi padre se hicieron cargo a la muerte de mi abuelo. Mi padre falleció y al tiempo mi tío que no tenía hijos y ahí tuve que hacerme cargo de todo yo.

Iván – En el fondo sigue siendo un tipo de barrio.

Jonathan – Creo que cuando me hice cargo del negocio la idea era esa, alimentar a la gente con menos recursos, yo soy un idealista también, no sé qué me pasó….

Iván – ¿Y usted Jesica?

Jesica – Reanudaré mis estudios, seguiré aprendiendo idiomas.

Natalia – ¿Usted estudiaba?

Jesica – ¿Si, sorprendida?

Natalia – Un poco, qué clase de estudios.

Jesica – Me interesé en la comunicación, el arte, cantar, actuar. Dejé todo cuando me eligieron para miss Argentina…

Jonathan – ¿Eres miss Argentina?

Jesica – Casi… Me hicieron renunciar justo antes de la final. Un ex-novio que subió un video a las redes donde estamos haciendo cosas de pareja, nada extravagante, un video casero que filmamos hace muchísimo, cosas de adolescente rebelde…

Jonathan la mira con otros ojos…

Iván – ¿Así que habla otros idiomas?

Jesica – Con fluidez Mandarín y Francés, el idioma del amor, ahora estoy practicando algo de ruso.

Iván – Haberlo sabido antes, las instrucciones de la nave estaban en chino.

Jesica – Si los idiomas orientales son muy difíciles, el coreano es hermoso, muy musical…

Natalia – ¿Y usted Iván?

Iván (visiblemente fuera de sí) – Creo que para mí no es el momento adecuado de hacer planes de futuro.

Jesica – ¿No me diga que siente las primeras contracciones… digo convulsiones?

Iván – Voy a dejar que termine la víspera de año nuevo en paz. (Se levanta con dificultad y entrega una carta a Natalia) Mira, escribí una carta en caso de… (Natalia toma mecánicamente la carta) Deberías leerla cuando me haya ido… Odio las despedidas…

Natalia (triste) – Te acompaño…

Iván – No gracias prefiero estar solo… Les deseo a todos un buen viaje…

Jesica – Gracias… Usted también…

Sale de la habitación, los otros tres se quedan solos petrificados.

Natalia se levanta y toma el vaso de Ivan y lo arrima a su nariz cuidadosamente.

Natalia – En este vaso nunca hubo veneno.

Jonathan – ¿Cómo lo sabes?

Natalia – El cianuro tiene un ligero olor a almendras amargas, lo he manipulado muchas veces en el laboratorio y tengo un agudo sentido del olfato.

Jesica también huele el vaso.

Jesica – Es verdad, yo tengo un jabón antialérgico con olor a almendras podridas y esto no huele más que a champagne.

Jonathan – Si a Iván solo le ha caído mal la comida, entonces uno de nosotros tres esta por morir…

Natalia huele los otros vasos.

Natalia – Ninguno de estos vasos tiene olor a cianuro.

Jesica – Pero Iván se veía muy mal…

Jonathan – ¿Entonces?

Natalia – Entonces tomó el veneno antes de servir las copas por eso no importaba quien tomara cual ¿Sino por qué escribir una carta?

Jesica – Pero… ¿Porque?

Natalia – Se sacrificó por nosotros. Voluntariamente, pero no quería que lo sepamos.

Jonathan – ¿Por qué haría eso? No tiene ningún sentido.

Natalia – Para aliviar nuestras conciencias, nos deja creer que fue el destino lo que nos salvó y no un suicidio. Los verdaderos héroes no buscan honores…

Jesica – ¡Por dios!

Jonathan – Jamás lo hubiera creído…

Natalia – No tengo palabras…

Jonathan – ¿Que dice la carta?

Natalia – Prefiero leerla más tarde.

Jonathan – Si… pero tal vez tenga alguna información útil, algo que tiene que ver con usted y la operación de esta nave. No olvide que él era el capitán.

Natalia abre el sobre y comienza a leer en silencio ante la atenta mirada de los otros dos.

Jesica – ¿Y? Diga algo…

Natalia – Es una especie de testamento.

Jonathan – Encima nos dejó algo… Que tipo generoso.

Jesica le da una mirada de reproche.

Natalia – Es un testamento y algunos pedidos especiales.

Jonathan – ¿Pedidos?

Natalia – Pide que le dé su nombre a la fundación.

Jonathan – ¿Fundación? (Las dos lo miran con desprecio) Ah si la fundación para los más hambrientos.

Natalia – También le pide a usted Jesica que mantenga su promesa.

Jesica – ¿Mi promesa? ¿Cuál de todas?

Natalia – La de reanudar sus estudios… Él le deja el contenido de la caja de ahorros que poseía para su retiro para que pueda hacerlo.

Jonathan – ¿Cuánto seria… más o menos?

Natalia – Doscientos cincuenta mil pesos.

Jesica – ¿Qué?

Jonathan – Lo que no es poco… si sabe invertir.

Natalia – Algunas recomendaciones para el aterrizaje y no mucho más…

Jesica – A usted no le deja nada… Unos pesos para comprarse los zapatos… ¿Nada?

Natalia (con pesar) – Si pero es muy personal…

Jonathan y Jesica intercambian miradas de asombro al ver a Natalia estremecerse hasta las lágrimas, de repente, en la terminal de la pared donde está la radio comienza a parpadear en rojo nuevamente. Natalia casi sin expresiones levanta el auricular mecánicamente.

Natalia – Si… (Parece descomponerse) ¿Qué… qué??? Si, espero instrucciones…

Jonathan y Jesica la miran con cara de interrogación.

Jonathan – ¿Que pasa ahora?

Natalia – Subsanada la fuga en el sistema inicial de ventilación principal de modulo B de la nave…

Jonathan – ¿En español???

Natalia – Tenemos suficiente oxígeno para llegar a la tierra sin mayores problemas.

Jesica – Genial… (Se da cuenta) Oh dios mío… ¡Ivan!

Natalia se precipita.

Natalia – Voy a ver si todavía podemos hacer algo por el…

Jonathan y Jesica se quedan solos.

Jonathan – Cuando volvamos a la tierra me van escuchar, estos que se creen… Lo vendieron como el orient express, lo más lujoso de lo lujoso… Todo Chino y lo que no obsoleto…

Jesica – Hasta el botiquín era chino…

Jonathan – ¡Es la torre de Babel, este cohete! No exijo que me devuelvan el dinero ya que lo más importante es que estamos vivos. Se da cuenta, ¿no está feliz?

Jesica – Pobre Iván….

Jonathan – Bueno, si eso le pasa por querer hacerse el héroe…

Jesica – Sin embargo que hombre lindo y valiente… y lindo.

Jonathan – Pero yo estoy aquí además de lindo soy joven… y usted no solo joven si no atrevida… ¿Cómo es eso de que hacia películas de porno casero? Honestamente me ha sorprendido, Jesica, peligrosa, bilingüe…

Jesica – Trilingüe…

Jonathan – Esta aventura me hizo pensar, la veo más madura y fuerte de lo que creí, así que tengo una propuesta para ti. Necesito alguien de confianza que me ayude con…

Jesica – ¿La fundación?

Jonathan – Y dale con la fundación… ¿Qué fundación?

Jesica – Hambre… Mundo… Ffundación… Su lado más humano.

Jonathan – Ah eso si… No… Bueno parecido, busco un gerente para ventas en el mercado asiático y usted me puede venir muy bien…

Jesica – ¿El mercado asiático?

Jonathan – Sería una buena embajadora del chorizo usted… Eso no sonó muy bien que digamos.

Jesica – ¿Cree que yo podría hacerlo?

Jonathan – Imagínese, usted habla más idiomas que el papa, pero con más lindo cuerpo, los chinos se vuelven locos.

Jesica – ¿Chorizos en China? Le parece…

Jonathan – Y con la cantidad que son, con que le guste al 30 % de la población nos dedicamos a la exportación y nada más… En cuanto a la estrategia de marketing mientras bebíamos champagne se me ocurrió. Imagínese… (Jonathan mira hacia la luna y dibuja con su mano.) Con un láser gigante proyectamos en la superficie lunar la figura de un choripán y el nombre de la marca en letras grandes. ¿Se imagina el impacto? La cara de esos chinos, todas iguales con cara de no entender nada, porque se vería en todos lados donde sea de noche claro está.

Jesica no tiene tiempo para responder, Natalia entra desconcertada.

Natalia – El está inconsciente en su cama… Ya no se puede hacer nada, así que he decidido unirme a él…

Jonathan – ¿Como que unirse?

Jesica le saca de las manos un frasco a Natalia.

Jesica – Se ha tomado una capsula de cianuro.

