Zona de Turbulencias

Una comedia de Jean-Pierre Martinez 

Posibles repartos : 1 hombre y 1 mujer, 2 mujeres o 2 hombres

La directora de una revista sensacionalista se cruza por casualidad, en un avión, con un tanatopráctico que dice conocer una noticia bomba, lo que le hace soñar con una tirada record. Las cosas se complican porque este encuentro tiene lugar en un vuelo Paris-Tokio: doce horas a puerta cerrada, sin forma de comunicarse con el exterior. Tener en las manos una noticia bomba y no poder publicarla… ¡Un verdadero martirio japonés! Una comedia que concluye en fabula sobre la hipócrita sociedad que nos rodea.

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Zona de Turbulencias

Personajes :

Claudio (o Claudia)

Victoria (o Víctor)

Posibles repartos : 1 hombre y 1 mujer, 2 mujeres o 2 hombres

Para conseguir una version con 2 hombres o 2 mujeres,

solo falta cambiar los sexos de los personajes de la obra.

Prólogo (optativo)

En oscuro (por lo tanto, en silencio) como si el espectáculo fuera a comenzar. No ocurre nada durante un largo tiempo, lo suficiente para que la gente se sienta incómoda. La luz incide sobre un hombre y una mujer sentados en un rincón del patio de butacas que, en teoría, no se conocen. El espectador, de nombre Claudio, consulta, con nerviosismo, la Guia del Ocio. Mira el reloj. La espectadora, a la que llamaremos Victoria, pica palomitas de un gran cucurucho. Mastica compulsivamente y de forma poco discreta.

Claudio – Normalmente son los espectadores los que llegan tarde al teatro. Lo extraño es que lo hagan los actores.

Silencio

Victoria (inquieta) – ¿Me permite que le eche un ojo a la Guia? A lo mejor es que han anulado la función.

Claudio le entrega la Guía. Victoria tiene dificultades para abrirla por culpa del cucurucho de palomitas.

Victoria (entregándole el cucurucho) – ¿Le importa?

Claudio duda, pero acepta. Victoria ojea la Guía pero no encuentra nada. Claudio prueba una palomita y hace un gesto de repugnancia.

Victoria (renunciando) – Perdone, pero estoy acostumbrada al la cartelera del País…

Claudio (con gesto de asco) – No me gustan nada estas palomitas.

Victoria le devuelve la Guia y recupera el cucurucho.

Victoria – De todas formas ya es demasiado tarde para una sesión de cine nocturno… Qué le vamos a hacer. Prefiero ver qué pasa…

Claudio – Espero que valga la pena…

Victoria – Son malas las críticas?

Claudio (volviendo la cabeza) – Parece que no hay mucha gente…

Victoria – No se puede una fiar de las críticas. No valen un pimiento… Seguro que untan a los críticos para que hablen bien y luego nadie se atreve a decir ni pío con tal de no pasar por imbécil. Si no lo has entendido es porque se trata de una obra profunda, te dicen.

Claudio – Por lo menos la gente normal disfruta con las comedias, a pesar de que los críticos las encuentren siniestras… Es muy difícil hacer reír a un crítico.

Victoria – ¿Es usted crítico?

Claudio – ¿Usted no?

Victoria – Yo soy actriz

Claudio – ¿Ah, si…?

Victoria – Aparte de los críticos y los actores, poca gente más va al teatro. Un espectador de cada dos es actor. Acabaremos por no saber dónde está el escenario

Claudio- ¿Sabe usted de qué va esta obra?

Victoria – No… Pero tengo una amiga que actua en ella. He venido a verla… Para quedar bien…

Claudio – ¿Es una actriz conocida?

Victoria – Trabaja casi siempre en teatro…

Claudio – Pues entonces… (Breve silencio, dudoso) ¿De verdad es usted actriz?

Victoria – ¿Le parece que no lo hago bien?

Claudio – Ni mucho menos… Es usted muy buena…

Victoria – Actriz por la noche y cuidadora en un museo por la mañana.

Claudio – Dados los repertorios modernos, ambas profesiones tienen mucho en común.

Silencio.

Victoria – Se acabaron las palomitas.

Claudio (suspirando) – A lo mejor nos morimos de hambre mientras esperamos que empiece.

Victoria – Parece como si nos hubieran olvidado…

Claudio – Dentro de unos años, la señora de la limpieza encontrará nuestros esqueletos juntitos, tomados de la mano.

Victoria – ¿Tomados de la mano?

Claudio (con una sonrisa ambigua) – Cuando notemos a se acerca el final quizá podríamos añadir un poco de ternura. Somos como dos naufragos en una isla desierta, ¿no le parece?

Victoria – ¿Cree que nos devolverán el dinero?

Claudio (extrañado) – Pero ¿Usted ha pagado?

Victoria – Pues no…

Claudio – En ese caso….

Se levantan para salir.

Claudio – Podríamos volver otro día…

Victoria – No creo que siga en cartel, dado su enorme éxito…

Claudio – Pues iremos a ver otra cosa

Victoria – ¿Me está invitando?

Claudio (sacando unas entradas) – Para dos personas.

Victoria – Espero que esa obra empiece a la hora… ¿De qué va?

Claudio – Se llama ¿Algún viajero sabe pilotar?

Intercambian una mirada dubitativa.

Victoria – ¡Vaya título! Seguro que es una tontería ¿No le parece?

Claudio –No olvide conectar su portátil…

Victoria – Anda, pues había olvidado desconectarlo.

Se marchan. Claudio coloca su mano sobre el hombro de Victoria, que parece intentar rechazarla, pero sin hacerlo realmente.

OSCURO EN LA SALA

ACTO 1

Victoria y Claudio están sentados, uno junto a otro, en un avión. Se supone que en primera clase. Ningún decorado especial. El telón entre el escenario y la sala hará de separación entre la primera clase y la turística. Victoria, una mujer de negocios, parece somnolienta. Lleva puestos los cascos. Claudio, con aire más popular, esta despierto y degusta una copa de champagne.

Claudio – ¿Sabe usted a qué altura volamos?

Victoria, sorprendida, se quita los auriculares.

Victoria – Pues… no… Y tampoco me importa.

Claudio – Acaba de decirlo el piloto!

Victoria – Lo siento, no le he escuchado… Intentaba dormir un poco…

Claudio – ¿Según usted…?

Victoria – Ocho mil…?

Claudio – Diez mil metros! ¿Se da cuenta? Diez kilómetros!

Victoria – Si, lo había entendido perfectamente… Diez mil metros…

Claudio – La misma distancia que entre Madrid y Alcorcón, pero en vertical!

Victoria – Usted vive en Alcorcón ¿verdad?

Claudio – ¿Cómo lo ha adivinado?

Victoria – Pura intuición…

Claudio – Se va a reír, pero es la primera vez que subo a un avión.

Victoria – ¡No me diga!

Claudio – Gané un concurso… Un viaje para dos personas a Tokio!

