Una comedia de Jean-Pierre Martinez
Hasta 12 hombres y 12 mujeres. La distribución es flexible en cuanto al número (varios roles pueden ser interpretados por un solo actor) y en cuanto al sexo (varios roles pueden ser tanto masculinos como femeninos).
En el vestíbulo de un edificio, entre los buzones y el código de acceso, extraños personajes se cruzan sin siempre entenderse…
Aquellos textos los ofrece gratuitamente el autor para la lectura. Sin embargo cualquier representación pública, sea profesional o aficionada (incluso gratuita), debe ser autorizada por la Sociedad de Autores encargada de percibir los derechos del autor en el país de representación de la obra.
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El vestíbulo del edificio, cruce de soledades
En el vestíbulo de un edificio, residentes, visitantes, carteros y desconocidos se cruzan alrededor de los buzones, el código de acceso y los cubos de basura. A lo largo de doce escenas autónomas pero discretamente conectadas, incidentes corrientes —un código olvidado, una carta extraviada, un paquete sospechoso o un vecino mal identificado— dan lugar a situaciones cada vez más insólitas. El vestíbulo se convierte en un espacio intermedio por el que todos pasan sin llegar a conocer realmente a quienes viven a pocos metros de distancia.
La obra se basa en una mecánica precisa de entradas, salidas y encuentros fortuitos. Los objetos sirven de enlace entre los sketches, mientras que algunos personajes o acontecimientos reaparecen de forma velada, dando al edificio una vida subterránea. El reparto, muy flexible, permite que varios intérpretes encarnen sucesivamente a distintos vecinos: este juego de transformaciones refuerza la impresión de una pequeña sociedad en la que los individuos cambian, pero se repiten los mismos miedos, los mismos deseos y los mismos malentendidos.
Paradójicamente, este lugar concebido para facilitar la circulación de personas y mensajes se convierte en aquel donde nada llega realmente a su destino. Una carta se entrega treinta años tarde, otra está dirigida a un muerto, un envío acaba en el buzón equivocado y un paquete inocente se convierte en una amenaza. La propia comunicación se desajusta: la prudencia se convierte en sospecha, la curiosidad en indiscreción y la cortesía en conflicto. La comicidad nace de esta lógica cotidiana llevada hasta el absurdo, a menudo teñida de humor negro.
A través de este edificio, la obra traza así un retrato satírico de la soledad urbana. Los personajes viven muy cerca unos de otros, pero solo llegan a conocerse a través de fragmentos, prejuicios o errores de interpretación. El último sketch amplía esta reflexión: la carta se convierte en la frágil huella que dejan quienes no hacen más que pasar. Bajo la sucesión de situaciones cómicas aparece entonces una interrogación más melancólica sobre lo que queda de nuestras vidas cuando los mensajes, los recuerdos e incluso sus destinatarios han desaparecido.