Jonathan – Como se le ocurre, todos vamos a morir, esto no puede ser… (Jesica sorprendida) ¿Quién va a tripular esta cosa a tierra?

Natalia – Lo siento yo no pensé en eso… Adiós, sean felices juntos… Yo también me uniré al hombre que amo para toda la eternidad… antes me doy una vueltita por el baño.

Natalia se va.

Jonathan (destruido) – No puede ser, adiós China, mi yate, usted…

Jesica – Aun así es increíblemente romántico…

Jonathan – Y estúpido…

Jesica – ¡Shakespeare! Que prueba de amor, ¿estás dispuesto a morir por mi Jonathan…?

Jonathan – ¿Como si tuviera otra opción?

Ivan acaba de ingresar con un tubo de drogas en la mano.

Jesica (sorprendida) – Mierda ¡Vamos a reescribir romeo y Julieta!

Iván – No entiendo me trague dos capsulas de cianuro y lo único que tengo es dolor de cabeza y sueño…

Jesica mira con curiosidad el tubo que Ivan tiene en la mano.

Jesica – Esto no es chino, es coreano… (Mira el tubo de nuevo) Es una pastilla para dormir vencida desde 1973.

Jonathan – No es de extrañar que no sea eficaz capitán. Entonces estamos salvados y podemos volar a casa, si lo mantenemos despierto por lo que resta de viaje.

Iván – ¿Y Natalia?

Jesica (avergonzada) – Eso le estaba por decir…

Jonathan – ¿Usted puede manejar por una hora? De lo contrario explíqueme brevemente como hacerlo antes de dormirse de nuevo. No debería ser tan complicado volar un cohete.

Iván – ¿Que paso?

Jesica – Estamos salvados capitán, se solucionó el problemita del aire, podemos volver.

Iván – ¿Y Natalia? Dime la verdad…

Jesica – Pasó que…

Jonathan – No la podemos encontrar por ningún lado…

Jesica – Pensamos que estabas muerto…

Iván ve el tubo que tomo Natalia sobre la mesa y se lo lleva.

Iván – No me digan que…

Jesica – Ay si Iván… Ella lo quería demasiado.

Iván – ¡No!

Iván toma en sus manos el tubo que estaba en la mesa.

Jonathan (desesperado) – Soy el único que quiere volver a la tierra…

Jesica vuelve a mirar el tubo que acaba de tomar Iván.

Jesica – Jonathan tiene razón, es mejor volver y tranquilizarnos en la tierra, que le parece capitán. Además esto no es coreano, ni chino, ni cianuro, es un poderoso laxante para el espacio a base de hierbas naturales.

Jonathan – ¿También caducado?

Jesica – Por desgracia no.

Jonathan – Uhh con el inodoro en gravedad cero… y tapado.

Jesica – ¡Un tsunami de caca!

Natalia regresa en ese momento.

Natalia – ¿No saben dónde está la reserva de papel higiénico en esta nave? (Ve a Ivan) ¿Ivan? Entonces usted está vivo…!

Iván – Si Natalia es un milagro. Parece que solo me tome un par de pastillas para dormir… vencidas.

Natalia – Que alegría…

Iván – Sabe que Natalia, la amo… Desde que la vi en un primer momento… ¿Quiere ser mi esposa?

Natalia – Si Ivan (Se están por besar bajo la tierna mirada de los otros dos) Un segundo ya vuelvo.

Sale corriendo agarrándose la panza, Ivan cae dormido al suelo.

Jonathan – No, no de nuevo no…

Jesica entre lágrimas se abraza a Jonathan.

Jesica – Con tantas emociones creo que el corazón va a explotar…

Jonathan – Que corta es la vida y después de todo lo que pasamos juntos… ¿Le gustaría casarse conmigo?

Jesica – ¿Usted se casaría conmigo a pesar de mis pecados de juventud?

Jonathan – No a pesar… ¡Si no por ellos! Además que más nos puede pasar. ¿Quieres la luna?

Jesica – ¿La luna?

Jonathan – En vez del nombre con láser del chorizo en la luna su nombre y el mío entrelazados…

Jesica – Resulto ser un romántico usted.

Se están a punto de besar suena el teléfono de la pared de emergencias con parpadeo en rojo.

Se miran preocupados, Jonathan se decide a atender.

Jonathan – ¿Si? (Preocupado, pero su cara cambia) También lograron destapar el baño.

Jesica – ¿No le digo? ¡El que bien anda bien acaba!

FIN

***

 

El autor

Jean-Pierre Martinez es autor teatral y guionista francés de origen español. Nacido en 1955 en Auvers-sur-Oise, sube al escenario primero como baterista en diversos grupos de rock, antes de hacerse semiológo para la publicidad. Luego trabaja como guionista para la televisión, y vuelve al teatro como autor. Ha escrito mas de 60 guiones para distintas series de la televisión francesa, y 61 comedias para el teatro (13 y Martes, Strip Poker, Bar Manolo, Ella y El, Muertos de la Risa, Breves del Tiempo Perdido, El Joker…). Actualmente es uno de los autores contemporaneos mas representados en Francia, y varias de sus obras han sido ya traducidas en español y en inglés. Es licenciado en literatura española e inglesa (Sorbonne), en linguística (Ecole des Hautes Etudes en Sciences Sociales), en economía (Institut d’Études Politique de Paris), en escritura de guiones (Conservatoire Européen d’Ecriture Audiovisuelle). Jean-Pierre Martinez ha escogido ofrecer todos los textos de sus obras para descargar gratuitamente en su web : comediatheque.net.

 

 

Otras obras del autor  

13 y Martes

Bar Manolo

Breves del Tiempo Perdido

Crisis y Castigo

El Joker

Ella y El, Monólogo Interactivo

EuroStar

Foto de Familia

Muertos de la Risa

Por Debajo de la Mesa

Pronóstico Reservado

Strip Poker

Un Ataúd para Dos

Zona de Turbulencias

 

Este texto está protegido por las leyes

relativas al derecho de propiedad intelectual.

Toda copia es susceptible de una condena,

hasta de 300 000 euros y 3 años de prisión.

 

París – Febrero de 2017

© La Comédi@thèque – ISBN 978-2-37705-090-1

http://comediatheque.net

Milagro en el Convento de Santa María-Juana

Posted février 12, 2017 By admin

Una comedia de Jean-Pierre Martinez

10 personajes

Posibles repartos : 2H/8M, 3H/7M, 4H/6M, 5H/5M

En la tienda del convento cuyas ventas financian las buenas obras de las hermanas herbolarias, el famoso elixir de Santa María-Juana ha perdido todo el esplendor que tuvo tiempo atrás, hasta el punto de poner en riesgo la economía de esta peculiar comunidad. Por suerte o por desgracia, fallece Sor Ana, la encargada de la destilería del convento, lo que supondrá la llegada de Sor Inés, una monja novicia revolucionaria que la reemplazará en este delicado cargo. Sor Inés se las ingeniará para renovar la fórmula del elixir que da nombre al convento y decidirá añadirle una hierba misteriosa a la preparación. El espectacular éxito del nuevo preparado dará mucho que hablar y atraerá al convento a los jóvenes del pueblo, a algún que otro comerciante de dudosa reputación y hasta a un agente del orden. ¿Será éste el último milagro de Santa María-Juana?

Aquellos textos los ofrece gratuitamente el autor para la lectura. Sin embargo cualquier representación pública, sea profesional o aficionada (incluso gratuita), debe ser autorizada por la Sociedad de Autores encargada de percibir los derechos del autor en el país de representación de la obra. 

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Milagro en el convento
de Santa María-Juana

Una comedia de Jean-Pierre Martínez

 

PERSONAJES

Madre Superiora
Sor Prudencia
Sor Inés
Teresa
Bernardo
Victorina
Sam
Traficante
Policía

© La Comédi@thèque

 

ACTO 1

La tienda del Convento de Santa María-Juana vende varios productos monásticos (licores, galletas, mermeladas) y otras baratijas religiosas (velas, estatuillas, libros). Entre los estantes y expositores destaca el famoso elixir de Santa María-Juana.

Sor Prudencia hace las cuentas mientras Teresa, la voluntaria que la ayuda, revisa los estantes. Teresa habla con un optimismo un poco forzado.

Teresa – Habrá que pedir más puntos de libro con la imagen de Santa María-Juana. ¡Últimamente se venden como churros!

Sor Prudencia – Sí, pero aunque pudiéramos multiplicar esos churros… A 50 céntimos cada uno es evidente que no bastaran para sacar esto adelante.

Teresa – Vamos, Sor Prudencia… ¡Conservemos la fe! Aunque, por desgracia, no le falta razón… Además, no hemos visto mucha clientela esta mañana que digamos…

Sor Prudencia – Hasta nuestros parroquianos más fieles prefieren ir al centro a por los regalos de Navidad.