Victoria – Pues, para un bautismo del aire, le ha tocado el lote más gordo. Está justamente en las antípodas. Espero que no le tenga pavor a los aviones, como me ocurre a mí…

Claudio – No tuve que hacer nada extraordinario. Se trataba de un sorteo…

Victoria – Ya veo…

Claudio – Y, en primera clase. Se da usted cuenta de lo que esto significa? Para serle sincero le diré que no tengo ni idea de cómo es la clase turística…

Victoria – Uhmmm

Claudio hace un gesto como señalando a la zona turística.

Claudio – ¿Ha estado usted allí alguna vez?

Victoria – ¿En Japón?

Claudio – No. En la clase turística.

Victoria – Pues….

Claudio – Supongo que a ellos no les darán champagne.

Victoria – Seguramente no… Quizá ni siquiera les den agua…

Claudio – ¡Joder! Y, como antes de embarcar te quitan todos los líquidos por miedo a los explosivos… ¿Se da cuanta? Doce horas sentados y sin beber.

Victoria – ¿Sentados? No me haga reír! No tienen bastantes sitios para que todos se sienten al mismo tiempo… La mayor parte viajan de pie, igual que en el metro… Se van sentando por turno…

Claudio – No es posible!

Victoria – Por eso las azafatas les esconden detrás de la cortina… Es para evitarnos un espectáculo tan triste… Sin embargo se sabe que están ahí… Hace un momento me ha parecido oír llorar a un bebé… De sed, sin duda…

Claudio – ¡Pero eso es terrible!

Victoria – Vamos… No se preocupe… Estaba bromeando.

Claudio – ¡Menos mal…!

Victoria – La clase turística no es muy distinta de ésta. Los asientos quizá son menos anchos, pero aun así… El champagne lo pueden tomar pagándolo. Eso es todo.

Claudio – Entonces ¿por qué viaja usted en primera clase?

Victoria – Pues… Porque…

Claudio – Ni siquiera ha bebido champagne!

Victoria – Tiene razón… Digamos que se trata de una costumbre porque, normalmente, en primera clase se viaja más tranquilo..

Claudio – Es decir que, por lo general, no se coincide usted con gente como yo.

Victoria – Lo siento. No quería decir eso… Yo ni siquiera me ocupo de sacar los billetes. Lo hace mi secretaria. Imagino que nunca se le ha pasado por la imaginación el sacarme un billete de clase turística.

Claudio – No, la culpa es mía… No sé por qué…Imaginaba que ocurría igual que en el Titanic…

Victoria – ¿El titanic?

Claudio – ¿Ha visto la película?

Victoria – Claro, como todo el mundo… La verdad es que prefiero no pensar demasiado en esas cosas, sobre todo cuando viajo a Tokio…

Claudio – Entonces también usted va a Tokio?

Victoria – Este es un vuelo sin escalas por lo tanto, todo el mundo va a Tokio… A menos que una parte del avión, por ejemplo la clase turística, baje en Bangkok o en Singapur.

Claudio –Tiene razón. Soy un estúpido… No estamos en el Ave… Y lo digo sin conocimiento de causa. Tampoco he viajado nunca en el tren de alta velocidad.

Victoria – Evidentemente no es usted un hombre muy viajado… Sáqueme de dudas… ¿Se ha subido alguna vez un tren, aunque sea normal?

Claudio – Pues sí… Cojo el metro todas las mañanas, desde Alcorcón a hasta Sol… Para ir a trabajar…

Victoria – Pero a qué venía lo del Titanic al margen de para ponerme nerviosa?

Claude – Se acordará que en el Titanic el protagonista viajaba en tercera clase y ella en primera. Por lo que se ve, en aquella época, existía una enorme diferencia social…

Victoria – A lo mejor por eso han suprimido la tercera clase en los aviones y sólo hay una clase en el metro…

Claudio – La democratización de los transportes….

Victoria – Podríamos decir que se trata del final de la lucha de clases.

Claudio – Tiene gracia, ahora que lo pienso él también había ganado el pasaje en un juego.

Victoria – ¿A quién se refiere?

Claudio – ¡Di Caprio! Ganó el pasaje para América jugando a las cartas! Por eso pudo evitar que Kate Winslet se suicidara!

Victoria – El proletario arribista y la millonaria depresiva. Otra forma de poner fin a la lucha de clases…

Claudio – Al menos fue el comienzo de una gran historia de amor…

Victoria – Una gran historia que acabó fatal…

Claudio – ¿Que es lo que acabó fatal?

Victoria – Parece que no recuerda ciertos detalles de la película… Una historia de amor que comienza en el Titanic difícilmente puede terminar bien….

Claudio – Llevamos dos horas de viaje… Pronto sobrevolaremos Siberia.

Victoria – Mmm….

Claudio – Diez kilómetros en vertical… Ha escuchado las recomendaciones de seguridad? Yo no me he enterado de casi nada…

Victoria – De cualquier forma, en caso de caída en picado sobre Siberia… No creo que nos salváramos con un simple flotador en la cintura…

Claudio – ¿Está usted segura de que no quiere una copita de champagne? Quizá sea la última copa de su vida….

Victoria – No, gracias.

Claudio – Creo que estamos todavía a tiempo… Bastará pulsar este botoncito para que acuda la azafata…

Victoria – Tomé un relajante antes de embarcar. Prefiero no mezclar.

Claudio – Es la primera vez en mi vida en que, tan sólo con pulsar un botón, podría hacer aparecer a un joven apuesto dispuesto a cumplir todos mis deseos. Le confieso que estoy tentado de hacerlo. Quizá esté ya en el paraíso …

Victoria – Los tiempos cambian, es verdad… Pero, a pesar de la paridad, todavía quedan algunas azafatas en los aviones. No todas han sacado el título de piloto.

Claudio – Mientras nos traigan champagne…

Victoria – Lo siento de verdad, pero no puedo acompañarle. He de tener las ideas claras al llegar a Tokio. Y, con la diferencia horaria no lo tengo tan claro…

Claudio – Es verdad… La diferencia horaria! Eso también es nuevo para mi… Lo más lejos que he viajado ha sido a Cuenca, en viaje de novios y, de eso ya ni me acuerdo…

En Tokio hay doce horas más ?

Victoria – Diez horas…

Claudio – Entonces es como si perdiéramos diez horas de nuestra vida! La verdad es que si se piensa bien…

Victoria – Pues, si…

Claudio – ¿Pero, dónde van a parar esas diez horas? ¿A una Cuarta Dimensión?

Victoria – ¿Una Cuarta Dimensión?

Claudio – Sí, esa serie antigua americana en blanco y negro.

Claudio canturrea la música de la Cuarta Dimensión

Claudio – Tin lin lin lin, tin lin lin lin, tin lin lin lin…

Victoria empieza a impacientarse

Victoria – Ya… ya me acuerdo…

Claudio – Pues bien, uno de los episodios está rodado dentro de un avión…

Victoria – Primero el Titanic, ahora la Cuarta Dimensión… Ya veo que está dispuesto a hacerme flipar…

Claudio – Perdone… No le contaré lo que ocurría en ese episodio, se lo prometo… Pero, desde luego puedo asegurarte que sí, que era flipante…

Victoria – Oiga, usted me dijo que había ganado un viaje a Tokio para dos personas, ¿no es así?

Claudio – Sí

Victoria – ¿Entonces, qué ha hecho con su mujer? ¿Acaso viaja de pie en clase turista?

¿O ha desaparecido en la Cuarta Dimensión?

Claudio – Mi esposa murió…

Victoria – ¡Cuánto lo siento…!

Claudio – La verdad es que fue mi mujer la que se apuntó al concurso… Murió poco tiempo después de haber ganado.

Victoria – ¿Por la emoción, quizá?

Claudio – Realmente no lo sé.

Victoria – No está obligado a contarme lo ocurrido…

Claudio – Trabajaba con un mayorista de congelados… El “Buey feliz”… ¿Lo conoce?

Victoria – Soy vegetariana.

Claudio – Cuando supo por una llamada al móvil que había sido premiada estaba colocando los chuletones congelados en la cámara. Fue un viernes por la tarde. Sus colegas no se dieron cuenta de nada. Seguramente se marearía…

Victoria – ¡Es horrible!

Claudio – Yo había ido a visitar a mi madre a Albacete. Normalmente la visito dos veces al mes. Por lo tanto no pude echarla de menos. Cuando la encontraron el lunes por la mañana estaba dura como una piedra.

Victoria – ¡Dios mío!

Claudio – Tenía el móvil en la mano… Pensé, incluso, en conservarla así por si un día se la pudiera reanimar.

Victoria – Cuando la medicina haya progresado lo suficiente…

Claudio – Pero como mi mujer era bastante corpulenta hubiera sido imposible meterla en nuestro congelador. Además, seguro que habría tenido que hacer un montón de gestiones administrativas. Y, de eso entiendo bastante. Trabajo en el ramo y, no soy de los que les gusta llevarse la tarea a casa.

Victoria – ¿Trabaja usted con electrodomésticos?

Claudio – Me dije, además, que tampoco le iba a hacer ningún bien a mi esposa. Ha visto usted la película ”Hibernatus”

Victoria – ¿Con Luis de Funes?

Claudio – Imagine que nuestro avión se estrella en el norte de Siberia, que nos quedemos atrapados en el hielo y que nos descongelan dentro de dos o trescientos años?

Victoria – Me parece que voy a tomar otro lexatín.

Ya bastante ida, vuelve a tomar otra pastilla.

Claudio – Y, así fue como llegué a esta primera clase.

Victoria – Solo

Claudio – Pues claro. No tuve más remedio que venir solo. ¿Acaso piensa que, en tan poco tiempo, podría haber sustituido a mi difunta? Por eso es por lo que, en lugar de dos billetes me ofrecieron este en primera.

Victoria – ¿No me estará tomando el pelo, verdad, como yo hice hace un rato con lo de la clase turista?

Claudio – Nunca bromearía con algo así… Al fin y al cabo se trata de mi mujer…

Victoria – Usted perdone, pero como no he visto que estuviera usted…

Claudio – ¿Muy afectado…? Mire, voy a confiarle algo : mi mujer y yo estábamos muy distanciados, después de tantos años… No puede decirse que ella fuera muy… fogosa. Tiene gracia que yo diga una cosa así cuando finalmente la pobre murió aplastada por dos pilas de chuletones congelados…. ¿Cree usted que la forma de morir tiene un sentido? Quiero decir… en relación con la forma en que se ha vivido?

Victoria – Ni idea…

Claudio – En resumen, evidentemente estoy afectado por el hecho de que mi mujer haya muerto, pero… entre nosotros, esa relación ya no tenía sentido.

Victoria – ¿De verdad…?

Claudio – Qué quiere que le diga… Cuando no se tienen los mismos gustos…

Victoria – Pues si…

Claudio – Descubrí un poco tarde que me gustaban los hombres.

Victoria (chocada) – ¿No me diga?

Claudio – Quiero decir que me gustan los hombres no sólo como amigos… si no también para … ¿Comprende lo que le digo?

Victoria – Claro que le he entendido. No hace falta que se rompa el cerebro para explicármelo.

Claudio – ¿Sabe cómo me di cuenta?

Victoria – A lo mejor le sorprende, pero… la verdad es que no se si quiero que me lo cuente…

Claudio – Fue viendo la película “Titanic”.

Victoria – Porque la vio con un amigo…

Claudio – No, pero cuando Leonado di Caprio abraza a Kate Winslet, me di cuenta que me identificaba mucho más con Kate Winslet.

Victoria – ¡Vaya..! Por supuesto no por una semejanza física, imagino. Quiero decir que no se le podría confundir fácilmente con Kate Winslet….

Claudio – ¡Ahora ya lo sabe todo! Para mí esa película fue como una revelación. Después de haberla visto nunca más volví a mirar a mi mujer de la misma forma. Mi cuñado, al contrario…

Victoria – Al final, para usted ha sido una suerte que su mujer haya muerto… Quiero decir que ese hecho simplifica las cosas…

Claudio – Pues sí… Es cierto que, en principio, tenía que haber viajado con ella a Tokio….

Victoria – Sobre todo porque fue ella la que ganó el premio…

Claudio – Claro

Victoria – ¿Y de qué iba el concurso?

Claudio – Algo muy simple. Se cortaba el cupón de una revista, se enviaba a la dirección dada y luego el azar decidía. Casualmente fue ella la afortunada…

Victoria – ¿Una revista?

Claudio – Sí, una de esas sensacionalistas…

Victoria – ¿Cuál?

Claudio le muestra la portada de la revista que está a los pies de Victoria.

Claudio – Justamente la que estaba usted leyendo hace un momento.

Victoria – Ya…

Claudio – No me diga que usted también ha sido la ganadora de otro viaje a Tokio y que su marido tuvo una crisis cardiaca al enterarse?

Victoria – No…Ni mucho menos…

Claudio – De haber ocurrido así podríamos estar hablando de una señal del destino. La prueba de que estaba previsto que nos encontráramos…

Victoria – La verdad es que… Soy yo la que organizó ese concurso. Vamos, mi revista…

Claudio – ¿Su revista?

Victoria – Si, la revista “Sensacional”… Soy la redactora jefe..

Claudio – ¡Increíble! ¡Es usted…! ¡Eso sí que es sensacional!

Victoria – Lamento mucho lo de su mujer… En cierto modo me siento responsable…

Claudio – Es verdad que sin el concurso mi mujer estaría sentada en el asiento que usted ocupa…

Victoria (a la defensiva) – Pues si… Pero, por otro lado, sin ese concurso, jamás hubiera viajado usted a Tokio….

 

Claudio – Tiene usted razón… Incluso si mi mujer no se hubiera quedado petrificada al saber que había ganado, ella y yo estaríamos sentados detrás de esa cortina. En clase turista! En lugar de eso estoy sentado a su lado, en primera!

Victoria – Así es…

Claudio – Lo que, bien mirado, tiene también su lado de azar, ¿no le parece?

Victoria – No sé si puede considerarse que así sea…

Claudio – ¿Qué es lo que va a hacer en Japón, porque usted no está de vacaciones.