Teresa – Y todo para comprar productos fabricados en China o a vete saber dónde… Aquí, en cambio, todo lo producen las hermanas de forma artesanal.

Sor Prudencia – Pues sí, Teresa, somos las únicas intermediarias entre nuestro creador y el consumidor.

Teresa – Por desgracia, en estos momentos, todo lo monástico está pasando por un gran déficit de interés.

Sor Prudencia – Sí, y nuestra cuenta bancaria, por un gran déficit, a secas.

Teresa – ¿La situación es realmente tan grave?

Sor Prudencia – Bueno, aquí no estamos para obtener beneficios, naturalmente. Pero si las ventas siguen bajando, a menos que ocurra un milagro, acabaremos por tener que cerrar la tienda.

Aparece en escena Bernardo empujando una carretilla con una caja de licores.

Teresa – ¡Hombre, Bernardo!

Bernardo – Mis respetos, Teresa. Buenos días, Sor Prudencia.

Teresa – Oh… Me da la impresión que esa caja pesa lo suyo, ¿no?

Sor Prudencia – Sí, por suerte uno de nuestros parroquianos, Anatole, se acaba de jubilar y nos ha donado la carretilla que usaba en su tienda.

Bernardo – Por lo que respecta a mi espalda ha sido como un regalo del cielo, porque con esta ciática… ¿Quiere usted ayudarme, Teresa?

Teresa – Por supuesto, cómo no.

Bernardo y Teresa cogen la caja entre los dos y, esforzándose, la suben al mostrador.

Teresa – ¡Uf, esto pesa como un muerto! ¿Qué hay dentro?

Bernardo – Pues la última producción de licores nuestra querida Sor Ana, que en paz descanse. La próxima ornada vendrá ya de la mano de Sor Inés.

Teresa – ¿Sor Inés?

Sor Prudencia – Sí, es la novicia que reemplazará a Sor Ana en la destilería.

Teresa – ¡Ah sí, es verdad! Tengo entendido que llegó hace unos días, pero aún no hemos tenido ocasión de conocerla en persona.

Sor Prudencia – La verdad es que hay que decir que se pasa el día en la montaña buscando las plantas necesarias para la fabricación de nuestro licor.

Teresa toma una botella y admira la etiqueta.

Teresa – El célebre elixir de Santa María-Juana, el que se supone que va a curar todos nuestros males.

Bernardo – Y hacernos reencontrar la pasión de nuestros veinte años.

Sor Prudencia – ¿A caso lo dudan?

Teresa – No, no, naturalmente… Pero…

Bernardo – Ay… Si esto pudiese curar mi ciática…

Sor Prudencia – No bromeen, Teresa, que ese santo licor sigue siendo el producto emblemático de nuestro convento.

Teresa – Sí, pero también es cierto que últimamente no hemos vendido mucho que digamos y ya no sabemos dónde vamos a meter todo esto.

Sor Prudencia – Pues hace un par de años salían, al menos, dos botellas diarias.

Bernardo – Habría que buscar algo para relanzar las ventas. Pero bueno, no deja de ser un brebaje medicinal, que no es que se tome cada día como aperitivo.

Teresa – Sí, algo que le diera vida de nuevo.

Bernardo – Un elixir de juventud que necesita rejuvenecerse… Tendrá usted que reconocer que esto no da mucha confianza. De todas formas, cuánto misterio con la receta de este licor, ¿no? Cuando Sor Ana se iba a la montaña a recoger plantas me recordaba al druida de Astérix.

Teresa – Bernardo, Sor Ana no se parecía en nada a Panorámix.

Bernardo – Mujer, que yo no lo decía por la barba…

Sor Prudencia – Bueno, hijos míos, no blasfeméis, que Sor Ana acaba de reunirse en el cielo con nuestro señor Jesús.

Teresa se santigua.

Teresa – Que Dios la tenga en su gloria.

Sor Prudencia – Además, os recuerdo que debemos la receta de este santo licor a la fundadora de nuestra orden.

Teresa – La cual tuvo una revelación en la que oía voces.

Sor Prudencia – Y menos mal, porque las ventas de este elixir divino han permitido a nuestro convento seguir con su misión hasta el día de hoy.

Entra la Madre Superiora seguida de Sor Inés.

Madre Superiora – Buenos días, hijos.

Sor Prudencia – Buenos días, madre.

Madre Superiora – Os presento a Sor Inés, nuestra nueva hermana. Antes de dejarnos, Sor Ana le ha pasado su testigo, así que será ella la que destilará nuestro elixir de ahora en adelante.

Sor Prudencia – Bienvenida al convento de Santa María-Juana, hermana.

Teresa – Estamos encantados de constatar que, pese a la crisis de vocación, aún quedan entre nuestras jóvenes candidatas para la vida monástica.

Bernardo – ¿Ha hecho usted estudios de botánica, tal vez?

Sor Inés intenta contestar, pero la Madre Superiora responde por ella.

Madre Superiora – Sor Inés ha completado el Grado Superior de Comercio.

Bernardo – Hombre, pues no es poca cosa, es una buena formación.

Teresa – ¿Quiere usted decir? Total, para destilar licor…

Bernardo – Quiero decir para una monja. A pesar del paro que tenemos, las diplomadas de grandes escuelas rara vez deciden entrar en un convento.

Teresa – Por lo tanto, está visto que todos los caminos pueden conducir a nuestro señor Jesucristo.

Sor Inés – Bueno, la verdad es que yo decidí tomar los hábitos después de ver a la virgen.

Bernardo – ¿Cómo dice?

Sor Prudencia – ¿Durante un peregrinaje a Lourdes tal vez? ¿Al fondo de una gruta como nuestra querida Bernadette?

Sor Inés – De hecho fue en la universidad… Al fondo de una de esas aulas magnas…

Bernardo – ¿En un PowerPoint?

Madre Superiora – Cuándo la Santa Virgen se nos manifiesta, hijo, no nos deja escoger ni el lugar ni el momento.

Sor Prudencia – Hombre, al fin y al cabo, Dios está en todas partes. ¿Por qué no en la universidad?

Madre Superiora – Sea como sea, su llegada parece una señal para animarnos a seguir con nuestra misión. Además, teniendo en cuenta sus competencias comerciales, he encargado a Sor Inés relanzar las ventas de nuestros productos.

Bernardo – ¡Excelente idea!

Madre Superiora – A parte de trabajar en la destilería, Sor Inés también estará aquí con vosotros. Os pido que tengáis la amabilidad de ponerla al corriente de todo lo que hacemos. Y si se le ocurre alguna mejora…

Sor Prudencia – Cuente con nosotros, madre.

Madre Superiora – Entonces, os la confío. Por cierto, ya se acerca la Navidad, así que, mientras pueda, vuelvo a ocuparme del belén.

La Madre Superiora sale de escena.

Sor Prudencia – Bien, ¿le explico un poco cómo va todo esto?

Sor Inés – Si, vamos. Es una tienda muy bonita, desde luego. Algo clásica quizás…

Sor Prudencia – Es que más que una tienda, esto es una misión.

Sor Inés – Claro, hermana. Pero para cumplir nuestra misión necesitamos medios, ¿no es así?

Sor Prudencia – En efecto, las ventas de nuestros productos nos permiten pagar los gastos del convento. Pero también financiar algunas obras sociales.

Sor Inés – Sí, la Madre Superiora me ha hablado de ello. Lucháis contra las mafias de la droga, ¿verdad?

Sor Prudencia – Sí, dentro de nuestras posibilidades, claro.

Bernardo – Sin armas, ni odio, ni violencia, naturalmente.

Sor Prudencia – Teresa y Bernardo forman parte del equipo de voluntarios que nos ayudan a llevar a cabo nuestra tarea.

Teresa – Yo sólo intento ser un poco útil… Y como además estoy soltera…

Sor Prudencia – Mire, de hecho, mejor que sea Teresa quien le presente nuestra gama de productos, que ella la conoce mucho mejor que yo.

Teresa – Pues bien, cómo usted puede constatar, tenemos una gran variedad de artículos. Entre ellos, el más destacado sigue siendo nuestro célebre elixir de juventud, fabricado, como usted sabe bien, con hierbas de la región.

Sor Inés – Sí, Sor Ana me ha revelado el secreto de la receta justo antes de morir.

Sor Prudencia – Un secreto que se transmite de hermana a hermana, de generación en generación.

Bernardo – ¡Anda! Pues yo ignoraba esa extraña costumbre.

Teresa – Cuando la hermana herborista siente venir el fin, justo antes de recibir los últimos sacramentos, ella confía el secreto a la que será su sucesora. Por suerte, en los conventos, rara vez se muere de forma violenta.

Bernardo – ¡Un secreto tan bien guardado como el de la Coca-Cola!

Sor Prudencia – Desgraciadamente, hoy en día, el elixir de Santa María-Juana cada vez se vende menos.

Bernardo coge una botella y la examina.

Bernardo – Lo cierto es que tiene un aire vintage que le da cierto encanto. Pero bueno…. Yo ya ni me acuerdo de la última vez que lo probé.

Teresa – Ah, pues le voy a dar a probar, para que se haga usted una idea.

Teresa coge una botella del mostrador y le sirve un vasito a Juan Bernardo, que se lo toma de un trago haciendo una pequeña mueca.

Teresa – ¿Y bien?

Bernardo – Sí, es… Mmm… Es curioso… ¿Y esto se vende?

Sor Prudencia – Cada vez menos, por desgracia.

Sor Inés – Pues les confieso que tampoco me sorprende mucho. Habría que modernizar la etiqueta, renovar la receta y… ¿Tienen página en internet?

Sor Prudencia – ¿Quiere usted decir para el convento?

Sor Inés – En todo caso, por lo menos para la tienda.

Sor Prudencia – Pues sinceramente, es algo que nunca nos había parecido indispensable.

Sor Inés – Nos haría falta por lo menos una página en Facebook. Podríamos llamarla… “Los amigos de Santa María-Juana” ¿Qué os parece?

Sor Prudencia se sorprende por esas ideas revolucionarias.

Entra Victorina, una anciana feligresa coqueta pero algo achacosa debido a la edad.

Victorina – Buenos días, buenos días.

Teresa – Buenos días, doña Victorina. ¿Cómo se encuentra usted esta mañana?

Victorina – Ay… Ya sabe usted… A mi edad… Vengo del confesionario, como todos los jueves. Después de mi cita en la peluquería, he pensado en haceros una visita.

Bernardo – ¿Todos los jueves? ¿Tantas cosas tiene usted que confesar?

Sor Prudencia – Vamos, Bernardo…

Victorina – Podría ir perfectamente sólo vez al mes.

Bernardo – ¿A confesarse?

Victorina – No, a la peluquería. Pero qué quiere que le diga… Me entretiene…

Teresa – Tal vez querría usted aprovechar para hacer alguna compra Navideña, doña Victorina.

Victorina – Pues francamente…

Teresa (a Sor Inés discretamente)Creo que es la ocasión de que le eche usted mano, Sor Inés, ahí se la dejo.

Sor Inés – Buenos días, señora. ¿Puedo ayudarla? ¿Necesita algo en particular?

Victorina – ¡Anda, una monjita nueva! A esta no la conocía yo.

Sor Prudencia – Es Sor Inés, doña Victorina, nuestra nueva hermana.

Victorina – ¡Ay, Dios mío! ¡Pobre niña! ¿Pero por qué viene usted a enterrarse aquí, con su edad? Los conventos deberían estar reservados a aquellas que ya no tienen ocasión de pecar.

Teresa – Hombre, doña Victorina…

Victorina – ¿Y qué le ha conducido a tomar los hábitos, Sor Inés? ¿Un desengaño amoroso?

Sor Inés – Una aparición de la virgen.

Victorina – ¿Cómo? ¡Pero a su edad, hija, hay que ver el lobo, no la virgen!

Sor Inés – ¿No decía usted que no estaba muy en forma? Un pequeño reconstituyente no le vendría mal. Imagino que conoce nuestro célebre elixir de juventud.

Victorina – Mira que mona… Es maja, a pesar de todo…

Inés coge una botella del elixir y se la da a Victorina.

Sor Inés – Tenga, al parecer es bueno para todo.

Victorina – ¡Ah, sí! El rejuvenecedor del Abad Sourís… Ya me acuerdo… Mi abuela siempre tenía una botella en el armario.

Sor Inés – No, doña Victorina, este es el licor de Santa María-Juana. Según nuestros clientes, el efecto es mucho mejor que el del Abad.

Teresa – Tampoco exageremos, no vayamos a hacer publicidad engañosa.

Bernardo – Esto no le va a devolver la juventud, doña Victorina, pero le ayudará a soportar los efectos de la vejez.

Sor Inés – ¿Le pongo una botella?

Victorina – Pues, a decir verdad, es que todavía tengo una que me dejó mi abuela cuando se murió. Ya saben… En nuestros días ya nadie toma esas cosas…

Sor Inés – No estoy yo segura que el de su abuela siga estando en buenas condiciones. Vale que sea un elixir milagroso, pero aun así tiene fecha de caducidad.

Victorina – Mejor cojo un marca-páginas para el misal, que he perdido el que tenía.

Aparece Anatole, otro parroquiano bien plantado pero también acusando la vejez.

Anatole – Señoras, señores, hermanas.

Bernardo – Buenos días, Anatole. ¿Usted también viene de confesarse?

Anatole – Ah no… Yo vengo del bar. Acabo de echar la bonoloto, como cada jueves.

Bernardo – Pues hace usted bien, Anatole, hace usted más que bien. La suerte sonríe a los decididos. ¿No es así, Teresa?

Teresa – La suerte es como los más escépticos llaman a los milagros.

Anatole – En todo caso, si gano algo, no se preocupen, hermanas, que les haré una pequeña donación para sus obras.

Sor Inés – Rezaremos, pues, al Señor para que le ayude con un poco de suerte.

Bernardo – En todo caso, gracias por la carretilla, mi espalda se lo agradece. Mientras tanto, seguiremos esperando un milagro que me cure la ciática.

Anatole – Buenos días, doña Victorina. ¡Qué elegante está usted hoy!

Victorina lo mira de reojo aunque acaba sonriendo por el cumplido.

Victorina – Pues justo acabo de salir de la peluquería.

Anatole – En ese caso, ese color le va perfecto.

Victorina – Gracias, Anatole.

Anatole – La verdad es que es muy… Muy primaveral, con esos reflejos naranjas…

Victorina – ¿Naranjas? ¿Usted cree?

Anatole – No, verdaderamente, naranjas no son… Yo decía…

Victorina (a Sor Inés) ¿Usted piensa que tengo el pelo naranja, mi pequeña Inés?

Sor Inés – Pues la verdad no sé, es un poco como… Azul… Petróleo, ¿no?

Victorina contesta horrorizada.

Victorina – ¡¿Azul petróleo?!

Sor Inés – No, en realidad es más bien como… Azul… Metalizado.

Bernardo – ¿Azul metalizado? Anda mira, como mi coche.

Victorina – ¡Pues me vuelvo a la peluquería! ¡Me van a oír!

Sor Inés – ¿Y esta botella, doña Victorina? ¿Se la aparto?

Anatole – ¡Mira! ¡El elixir de Santa María-Juana! ¡Ya ni me acordaba de que existía!

Sor Inés – Los grandes clásicos son eternos, pero Victorina aún duda…

Victorina – Sabe usted, estos elixires milagrosos… Yo he tomado toda mi vida el del Abad Sourís y mire cómo estoy.

Anatole – Pues yo encuentro el resultado espectacular, mi querida Victorina.

Victorina – ¿Quiere usted decir?

Anatole – Venga, esta botella se la regalo yo.

Victorina – Gracias, pero no sé si debería…

Anatole – Sí, y así me invita a tomar una copita con usted.

Victorina – Bueno, ¿por qué no?

Teresa – ¡Et voilà! Aquí nuestra primera venta.

Sor Prudencia le da un frasco en una bolsa a Victorina y Anatole paga la botella.

Teresa – Ya me contarán ustedes.

Anatole – Deme, ya se lo llevo yo y, de paso, la acompaño.

Victorina – Pues encantada, Anatole, con mucho gusto.

Anatole – Está usted muy bien peinada, se lo aseguro.

Victorina – ¿De verdad piensa usted eso?

Victorina y Anatole salen de escena. Victorina, con la emoción, olvida su bolso.

Teresa – Por lo menos, parece que este elixir tiene el poder de unir los corazones solitarios.

Bernardo – Desgraciadamente, me temo que los dos estén muertos antes de poder terminar la botella.

Sor Prudencia le lanza una mirada de desaprobación.

Sor Prudencia – ¡Bernardo!

Bernardo – ¡Ah, no! Si yo no quería decir que el elixir les vaya a hacer ningún daño… Sólo que, a razón de un vasito por mes, no será suficiente para remontar las cuentas del convento.

Sor Inés – De ahí la necesidad de un cambio en nuestros métodos de venta.

Sor Prudencia – La palabra “cambio” es una palabra que suena un poco rara en un convento, ¿no cree, hermana?

Sor Inés – Cierto. Lo de las tradiciones es muy importante, pero, si el convento se quedase sin recursos, sus obras sociales se verían afectadas.

Sor Prudencia – Pues tiene usted razón, aunque me cueste reconocerlo. Me temo que este año, a menos que ocurra un milagro, ya no nos quedarán medios para seguir con nuestra misión en la lucha contra la droga.