Victoria – Mi revista va a sacar una edición japonesa. Voy a Tokio para el lanzamiento del primer número. Es algo muy importante para nosotros. Hemos invertido mucho en este proyecto. También por eso estoy tan nerviosa

Claudio (cogiendo la revista) – “Sensacional”… O sea que usted se ocupa de los chismes y de la belleza de las mujeres.

Victoria – En efecto, esa es, más o menos, la línea editorial de nuestra revista.

Claudio – Pues, aunque no lo crea, usted y yo hacemos un trabajo parecido.

Victoria – ¿Usted cree? Usted también se ocupa de los chismes y de la belleza de las mujeres del mundo? ¿A qué se dedica, si puede saberse? ¿Acaso es usted peluquero?

Claudio – Entre otras cosas… A las mujeres las maquillo, les hago la manicura, las peino… Pero tan sólo cuando están muertas…

Victoria – ¿Perdón?

Claudio – Soy tanatopráctico.

Victoria – ¿No me diga?

Claudio – Por lo tanto trabajo para que las mujeres estén bellas. Bueno, más bien de darles un aspecto humano… Y por lo que se refiere a los chismes del mundo, le aseguro que me entero antes que la prensa de la muerte de una celebridad.

Victoria – Parece interesante.

Claudio – Lógicamente cuando alguien muere, sea célebre o no, primero se entera la policía y luego, nosotros… Sabemos cuando, cómo y con quien…

Victoria – Ya veo… Nunca se me hubiera podido ocurrir ponerme en contacto con las pompas fúnebres para que me informaran, pero le aseguro que resulta tentador…¿Me da una tarjeta?

Claudio – ¡Nosotros nos debemos al secreto profesional! Como los médicos, los jueces y las prostitutas…

Victoria – Por supuesto… Pero usted sabe que, como periodistas, tenemos el deber de mantener oculta la fuente informativa.

Claudio – Parece increíble que estemos sentados uno al lado del otro en este avión. ¿Usted cree que tiene algo que ver el destino?

Victoria – Así es como llaman los supersticiosos a la casualidad

Claudio – Es muy bonito eso que acaba de decir… Parece un proverbio japonés…

Victoria – Invento muchos al cabo del día…

Claudio – Me gustaría llamar a mi madre y contarle al lado de quién estoy sentado. Es una lectora muy fiel de “Sensacional”… ¿Le importaría hablar un momento con ella? Si no nunca va a creerme.

Claudio saca el móvil.

Victoria – Estaré encantada… Pero creo que deberá esperar a que lleguemos a Tokio para llamar a su madre.

Claudio – ¿Y eso?

Victoria – Porque el móvil no puede utilizarse durante el vuelo.

Claudio – Bien… Entonces… Realmente se trata de una cuarta dimensión… No lo sabía…

Claudio guarda el móvil

Victoria – Doce horas sin llamar y sin enviar un WhatsApp… Puede creerme que, para muchos, es peor que doce horas sin comer y sin beber…

Claudio – Pues sí… Sobre todo, imagino que para el redactor jefe de una revista sensacionalista… O sea que si se enterara de una noticia sensacionalista durante el viaje, no podría contárselo a nadie…

Victoria – ¿Una noticia sensacionalista?

Claudio – Sí, un chisme como se dice en su oficio.

Victoria – Pero no veo de qué tipo de chisme podría tratarse. Estamos en un avión completamente apartado del mundo.

Claudio – Nunca se sabe…

Victoria – Imagine que el piloto anuncia que acabamos de perder uno de los reactores y que estamos a punto de estrellarnos en lo más profundo de Siberia…

Claudio (misterioso) – Hun, hun…

Victoria – Claro que eso no sería noticia a no ser que hubieran una o dos celebridades a bordo.

Claudio – ¿Y quién le dice que no las haya?

Victoria – ¿No irá usted a decirme que es Leonardo Di Caprio?

Claudio – Por supuesto, pero imagine que le cuente algo que no sabe nadie todavía…

Victoria – ¿Usted?

Claudio – Ya le he dicho que hay ciertas cosas que un director de funeraria es el primero en saberlas.

Victoria – Pues… Adelante…

Claudio – Siempre que me prometa que no tiene forma de publicarlo antes de aterrizar en Tokio.

Victoria – Imposible. Ni aunque se tratara de la noticia del siglo.

Claudio – Créame si le digo que es algo acojonante… Algo que no llegará a los medios antes de doce horas.

Victoria – Le aseguro que está poniendo a prueba mi curiosidad… Soy toda oídos…

Claudio – Agárrese bien : Massiel ya no está en este mundo…

Victoria – Massiel?

Claudio – Massiel

Victoria – ¿Y esa es la noticia tan importante?

Claudio – Sí, Massiel

Victoria – Pero si hace más de treinta años que no canta!

Claudio – En Ávila, sí ha cantado

Victoria – Sí, en Ávila… ¿Y qué?

Claudio – Ganó un Festival de Eurovisión

Victoria – Massiel… Si la colocáramos en portada en nuestra revista, los más jóvenes se preguntarían quién es y los mayores se preguntarían ¿pero ésta no se había muerto?

Claudio – Quizá aquí en España.

Victoria – Pues sí, la revista es española.

Claudio – Pero, se ha preguntado alguna vez si se la conoce en Japón?

Victoria – ¿En Japón?

Claudio – ¿Tiene usted idea de lo que Massiel representa para los japoneses?

Victoria – ¿Pero qué está diciendo?

Claudio – Simplemente que se trata de la cantante española más famosa en Japón. Un verdadero culto a su personalidad. Para los japoneses Massiel es… es como Kim Jong-il para los habitantes de Coréa del Norte.

Victoria – Cambiándole el pelo y poniéndole unas gafas de sol, podrían parecerse un poco…

Claudio – ¿Usted no se da cuenta de que si diera la noticia de que Massiel ha muerto, los japoneses decretarían tres días de duelo nacional?

Victoria reflexiona y parece tomar conciencia de la trascendencia que podría tener esa noticia

Victoria – Sí, es verdad que allí es muy conocida… En cualquier caso, mucho más que en España.

Claudio – Massiel es lo único que España ha conseguido exportar a Japón. ¡Imagine el impacto que puede ser esta noticia en la portada de la versión japonesa de “Sensacional”!

Victoria – Tiene usted razón… El problema, es que no sabemos si ha muerto realmente… Claro que, siempre podríamos excusarnos diciendo que fue una falsa alarma… Sí, puede ser una bomba, un verdadero chisme a la japonesa.

Claudio – Una bomba planetaria, le aseguro. Massiel es también muy conocida en Rusia, incluso en Siberia.

Victoria – Pero… estando viva, no me parece muy ético…

Claudio – ¿Y si le digo que realmente ha muerto, que fui yo quien la maquilló antes de que la incineraran? Nadie mejor que yo puede saber lo ocurrido.

Victoria – Y, si es así, por qué ocultar su muerte?

Claudio – Siempre se hace de esa forma durante unas horas para que la familia pueda hacer su duelo tranquilamente y organizar las exequias evitando a la masa. Y, todavía hay más. Ni se imaginan dónde la van a enterrar.

Victoria – ¿Se sabe ya?

Claudio – Se sabe…. Y, esa puede ser la segunda noticia bomba.