Sor Inés – Pues, ¿sabe qué? Yo le propongo conseguir ese milagro.

Sor Prudencia – Sor Inés, ¿va todo bien? La noto a usted un poco exaltada.

Sor Inés – ¡Ya sé cómo relanzar las ventas de nuestro elixir, hermana!

Teresa – La escuchamos, Sor Inés, la escuchamos.

Sor Inés – He encontrado una hierba en la montaña.

Teresa – ¿Una hierba? Pues será que no hay por los alrededores…

Sor Inés – Sí, pero se trata de una planta que no está recogida en ninguno de los libros de botánica que he encontrado en la biblioteca del convento.

Bernardo – Tenga cuidado, Sor Inés, que las hierbas son como las setas, no se puede uno fiar mucho.

Sor Inés – Pues yo la he probado en una nueva receta del licor y el resultado es espectacular, se lo aseguro. Tiene mejor gusto y los efectos parecen duplicarse. Creo que si la pusiéramos a la venta, conseguiríamos captar más clientes.

Bernardo – Decididamente, esto se parece cada vez más a la poción mágica de Panorámix.

Sor Prudencia – No nos precipitemos todavía… La fórmula de este elixir es multicentenaria. Modificarla sería una decisión demasiado importante, tendrían que estar de acuerdo tres cuartas partes del convento.

Sor Inés – Y haría falta preparar una sesión de degustación con la Madre Superiora.

Sor Prudencia – ¿Realmente cree usted que habría que molestarla para eso?

Bernardo – Pues ha sido ella misma la que nos ha animado a reformar nuestros métodos.

Sor Inés – Podemos mantener las tradiciones sin por eso tener que rechazar las nuevas ideas.

Sor Prudencia – Bien, Teresa, hágame el favor, vaya usted a buscar a la Madre Superiora. Está en la capilla preparando el belén.

Teresa – Ahora mismo voy, hermana.

Teresa sale de escena.

Sor Prudencia – ¿Cómo lo vamos a hacer, entonces?

Sor Inés – He preparado un pequeño frasco de mi nuevo elixir.

Bernardo – ¿Un frasco? Lo que yo decía cuando hablaba de poción mágica…

Sor Inés – Podríamos hacer una cata a ciegas.

Sor Prudencia – Sor Inés, ¿no pretenderá usted poner a la Madre Superiora a jugar a la gallinita ciega?

Sor Inés – No, se trata simplemente de darle a probar el elixir tradicional y la nueva fórmula sin decirle cuál es cuál. Así podrá decantarse por uno de forma objetiva.

Bernardo – ¡Madre mía!

Sor Prudencia – Bueno, está bien… De todas formas, no estoy segura de que todo esto sea muy católico…

Preparan todo para la sesión de degustación. Anatole y Victorina vuelven a escena.

Victorina – Ay… Ya no sé ni dónde tengo la cabeza… Me había olvidado el bolso.

Anatole – Pues el elixir todavía no ha tenido tiempo de hacer efecto. A veces yo también pierdo la memoria.

Sor Inés – ¡Ay! ¡Anatole, Victorina, nos venís de perlas! ¡Buscábamos voluntarios!

Anatole – ¿Voluntarios?

Sor Prudencia la mira y se queda algo más tranquila. La Madre Superiora llega con Teresa.

Madre Superiora – Bien, vamos a ver eso, hijos.

Sor Inés – Madre, he preparado una nueva fórmula para el elixir de Santa María-Juana y quisiera saber su opinión. Voy a darles a probar a todos dos pequeñas muestras del elixir sin decirles cuál es la nueva.

Madre Superiora – Está bien…

Sor Inés, observada por todos, sirve una primera ronda y entrega un vasito a cada uno. Tras un momento de duda, todos los presentes degustan el licor en silencio.

Bernardo – Mmm… Si…

Sor Prudencia – ¿Esta es la receta tradicional, no?

Teresa – Pues no está mal, pero…

Victorina – Es un reconstituyente como otro cualquiera…

Anatole – De todas formas, sigue teniendo un pequeño sabor a medicamento…

Madre Superiora – Sí, es el elixir de Santa María-Juana. ¿Y qué?

Sor Inés, sin decir nada, sirve el nuevo elixir. Al beberlo, todos reaccionan de forma más expresiva.

Teresa – ¡Ah, pues sí!

Bernardo – Este sabe mucho mejor que el otro.

Madre Superiora – Sí, qué curioso…

Anatole – No está nada malo eh…

Sor Prudencia – Le encuentro un sabor a manzana.

Sor Inés – Es que lleva manzana.

Madre Superiora – Pero es necesario que este elixir siga teniendo los mismos efectos beneficiosos que el anterior.

Sor Inés – No he quitado nada, lo único que he hecho es añadir ese pequeño toque.

Victorina – Pues yo volvería a probarlo para estar segura.

Sor Inés – De acuerdo, pero ya sólo me queda para rellenar un vaso.

Sor Inés rellena el vaso y se lo entrega a la Madre Superiora, que se lo pasa a Sor Prudencia y ésta a Bernardo.

Madre Superiora – Sí, es…

Sor Prudencia – Sí, este es el bueno.

Bernardo – Mmmmm… ¡Qué sensación de bienestar!

Bernardo se queda con el vaso en la mano con cara distraída.

Teresa – ¡Que rule, Bernardo, que rule!

Bernardo – Ay, sí, Bernardo soy yo, es verdad. Lo siento, parece que tengo la cabeza en otra parte….

El ambiente se relaja.

Sor Inés – ¡Dios mío! Me parece que he vuelto a ver a la virgen.

Sor Prudencia – ¡¿Otra vez?! ¡¿Pero dónde?!

Sor Inés – ¡Aquí, en el fondo de mi vaso!

Anatole – ¡Anda, yo también! ¡Y no es la primera vez!

Uno por uno, empiezan a reírse sin poder parar.

Madre Superiora – Creo que lo mejor que deberíamos hacer es dejar aquí la sesión de degustación.

Sor Prudencia – Sí, la verdad, no sé qué me pasa. Yo también tengo la impresión de tener visiones.

Victorina saca un espejito de bolsillo de su bolso y se mira.

Victorina – ¿De qué color creéis que tengo el pelo ahora?

Anatole – Yo diría que rosa.

Victorina – Sí, eso es lo que yo pensaba.

Madre Superiora – Pues es verdad que es muy relajante. No me sentía tan bien desde que… ¡Ay! Iba a decir una tontería…

Teresa – Creo que hemos abusado un poco de este maravilloso elixir.

Sor Inés – Hombre, es que son 38 grados.

Sor Prudencia – Creo que lo mejor que podríamos hacer es ir a acostarnos.

Sor Inés – ¿Antes de las vísperas, hermana?

Madre Superiora – ¿No pensaríais iros a bailar, imagino?

Sor Prudencia – Aprenda usted que aquí se acuesta uno con las gallinas.

Sor Inés – ¿Con las gallinas?

Anatole – Ahora que lo dicen, ¿qué fue antes, el huevo o la gallina?

Teresa – ¡Ay! ¡No entiendo nada!

Sor Inés – ¿Y en cuanto a la degustación, qué decidimos?

Madre Superiora – Pues no lo sé muy bien. No tengo ya las ideas muy claras.

Sor Inés – ¿Tal vez podríamos votar?

Sor Prudencia – Eso me parece lo más razonable, pero deberíamos tomarnos un tiempo de reflexión.

Teresa – Lo consultaremos con la almohada.

Madre Superiora – Tienes razón, hija. Dejémoslo por ahora, mañana lo veremos mucho más claro.

Bernardo – ¿Quiere que la acompañe, Chantal-Marie?

Teresa – ¿Chantal-Marie? Querrá decir Teresa.

Bernardo y Teresa se ríen como tontos. Todo el mundo se dirige hacia la salida con una marcha insegura, algo torpes y tropezando.

Sor Prudencia – ¡Madre, cuidado con el escalón!

Madre Superiora – ¿Qué escalón?

Teresa – Que yo sepa, hasta ahora no había ninguno.

Madre Superiora – ¡Cómo estamos! ¡Igual es otra visión!

Salen todos de escena y se apaga la luz.

 

 

ACTO 2

 

Se enciende la luz simbolizando un nuevo día. Teresa llega a la tienda acompañada de Juan Bernardo y, una vez dentro, se gira para mirar la entrada y comprobar que no había ningún escalón.

Teresa – Ah, pues no, no había ningún escalón.

Bernardo – Es curioso… A estas horas Sor Prudencia ya debería estar aquí.

Teresa – Por lo que se ve, nuestras queridas hermanas han tenido un fallo con el despertador. Yo no he oído tocar a maitines.

Bernardo – A decir verdad dormía usted muy profundamente.

Teresa – Pero… ¿Cómo sabe usted eso, Bernardo?

Bernardo – Se acordará usted que anoche la acompañé a su casa…

Teresa – Ah, sí, tal vez… Es que como había una niebla tan extraña… ¡Había niebla hasta en la casa! ¿Así pues, usted me acompañó? ¿Y qué pasó después?

Bernardo – Pues parecía usted tan cansada al no poder subir las escaleras, que la conduje hasta su habitación.

Teresa – ¡¿No me diga usted que…?!

Bernardo – Soy un caballero, Teresa. Y créame, en cuanto a lo de anoche, casi podríamos hablar de heroísmo, porque usted no quería dejarme marchar. ¿No lo recuerda?

Teresa – Pues no…

Bernardo – Usted parecía un poco exaltada y yo no quise abusar de la situación, pero… ¿Me deja usted al menos una puerta abierta a la esperanza?

Teresa – ¡Ay, Dios mío!

Sor Prudencia llega con el hábito desordenado y con aspecto de culpabilidad.

Sor Prudencia– Lo siento, es la primera vez que me pasa… No he oído la campana.

Teresa – Creo que anoche todos nos dejamos llevar demasiado, ¿no?

Bernardo – Sí, es curioso. Tengo impresión de tener resaca…

Aparece Sor Inés también alborotada con una caja llena de botellas.

Sor Inés – He pasado toda la noche fabricando algo más del nuevo elixir. ¡Estoy segura que vamos a triunfar! ¡Vamos a disparar las ventas!

Sor Prudencia – Le recuerdo, hermana, que la Madre Superiora todavía no ha dado el visto bueno para poner en marchar la producción.

La Madre Superiora entra en escena.

Madre Superiora – Buenos días, hijos. Perdonad, pero esta mañana no me he despertado para tocar las campanas.

Sor Inés – En todo caso, es innegable que una de las virtudes de la nueva fórmula del elixir es que ayuda a conciliar el sueño.

Madre Superiora – Pues es verdad, esta noche he dormido cómo una bendita. De todas formas, estos efectos secundarios parecen un poco incontrolables.

Sor Inés – A lo mejor es que la dosis no estaba bien calculada…

Sor Prudencia – ¿Qué piensa usted, Madre?

Madre Superiora – No lo sé muy bien…

Sor Prudencia – Pues habrá que tomar una decisión.

Madre Superiora – ¿Teresa, cuál es su opinión?

Teresa – No se puede negar que este nuevo elixir tiene propiedades narcóticas… Pero también tiene un gran poder tranquilizante y un importante efecto de desinhibición. Esto puede hacer que se convierta en un cóctel explosivo.

Sor Prudencia – ¿Y si fuese el mismísimo diablo quien ha puesto esa mala hierba en nuestro camino?

Madre Superiora – ¿Qué quiere usted decir? ¿Cómo la serpiente en el Jardín del Edén? ¿Tentadora y seduciendo a Eva con el fruto prohibido?

Sor Prudencia – Yo sigo diciendo que le encuentro un cierto sabor a manzana…

Se produce un silencio y un momento de reflexión.

Madre Superiora – Tiene usted razón, Sor Prudencia. Hermanas, más vale malo conocido que bueno por conocer. Es mejor olvidar esta peligrosa reforma y limitarnos a la fórmula tradicional de nuestro elixir.

Sor Inés (disimulando su decepción)De acuerdo, Madre…

La Madre Superiora se fija en la caja traída por Sor Inés.

Madre Superiora – Oiga, ¿y eso? ¿Se puede saber qué es?

Sor Inés – Había preparado unos cuantos frascos, por si acaso… Pero los destruiré, no se preocupe, se lo prometo.

Madre Superiora – Bien, pues asunto zanjado.

La Madre Superiora se dispone a salir mientras Sor Inés sigue hablando.

Sor Inés – Aun así… Es una verdadera lástima no darle ni una sola oportunidad…

Madre Superiora – ¿Disculpe hermana? ¿Decía usted?

Sor Inés – Pues que, al fin y al cabo, sólo es un reconstituyente monástico. ¡Ni que estuviéramos hablando de cocaína o algo parecido!

Madre Superiora – ¿No estará usted cuestionando mi decisión?

Sor Inés – Yo sólo digo que negarse a innovar y a reformarse es una gran debilidad.

Madre Superiora – Mi querida niña, aprenda usted que es una característica muy propia de la Iglesia, lo de ser incapaz de reformarse digo.

Bernardo – Esa aversión a las reformas nos lleva a veces a cometer algunos excesos, pero también hay que reconocer que nos ha permitido conservar nuestras queridas tradiciones hasta el día de hoy.

Teresa – Tradiciones que son la envidia del mundo entero.

Suena el teléfono y Sor Inés exclama con retintín.

Sor Inés – ¿Ah, pero tienen ustedes teléfono?

Sor Prudencia – Pues claro, naturalmente.

Sor Prudencia responde al teléfono.

Sor Prudencia – ¿Santa María-Juana, dígame? No, digo Santa María-Juana porque está usted llamando al convento que lleva su nombre, pero yo ni soy santa ni me llamo María-Juana. ¿La tesorera? Sí, soy yo. No me diga… Sí, es un hecho lamentable, en efecto. Entiendo… Debe ser un malentendido, lo solucionaremos de inmediato. Gracias por llamar… Sí, sí, lo prometo. Dios bendiga su entidad.

Madre Superiora – ¿Algún problema, Sor Prudencia?

Sor Prudencia – Era el banco… Uno de nuestros cheques ha sido rechazado.

Madre Superiora – Bueno… Pues habrá que hacer un ingreso en la cuenta.

Sor Prudencia – ¿Pero, Madre, con qué dinero?

Madre Superiora – ¿No se podría pedir un pequeño préstamo?

Sor Prudencia – Sabe usted que eso es totalmente contrario a los principios de nuestra orden, Madre. Además… Ya tenemos dos… Y me temo que el banco no estará dispuesto a concedernos el tercero.

Sor Inés – Ya ven ustedes hasta qué punto es urgente que enderecemos las cuentas.

Sor Prudencia – Por desgracia, en eso no le falta razón.

Llegan Anatole y Victorina mucho más en forma que la noche anterior.

Anatole – ¡Buenos días!

Victorina – ¡Buenos días! ¿Qué tal están todos? ¿Bien?

Teresa – Lo que es a ustedes, no hace falta preguntarles… Salta a la vista…

Anatole – Pues sí, estamos en plena forma. ¿No es cierto, Victorina?

Victorina – Hacía años que no me sentía tan bien. ¿Y saben qué?

Sor Prudencia – ¿Qué?

Victorina– ¡Que tengo la impresión que vuestro elixir milagroso tiene algo que ver!

Anatole– Claro que sí. Por lo que a mí respecta… ¡Estoy absolutamente convencido!

Victorina – Hoy he dormido como un tronco y ya no me duele nada. Bueno, casi nada…

Anatole – Y, además, creo que también es bueno para subir la moral. ¡Estamos más contentos que unas castañuelas! ¿No es cierto, Victorina?

Victorina – Sea como sea, vamos a comprarles unas cuantas botellitas más.

Teresa – Ah, pues muy bien…

Teresa coge dos botellas de la estantería.

Victorina – ¡Ah no! ¡De esas no! ¡De las nuevas!

Sor Prudencia (con un tono muy comercial)El caso es que… ¡Miren, les puedo dar dos botellas de nuestro licor habitual por el precio de una!

Victorina – ¡De eso nada! Preferimos la nueva fórmula.

Sor Inés – Lo está viendo usted misma, Madre. A mí me parece que valdría la pena.

La Madre Superiora parece dudar pero al fin se decide.

Madre Superiora – Bueno, deles pues una botella del nuevo elixir… Ya que ha destilado unas cuantas, sería una lástima desaprovecharlas…

Anatole – ¿Sólo una? ¿No podrían ser dos?

Sor Inés – Hasta nueva orden, sólo será una botella para cada dos personas.

Victorina – Esto me recuerda las cartillas de racionamiento durante la guerra…

Anatole – ¿Conoció usted las cartillas de racionamiento?

Victorina – ¡Claro que no! Soy demasiado joven para eso. Me lo contaba mi madre.

Sor Inés – Por ahora, el precio es el mismo que el de la antigua formula, pero ya les advierto que, seguramente, habrá un pequeño incremento.

Anatole – Poco importa el precio con tal que mantenga su nuevo efecto. Bueno, ahora nos llevamos esta botella y, cuando tengan más, nos apartan ustedes una caja.

Victorina – Gracias a todos y… ¡Feliz Navidad!

Teresa – Igualmente. Y, sobre todo, tómenlo con moderación.