Victoria – ¿No irán a echar sus cenizas en el Valle de los Caídos junto a la tumba de Franco?

Claudio – Más bien no. Con el fin de agradecer al público japonés su fidelidad durante tantos años en que los españoles no la han hecho ni puñetero caso, vamos, que ya la habían enterrado, dejó escrito en su testamento que su cenizas fueran lanzadas sobre el monte Fukushima.

Victoria – Imagino que ha querido decir monte Fuji-Yama… ¿O sea que van a mandar sus cenizas a Japón?

Claudio – Y es aquí donde surge la tercera y última noticia bomba…

Victoria – ¿O sea que hay algo más?

Claudio – Le aconsejo que se ponga el cinturón de seguridad no vaya a ser que lo que le diga la haga saltar hasta el techo, porque es fuerte… Super fuerte…

Victoria – Vamos, desembuche…

Claudio – Ella está en este avión!

Victoria – ¿A quién se refiere cuando dice “ella”?

Claudio – A Massiel

Victoria – ¿Pero no había muerto?

Claudo – Lo que están aquí son sus cenizas

Victoria – ¿Sus cenizas?

Claudio – Lo decidió así su empresario para evitar que sus fans españoles se opusieran al traslado. Se guardará el secreto hasta que la urna haya llegado al Japón

Victoria – ¿Qué urna?

Claudio – No sé si eres tonta o se lo haces… ¡Pues la urna con sus cenizas! ¿No te das cuenta de que, si se enteraran en España podría ser un escándalo? ¡Massiel es un monumento histórico! En ruinas, pero un monumento.

Victoria – Por supuesto…

Claudio – ¿Puedes imaginar las escenas de histeria colectiva si los japoneses supieran que sus cenizas viajan a bordo de este avión?

Victoria (dudosa) – No me estarás tomando el pelo ¿verdad?

Claudio – Sus cenizas están en la bodega de este avión, justo a nuestros pies.

Victoria – ¿A nuestros pies?

Claudio – Sobre la cabeza de mi mujer.

Victoria – El cuerpo de su mujer está también en la bodega?

Claudio – No… Lo que quiero decir que se lo juro por la cabeza de mi mujer!

Victoria – ¿Y cómo sabes que está a bordo de este avión?

Claudio – Por pura casualidad. No tenía la menor idea de que fuera a tomar el mismo avión que yo, pero cuando registré mis maletas reconocí a su empresario que estaba en la fila, justo delante de mí. Y, sobre todo, reconocí el paquete que llevaba en la mano.

Victoria – ¿El paquete?

Claudio – ¡La urna! Yo mismo la embalé. Es muy frágil. ¡Además no es cuestión de llevarla como equipaje de mano!

Victoria – Podría quedarse dando vueltas en la recogida de equipajes como una vulgar maleta.

Claudio – Es lo que tiene viajar de incognito. Supongo que lo tendrán todo organizado.

Victoria – Ya veo… Como cuando se transporta un órgano en frigorífico para un trasplante de urgencia. Por ejemplo un corazón o un riñón…

Claudio – Bueno… Sí… Pero esto son cenizas… No se trata de filetes de hígado ni de chuletones congelados…

Victoria parece digerir poco a poco tanta información.

Victoria – Pues sí, eso puede ser una noticia bomba, en efecto.

Claudio – Un éxito rotundo para el primer número de tu revista en Japón… 130 millones de habitantes… ¿Te das cuenta de lo que eso supone? ¡Tres veces los habitantes de toda España!

Victoria – Será un número fantástico, estoy segura. Algo que no ocurre más que una vez en la vida de una revista. ¡Sacar una bomba semejante en el primer número de Sensacional en Japón!

Claudio – Por desgracia, al no haber teléfono, tampoco habrá noticia bomba… ¿Conoces algún sistema para hacer llegar la noticia a su redacción…? No podrás hacer nada hasta que lleguemos a Tokio dentro de diez horas…

Victoria – Entonces la revista estará ya en la calle. Ahora deben estar a punto de meterla en máquinas y…!

Claudio – Y, posiblemente dentro de diez horas ya no será una noticia bomba…

Victoria – ¿Tu crees?

Claudio – ¿No pensarás que un secreto así puede guardarse durante mucho tiempo?

Victoria parece totalmente deprimida.

Victoria – Tiene que haber una forma de avisarles

Claudio – Si te lo he contado es porque sabía que la noticia no podía salir de aquí…Ya te he dicho que me debo al secreto profesional. Además, me juego el puesto de trabajo…

Victoria – Mmmm..

Claudio (levantándose) – Perdona. Tengo que ir al baño.

Victoria (ajena) – Hun, hum…

Claudio (señalando el fondo del patio de butacas) – Iré a ese que está por allí, al fondo, así podré ver cómo es la clase turista…

Claudio se levanta

Victoria – ¿Quién será el cretino que ha decidido que no se puede hablar por teléfono, sobre todo en los viajes internacionales?

Claudio – Tampoco se puede hablar en el teatro…Y, a veces la función dura más de dos horas…

Claudio atraviesa el patio de butacas observando la filas de espectadores con gesto de curiosidad y un tanto burlón. Se dirige al público con el texto que sigue o improvisando, según la inspiración del actor y las reacciones del primero.

Claudio – Bueno… Parece que todos los pasajeros han podido sentarse finalmente. (Dirigiéndose a un espectador) ¿Son un poco pequeños los asientos, verdad? (Dirigiéndose a otro) No se moleste, por favor, sólo quiero pasar… Voy al baño… (A un tercero) No sé si los viajeros de la clase turista tienen derecho a utilizar los baños… (A un cuarto) Espero que hayan hecho sus necesidades antes de subir al avión… (A un quinto) Por favor, abróchese el cinturón. No me refiero al de seguridad sino al suyo… (A un sexto) Tiene usted abierta la bragueta…

Claudio sale.

Victoria (enloquecida) – Massiel… Massiel… Pero esto es demencial (Toma otra pastilla) Me parece que no es el momento para dejar de tomar antidepresivos…

OSCURO

ACTO 2

Se ilumina la escena, mientras se escucha a la azafata por los altavoces

Azafata (con extrema amabilidad) – Vamos a penetrar en una zona de turbulencias. Todos los pasajeros deberán volver a sus asientos, colocarse el cinturón de seguridad, y permanecer sentados hasta que se apague la señal luminosa. Gracias por su comprensión.

Claudio atraviesa el patio de butacas, moviéndose por las turbulencias

Claudio – ¡Madre mía! Vaya meneíto que lleva la clase turísta… ¿No se marean?

Lleva en la mano una copa de champagne con la que pretende dar envidia a los supuestos pasajeros

Azafata (seca) – Oiga usted… ¿Acaso está sordo? Vuelva a su asiento y abróchese el cinturón, por favor… ¿de acuerdo?

Claudio se apresura y, titubeante por el supuesto movimiento del avión, vierte un poco de líquido sobre uno de los espectadores.

Claudio – ¡Vaya! ¡Lo siento! Pero no se preocupe, es tan sólo agua. No mancha. Estamos en el teatro, no pensarán que van a servir champagne todas las noches… Además, por lo que han pagado…

Azafata (de nuevo amable) – Perdone señor, no me había dado cuenta que se trataba de un pasajero de primera clase.