Anatole y Victorina se marchan riendo como dos colegiales. La Madre Superiora se gira hacia Sor Inés, que presenta una gran sonrisa de satisfacción.

Madre Superiora – Que conste que esto es sólo una prueba…

Sor Inés (recuperando la seriedad) Sí, claro, Madre…

La Madre Superiora sale de escena.

Sor Inés – Yo, por si acaso, voy a fabricar unas cuantas botellas más para que no nos quedemos sin existencias en el caso de que esta prueba se convierta en un éxito.

Sor Prudencia – No vaya usted tan rápido. Por ahora, sólo tenemos dos clientes.

Sor Inés coloca las botellas de la caja en una estantería.

Teresa – ¿Sor Inés?

Sor Inés – ¿Si? ¿Dígame?

Teresa – Sé que la receta de este nuevo licor tiene que seguir siendo secreta, pero dígame al menos que no estamos haciendo nada ilegal.

Sor Inés – ¿Cómo ilegal?

Teresa – Quiero decir… Como la absenta en otros tiempos, por ejemplo…

Sor Inés – A mí me preocupa más saber si voy a encontrar plantas suficientes para poder continuar con la producción.

Bernardo – Tal vez debería plantearse empezar a cultivarlas usted misma.

Aparece Sam titubeante. Todos se sorprender por ver allí alguien tan joven.

Sam – ¿Hola?

Teresa – Bienvenida, hija, estás en tu casa.

Sam – Gracias, gracias…

Sam va mirando las estanterías y todos se le acercan.

Teresa – ¿Te puedo ayudar? ¿Necesitas algo?

Bernardo – Déjala, Teresa, seguro que está buscando respuestas. A su edad toca hacerse preguntas sobre el sentido de la vida, el amor o la sexualidad.

Teresa – Si quieres, te podemos aconsejar uno o dos libros.

Sam – No se preocupen, no se trata de eso… La verdad… Es mi abuela la que…

Sor Prudencia – ¿Tu abuela?

Sam – Sí, Victorina…

Teresa – ¡Ah, sí! ¡Tú eres la nieta de Victorina! No te habíamos reconocido.

Sam – Me la he encontrado al salir y me ha hablado de un jarabe que vendéis aquí.

Bernardo – ¿Ah, sí? ¿Y qué te ha dicho?

Sam – Bueno, en realidad me ha hablado de una especie de poción. Me ha descrito los efectos y…

Sor Inés – ¿Os dais cuenta? ¡El boca a boca ya funciona!

Sor Prudencia – Pero no puede ser. Tu abuela acaba de salir y ya se ha llevado una botella, no podemos darle otra.

Sam – Ya, ya, si no es para ella… Es para mí. Es que tengo que preparar unos exámenes, estoy un poco resfriada… En fin.

Teresa – ¿Un resfriado? ¿Quieres decir?

Sam – Sí, toso un poco, no sé dónde lo habré pillado…

Sam tose un poco de forma fingida.

Sam – Y como parece que ese licor vuestro es bueno para todo…

Sor Prudencia – ¡Ah, no! Pero lleva alcohol, tú no puedes tomarlo.

Sor Inés saca una botella de la caja.

Sor Inés – No os preocupéis, ya contaba con eso y he preparado una versión sin alcohol para los más jóvenes.

Sor Prudencia – Vaya, parece que está usted en todo, Sor Inés…

Sam – Gracias, hermana, me acaba usted de salvar la vida.

Sor Inés – Bueno, pues aquí tienes tu botella, disfrútala.

Sam coge la botella y le da un billete a Sor Inés.

Sam – Gracias, hermana. Estoy segura de que me vendrá muy bien.

Sor Inés – Siempre serás bienvenida, hija, aquí estaremos.

Sam – De hecho, ya me siento mucho mejor, será el ambiente. Bueno, gracias por todo y hasta la próxima.

Teresa – Eso, eso, hasta la próxima. Saludos a tu abuela.

Sam sale de escena con la botella.

Bernardo – No estará probado científicamente, pero si este licor puede atraer a las nuevas generaciones hacia la fe…

Teresa – Ya lo ve, es otro de los milagros de Santa María-Juana.

Entra en escena un policía vestido de paisano y se pasea mirando las estanterías.

Sor Prudencia – ¡Uy! Parece que esto empieza a animarse.

Policía – Son bonitas estas velas. Podrían ser un buen regalo de Navidad.

Sor Prudencia – Son cirios con la imagen de nuestra fundadora, Santa María-Juana.

Policía – ¿Santa María-Juana? Mira tú por dónde…

Teresa – ¿Le puedo ayudar en algo, caballero?

El policía saca su placa y se la enseña.

Policía – Comisario Ramírez. Buenos días, hermanas.

Sor Prudencia – Todo el mundo es bienvenido en la casa del Señor, hasta los policías.

Bernardo – Imagino que en su oficio tendrán una gran necesidad de mantener la fe, sobretodo en estos tiempos tan difíciles que corren.

Sor Prudencia – Aquí estamos para escucharle, Comisario, cuéntenos.

Policía – Pues más que contarles yo, hermanas, vengo a que me cuenten ustedes.

Teresa – ¿Cómo dice?

Policía – Tenemos la sospecha de que hay una plantación de marihuana en los alrededores del convento.

Sor Prudencia – ¡¿De marihuana?!

Bernardo – Sí, así es como llaman al hachís, hermana.

Sor Prudencia – ¡Ay, Dios del cielo!

Policía – No se trata de una planta autóctona, proviene del extranjero, ya saben ustedes. Allí cada uno se abastece de su propia plantación. Y, si esto empieza a ocurrir aquí, tendremos que fumigar palmo a palmo todos estos terrenos.

Bernardo – Primero habrá que saber dónde se encuentra la plantación, digo yo. Porque esos jardineros amateur supongo que se esforzaran para ser discretos.

Policía – Pues ese es, precisamente, el motivo de mi visita. Como las hermanas conocen muy bien la montaña, creemos que podrán echarnos una mano.

Sor Prudencia – ¿Echarles una mano?

Policía – Hombre, podría ser que hubiesen visto ustedes alguna planta inhabitual por aquí cerca.

Sor Prudencia – ¡¿Está hablando usted de droga?! ¡Si nosotras no sabemos ni siquiera a qué se parece eso!

El policía le enseña a Sor Prudencia una foto de la planta, que no sabe qué es.

Policía – Mire, aquí tiene una foto de la supuesta planta. No hace falta decirles que no se trata de una planta que crezca de forma natural en esta región.

Sor Prudencia – Si alguien puede ayudarle sobre esto, esa es Sor Inés, ella pasa mucho tiempo en la montaña recolectando hierbas para nuestros licores reconstituyentes.

El policía le muestra la foto a Sor Inés, cuya expresión se paraliza.

Policía – Entonces, hermana… ¿La reconoce usted? Fíjese bien y tómese su tiempo. Le recuerdo que se trata una planta prohibida.

Sor Inés se queda muda y entra rápidamente la Madre Superiora.

Policía – ¿Se encuentra bien, hermana?

Sor Prudencia – Sí, sí, se encuentra bien. Sólo que…

Madre Superiora – ¡Ha hecho voto de silencio!

Sor Prudencia – ¡Justo lo que yo iba a decir, Madre!

Policía – Ya veo, ya… Igualmente le dejo la foto por si se replantea sus votos.

La Madre Superiora coge la foto.

Madre Superiora – Soy la Madre Superiora de este convento, Comisario. Pediremos a Sor Inés que conteste por escrito a su pregunta.

Policía – Muy bien, Madre. Y si, por casualidad, tuvieran información que nos pudiera interesar, nos informarían, ¿no es cierto?

Madre Superiora – Por supuesto, faltaría más.

El Policía observa la caja y coge una botella del nuevo licor.

Policía – ¿Con qué está hecho este licor, hermanas?

Sor Prudencia – Con diferentes plantas medicinales de la región, Comisario. La receta es un secreto guardado desde hace siglos por las hermanas encargadas de destilar este gran reconstituyente.

Teresa – Es más, esa es la razón por la cual Sor Inés ha hecho voto de silencio. Hoy en día es la única que conoce la fórmula del elixir de Santa María-Juana.

Policía – Ya veo, ya… Ahora entiendo muchas cosas… Pues mire, me llevaré una botella. Después de todo, si tan medicinal es, no le puede hacer daño a nadie, ¿no?

La Madre Superiora le quita rápidamente la botella de las manos.

Madre Superiora – Lo siento, estas ya están reservadas.

Policía – ¿Todas?

Sor Inés – ¡Es que se acerca Navidad!

Madre Superiora – ¡Shhhhht! ¡Sor Inés! ¡Los votos! (Al Comisario) Perdone, Comisario, a veces es difícil contenerse. Acaba de llegar al convento y aún no se ha habituado a sus votos. Cómo le iba a decir Sor Inés, se acerca Navidad y nuestros fieles son muy aficionados a nuestros productos.