Claudio vuelve a sentarse junto a Victoria

Claudio – Tenías razón. No hay tanta diferencia entre la clase turista y la primera. Eso sí… ¡Un gentío! Y todos pegados los unos a los otros, como si fueran sardinas. Los asientos son más estrechos y no hay forma de poder estirar las piernas.

Victoria – Hun, Hun…

Claudio – Ten… Al menos he podido traerte una copa de champagne… Bueno… ¡Lo que he podido salvar! Te aseguro que ha sido un auténtico placer atravesar toda la clase turista con una copa en la mano.

Distraída, Victoria toma maquinalmente la copa que le tiende Claudio.

Victoria – Gracias…

Claudio – Estas dándole vueltas a lo que te he contado, ¿no es así? No debería haberte dicho nada…

Victoria – Muchas revistas como la mía que pagarían caro para poder lanzar una noticia como esa antes que las demás…

Claudio – Y yo le he dado gratis la noticia…

Victoria (histérica) – De nada vale si no puedo publicarla! (Calmándose) ¡Es la peor tortura que puede infringírsele a la directora de una revista sensacionalista! ¡Ponerle al alcance de la mano la noticia del siglo y no poderla aprovechar…!

Claudio – Sí, lo imagino. Una verdadera tortura japonesa… (Victoria le lanza una mirada incendiaria) Deberías intentar dormir un poco.

Victoria (histérica de nuevo) – Y tu crees que, ahora, voy a ser capaz de dormir? (Calmándose) Tiene que haber algún medio de comunicarse con el exterior…

Claudio – Podrías lanzarte en paracaídas sobre Siberia… Si tienes suerte puedes caer sobre una cabina telefónica, aunque no estoy seguro de que tengan cobertura en un lugar tan desértico.

Victoria – Tu crees que el piloto estaría de acuerdo en abrir la puerta del avión en pleno vuelo?

Claudio – ¿Has saltado alguna vez en paracaídas?

Victoria – No debe ser muy complicado…

Claudio – Ni siquiera sé si llevan paracaídas a bordo… La verdad es que serían más útiles en esta zona que los chalecos salvavidas…

Victoria – ¿Y si tuvieran que hacer alguna escala?

Claudio – Eso sería tan sólo en caso de urgencia, porque no creo que sea fácil que el piloto consienta en aterrizar en Irkoutsk o en Novosibirsk.

Victoria – Pensaba más bien en una vuelta atrás.

Claudio – ¿Volver al punto de partida y hacer que el avión aterrice tan sólo para hacer una llamada? ¿No te parece excesivo?

Victoria – Si, parece un tanto difícil

Claudio – Además, ¿tienes algo contundente con que amenazar al piloto? Quizá podría utilizar la cucharita de plástico que te dio la azafata para el café…

Victoria piensa.

Victoria – ¿Te acuerdas de aquél barbudo que llevaba una bomba en los zapatos?

Claudio – Si, claro…

Victoria – Podría decirle a la azafata que llevo una bomba en las bragas y que estoy dispuesta a hacerla explotar si el avión no aterriza inmediatamente.

Claudio – Podría ser… pero tu no tienes barba. Además, para qué querría la directora de “Sensacional” hacer un aterrizaje forzoso en Siberia?

Victoria – No tengo ni idea… Quizá para pedir asilo político…

Claudio – ¿Asilo político? ¿En Siberia?

Victoria – O mejor ¿asilo fiscal?

Claudio – Aunque te creyeran, te detendrían inmediatamente, incluso antes de llamar a tu abogado…

Victoria – Tienes razón…

Claudio – ¡La señal luminosa acaba de apagarse!

Victoria – ¿Y si el terrorista fueras tu?

Claudio – ¿Perdón?

Victoria – ¡Te detendrían a ti, mientras yo hablo tranquilamente por teléfono con mi redacción!

Claudio – ¡Perdona, pero no pienso pasar los próximos veinte años de mi vida en Goulag o Guantánamo! Y eso tan sólo para que, en la portada de la primera edición de su revista, saliera la noticia de la desaparición de la mejor cantante japonesa de todos los tiempos…

Victoria – Es verdad… Tiene algunos rasgos japoneses…

Claudio – Físicamente, supongo.

Victoria – El pelo, el color algo amarillento de su piel, los ojos rasgados… quizá por haberse estirado tanto la piel…

Claudio – ¿Estirarse la piel?

Victoria – Sí hombre… ¡Los liftings!

Azafata (con voz alegre) – Se solicita a Don Claudio que acuda a la zona de azafatas para elegir su premio.

Claudio (excitado) – ¡Yo… Soy yo…! Tendré que abandonarla por un rato. Es algo que formaba parte del premio.

Victoria – ¿El poder tirarte a un azafato?

Claudio – No, por desgracia. Tan sólo me invitan a pasar a la cabina de pilotaje.

Victoria – La chica ha hablado de un premio que podías elegir…

Claudio – Sí, podía elegir o bien pilotar el aparato durante unos minutos o que me entregaran una colección de pipas libres de impuestos… Pero… como he dejado de fumar…

Victoria – ¿No me digas?

Claudio – ¿Acaso no te acuerdas de lo que tu misma estableciste como premios?

Victoria – ¡Claro…! ¡El piloto!

Claudio – ¿Qué…?

Victoria – Él sí puede comunicarse con el exterior!

Claudio – Por supuesto.

Victoria – Y, podría enviar un mensaje a la torre de control.

Claudio – ¿Qué tipo de mensaje? ¡Aquí la directora de “Sensacional”… Massiel ha muerto!

Victoria – ¿Por qué no?

Claudio – Podría ser en caso de haber muerto en el avión… De lo contrario no tendría el menor interés para la torre de control.

Victoria – Tiene razón. (Piensa) Entonces le diremos al piloto que tengo que contactar urgentemente con nuestra familia en Tokio… y así podré pasar la noticia a mi revista….

Claudio – ¿Nuestra familia?

Victoria – Puedo hacerme pasar por su hermana.

Claudio – No te pareces en absoluto a mi hermana.

Victoria – ¿Y ellos qué saben?

Claudio – Bueno, admitámoslo…¡ Pero eso de nuestra familia en Tokio… Ni tu ni yo tenemos rasgos asiáticos.

Victoria – Podemos decirles que fuimos adoptados al nacer por una pareja de japoneses…

Claudio – ¿Al nacer? Pero si no nos parecemos en absoluto!

Victoria – ¿Entonces?

Claudio – ¡Entonces resulta que nunca pudimos ser adoptados al nacer!

Victoria – Pues en ese caso mejor será que vayas tu solo y les digas que tienes necesidad absoluta de contactar inmediatamente con tu mujer.

Claudio – Imposible. Todos saben que mi mujer ha muerto, por eso me pusieron en primera clase…

Victoria – ¿Lo haces a propósito o qué? Poco importa lo que se les digas…Tenemos que encontrar una fórmula.

Claudia – Te escucho.

Victoria – Te dijeron que podrías pedir un deseo. Pues, entonces, te doy el teléfono de mi redacción en Tokio y haces como si llamaras a tu madre para saludarla desde la cabina de pilotaje… Y, ya está…

Claudio – Mi madre vive en Albacete.

Victoria – ¡Ya está! Les entraremos por algo dramático.

Claudio – ¡Qué miedo te tengo!

Victoria – Puedes decirles que tu madre tiene un cáncer terminal y que viajó a Japón para ponerse en manos del mejor especialista. Tu vas a verla, pero seguramente han debido operarla ya porque su estado se agravaría de repente.

Claudio – ¡Pobrecita mi mamá!

Victoria – Perfecto… Es imprescindible que sea algo trágico… Tienes miedo de que tu madre no salga viva del quirófano y quieres decirle tu último adiós… Por si…

Claudio – ¡Dios mío!

Victoria – Te recuerdo que lo de tu madre es mentira.

Claudio – Por supuesto…

Victoria – En un momento de la conversación deberás decir que Massiel ha muerto.

Claudio – Eso no puede funcionar… Mi madre detesta a Massiel, casi tanto como odiaba a mi mujer…

Victoria – ¡Pero no es con su madre con quien vas a hablar, sino con la redactora en jefe de la versión japonesa de “Sensacional”!

Claudio – Sí… Tiene razón….

Victoria – ¿Estás seguro de poder hacerlo?

Claudio – ¿Cuánto?

Victoria – ¿Perdón?

Claudio – Me dijiste que cualquier revista estaría dispuesta a pagar una fortuna por publicar esta información antes que las demás.

Victoria – Eso te lo dije cuando pensé que no había forma alguna de hacer llegar la noticia a mi revista…

Claudio – ¿Entonces?

Victoria – ¿Mil? (Claudio no parece estar de acuerdo) ¿Diez mil?

Claudio – Se trata de triunfar o hundirse en el lanzamiento de tu revista en Japón.

Victoria – Está bien… Llegaré hasta los cincuenta mil. Ni un céntimo más.

Claudio – Por una cantidad así soy capaz de hacer que el avión aterrice en el techo de una cabina telefónica.

Victoria prepara el cheque, pero de repente duda.

Victoria – ¿Y cómo voy a saber que realmente has dado la noticia si no puedo acompañarte a la cabina de pilotaje?

Claudio – Puedo ser muy persuasivo cuando quiero, te lo aseguro. Lo tomas o lo dejas.

Victoria le entrega el cheque. Luego escribe algo en una tarjeta de visita y se la entrega a Claudio.

Victoria – Llama a este número de mi parte y le dices a quien coja el teléfono que prepare la necrológica de Massiel. Ella comprenderá.

Claudio (filosófico) – Es triste, pero al fin y al cabo todos moriremos un día ¿no es así? (Victoria le lanza una mirada impaciente) Ya voy…

Claudio sale, esta vez entre bambalinas. Victoria le para antes de salir.

Victoria (en voz baja) – Y, no digas nada de esto a los pasajeros de clase turísta…

Victoria saca otra pastilla y se la traga vaciando la copa de champagne

Victoria (al público) – Supongo que habrán apagado sus móviles… Es por seguridad. Podrían bloquearse los mandos… O fallar el sistema eléctrico… No quiero contarles las consecuencias de un corto-circuito a la altura que vamos. ¡Porque volamos alto, muy alto! Si esto se va caer, nos haremos picadillo.

OSCURO

ACTO 3

Victoria duerme. Tiene la revista sobre las rodillas. Despierta bruscamente con el altavoz. Se escuchan ruidos como de lucha, golpes, gritos, acoplamientos en el micrófono. Luego, silencio absoluto. Claudio vuelve. Tiene la ropa en desorden y parece sofocado.

Victoria – No me diga que te has tirado al azafato sin su consentimiento…

Claudio – No, ni mucho menos… ¡Ojala fuera eso!

Victoria – Entonces es que el piloto no te ha dejado telefonar.

Claudio – Tampoco… Pude llamar a mi madre a Albacete, como habíamos convenido…

Victoria – ¿A Albacete?

Claudio – Y le dije que Massiel había muerto. Quédate tranquila. Estaba viendo las noticias en la uno y no han dicho nada…

Victoria – ¡Dígame que no es cierto lo que estoy oyendo! ¡Dígame que estoy soñando, que se trata de una pesadilla!

Claudio – Al poco me di cuenta que no había marcado el número apropiado…

Victoria – ¿Y entonces?

Claudio – Pregunté al piloto si podía hacer otra llamada, y me contestó que estábamos en una cabina de pilotaje y no una cabina telefónica. A partir de ahí es cuando las cosas degeneraron.

Victoria – ¿Que ha querido decir con “degeneraron”?

Claudio – Insultó a mi madre…

Victoria – ¿De verdad?

Claudia – Te dije que podría llegar a ser violento cuando se tocan ciertos temas… Y para mí mi madre es un tema sensible…

Se escucha la voz de una de las azafatas por el altavoz.

Azafata – Señoras, señores… presten atención, por favor. Tanto el piloto como el copiloto han sufrido… vamos que no se encuentran bien. No deben inquietarse porque seguramente conseguiremos reanimarlos antes de haber perdido demasiada altitud. Si hay algún médico a bordo que haga el favor de dirigirse a una de nuestras azafatas… (Silencio) Si hay un piloto a bordo, por favor que también se manifieste. Es urgente…

Victoria – ¡Dios mío!

Claudio – Creo que me pasé… Pero tu también tienes la culpa. Cincuenta mil euros es una suma considerable… Una cantidad que se sube a la cabeza… ¡Cincuenta mil euros! Con eso podría comprar un congelador enorme.

Victoria – ¿Un congelador?

Claudio – Es para mi madre… En caso de que, realmente, tenga un cáncer incurable, como tu dijiste antes…

Victoria – Ya…

Claudio – La descongelaría cuando descubrieran un remedio definitivo contra esa enfermedad. Parece ser que se están investigando con una nueva encima… En las ratas, claro. ¿Sabes que algunas medusas son inmortales?

Victoria le mira incrédula, cuando suena de nuevo el altavoz

Azafata – Señoras y señores, en ausencia de un piloto experto, intentaré yo misma un aterrizaje de emergencia en Novosibirsk. Les pido se aprieten bien los cinturones porque ni siquiera soy capaz de aparcar mi coche marcha atrás. Me cuesta distinguir el freno del embrague… Siempre los confundo… Ahora, al menos, puedo decir que tengo bien agarrado el mando del piloto… Glup… No, esto no es el mando…

Victoria (histérica) – ¿Un aterrizaje de emergencia? ¡Fantástico! Al fin podré llamar a mi redacción en Tokio!

Claudio – Creo que ha llegado el momento de que nos pongamos los chalecos salvavidas.

Sacan flotadores con forma de patito y se los colocan en la cintura. Ruido de un avión que cae en picado.

OSCURO

ACTO 4

Primeras notas genéricas de la Cuarta Dimensión. La luz incide sobre un decorado apocalíptico. Desorden general. Asientos volcados. Ropa chamuscada. Humo, de ser

posible. Se escucha de nuevo la voz de la azafata a través del altavoz.