Teresa – Sí, Comisario, coja mejor un cirio.

Teresa le da un cirio al Policía, que contesta sorprendido.

Policía – Bueno… Entonces, ¿cuánto les debo?

Teresa – Nada, Comisario, regalo de la casa.

Madre Superiora – ¡Que Dios bendiga a la Policía!

Policía – Gracias, Madre. Y perdone por haber interrumpido por un instante la serenidad de este convento. Es un lugar verdaderamente apacible. La verdad es que las envidio.

Madre Superiora – ¿De verdad?

Policía – Totalmente. Ya sabe usted, vemos tantas cosas en nuestro oficio… No me importaría acabar mis días en un monasterio lejos de toda violencia, rodeado de caras amables y honestas.

Sor Prudencia – Qué bien oírle decir eso. ¡Feliz Navidad, Comisario!

Policía – Igualmente. Hasta pronto, hermana.

El Policía sale de escena y queda un silencio embarazoso.

Madre Superiora – ¿Sor Inés, no me diga usted que ha puesto marihuana en el elixir de Santa María-Juana?

Sor Inés – Se lo juro ante Dios, Madre, ignoraba por completo que fuese una droga.

Sor Prudencia – ¡Dios mío! Incluso hemos mentido a la policía. ¡Hemos pecado!

Sor Inés – Por omisión, hermana, sólo por omisión.

Teresa – Ahora entiendo esos nuevos efectos. Ayer, yo misma tenía la sensación de estar poseída por el mismísimo diablo.

Bernardo – ¿Poseída por el diablo? No lo dirá por mí, espero.

Sor Inés – ¿Entonces qué hacemos?

Madre Superiora – ¿Cómo que qué hacemos? Lo paramos todo ahora mismo, evidentemente.

Bernardo – A mí no me suena que Jesús dijera “tomad y fumad todos”…

Sor Inés – Correcto, pero lo que sí dijo fue “tomad y bebed”, así que…

Madre Superiora – No blasfeméis, destruyamos en el fuego este elixir diabólico.

Sor Inés – Claro, Madre, claro.

Sor Prudencia – No vamos a convertir esto en un laboratorio clandestino.

Sor Inés – Por otra parte…

Madre Superiora – ¡¿Qué?! ¡¿Y ahora qué pasa?!

Sor Inés – Pues… ¿No podríamos considerar esto como una señal de Dios?

Madre Superiora – ¿No me diga que ha vuelto a ver usted a la Virgen? ¡Tenemos que terminar con este licor, hermana!

Sor Prudencia – ¿Una señal, dice?

Sor Inés – Santa María-Juana… Marihuana… Reconozcan que la coincidencia es, por lo menos, para dudar.

Madre Superiora – ¿Qué quiere usted decir con eso, Sor Inés?

Sor Inés – Pues que el convento está en números rojos…

Madre Superiora – ¡Que es droga, hermana!

Sor Inés – Pero suave, Madre, es una droga suave. Además… ¿No dijo Marx que la religión es el opio del pueblo?

Madre Superiora – Hombre, hermana, no creo que, dicho por él, eso sea un cumplido.

Sor Prudencia – Además, aprenda usted que en la casa de Dios, citamos más a menudo la Biblia que el Capital.

Sor Inés – Hermanas, pienso que Santa María-Juana ha querido venir en nuestra ayuda.

Sor Prudencia – Luchar contra la droga cultivando marihuana en casa… ¡Esto es el colmo de los colmos! ¡Madre, diga usted algo!

Madre Superiora – Le confieso que ya no sé ni qué pensar. Desde que me han hecho beber ese maldito brebaje ya no tengo las ideas nada claras.

Sor Prudencia (santiguándose)¡Jesús, María y José!

Madre Superiora – Teresa, usted que es buena consejera, ¿qué opina?

Teresa – En el punto al que hemos llegado, creo que es inútil actuar de forma precipitada. Tomémonos, al menos, un tiempo de reflexión a la espera que desaparezcan los efectos del licor.

Madre Superiora – Me voy ahora mismo a rezar al Señor a la espera de que Él se digne a aclararme un poco las ideas.

La Madre Superiora sale de escena y aparecen Anatole y Victorina vestidos de forma mucho más juvenil, incluso con un estilo hippie.

Anatole – Tenemos una gran noticia que daros.

Bernardo – ¿Os ha tocado la bonoloto?

Anatole – ¡Mucho mejor que eso! ¡Nos vamos a casar!

Teresa – ¡Pero eso es maravilloso!

Victorina – Pues sí. No sé qué es lo que nos pasa, pero desde hace unas horas tengo la sensación de haber comenzado una nueva vida.

Anatole – Yo creo que es el efecto de su elixir milagroso. Es más, si aún les queda, hemos pensado en llevarnos dos o tres cajas.

Sor Prudencia – ¡¿Dos o tres cajas?!

Victorina – Sí, es que se lo hemos dado a probar a nuestros amigos y ha sido una locura.

Anatole – ¡En el pueblo ya lo han hasta bautizado como el licor de la risa!

Sor Inés – ¡No…! ¡¿El licor de la risa?!

Sor Inés se pone a reír a carcajadas, pero se interrumpe al constatar que todos la observan.

Bernardo – No os preocupéis por ella, ha catado más licor de la cuenta.

Sor Inés – Pues lo siento, pero hemos parado la producción. Al parecer, el nuevo elixir no presenta todas las garantías sanitarias exigidas por la ley.

Teresa – Sor Inés… El voto de silencio… Hay que ser prudentes, podría haber efectos secundarios nefastos a largo plazo.

Anatole – ¿Sabe usted qué largo plazo nos espera a nosotros sin ese elixir? Eso sí que es nefasto…

Victorina – Ay no… Nuestros amigos se van a llevar una gran decepción…

Anatole – Sí, pero que muy grande… Ya nos habíamos hecho a la idea de tomarnos una copita todos juntos para celebrar el Año Nuevo.

Victorina – ¿Por qué negarles este modesto consuelo a unos ancianos al final de sus vidas?

Anatole – ¿A unos pobres viejos que no saben si llegarán al próximo Fin de Año…?

Todas las miradas se giran hacia Sor Prudencia.

Sor Prudencia – Bueno, denles una botella para que acaben el numerito… Pero que conste que es la última eh… ¡Y ni una palabra a la Madre Superiora!

Sor Inés les entrega una botella. Anatole y Victorina están encantados.

Victorina – Gracias, hermana.

Anatole – Dios se lo pague.

Sor Inés – Mientras tanto…

Sor Inés le hace un gesto con los dedos para que paguen. Anatole le da otro billete.

Sor Inés – Uy, pero esto es demasiado.

Anatole – Es para sus buenas obras, hermanas.

Victorina – ¡Feliz Navidad a todos!

Anatole y Victorina salen de escena y queda otro silencio embarazoso.

Teresa – De todas formas, aún nos queda una pregunta en el aire…

Bernardo – ¿Cuál, Teresa?

Teresa – Ese campo lo ha tenido que sembrar alguien, ¿no?

Sor Prudencia – Sí, eso es precisamente lo que decía el policía.

Teresa – Alguien que no estará precisamente encantado de descubrir que nos hemos quedado con la cosecha.

Sor Inés – Por otra parte… Sigue siendo droga.

Bernardo – ¿Y qué?

Sor Inés – Robar droga a los traficantes… En el fondo… ¡Es una buena acción!

Teresa – No cuando se roba con la intención de revenderla, hermana.

Sor Inés – ¡Pero la revendemos por cuenta de Dios!

Bernardo – Por lo tanto… Nosotros seríamos como Robin de los bosques, que robaba a los ricos para dárselo a los pobres.

Entra en escena el traficante algo mosqueado.

Teresa – ¡Madre mía! ¡Y no dejan de llegar clientes!

Sor Inés (al traficante) ¿Podemos hacer algo por usted?

El traficante les enseña un manojo de marihuana a las hermanas.

Traficante – En su opinión, hermanas, ¿esto qué son? ¿Hierbas provenzales?

Sor Prudencia – Ah, ¿usted también es policía? Su compañero acaba de irse.

Traficante – No soy poli, no…

Sor Inés – Entonces, ¿qué hace usted con eso? ¿No sabe que está prohibido?

Traficante – Resulta que yo cultivo esta preciosidad y no me gustan los intrusos…

Teresa – Ah… Entiendo…

Traficante – Veo que saben de lo que les estoy hablando…

Sor Prudencia – ¿Pero qué le hace pensar eso?

Traficante – Pues porque he encontrado este manojo de hierba justo delante de la capilla.

Sor Prudencia – ¡Pero bueno! ¡No tiene usted ningún derecho! ¡Este c