Azafata (como borracha) – El vuelo 714 con origen en Madrid y con destino Tokio acaba de aterrizar, no sabemos dónde, pero en pleno caos. Tanto el director escénico como los actores les desean una feliz estancia. Esperamos que el viaje haya sido del agrado de todos ustedes, deseando volver a tenerles pronto con nosotros, en nuestra compañía.

 

Victoria y Claudio vuelven en sí poco a poco

Claudio – ¿Estaremos muertos?

Victoria intenta llamar con su móvil.

Victoria – No lo sé, pero lo que sí sé es que no hay cobertura.

Claudio – Quizá estemos en la Cuarta Dimensión….

Victoria – O, a lo mejor se trata de una pesadilla de la que todavía no hemos despertado…

Victoria encuentra algo en el desorden y lo coge. Se trata de la urna con las cenizas de Massiel. Tiene su foto en la parte superior. Se miran, perplejos.

Claudio – Estamos en un desierto pero que, evidentemente, nada tiene que ver con Siberia.

Victoria – Quizá somos los únicos supervivientes.

Claudio – Por desgracia creo que tiene usted razón…

Claudio le hace una discreta seña para que mire al público.

Victoria (en voz baja) – ¿Quiénes son todos esos de ahí abajo?

Claudio – Quizá los de clase turista.

Victoria – ¿De la clase turista?

Claudio – Vamos, los de segunda clase.

Victoria – Parece que nos miran…

Claudio – Y no se mueven…

Victoria – Quizá estén muertos…

Claudio – O dormidos.

Victoria – Yo también suelo dormirme en el teatro.

Claudio – Creo que será mejor que no les despertemos…

Victoria – Entonces ¿Qué hacemos?

Claudio – Sobre todo nada de brusquedades… Nos quedaremos tranquilos y nos dirigiremos, despacio, a la salida…

Victoria – ¿Qué salida?

Claudio – ¡La salida de socorro!

Victoria (muy perturbada) – Creo que necesito otro relajante… (Busca en su bolso) ¡Dios mío! ¡Me han robado mis pastillas!

Claudio (enfático) – Cuando se está en el teatro y se tiene la suerte de tener pastillas, es importante no dejarlas por ahí…

Victoria – El productor es un hijo de puta. Seguramente nos encasquetó un somnífero en el champagne antes de largarse con la recaudación…

Claudio – ¡Menuda historia! ¿Tu crees que la prensa hablará de nosotros?

Victoria – Para eso tendría que haber un periodista en la sala.

Victoria – Espero que, al menos, quede alguna azafata viva.

Claudio – ¿Para qué la quieres?

Victoria – Para que eche la cortina entre la primera y segunda clase.

Salen.

Azafata – Es de esperar que el avión aguante y no se parta por la mitad.

OSCURO

Azafata – ¡Coño! ¡Acaba de partirse!

De ser posible, alguna canción de Massiel, preferentemente en japonés.

ACTO 5

Se ilumina la escena o bien el telón se abre de nuevo, como para que saluden los actores. El decorado es el mismo que para el primer acto : dos asientos contiguos, que bien podrían ser los de un teatro. Claudio está sentado junto a Victoria que ha cambiado su ropa de ejecutiva por otra más informal. Se deja a la decisión al director, dependiendo de la envergadura del escenario y las posibilidades de la sala. Victoria y Claudio podrían también estar sentados entre el público, como al principio del espectáculo. Victoria empuja levemente a Claudio para despertarle.

Victoria – ¡Claudio…! ¡Claudio!!! (Claudio no reacciona y Victoria le sacude con mayor fuerza) ¡Claudio!!!

Claudio se despierta sobresaltado, como si saliera de una pesadilla.

Claudio (aterrorizado) – ¿Qué? ¿Qué pasa? ¿Ocurre algo?

Victoria – ¡Que se ha acabado!

Claudio – Entonces… ¿estamos muertos?

Victoria – No creo… (Más bajo) Aunque también se puede morir de aburrimiento…

Claudio – Pero… ¿Dónde estamos?

Victoria – ¿Que dónde estamos…? ¿Pues dónde íbamos a estar…? ¡En el teatro, claro! La obra se ha acabado y tenemos que marcharnos… No voy a preguntarte si te ha gustado…

Claudio mira a Victoria.

Claudio – ¡Tiene gracia!

Victoria – ¿A que te refieres?

Claudio – Soñé que había ganado un viaje a Tokio para dos en un concurso. Como mi mujer había muerto, me colocaron en primera y viajaba junto a la redactora jefe de una revista.

Victoria – ¿Tu mujer?

Claudio – Incluso podía beber champagne, sin pagar suplemento alguno.

Victoria – Pues, que bien…

Claudio – Y, en lugar de eso me despierto y estoy a tu lado, en el teatro….

Victoria – Pues… Ya ves… El sueño ha terminado… ¿Bueno, nos vamos o qué?

Victoria se levanta

Claudio – Espera… Me acuerdo de algo más… En mi sueño también Massiel había muerto…

Victoria – ¿Massiel?

Claudio – Dime que no es verdad, que Massiel no ha muerto…

Victoria – No tengo ni idea… Hace mucho tiempo que no se habla de ella… ¿Vienes o qué?

Claudio se levanta, todavía un poco chocado.

Claudio – ¿De verdad estamos en un teatro? Eso es algo que nunca hacemos…

Victoria – Empiezas a inquietarme… Al menos recordarás que trabajamos juntos en congelados “El buey feliz”.

Claudio – Sí… Claro… ¡Ya recuerdo! ¡La mujer del director es la protagonista de la obra! Él nos regaló las entradas.

Victoria – Una invitación que no podíamos rechazar… La verdad es que si no hubiera invitado a todos sus empleados, seguramente no habría un alma en la sala.

Claudio – ¿Tan mala es la obra?

Victoria – Seguramente nos esperan a la salida para conocer nuestra opinión…

Claudio – ¡Menuda papeleta! ¡Podrías haberme despertado!

Victoria – No me di cuenta de que dormías…

Claudio – Entonces, cuéntame de qué va.

Victoria – ¿Así, por encima?

Claudio – Me haces un resumen y luego… improvisaré…

Victoria – No va a resultar tan fácil…

Claudio – ¿Y eso?

Victoria – La trama es bastante complicada, más bien diría yo que confusa…

Claudio – Pues, cuéntame lo que hayas entendido…

Victoria – La verdad es que no sé si también di alguna cabezadita entre el final del primer acto y el comienzo del quinto…

Claudio – ¿No me digas?

Victoria – A lo mejor es que la obra duraba poco….

Claudio – ¡Coño! ¿Y ahora qué les decimos?

Victoria – Pues, improvisaremos, como has dicho antes… Bueno… Vamonos… Encima no les vamos a hacer esperar…

Cladio – Estoy seguro de que seguimos soñando, de que esto es una pesadilla y que pronto vamos a despertar…

Se dirigen a la salida.

OSCURO

FIN

 

Zona de turbulencias Zona de turbulencias Zona de turbulencias Zona de turbulencias

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